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Un rostro para la rebeldía

10 ene 2019
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Nudo ideológico de su época, Julio Antonio Mella proyecta una marca todavía visible de autenticidad. Negado a envejecer, sus ideas justifican, contradicen o dialogan en los complexos dominios de la construcción del socialismo cubano.  Nervio de la reconfiguración de las luchas políticas en la pasada centuria, más de una vez ha entablado combate con las muchas fuerzas que «dentro» y «fuera» pretendieron relegarlo.

Nacido en 1903, su matrícula como alumno de Derecho y Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana se oficializó dieciocho años más tarde. Estremecido ante el grito de Córdoba, el espíritu colonial de la educación superior cubana comenzaba a tambalearse. Contrapuesto al dogma oportunista de las jerarquías académicas, el debate estudiantil trascendía con prontitud los centenarios muros de La Colina. La Revolución Mexicana, el triunfo bolchevique de Octubre de 1917, los efectos desfigurantes de la Danza de los Millones; avistaban el escenario de renovación que Julio Antonio supo fermentar.

Agotados prontamente los caminos del reformismo, el contenido de la lucha y su carácter social substancialmente fue modificándose. La eclosión estudiantil para ser útil al país demandó encontrar su identidad. Resultó forzoso trascender fundados, animosos, entablar debate con la vanguardia del momento, movilizar la voluntad nacional. En el centro de aquella «tempestad», Mella funda el Directorio de la Federación de Estudiantes de la Universidad de La Habana (FEUH) en 1922 de la que luego será presidente. Alma Mater, Juventud, la Universidad Popular «José Martí», la Liga Antiimperialista, el primer Partido Comunista; gravitan en su órbita fecundante.

Los primeros trabajos periodísticos asoman entonces sin pretensión de confirmación intelectual. Lo político orgánicamente fundido a la personalidad de aquel joven de pensamiento, modela la sensibilidad  de entender la cultura no solo como recurso sino como alma misma para una mejor militancia. Seguro de sí, aspira a no ser contado solo por las actas de congresos y reuniones. Procura explicarse, hallarse en sus múltiples dilemas, convocar a los otros desde una voluntad constante de diálogo público a partir de lo que escribe y de una movilización cada vez más original que respalda con lo que hace.

Las torceduras ideológicas de su tiempo, la esencia anticapitalista que complementa su antiimperialismo; lo aproximan de forma instantánea al movimiento obrero. Desentraña la marca neocolonial que imprime la dominación norteamericana sobre la Isla. Revisita el pensamiento de José Martí. Fusiona  conceptos claves de la teoría marxista. Ensaya el nacionalismo revolucionario que alimentará con ideas radicales nuestro breve siglo XX.

En septiembre de 1926, escribiendo a Sara Pascual, insiste en la ausencia de motivos para el pesimismo. «(…) Cuando ese fascismo tropical pase, ya verás tú que generación vamos a tener (…). La acción de multitudes en el momento presente me parece muy difícil. La más importante es la de creación de los núcleos capacitados para las acciones futuras. La tiranía no es eterna, el capitalismo tampoco, el imperialismo mucho menos. Todos somos jóvenes».[1]

Pero Julio Antonio no escapa a la sombra de la incomprensión, las ironías y las desdichas que acompañan la aventura política. Para entonces la FEUH —dos años después de su fundación— le ha dado la espalda. Acusado de vocación dictatorial y sectarismo, el que hubo de ser constituyente se aparta de las luchas universitarias. La inmovilización, con prontitud, se convierte en absorción por el sistema. La lucha estudiantil pierde fuerza. Enfrentado a las autoridades docentes, Mella es expulsado de la Universidad. No pide justicia a sus vengadores, los emplaza para el día en que puedan ser vencidos.

Confinado en una prisión machadista por supuestos actos de terrorismo, librará una seria batalla contra la muerte. La decisión de declarase en huelga de hambre amontonará titulares periodísticos el 6 diciembre de 1925. Aceleradamente la protesta cobra forma y adquiere fuerza. Volantes, cartas y pronunciamientos respaldan al convaleciente luchador. Al cabo, la huelga confirmará su personalidad política pero detonará las contradicciones con el Partido Comunista.

Transgredir los límites de la ortodoxia siempre puede resultar una amenaza. Violación disciplinaria, acción individualista, vulneración de la línea de masas; se abre paso el voto de censura. Opuestos Baliño y Barreiro, los días iniciales de enero del año entrante serán escenario del juicio político. El Partido acordará la expulsión del joven militante. Una «Resolución sobre Cuba», acordada el 28 de enero de 1927 por el Secretariado Político del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, orientará la readmisión del revolucionario. Influyente, el malestar social y las voces internacionales han exigido la reconsideración de la medida. Resultantes tal vez de la inexperiencia, la decisión y el procedimiento anunciaban el sombrío fantasma del stalinismo.

La certeza de «Hasta la vista en Cuba Libre», despidió a Julio Antonio en el viaje que lo llevaría hasta México. Es 1926 y atrás queda cercada por la dictadura una parte de sí. Obligado a doblegarse ante la opinión continental durante la huelga de hambre, el tirano criminalizó aún más la protesta social. Deslió la Asamblea Universitaria, la FEU y las asociaciones estudiantiles. Devuelta la hegemonía al Claustro General y al Consejo Universitario, el régimen disciplinario retornó al recinto docente. Divididos y agotados, los dirigentes de la FEU esbozaron medrosamente sus protestas.

En tierra azteca, avivadamente vinculado con el movimiento obrero y comunista, Mella promueve las ideas anticapitalistas. Por esos años maduran sus razonamientos marxistas sobre la lucha de clases, el papel del proletariado y la misión del partido. A la par padece la ferocidad de la miseria, así lo prueba su epistolario o el trágico nacimiento de su primera hija y la imposibilidad del padre de brindarle entierro digno. Con una sepultura clandestina, saltando la verja del cementerio; Julio Antonio desgarra un pedazo de su sensibilidad. 

En la redacción de El Machete se producirá el encuentro con Tina Modotti. La penetrante fotógrafa legará las imágenes de los desnudos de su amor y también las punzantes fotografías de su cadáver. «¡Machado me ha mandado matar! ¡Muero por la Revolución!», serán sus últimas palabras cuando desfallece en la camilla del hospital de la Cruz Roja donde es operado. José Agustín López Valiñas y dos disparos por la espalda han cumplido la orden del tirano. Hálito de combate su muerte preludia la tercera revolución cubana.

Rostro rebelde de una época, redescubrir a Mella supone un necesario esfuerzo intelectual por las generaciones presentes y futuras. Revisitar su pensamiento no es ahora precisamente un acto cotidiano en nuestros jóvenes. Caminos trillados y significaciones anémicas inciden en que las miradas busquen solo el horizonte. A riesgo mayor,  la premura induce a soslayar la importancia de, ante todo, conocer y profundizar en los múltiples armarios del «pasado». Consignas, emblemas, estandartes, eternizan la «imagen» del líder juvenil pero, al no atrapar la rebeldía que lo define, congelan su ideario en la densa frialdad del inmovilismo.

Esta selección[2] de textos escritos por Julio Antonio confirma el irónico privilegio de una vida breve, urgente, convulsa, caprichosa. Incomprensible para quien no siente la Revolución o solo ha aprendido a simularla. Incompletas aproximaciones que únicamente persiguen provocar la interpretación crítica de una época, de un joven, de una forma de militancia, de un signo de lo que fue y ha de ser el liderazgo. Imperfecta, a ciencia cierta reflejo de una experiencia vital, busca contagiar a otros en la tentativa de ser comunistas sin dejar de ser manicatos.    

La certeza de que todo tiempo futuro tiene que ser mejor, carente de acción, puede degenerativamente enfermarnos de espejismos. La otra perspectiva, la de Mella, aunque más difícil, se sitúa ampliamente más revolucionaria. Tenemos que superar la mera reforma, nutrir de contenido social y popular la lucha ideológica, revertir la degradación del argumento anticapitalista, dotar a la política de contenido intelectual, volver al centro de fuerza de la revolución social, alimentar su potencia.

 

Nueve décadas después, retornamos a Julio Antonio con la prisa de entender la clave de hacer más en poco tiempo. Otra vez la revolución puede abrirse paso en la adversidad. No es casual que sus cenizas reposen a los pies de la escalinata universitaria. Son advertencia para las débiles memorias. Allí deberíamos peregrinar alguna vez todos los cubanos jóvenes y, de retorno a la ciudad, descendiendo los ochenta y ocho, escuchar las convocantes palabras del único hijo que yace junto al Alma Mater: 

 

«… ¡Juventud, Juventud, recuerda que eres un divino tesoro, que la humanidad adolorida sueña con regenerarse por el impulso poderoso de tus sueños y de tu energía! Recuerda, Juventud, que la universidad es la fragua donde se hacen los luchadores de mañana. No claudiques ahora, que eres joven y que no has creado intereses. Lanza nuevamente tu grito de rebeldía vigorosa. Confunde a los traidores. Desprecia a los cobardes. Expulsa a los falsos maestros. No permitas la entrada de los que te engañaron durante varios años. Toma el látigo de Cristo y arroja  a los mercaderes del templo de la enseñanza: la verdadera religión de los hombres nuevos.

Rebélate ante los traidores y ante los amos. Pide maestros jóvenes de alma que te enseñen la nueva verdad de la época. Envía los fósiles a los museos.

Juventud universitaria, en tus manos está el porvenir de tu casa y de la República. ¿Sabrás ser digna de su misión? Yo creo que sí. Vivamos la hora solemne de la historia de los pueblos».[3]



[1] «Carta a Sarah Pascual»,  México, D.F,  16 de Septiembre de 1926. Véase en Mella: Documentos y Artículos (1990), p.256, t1, Editorial Pueblo y Educación.

[2] Los textos que aparecen en el presente volumen han sido seleccionados o cotejados de: Cairo Ballester, Ana, selección, prefacio, y notas: Mella 100 años, Editorial Oriente, Ediciones La Memoria, Santiago de Cuba, La Habana, 2003, 2t; y de Castañeda, Eduardo, ET AL., comps.: Mella: Documentos y Artículos, Instituto de Historia del Movimiento Comunista y la Revolución Socialista de Cuba, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1990.

[3] «Los falsos maestros y discípulos»,  El Heraldo, p.14, cols. 7 y 8, La Habana, 16 de octubre de 1924. Véase en Mella: Documentos y Artículos (1990), p.168, t1, Editorial Pueblo y Educación.

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