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Un nuevo ciclo para el auge del progresismo

29 oct 2019
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A los que habían enterrado al progresismo, el pretendido difunto les ha espetado un golpe tras otro en poquísimo tiempo. Allí donde creyó la derecha haber arrancado a su antagonista político de raíz, las mayorías populares recordaron el poder que le asiste si logran consenso y perseverancia en torno a un propósito. La realidad hoy es el triunfo sostenido en el tiempo de Evo Morales en Bolivia; la vuelta del kirchnerismo en Argentina, puntapié mediante a Mauricio Macri; una primera vuelta electoral en Uruguay que dio el respaldo mayor al izquierdista Frente Amplio, consolidado en el poder desde hace 19 años; y en las primeras elecciones regionales de Colombia tras la firma del acuerdo de paz, el presidente en la sombra Álvaro Uribe recibe una derrota tan apabullantemente vergonzosa que no le deja otra opción que reconocer el retroceso de su ultraderechista partido Centro Democrático. Y todo esto solo dentro de las 24 horas del domingo 27 de octubre de este año. Ya desde antes, una sacudida con efecto contagio se propagaba por América Latina y ponía en jaque a los que se creían impunes, victoriosos, intocables, en su cómoda silla presidencial.

Han sido semanas agitadas para la región con un denominador común: un malestar social generalizado que ha lanzado a la gente a las calles con soberbia e indignación. En casi todos los escenarios, Haití, Perú, Ecuador, Chile, Honduras, ha habido una medida económica como detonante, pero el alcance del estallido popular ha evidenciado la acumulación de insatisfacciones en los ciudadanos, un hastío que les proporciona la energía suficiente para enfrentarse sin temor a represalias a un modelo de gobierno opresor.

Esas protestas, tardías en algunos países como en Chile, al que le ha costado despertar de su letargo, incidieron sin proponérselo en los procesos electorales recientes, más allá de los panoramas propios de esas naciones. Han servido de vitrina al mundo para mostrar las limitaciones del vendido modelo de economía de libre mercado, y para desenmascarar a aquellos personajes que pregonan democracia a los cuatro vientos y son luego los primeros en volverse bestias tiránicas cuando se ven amenazados por la masa a la que desprecian.

Argentina tuvo su Macri para aprender la lección. El país tocó fondo en solo un cuatrienio que duró el mandato: una nueva deuda millonaria con el Fondo Monetario Internacional, la moneda nacional devaluada, la inflación imparable, emergencia alimentaria, «tarifazos» de infarto a todos los servicios básicos y en lugar de crear empleos, se generaban despidos. Pero llegaron las urnas y le pasaron factura al macrismo.

Bolivia evitó repetir a un Carlos Mesa «ambiguo» como mejor lo calificara el vicepresidente Álvaro García Linera al recordar su legado como presidente de la nación andina en el pasado; una presidencia obtenida por sucesión constitucional gracias a la huida del entonces Jefe de Estado Gonzalo Sánchez de Lozada, precisamente por un descontento social conocido como la guerra del gas, y terminada cual karma por otro brote de presión popular. Ahora el mal perdedor busca incendiar al país como nuevo instrumento de los que se resisten al éxito de Evo y su gestión.

Colombia, que ya había vivido unas presidenciales de susto para la histórica derecha, ahora aprovecha las regionales para decirle al uribismo que no tiene cabida ni en su propia tierra. Ni en su natal Medellín, ni en Bogotá. Y tampoco en Cali, Cartagena o Barranquilla. Apenas 4 gobernaciones de 32 y poco más de un centenar de alcaldes de más de mil 100 fueron las conquistas del partido oficialista, y esos logros fueron posible en su amplia mayoría por alianzas. Era habitual que la fuerza política en el poder se impusiera en las elecciones de gobernadores y cargos públicos locales, pero 2019 hizo la diferencia y abrió paso a la centroizquierda para posicionar en la capital a Claudia López, la primera mujer en ocupar esa alcaldía. Se complementó ese resultado con el primer exguerrillero electo para alcalde en la localidad de Turbaco, así como la primera alcaldesa indígena y el primer gobernador afrodescendiente en el departamento del Cauca.

Ecuador comprendió por fin la traición de Lenín Moreno y revolucionó las calles hasta revertir el decreto que liberalizaba el precio de los combustibles. Todavía queda un paquetazo impopular rondando sobre los ecuatorianos como pago al préstamo del FMI que puede provocar nuevas efervescencias. Al menos a Moreno sus electores le votaron convencidos de que le apostaban a la continuidad de la Revolución Ciudadana, solo que se trataba de un lobo con piel de cordero. No como los chilenos, que reeligieron a un Sebastián Piñera que conocían al dedillo y ahora tienen receta neoliberal por partida doble.

Definitivamente erraron los que pronosticaron finales para la izquierda. Si bien es cierto que el aplaudido cambio de época que se iniciara con la llegada de Hugo Chávez al poder el Venezuela duró apenas una década, y luego cayeron o, mejor dicho, hicieron caer a todo aquel que fue aliado, la historia demuestra que se trata de ciclos y que toca a los hombres imponer y perpetuar unos más que otros. La década ganada pasó y la perdida que le siguió también está pasando para dar lugar a una nueva etapa de crecimiento político en la que, si se quiere trascender, cada proyecto genuinamente anticapitalista deberá hacer un estudio serio de los fracasos y aciertos del pasado. Porque la derecha agoniza pero tiene mayores recursos, herramientas y padrinos de influencia para reapoderarse del terreno perdido.

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