Histórico

Túneles de Vinh Moc: vivir, luchar y soñar bajo tierra

10 sept. 2018
Alberto Salazar y y Duong Bui
Por más que uno lo intente, no puede imaginar siquiera cómo lograron cientos de personas vivir durante años en los túneles de Vinh Moc, este otro planeta, lóbrego y sofocante hasta la asfixia, adonde los empujó la guerra.

Por lo leído, el visitante sospecha que el “paseo” se las traerá, pero a la media hora allá abajo la cosa es peor de lo que pensaba: la respiración se entrecorta, el sudor brota por todos los poros y las pupilas se dilatan pese a que las galerías están aceptablemente oxigenadas, aireadas e iluminadas.

Y es entonces cuando uno piensa: si esto es ahora, ¿cómo habrá sido cuando el aire y la luz eran escasos y, para peor, las bombas amenazaban con enterrar vivos a quienes se guarecían en los subterráneos?

En las coordenadas de la barbarie.

Provincia de Quang Tri. Hacia 1965, en esta aldea de pescadores y labriegos, situada unos pocos kilómetros al sur del tristemente célebre Paralelo 17, que entonces partía a Vietnam en dos, vivían unas mil personas.

En los lindes del infierno, Vinh Moc era frecuente blanco de los bombardeos con que los estadounidenses intentaban obligar a los lugareños a abandonar la zona y dejar de recibir armas para los guerrilleros del sur, enviadas por los “rojos” desde la isla de Con Co (a 28 kilómetros).

Pero ellos no estaban dispuestos ni a lo uno ni a lo otro y con sus aperos de labranza comenzaron a cavar estos escondrijos de supervivencia, hasta remover más de seis mil metros cúbicos de tierra y piedra.

La obra solo estuvo completa a los 13 meses y en ella participaron todos los pobladores del caserío. Hasta las abuelas, que cuidaban a los niños mientras las madres, los hombres y los jóvenes se dedicaban a cavar.

Cierto que las condiciones eran bastante precarias, pero era mejor vivir bajo tierra que morir sobre ella. De ello dan fe los socavones, ya erosionados por el tiempo y las lluvias, que abrieron las bombas sobre los “techos” de los refugios.

Quang Tri fue la provincia más acosada por la aviación norteamericana: se calcula que solo en Vinh Moc fueron lanzadas unas siete toneladas de bombas por persona. Ni un solo poblador de la aldea murió por esa causa gracias a los túneles.

Una aldea bajo tierra.

Así, como topos, vivieron de 1966 a 1972. Día a día ampliaron los corredores hasta extenderlos a casi tres kilómetros y los dotaron de respiraderos, pozos, escuela, cocinas, graneros, letrinas, un hospital de campaña y hasta una salita de maternidad.

Las cocinas poseían un ingenioso sistema de chimeneas que impedían al humo denunciar a la aviación enemiga que allí alentaba la vida.

En el saloncito de maternidad nacieron 17 niños, varios de los cuales solo salieron al sol uno o dos años después de llegar a esta suerte de inframundo donde el único aliciente era cantar y hacer música con los instrumentos tradicionales que algunos llevaron como sus bienes más preciados.

El primero de los tres niveles del refugio está nueve metros bajo tierra y servía para alojar a las familias en pequeños habitáculos de menos de dos metros de ancho y una altura tan mínima que solo los chicos cabían de pie.

En el del medio, a 12 metros de la superficie, almacenaban los víveres y el armamento y celebraban las reuniones comunales y estratégicas.

Al más profundo, a 22 metros, bajaban solo cuando sentían el revoloteo de los aviones, cuyas bombas podían taladrar hasta 10 metros.

A los túneles, todos interconectados, se entraba o salía por 13 puertas. Siete daban al mar y eran usadas como respiraderos y para seguir recibiendo víveres y armamentos desde la isla de Con Co. Las otras seis daban a tierra, aunque rara vez la gente salía a menos que fuera necesario y no hubiera peligro.

Para repeler un eventual ataque terrestre, alrededor del subterráneo fueron cavados ocho kilómetros de trincheras y numerosos pozos camuflados con ramas y hojarasca y en cuyo fondo hincaron afiladas estacas de bambú.

En septiembre de 1973, Fidel Castro estuvo en la zona, recién liberada, y conversó con algunos de sus pobladores. Informado sobre la odisea de los aldeanos de Vinh Moc, el entonces primer ministro cubano dijo que estos habían dado “una verdadera lección de cómo pelear, de no rendirse”.

“Solo conociendo hechos como este puede la gente entender la horrible dimensión de los crímenes cometidos por los imperialistas en este país. Y que no se puede subestimar la estatura heroica del pueblo de Vietnam”, señaló.

Una lección subterránea de historia.

Desde su apertura al público hace 23 años, los túneles de Vinh Moc han recibido a cientos de miles de visitantes nacionales y extranjeros.

Si se exceptúan las escaleras de acceso, la mejor ventilación y el sistema de alumbrado eléctrico (débil, para conservar una sugestionadora atmósfera de lobreguez), el refugio mantiene su estado original y constituye una traumática evocación de lo que sufrió este pueblo amante de la luz, la paz y la libertad.

De tramo en tramo, en algunos nichos mejor iluminados, representaciones humanas ilustran cómo era la vida en estas heroicas catacumbas.

Quienes incursionan por estas galerías suelen usar linternas o celulares para alumbrarse el camino, pues en algunos tramos la oscuridad es casi absoluta, el piso irregular y el techo tan bajo que siempre existe el riesgo de un frentazo.

Aunque hoy la amenaza de los aviones es solo un mal recuerdo, no pocos visitantes vuelven al exterior a los 15 o 30 minutos. Cada uno por sus razones, aunque todos, de seguro, sobrecogidos por la atmósfera opresiva de allá abajo.

Pero solo a la hora y tanto que lleva hacer el recorrido completo, uno advierte que los túneles de Vinh Moc fueron un hormiguero.

De hormigas bravas.

Tomado de Prensa Latina
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