Política

Brasil fuera del mundo

23 nov 2020
Emir Sader
Bolsonaro hace su debut mundial sin Trump. Y de la peor forma posible. Si sus absurdas declaraciones se camuflaron detrás de las de Trump, ahora se ha puesto al descubierto.

En el primer encuentro, en los BRICS, Bolsonaro no encajaría en un grupo integrado por naciones emergentes, que en un principio pretenden construir un proyecto de un mundo multipolar alternativo a la hegemonía norteamericana, es un gobierno absolutamente subordinado a Estados Unidos. La presencia de Bolsonaro fue tolerada, con plena conciencia de que es un gobierno de paso, sentimiento ahora fortalecido por la derrota de Trump.

Sin tener conciencia de su situación, Bolsonaro pronunció un discurso militar, mal leído, sobre la tarea de transmitir un mensaje a un bloque de líderes enemigos. Hizo que Brasil pase una vergüenza con su estupidez, que supone que los demás jefes de Estado desconocen la situación de la Amazonía y de los derechos humanos en Brasil.

No solo discrepaba de los otros jefes de Estado, sino también aparecía como alguien fuera del mundo, folclórico, alguien que no sabe cómo es el mundo hoy y menos el papel que debe jugar Brasil. Bolsonaro tuvo que aceptar el retiro del reclamo de un lugar para Brasil en el Consejo de Seguridad de la ONU, para poder firmar el documento final, totalmente en contradicción con su discurso.

Sintiendo el cambio en el prestigioso papel que había tenido Brasil en décadas anteriores, incluso O Globo editorializó contra el desmantelamiento de la Cancillería y la política del actual gobierno, que margina a Brasil en el mundo.

En la reunión del G-20, la vergüenza fue aún mayor, si podía ser peor. Bolsonaro envió un mensaje diciendo que el tiempo demuestra que tiene razón, pero no se quedó a participar del debate, donde podría ser interrogado y no pudo responder. La misma razón por la que no acepta nunca las conferencias de prensa.

El tema del encuentro fue la pandemia y las condiciones para combatirla de manera coordinada. Como un negacionista, Bolsonaro recordó que hay también la preocupación con la economía como si él fuera el único jefe de Estado que supiera que, además de la pandemia, hay una crisis económica, cuando es conocido que su gobierno hizo nada sobre la pandemia y que los 12 millones de desempleados que ya existían antes de la pandemia. Para subestimar la lucha contra la pandemia, como siempre ha hecho su inspirado perdedor, que ahora se niega a aceptar la derrota.

Pero, consciente del escándalo internacional de la masacre de los guardias de seguridad de Carrefour en contra de un ciudadano desarmado de Porto Alegre, se adelantó a dar su versión. No podría ser peor. Aplicó el esquema de que los problemas de Brasil se imponen de afuera hacia adentro, lo que resultó en la peor de las versiones.
 
Un país marcado por las discriminaciones raciales sería un país sin problemas de racismo, que solo nos afectan porque enemigos externos, molestos por el éxito de un gobierno sui generis, nos exportan, para provocar conflictos en un país que no tendría que tener conflictos.

Hace un discurso parecido al de los militares en la época de la dictadura militar, de un país rodeado por el acoso del comunismo internacional, que podía entenderse en el clima de la guerra fría, por aberrante que fuera. Eso ahora parece aún más grotesco, con disculpas lamentables, que solo se pueden entender si recordamos que considera basura a quienes protestan contra la brutalidad de la acción de los guardias de seguridad.

Brasil pasó de ser un país de gran prestigio internacional en los gobiernos del PT, con Lula proyectado como un gran estadista, a esa vergüenza que las intervenciones de Bolsonaro someten al país. Si todavía hay un diplomático mínimamente digno en el Ministerio de Relaciones Exteriores, solo puede esconderse debajo de la mesa.

La única ventaja de tener el peor gobierno de nuestra historia es que es más fácil valorar los gobiernos que el país ha tenido anteriormente y poder superar este bochornoso momento de su historia con pocas medidas y poco tiempo.

- Emir Sader, sociólogo y científico político brasileño, es coordinador del Laboratorio de Políticas Públicas de la Universidad Estadual de Rio de Janeiro (UERJ).
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