Proposiciones

Un joven artillero en Girón*

20 abr 2020
Por
Sueños y utopías trazaron el destino del siempre joven Bladimir García Estrada quien, a pesar de haber abandonado este mundo en el año 2007, permanece vivo en las palabras de este testimonio que legara poco antes de morir al joven que hoy escribe desde el sentimiento de la pérdida y la alegría de saber que Bladimir murió con la satisfacción del deber cumplido.
Mi entrevistado, siempre remiso a la hora de hablar de su fructífera vida entregada a la obra de la Revolución, citaba a menudo el apotegma martiano, que ubica toda la gloria del mundo en un pequeño grano de maíz. El gran dramaturgo Bertold Brecht expresó: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles”. Bladimir es uno de esos imprescindibles.
Hijo de cubanos muy humildes, limpiabotas y semianalfabeto, dibujaba su futuro como la implacable reproducción de las condiciones de miseria, en las que habían vivido sus padres desde que nacieron. Su frustración ante la triste realidad que lo circundaba, en una Habana de profundos contrastes y el deseo de romper las cadenas inexorables que lo condenaban a ser un número más en la masa empobrecida de un país sumido en el capitalismo más salvaje y dependiente, lo llevaron, muy joven, a las acciones conspirativas del Movimiento 26 de Julio.
El triunfo de la Revolución fue para Bladimir la promesa de un porvenir inmediato de justicia, equidad y aspiraciones realizadas. No tardó en convertirse en miliciano, en sumarse a movilizaciones políticas, económicas y militares, pues así entendía su aporte y defensa de la Revolución.
La invasión mercenaria por Playa Girón fue su bautismo de fuego y, por ser esta una huella indeleble en su alma de revolucionario, fue el tema escogido por mi entrevistado, como centro de su testimonio. No le hice preguntas, dejé que sus recuerdos fluyeran como un torrente. Sirva este material como homenaje a todos los que han caído en la lucha por el proyecto revolucionario y a todos los que humildemente han escrito hermosas páginas en esta epopeya, que hoy nosotros continuamos. Así lo quiso Bladimir y así lo siente este joven, que escribe desde el respetuoso homenaje que le impone el saberse deudor de tanto sacrificio.
En septiembre de 1960 el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz fundó las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR), a las que se incorporaron los jóvenes por sus zonas de residencia, para formar compañías y batallones. Bladimir no faltó al llamado.
El inicio de su movilización lo constituyó una caminata desde el Liceo del ultramarino pueblo de Regla hasta Ciudad Libertad, en el municipio Marianao. Luego de dos días de entrenamiento en este último lugar, repitió la experiencia, esta vez hasta la Terminal de Ferrocarriles. Sus sentimientos estaban encontrados: ansioso, por tener un fusil para enfrentarse al imperialismo que no cejaba en intentar desaparecer a su Revolución; y apesadumbrado, por lo que consideraba pérdidas inútiles de tiempo y gasto estéril de suelas de botas. Con cerca de 1500 compañeros, cuyas edades oscilaban entre los 13 y 21 años, inició un viaje en tren con destino a Palma Soriano y Minas de Frío.
El ascenso épico de las tres mayores elevaciones de Cuba lo esperaba. También caminatas, entrenamientos… y nuevos pares de botas. El 31 de diciembre de 1960 quedó grabado en su memoria con un recuerdo imperecedero. De regreso a La Habana, alojado junto al resto de la tropa en lo que había sido un campo de golf de la más rancia burguesía criolla, conoció al Hombre-Héroe-Guerrillero-Ídolo-Profeta, de barba negra copiosa, de verbo encendido, de extremidades largas, de andar apresurado y curiosidad infinita: Fidel.
Durante varias horas, que olvidaron su esencia como medidoras del tiempo, Fidel les habló de las amenazas que se cernían sobre el país y de la importancia de preservar la reciente independencia ganada. Bladimir no sería más el mismo, un compromiso creció dentro de él, echando raíces profundas desde el amor a su Comandante en Jefe. En aquel campo de golf, se terminó de fraguar su destino. El 7 de enero de 1961, la tropa fue trasladada a La Cabaña, con el objetivo de que los jóvenes milicianos se prepararan como artilleros diestros en el manejo del obús soviético de 122 milímetros.
En varias ocasiones Fidel los visitó, casi siempre en horas de la noche, para darles orientaciones que algunos entendían y otros no, debido a la magnitud y profundidad de su pensamiento, aunque todos estaban poseídos por la fe irreductible en las ideas de aquel hombre.
El dominio de dicho armamento, por su complejidad, exigía una determinada formación cultural, sobre todo en matemáticas, la cual era prácticamente nula entre el estudiantado. Ello obligó a establecer un sistema, por el cual algunos oficiales de milicia del primer curso y miembros del Ejército Rebelde recibían las clases en la mañana, impartidas por asesores soviéticos, y en las tardes transmitían estos conocimientos al resto de la tropa.
A partir del 15 de abril y a raíz de los criminales bombardeos estadounidenses a San Antonio de los Baños, Ciudad Libertad y Santiago de Cuba, esta masa de jóvenes aguerridos fue puesta en estado de alerta y el propio 17 de abril, en horas de la noche ocuparon distintos sitios de La Cabaña, para desconcentrar la técnica de combate.
El 17 de abril, a las 5:30 horas aproximadamente, sonó la alarma de combate y rápidamente trepado a un camión, el joven Bladimir se dispuso a cumplir con su destino: enfrentarse a los que pretendían quitarle la alegría y la confianza en el porvenir. Sin conocer los detalles de la misión a la que se abocaba, el convoy que lo trasladaba se internó en la Carretera Central, cruzó Matanzas y ya en el pueblo de Limonar, comenzó a tener alguna información de forma indirecta, de lo que realmente ocurría, pues los vecinos del lugar, que estaban volcados a la calle, les gritaban: “¡Tengan cuidado, muchachos! ¡Hay aviones tirando!”.
En Jagüey Grande, aproximadamente a las 12:00 del mediodía, él y sus compañeros se vieron abordados por un mar de pueblo humilde que, al reconocerlos milicianos, les ofrecía agua, café y alimentos. El paso recurrente de ambulancias, les presagiaba el lejano acto de heroísmo, aunque existía el temor y la desesperación de que no los designaran a entrar en combate y solo los mantuvieran en la reserva ubicada en la retaguardia.
Humildes campesinos les gritaban: “¡Hagan justicia, miren cómo han matado milicianos!”. Otros exaltaban eufóricos: “¡Ahora sí ganamos la guerra!”, “¡Con esos hierros, sí ganamos la guerra!”. Recuerda Bladimir que, en una de las paradas efectuadas, una viejecita se acercó al jefe del carro y le dijo: “¡Mi´jo, haz justicia, que me han matado a mi hijo!”. Crecía el desespero por entrar en la acción redentora.
De ahí continuaron hasta el Central Australia, a donde llegaron sobre las 2:30 pm. Se ubicaron a unos 250 metros de la fábrica de azúcar, emplazaron las baterías de artillería del obús estudiado de forma insuficiente y, de inmediato, recibieron la orden de prepararse para el combate. Mucho esfuerzo les costó la apertura de nichos para las municiones, debido al suelo rocoso del lugar.
A las 17:00 horas aproximadamente, algo inesperado ocurrió. Una concentración de compañeros a sus espaldas anunciaba una sorpresa. En el centro del grupo estaba Fidel impartiendo órdenes, conociendo a la tropa, preocupándose por la preparación combativa y la moral de los milicianos. Cuando Bladimir relataba estos hechos, las palabras se le tornaban escurridizas por la emoción, cuando intentaba describir lo que sintió en aquel momento, sabiendo que iba combatir al lado de su Comandante en Jefe, que este, personalmente, dirigía las acciones y que, si le llegaba la hora definitiva, allí quedaría el joven miliciano, pero no sin antes haber dado lo mejor de sí, para no fallarle a él.
A las 18:00 horas recibió la noticia de que Fidel había ordenado trasladar la artillería unos kilómetros hacia adelante y para ello era necesario que el terraplén fuera protegido por la infantería. El objetivo era facilitar la entrada de los tanques.
Cerca de la medianoche, Bladimir y el resto de la tropa comenzaron a avanzar por varios kilómetros de terraplén, desviando las baterías hacia la izquierda del mismo, para emplazar cada unidad en orden combativo. Esta tarea les resultó particularmente difícil, pues las dificultades del terreno obstaculizaban el enterramiento de las cureñas, lo que traía como consecuencia que, al primer disparo, se perdía la puntería.
Los datos aportados por el punto de observación, convenientemente emplazado, les permitieron hacer el primer tiro de reglaje que, para alegría de todos, cayó en el centro de las fuerzas invasoras (la suerte del novato, diría Bladimir), las que, a partir de ese momento, recibieron fuego concentrado. Ante la sorpresa, los mercenarios decidieron liberar a un grupo de milicianos capturados y se retiraron de forma desordenada hacia Playa Larga, no sin antes haber respondido con una andanada de morteros que, milagrosamente, no les produjo ninguna baja a los jóvenes artilleros (otra vez, la suerte del novato).
Por un error táctico y para consternación de toda la tropa, se perdió el contacto con el puesto de observación, que guiaba los disparos de la bisoña artillería cubana. Luego, ante la imposibilidad de seguir disparando, recibieron la orden de cuidar las posiciones de fuego contra posibles acciones de los paracaidistas que, con anterioridad, se habían lanzado en el lugar, pero que no llegaron a aparecer.
Al amanecer del 18 de abril, Bladimir y sus compañeros vislumbraron a un grupo de campesinos con sus familias que se trasladaban por el terraplén rumbo al Central Australia. Sus rostros aparecían asustados por el impacto emocional de las acciones armadas, con experiencias que los marcarían de por vida, pero a la vez, con la tranquilidad de saberse resguardados por jóvenes milicianos carentes de experiencia militar, pero pletóricos de ardor revolucionario y combativo, que no dudarían un segundo en entregar sus propias vidas por ellos.
En horas del mediodía, Bladimir y sus compañeros tomaron el terraplén que conducía a Playa Larga, emplazaron las piezas de artillería y las enmascararon lo mejor posible de la aviación, en espera de nuevas acciones que correspondieran con los altos niveles de adrenalina que circulaban por sus venas. Oficiales procedentes del Ejército Rebelde, los alertaron de que no cogieran las pistolas que estaban en los montoncitos de arena a ambos lados del terraplén, pues se trataban realmente de minas caza bobos puestas por el enemigo. Relata Bladimir que, para consternación de todos, estos artilugios ya habían segado la vida de algunos compañeros en ese terraplén. Así, la muerte se le reveló con su verdadero rostro y cercanía, sintiéndola como una realidad nunca antes percibida.
Sobre las 17:00 horas, pasaron de largo varios ómnibus “Olymper” con dirección a Girón, que transportaban batallones de infantería de milicia. Escasos minutos después, les sobrevolaron aviones con insignias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que procedieron a saludar a la tropa, moviendo las alas a ambos lados, para luego dar un giro en dirección al mar. La alegría invadió a los defensores del suelo patrio, pues asumieron que estos aparatos atacarían las posiciones de los mercenarios.
Poco tiempo después, volvieron a divisar los aviones sobrevolando el terraplén a escasos kilómetros de ellos. Esto les produjo satisfacción, al asumir que estaban atacando a los mercenarios. Se escuchaban explosiones de bombas y el tableteo de las ametralladoras. Pasados unos minutos, los aviones tomaron rumbo hacia donde se encontraba Bladimir y algunos de sus compañeros, los cuales buscaron inmediato refugio, guiados por el instinto de conservación y por una punzada en el estómago que presagiaba que algo malo iba a ocurrir.
Los aviones llegaron y cobardemente empezaron a ametrallar las posiciones de los milicianos, quienes, para su asombro, comprobaron, de la peor manera posible, que no eran de las FAR sino del enemigo. Instantes de estupor y sorpresa fueron seguidos de valentía, arrojo y coraje, sobre todo de los jóvenes que manipulaban las armas de artillería conocidas como “cuatro bocas” que, a pesar del fuego intenso de los aviones, en ningún momento abandonaron sus puestos y llegaron a derribar a una de aquellas máquinas de simulación y muerte.
Finalizada esta acción, recibieron la orden de marcha y avanzaron por el terraplén cerca de tres kilómetros. En el trayecto, fueron testigos de la angustiosa escena de los ómnibus quemados, casi totalmente calcinados, producto del bombardeo de la aviación invasora, así como de una gran cantidad de muertos, heridos y milicianos que se lanzaban al mar con la ropa encendida por el napalm y al salir a la superficie, el aire volvía a prenderlos… Escenas terribles, inolvidables horrores prendidos en la pupila de mi entrevistado, que mientras relataba los hechos, parecía revivir la escena y volver a sentir el olor a carne quemada. Ese día en Bladimir se reforzó la convicción de nunca dejar de combatir al imperialismo.
Continuaron avanzando hacia Playa Girón, sobreponiéndose a la tristeza, al miedo y la impotencia de no poder hacer nada por los que habían perdido la vida. De pronto, a 800 metros divisaron a las fuerzas mercenarias que ocupaban una posición estratégica.
Esta situación impedía el avance de las tropas y favorecía una buena visibilidad para los invasores, no así para los milicianos. La orden que se recibió de la jefatura era muy clara y precisa, la posición enemiga debía ser tomada de cualquier manera, costara lo que costara, pues obstaculizaba el avance hacia Playa Girón. Se realizaron varios intentos de ataque, con resultados desfavorables. Finalmente, tres tanques lo lograron, con el decisivo refuerzo de la tropa de Bladimir y de un grupo de compañeros de la Policía Nacional Revolucionaria, a pesar de haber sido asediados por una lluvia de balas y morteros.
Continuó el avance, los ánimos estaban enardecidos. A cincuenta metros de la posición que ocupaban Bladimir y sus compañeros, salieron del monte cinco milicianos y, para asombro de mi testimoniante, uno de ellos era su propio papá. Padre e hijo se fundieron en un abrazo cómplice. Incrementada la tropa, se emplazaron nuevamente las piezas de artillería y comenzaron a disparar contra el aeropuerto de Playa Girón, que había sido tomado por los invasores. Acto seguido, les informaron que los proyectiles habían caído en la pista y que había explotado un polvorín. Los mercenarios emprendieron una loca retirada en distintas direcciones, como muestra de la escasa moral combativa que poseían, esto le insufló nuevos bríos a la tropa de milicianos.
Ya en la tarde del 19 de abril se iba haciendo patente la victoria cubana contra la agresión imperialista. Bladimir fue testigo del paso de numerosos grupos de mercenarios capturados y escoltados por oficiales cubanos. Sobre las 17:00 horas su compañía recibió la orden de dirigirse hacia San Antonio de los Baños, pues existían informaciones que indicaban otro posible desembarco mercenario en la zona sur de La Habana, en lo que hoy es la provincia Artemisa, terminándose así su participación en los combates de las arenas de Playa Girón. Ese otro desembarco nunca ocurrió.
Después de transcurridos tantos años desde aquellos hechos, Bladimir comprendía que sus reflexiones en el momento del testimonio eran muy diferentes, al tener en cuenta el peso extraordinario de la visión de Fidel y el papel que desempeñó la juventud en la decisiva victoria. De este razonamiento, derivaba su convicción de que, al igual que los jóvenes de aquella época, los de hoy serían más aguerridos si de defender a Cuba se tratara, pues se hallan permeados de nuestra historia y conocen qué les depararía una derrota.
“La victoria se logró con juventud y coraje. Seguimos a Fidel y vencimos”, concluyó su relato.
La vida de este humilde hombre quedó definitivamente unida al proyecto revolucionario. Ingresó a las filas del Ministerio del Interior y cumplió misiones internacionalistas en defensa de causas justas de otros pueblos del mundo y construyó una hermosa familia. Murió siendo consecuente, solo lamentando el no tener más tiempo para dedicárselo a Cuba y a la Revolución que lo hizo persona.
*Con este texto su autor participó en el concurso 1959, convocado por nuestra revista en 2019.

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