Ciencia y Medio Ambiente

Lo que los incendios en el Amazonas nos dicen de la geopolítica de la emergencia climática

2 sep 2019
Mark Harvey
Arde la Amazonia. Una vez más, como en la década de 1990, un "arco de fuego" amenaza la sostenibilidad planetaria. La producción y el consumo de alimentos - es decir, la tala y quema de los bosques tropicales para convertirlos en tierras agrícolas - son el meollo de la emergencia del cambio climático.

En un informe reciente, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) de la ONU estima que la producción mundial de alimentos es responsable del 21-37% de las "emisiones antropogénicas". Pero ¿qué hay detrás de esta afirmación que coloca a la humanidad en general como responsable de la emergencia del cambio climático? Detrás hay el hecho de que la destrucción del Amazonas es consecuencia de un conflicto geopolítico que conecta a Brasil con China, a China con Estados Unidos y a Brasil, como miembro del Mercosur, con la Unión Europea.

En relación con la crisis del cambio climático, la humilde haba de soja tiene mucho por lo que responder. No la haba en sí misma, claro, sino la producción y el consumo humano relacionados con ella y, más concretamente, las políticas nacionales que giran en torno a ella. Cuando el presidente Trump declaró la guerra comercial a China, una de las consecuencias directas fue la respuesta china imponiendo aranceles del 25% a las importaciones de soja de Estados Unidos. Al mismo tiempo, tras la elección de Bolsonaro a la presidencia de Brasil, los limites legales a la deforestación del Amazonas y la expansión hacia el Cerrado, en gran parte para la producción de soja, se relajaron. Como dijo Ricardo Salles, titular del ministerio engañosamente llamado de Medio Ambiente, en una entrevista reciente en el Financial Times (23.08.2019), las leyes vigentes hasta entonces eran demasiado restrictivas ya que el desarrollo comercial lo que debe hacer es "monetizar" la Amazonia. O sea, convertir incendios en dólares.

El resultado es una tormenta perfecta del cambio climático. Brasil ya ha superado a Estados Unidos como principal exportador de soja en esta segunda década del siglo XXI. La guerra comercial ha favorecido un gran salto adelante de las exportaciones a China, que se ha convertido en el mayor importador de soja de Brasil - y la soja para China representa más del 85% de las exportaciones de Brasil en 2018. Dos presidentes que niegan el cambio climático, más la creciente demanda de soja como alimento para animales para satisfacer el consumo creciente de carne en China, más la deforestación y la conversión de selva en tierra agrícola en Brasil. ¿Resultado? Una aceleración explosiva del cambio climático.

Si bien esta conjunción de factores es significativa en sí misma, también pone en cuestión la visión que tenemos de la naturaleza de la crisis del cambio climático. Dos publicaciones recientes muy influyentes en Nature (octubre de 1918) y The Lancet (enero de 2019), en las que se identifican los mayores riesgos de transgresión de los límites planetarios para la sostenibilidad de la vida humana (y no humana), afirman sorprendentemente que 'la producción de alimentos es la causa principal del cambio ambiental en el mundo'. Representa hasta el 37% del total de gases de efecto invernadero, dos veces y media más que el transporte. La urgencia de abordar el uso de la tierra y la producción y consumo de alimentos se resalta asimismo en el último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU, Cambio climático y tierra. Dicho informe se dió a conocer solo unos días antes de que la noticia de los incendios en el Amazonas apareciera en titulares.

Se prevé, además, que la población mundial aumentará de los casi 7 mil millones actuales a 9 mil millones. Al menos tan relevante como esto, se están dando cambios espectaculares en el tipo de alimentos que consume la gente, concretamente la tendencia hacia un mayor consumo de carne. Por ende, la alimentación representa quizás la amenaza más grande pero también más difícil de resolver de la crisis del cambio climático. En todos los planes nacionales para mitigar el cambio climático y cumplir con el Acuerdo de París de 2016 se contempla solo marginalmente la producción y consumo de alimentos, o incluso en muchos casos se ha omitido. Es una papa demasiado caliente para muchos contextos nacionales.

Entonces, ¿es esta una crisis provocada por la especie humana en su conjunto: el antropógeno del IPCC? O, como muchos en la izquierda política han venido argumentando, ¿es esta crisis producto del capitalismo global, de este motor económico general basado en la expansión ilimitada y la apropiación de la naturaleza: el capitalógeno de la crisis del cambio climático? Es decir, los beneficios presentes pasan por delante del futuro del planeta. La conjunción de factores de la crisis de cambio climático - Trump-Bolsonaro, Brasil-Estados Unidos-China - ilustra por qué necesitamos unas ciencias sociales capaces de explicar mejor las cosas que cualquiera de estas narrativas globalistas, y desde luego por qué, en cualquier análisis, hay que prestar más atención a las cuestiones de política interna de los distintos paises.

La producción y el consumo de alimentos nos obligan a pensar en cómo distintas sociedades están dotadas de distintos recursos ambientales que constituyen un trasfondo que se da casi por sentado pero que no obstante es determinante para el desarrollo económico y para la política interna en relación a ese desarrollo. Las distintas sociedades y economías políticas difieren enormemente en cuanto a los gases de efecto invernadero que generan, la energía, los alimentos, el agua que consumen y de qué manera abordan el comercio internacional - todo lo cual provoca distintos impactos de cambio climático. También tienen que hacer frente a retos políticos distintos en relación a qué respuesta dan ante la emergencia del cambio climático. No todos los países tienen el Amazonas en su jardín de atrás.

Antes de iniciar mi investigación sobre producción y consumo de alimentos en China, no me había percatado de hasta qué punto son escasas las tierras agrícolas de que dispone, a pesar de su extenso territorio nacional. Posee menos tierras agrícolas de calidad per cápita incluso que el Reino Unido y tan solo una fracción de las que tienen Estados Unidos o Brasil. Sus recursos hídricos para la producción de alimentos son todavía más escasos: una cuarta parte del promedio mundial. En este contexto ambiental, y tras una larga historia de hambrunas, la política de producción de alimentos en China se ha regido por un doble imperativo: el de la seguridad alimentaria y el de la autosuficiencia alimentaria.

Tras la muerte de Mao Tse Tung y las reformas socialistas de mercado de Deng Xiaoping, se produjo una intensificación de la agricultura junto con una fragmentación sustancial de la propiedad de la tierra bajo el Sistema de Responsabilidad Doméstica. La distribución igualitaria de tierras de arrendamiento a 250 millones de campesinos, determinados incentivos de mercado y un gran incremento del uso de fertilizantes químicos tenían por objetivo satisfacer el doble imperativo. Como consecuencia, China pasó de ser un importador neto de fertilizantes de fosfato de nitrógeno a ser un exportador neto. Utiliza hoy más del 30% del total mundial - más que todo el norte de Europa y Estados Unidos juntos. Los campesinos han venido recibiendo subsidios para el uso de fertilizantes, con lo que la cantidad de fertilizantes por hectárea en China es varias veces superior a la de Europa.

Tanto los expertos chinos como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) reconocen que el resultado es una catástrofe ecológica. El uso excesivo de fertilizantes nitrogenados es una fuente importante de óxido de nitrógeno, un poderoso gas de efecto invernadero. Así que, además de provocar la acidificación del suelo y la eutrofización de las aguas superficiales, la producción de arroz en particular contribuye significativamente a las emisiones de gases de efecto invernadero de China. Y hoy, ante el hecho de que la productividad agrícola se ve amenazada, China ha reconocido el problema y presentado soluciones específicas: ha limitado el aumento del uso de fosfatos de nitrógeno a un 1% hasta 2020 y ha impuesto un tope a partir de entonces.

Este breve relato ilustra la necesidad de introducir el concepto de sociogénesis del cambio climático. Tenemos una economía política singular, que opera dentro de su entorno específico de recursos de tierra y agua, que genera una crisis de cambio climático y, luego, sus propias políticas para mitigarlo. No se trata de la dinámica de un antrópico socialmente amorfo o de un capitalógeno globalista en interacción con la naturaleza en general. Esta es una dinámica intrínsecamente china que se da en su propio contexto ambiental.

Luego, a principios de siglo, China reconoció que los límites de sus propios recursos hídricos eran tales que ya no podía mantener la equiparación de la seguridad alimentaria con la autosuficiencia alimentaria. Con el objetivo de satisfacer el aumento de la demanda de consumo de carne, en concreto de carne de cerdo, por parte de una población que antes no podía permitírsela, China decidió hacer entonces un cambio radical y pasar a importar soja de Brasil para abastecer su creciente producción de carne de cerdo.

Entra en escena Brasil. Aunque Europa había liderado el uso de la proteína de soja para sustituir la proteína animal tras la crisis de la encefalopatía espongiforme bovina (EEB), China se convirtió en el principal mercado de la soja brasileña. La crisis del cambio climático de Brasil es casi el caso opuesto al de China. Desde la época de la dictadura militar, en Brasil se ha impulsado políticamente un proceso de crecimiento de la producción agrícola a través de la extensificación, convirtiendo tierras no cultivadas en tierras agrícolas, en una progresión inexorable protagonizada por la extracción de madera, la ganadería y el cultivo de soja. Este proceso llevó al "arco de fuego" anterior al actual. Brasil es hoy el principal exportador de carne de res, aves, café, zumo de naranja y también, superando a Estados Unidos, de soja. Al tiempo que la tierra agrícola en China se ha ido reduciendo, la de Brasil ha aumentado a razón de 5 millones de hectáreas al año desde la década de 1990, particularmente en la Amazonía Legal.

En Brasil, el gran capital multinacional, en gran parte brasileño, domina la producción agrícola. El 1% de los principales ranchos de más de 1.000 hectáreas ocupa más del 45% de la tierra cultivada. El Grupo Roncador posee un rancho de 150.000 hectáreas; el rancho Tanguro del Grupo Amaggi, tiene 80.000 hectáreas. JBS es el mayor productor y exportador mundial de carne y el rebaño brasileño supera en estos momentos los 200 millones de cabezas de ganado. Se calcula que la producción de metano de este rebaño a partir de la fermentación entérica excede las emisiones de CO2 de la remoción de tierras y la deforestación en Brasil.

Esta es la singular crisis brasileña del cambio climático: no es un capitalógeno genérico, sino una economía nacional promovida e impulsada políticamente en interacción con un entorno de recursos único. Hasta la llegada al poder de Bolsonaro, se habían arbitrado una serie de medidas políticas para limitar la extensificación de la tierra: un registro de la propiedad de la tierra, un seguimiento satelital de incursiones terrestres, una moratoria para el cultivo de soja y la ganadería en cualquier tierra de labor recién convertida. Estas políticas de mitigación lograron reducir mucho, pero ni de lejos eliminar la deforestación amazónica, mientras que otros enclaves ecológicamente importantes, especialmente el Cerrado en Mato Grosso, quedaron mucho más desprotegidos.

Otro contraste sociogénico. Tanto en China como en Brasil, con el aumento del ingreso per cápita, la tendencia ha sido a comer más carne. China supera hoy a Estados Unidos en consumo de carne de cerdo, y en consumo total de carne alcanzó en 2011 una cantidad anual per cápita de 52,4 kilos. Brasil, con 92,6 kilos per cápita anuales, ha superado el promedio europeo y la que más consume es la carne de res, que es la que tiene un mayor impacto ambiental en cuanto a la generación de gases de efecto invernadero. Nadie se acerca a los Estados Unidos carnívoros de Trump, cuyo promedio es de 135 kilos per cápita anuales en todo tipo de carnes. En el extremo opuesto se encuentra la India, con su vegetarianismo nacionalista hindú y su persecución de musulmanes carnívoros, que tiene el menor consumo de carne per cápita del mundo y una tendencia mucho menos acentuada a que vaya ampliándose el número de personas que comen carne. Son las culturas de consumo, y no las opciones individuales de los consumidores, las que tienen importantes consecuencias para el cambio climático.

De los contrastes sociogénicos se derivan conexiones sociogénicas. El comercio mundial de alimentos no va de cualquier parte a cualquier otra parte. Los flujos comerciales son algo muy estructurado y, en el caso de China y Brasil, responden a que los opuestos se atraen. La falta de recursos de tierra y agua en China crea la demanda y la demanda se orienta hacia la abundancia de Brasil. La política comercial de China condiciona este comercio: importa solo soja entera, que luego procesa su propia industria de alimentación animal. Un acuerdo entre Brasil y China para comerciar en las monedas nacionales respectivas escapa al dominio del dólar como moneda de reserva de las transacciones comerciales internacionales. Es una conexión específica, de nación a nación, entre la producción y el consumo. Como sabemos muy bien desde el Brexit, las conexiones comerciales se hacen y se deshacen políticamente.

Una de las principales limitaciones del Acuerdo de París y de los planes nacionales para la mitigación del cambio climático que de él se derivan es que trata a los países solo como productores de gases de efecto invernadero. El comercio, y la conexión entre productores y consumidores, es el auténtico agujero negro de la sostenibilidad. Como se ha puesto ahora en evidencia al señalar el presidente Macron con el dedo a Bolsonaro, el acuerdo comercial entre la UE y Mercosur no incorpora compromisos legales para la conservación de la Amazonia y el Cerrado. La conexión entre China y Brasil por la soja demuestra que el comercio de nación a nación es una dinámica crítica para la emergencia del cambio climático.

Y esto nos lleva otra vez al principio. Trump y Bolsonaro le han dado al acelerador de esa dinámica. La economía es política, y la política de las economías está impulsando la emergencia del cambio climático. Combatir el cambio climático implica cuestionar dichas políticas dentro de nuestros distintos contextos sociales y ambientales. Esta es una razón más para ser europeo en el contexto de la Unión Europea, participando en la definición de la política de nuestros recursos ambientales compartidos y de un marco legalmente vinculante para un comercio internacional sostenible. La alternativa es seguir por la vía de la catástrofe ambiental con la política de destrucción planetaria de Trump y Bolsonaro.

Tomado de Opendemocracy
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