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Utopía, para leer y para soñar

11 dic 2018
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Utopía es el nombre de una Isla. Sus costumbres, vida y realidad llegan a través de un personaje que, como conocemos por sus líneas, vivió un tiempo allí. La sociedad descrita por Tomas Moro establece como premisa esencial la propiedad común de todos los bienes y, en el decursar de la narración, analiza conceptos que resultan importantes y que vale la pena reseñar.

Uno de los postulados esenciales que podemos rebatir es que esa convivencia, basada en la armonía, la justicia, la equidad y el respeto entre cada uno de sus habitantes, supone personas y seres humanos con unos valores humanos intachables los cuales no existían en la época de Moro ni aún existen en la actualidad.  

Aún cuando el relato anuncia una sociedad cuasi-perfecta, el propio autor deja muy claro su postura al respecto cuando nombra a su capital Amauroto, es decir, sin muros, y en las cercanías de un río sin agua llamado Anhidro, y por último nombra a un líder o funcionario, quien guiará la vida en la república cuya designación es Ademo, es decir, sin pueblo.

El texto enarbola como bandera la defensa de los valores ideales del ser humano. Por este medio, el autor critica y pone en punto de conflicto la vida social y política que envuelve a los pueblos que le ha tocado conocer y visitar. El texto, se convierte más que en una obra literaria y filosófica, en una proclama de denuncia. Los problemas abordados están relacionados con la infelicidad e insatisfacción de los  seres que integran las sociedades de la Europa renacentista y que se han visto sumidos durante años en un período gris, donde la Iglesia y las estructuras políticas no han sabido construir una sabia y fructífera vida en comunidad. Su premisa o su tesis a desarrollar, consiste en saber si será posible lograr en la sociedad europea una cultura similar a la que él plantea en el libro.

Moro explicita que ninguna de estas ciudades “desea extender o ensanchar su distrito, por considerarse más como labradores usufructuarios de los campos que como señores de los mismos”. Desde este mismo instante se aprecia que ya en la distribución del trabajo, ellos tienen concientizado que en el campo, los instrumentos son elementos que, aunque no les pertenecen,  los han de utilizar no solo para el bien individual sino también para el bien colectivo.

En esta misma forma de organización se observan teorías y conceptos que tienen puntos en común con formas económicas y de producción que actualmente conservan su vigencia. Ejemplo de lo anterior son las Alquerías donde trabajaban más de 40 personas y contaban con los instrumentos necesarios para la producción. Por cada 30 alquerías se crea una agrupación mayor y como cita el autor: “Los instrumentos de labranza se los proporcionan en la Ciudad por conducto del magistrado, sin abonar nada por ellos”. Básicamente son las mismas condiciones que rigen el cooperativismo, desde su surgimiento hasta las variantes modernas en su agrupación económica.

Como muestra de esos valores que deben primar por encima de las ambiciones individuales se insiste en que se “siembra bastante para poder socorrer a otros países”.  Y aunque, evidentemente es una sociedad perfecta en su organización y completamente equitativa en la distribución de los recursos escasos, se puede señalar que este excedente no se dona a otros países en gesto de solidaridad y hermandad sino que se intercambia o se vende para obtener ganancias. O sea, por su condición de Isla, el bienestar y la equidad sólo se garantiza dentro del margen de sus fronteras. El autor sabe que aún en una sociedad idealizada como Utopía, las repúblicas están en un mundo en el cual rigen relaciones ajenas a su soberanía y que tienen inevitablemente que aceptar para poder subsistir. 

Un factor a destacar es la importancia que le confieren a la producción, mucho más que al comercio y al intercambio con otras fronteras. En la organización del trabajo existe cierta distinción: los sifograntos y otros funcionarios no deberán trabajar según la ley, sin embargo, lo hacen para dar el ejemplo ante los demás. Ellos a su vez evitarán los vagabundos y velarán por que cada cual tenga un empleo y una profesión.

Cada uno de sus habitantes ve el trabajo como un placer de seis horas diarias, que realizan por un compromiso individual. Lo realizan sistemáticamente y sin más presentes ambiciones.  

Si en el tiempo de Enrique VIII “para los pobres de nuestras tierras el trabajo reporta muy poco provecho, pues siempre están espoleados por el temor de una senectud miserable”, para los hombres de Utopía el trabajo constituía una satisfacción, luego de la cual podían dedicarse a la entretención y a cultivar su espíritu.

Ahora me adentraré en la estructura del gobierno creado en Utopía. Por cada 30 familias eligen un sifogranto y por 10 de ellos, un traniboro, quienes serán los más cercanos al Príncipe. Los 200 sifograntos eligen a un príncipe mediante el voto secreto y su propuesta sale de los cuatro candidatos propuestos por la mayoría del pueblo.

En esta estructura si bien se aprecian síntomas de la democracia y de los términos de representación que hemos estudiado en clases, a la dignidad del príncipe se le confiere un carácter vitalicio, elemento que podemos asociar con las repúblicas aristocráticas. De hecho debemos sumar dos elementos: el propio cargo del príncipe (Ademo, sin pueblo) evidencia cierta individualidad a la hora de ejercer el poder y por otra, Tomás Moro deja bien explícito que en utopía no gobernarán los filósofos, sino los sabios, los seres especiales, elegido por el pueblo.

En una sociedad tan equitativa el lector puede inferir que todos los ciudadanos son libres y sin embargo aquí entra un tanto en contradicción el autor. En primer lugar por la existencia de esclavos y en segundo por ciertas restricciones que no les permiten a los pobladores obrar con total independencia.

En cuanto a la organización social, además de describir una ciudad con jardines y amurallada, se enfatiza mucho en la no existencia de la propiedad individual a tal punto de proponer que cada diez años todos cambien de domicilio por sorteo, y todos sientan emulación por dejar la casa lo más arreglada posible. 

Sobre la organización de la familia, Moro no renuncia a las relaciones de poder que establece Aristóteles entre padres e hijos, amos y esclavos, esposos y esposas. Y hasta más plantea que es posible la adopción de hijos por otras familias para evitar crecimientos o decrecimientos de la población no planificados o cuando los hijos deciden no continuar con la profesión de los padres. El pensamiento de Moro, en su afán de igualitarismo no alcanzaba a entender que en todo no puede ser socializado por igual, mucho menos los hijos.

El rescate de los valores es otro tema muy pertinente al punto que promueven juegos que propicien “la oposición a los vicios y la concordia con las virtudes”. Y más adelante señala: “No hay tabernas, ni casas públicas de mujeres deshonestas, ni nada que dé lugar a la corrupción de las costumbres”.

A lo largo del ensayo se realiza una crítica más explícita en relación con la situación existente en otras regiones. “En otros países es necesario que haya muchos dedicados a la reparación, porque lo que los padres construyeron con gran trabajo, los herederos pródigos lo descuidan de manera que poco a  poco se arruinan”.

Moro anuncia su posición contra el consumismo desenfrenado que ya comenzaba a intensificarse en la Europa de la época. “No tienen motivo por desear más ropa dela que tienen, porque con otra no estarían mejor defendidos del frío  o del calor”.

En esta construcción de una sociedad modelo, Moro no descarta ninguna de las normas que han de regir la vida en sociedad. Por ello, define para la Filosofía Moral que se traten temas  referentes al hombre y la felicidad. Su fundamento esencial es que el alma es inmortal creada por la bondad de Dios. Aunque esto, según dice su religión, “para correrlo o no, hay que concordarlo con la razón”.

Son seres humanos excepcionales y de valores justos, pero sin embargo el autor no descarta que los ciudadanos se vean envueltos en conflictos bélicos. Y prevé para esos casos la contratación de mercenarios para no contradecir sus postulados anteriores.

En esta sociedad utópica y futurista, se aprecian también rasgos conservadores. Un ejemplo de ello, lo constituye el matrimonio. Está establecido que se castigarán los actos de deshonestidad antes del mismo y no se admite el divorcio si primero no se conocen sus causas.

Hay dos aspectos que nos parecen interesantes pues constituyen una respuesta al período gris de la época donde la Iglesia Católica regía como el más poderoso de los señores feudales: el primero es la pluralidad de religiones que se anuncia en Utopía y el hecho de destinar un capítulo entero para ver las festividades.  

En el capítulo de las comparaciones las críticas son más directas. Moro se auxilia de una serie de interrogantes retóricas que, si bien él las anuncia como un “qué pasaría si”, son la realidad de un contexto histórico vivido por este autor y en el cual podemos adentrarnos antes de terminar este ensayo.

En Inglaterra se vivía una política absolutista en la que se llegó hasta el extremo de cambiar la religión oficial del reino por un capricho particular de Enrique VIII. El nacimiento de la iglesia anglicana en clara oposición contra la religión católica, modificó el curso de la historia de una cultura y removió en cada hombre ilustre de su época, sentimientos de libertad en contra del absolutismo inglés.

Por eso, Utopía defiende la tesis de que cada uno de los pobladores hace de buena gana lo que le toca y no es necesario un rey, monarca, o príncipe dominante y tiránico que diga que se debe y que no se debe hacer.

La monarquía absolutista a la cual se encontraba sometido el pueblo de Inglaterra fue una de las principales características de aquella cultura. Utopía vendría siendo una República alternativa que permitiera una mejor organización social.

Una de las comparaciones más concluyentes entre Inglaterra y Utopía, es que en Inglaterra todos buscan el enriquecimiento y la satisfacción personal, mientras que en Utopía los intereses de los individuos se encuentran subordinados a los de una sociedad como conjunto. Si en la Inglaterra del siglo XVI los hombres más poderosos y adinerados son los que menos trabajan, en la república de Utopía todos los individuos deben desempeñar un trabajo que le sea útil a la comunidad.

Hasta aquí: comparaciones, contextos, ideas y valoraciones sobre una sociedad ideal que describió Tomás Moro. Si bien tiene rasgos muy avanzados, también tiene posturas criticables. Fue muy innovador en algunas propuestas pero conservador en otras. Tiene todo el mérito por el aporte revolucionario de su teoría. Mientras, leemos esta obra nos revive el sueño de construir naciones ideales. Tomás Moro no fue el único, John Lennon y el Che Guevara tampoco; nosotros también tenemos sueños.  

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