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Trump se niega a aceptar la derrota

9 nov 2020
Idoya Noain
La máscara ha caído. Como en su imperio inmobiliario, alzado más sobre letras doradas que sobre cimientos económicos firmes, Donald Trump ha pasado cuatro años construyendo para Estados Unidos una presidencia basada en la fuerza bruta: de sus acciones, de sus políticas, de su retórica, de su personalidad. Ha embestido como un animal contra normas e instituciones, contra el civismo, contra la convivencia pacífica, contra la tolerancia y la paz racial y contra la misma democracia. Indudablemente ha conseguido alterar el panorama político no solo de EEUU, sino mundial y ha creado un movimiento y una base que tendrán impacto por mucho tiempo. Pero algo falla en su autorretrato, como lo ha hecho siempre. No es ni el mejor negociador ni el señor Teflon al que ningún escándalo se le adhiere ni el eterno ganador. Y ahora una mayoría de estadounidenses han podido con él y con su propuesta política.

Al menos 74 millones de personas han escrito con sus votos en la historia de Trump una etiqueta que el neoyorquino aborrece: perdedor. Y un hombre de 74 años que ha evidenciado hasta la náusea su narcisimo se convierte en el primer presidente expulsado del Despacho Oval tras solo un mandato desde que George H. W. Bush perdiera frente a Bill Clinton en 1992.

Bestia herida

El republicano es ahora la misma bestia, pero herida, peligrosa. Ya ha dejado claro que no va a aceptar con estilo ni clase ni posiblemente siguiendo los protocolos democráticos una derrota que se ha anunciado este sábado mientras estaba jugando al golf en uno de sus propios clubs en Virginia. Y su reacción al anuncio de victoria de los demócratas Joe Biden y Kamala Harris ha sido un comunicado repartido por su campaña en el que ha asegurado que «la elección está lejos de haberse acabado».

Ese texto está regado de todas las mentiras que un líder que ha acostumbrado como ninguno de sus predecesores en la Casa Blanca a reinventar y falsear la verdad lleva días esgrimiendo (y meses preparando) como argumentos para intentar deslegitimar el proceso electoral. Acusa de un inexistente complot, por ejemplo, a los medios de comunicación, que históricamente proyectan ganadores como esta vez aunque no estén certificados los resultados oficiales. Vuelve a agitar fantasmas de un fraude inexistente. Y sigue usando la desacreditada y peligrosa narrativa que pone en cuestión la legalidad de los perfectamente legales votos por correo e insistiendo en colocar sombras inventadas sobre un recuento tan lento como perfectamente transparente.

Trump promete intensificar a partir del lunes una lucha en los tribunales que, ante la ausencia de pruebas para las acusaciones que ha lanzado hasta ahora, tiene escasas, si no nulas, posibilidades de cambiar los resultados. Y ha cerrado su comunicado con una promesa: «No descansaré hasta que el pueblo americano tenga el recuento de votos honesto que merece y que exige la democracia».
La ceguera ante las crisis

Buena parte del país, en cambio, sí descansa. Porque su derrota ha conseguido lo que no logró un proceso de ‘impeachment’ y es el anuncio del fin de un mandato que ha exacerbado las tensiones y la polarización que ya existían; uno que ha hecho más desunida a la nación. Y muchos pueden empezar a poner en el espejo retrovisor la trazas de una presidencia que, entre otras cosas, ha tenido un peligroso desprecio por la ciencia en un momento tan trascendental para Estados Unidos como el de la emergencia climática o la pandemia de coronavirus.

Si Trump hubiera tenido visión más allá de sí mismo no habría mostrado la grave ceguera frente a ese enemigo microscópico letal que ha acabado convirtiéndose no solo en una tragedia sanitaria y económica para el país, donde ya ha dejado más de 236.000 muertos, sino en uno de los principales verdugos de su presidencia. Porque Trump ha minimizado la gravedad de la pandemia, la ha tratado sin respeto, la ha politizado con consecuencias devastadoras, convirtiendo en balas destructoras lo que deberían ser elementos sanadores como las mascarillas, el distanciamiento social o los cierres de negocios diseñados para prevenir la propagación.

Incluso después de contagiarse él mismo y superar la enfermedad gracias a cuidados y tratamientos inaccesibles para el ciudadano común, fue incapaz de dar un giro. Y erró, por mucho, en sus oscuros cálculos. No solo le han abandonado en las urnas por su desastrosa gestión y respuesta algunos votantes mayores, muchas mujeres y electores moderados o independientes. Toda la arquitectura de su campaña de reelección, que se había construido sobre los andamios de la buena situación económica, se desmoronó.

Los muros que caen

No es lo único que le ha fallado. Su discurso cargado de racismo ha hablado y empoderado a los sectores más radicales, extremistas y supremacistas de EEUU, pero le ha alejado de una nación decidida como no lo estaba desde hace décadas a confrontar los problemas de racismo sistémico. Sus promesas imposibles de devolver trabajos que nunca regresarán han vuelto a permitir a los demócratas realzar en lugares como Michigan, Wisconsin y Pensilvania el muro que en el 2016 él consiguió por sorpresa tumbar. Y en Florida o en Tejas puede haber mantenido e incluso incrementado el apoyo de latinos preocupados por el socialismo o por mantener su situación económica, pero en lugares como Arizona ha reactivado las ansias de representación y justicia en una comunidad que ha demonizado y asfixiado con inhumana mano de hierro.

Trump se marchará como un héroe para muchos en la derecha. Ha dejado en el Tribunal Supremo una sólida y duradera mayoría conservadora cuyos efectos se sentirán durante décadas en EEUU. Lo mismo ha hecho con cientos de jueces federales. E Israel nunca ha tenido un aliado más comprometido y efectivo. Pero su mandato ha acabado. Para el mandatario que ha abordado la presidencia como si fuera un ‘reality show’, el programa se acaba. El aprendiz ha estado en la Casa Blanca. Y acaba de escuchar la frase final: Estás despedido.

Tomado de El Independiente
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