Diálogos marxistas

Tendencias del marxismo. Desde Marx hasta nuestros días

19 sep 2018
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La aspiración de alcanzar una síntesis expresa acerca del orden, polémicas y tendencias del marxismo desde su surgimiento, representa un riesgo. No solo por la decisión explicativa de integrar un proceso de pensamiento complejo en sus dimensiones conceptuales y prácticas, sino por su propia naturaleza, al considerarlo fuente de reflexión en cuanto a las propuestas de transformación radical de las que parte: resaltan sus elementos explicativos acerca de la Filosofía en general y sus principales exponentes, la concepción materialista de la historia y la dialéctica materialista, la teoría económica marxista o de la historia del movimiento obrero y los problemas de sus estrategias y tácticas, por destacar algunos de probada connotación.

Es una tarea difícil extraer, en un breve resumen como el que se presenta, todos los momentos y figuras medulares, porque se puede caer en una simplificación esquemática o, lo peor, en una vulgarización extrema. La explicación se centraría en exponer una visión que permita comprender la esencia de la doctrina de Marx y Engels, la forma y el modo en que se ha asumido por sus continuadores. Así se podrá evaluar si el legado de la obra se ha resentido en sus esencias —como se ha llegado a afirmar—, influido por el contexto y por la diversidad de contradicciones generadas por su propio devenir.

La necesidad de retomar el marxismo en sus nexos principales con los procesos históricos acaecidos desde sus formulaciones iniciales es incuestionable, si se aspira a entender el presente desde su teoría y accionar político. Un punto de partida ineludible debe destacar las bases de su cuerpo teórico a partir de los problemas actuales y analizar cómo enfrentarlos en sus posibles alternativas, cuánto pueden ampliarse sus posibilidades para alcanzar una alternativa viable hacia la transición socialista y cómo medir el alcance de la crisis neoliberal —en su pretendido intento de mantener una hegemonía mundial— y de otras tendencias opuestas que tratan de imponerse también, como el denominado «socialismo de mercado» puesto en práctica en China y Vietnam, con su reafirmación de recuperar los objetivos de la construcción socialista desde el modelo instaurado.

Es sin duda ineludible —aunque se muestren apenas unas pausas— un recuento de méritos y errores, pero desde el compromiso de entender la validez y vigencia del marxismo y si este persiste como elección en la lucha por conquistar una nueva sociedad y un nuevo ser humano que la identifique. Se deben responder las preguntas de importancia capital acerca de si el marxismo continúa siendo un referente invaluable para enfrentar el poder de dominación capitalista y si la certeza o no de lo expresado, confirma lo expuesto.

 

Presencia de tendencias y variaciones en el tiempo

Desde la teoría misma, el marxismo ha estado siempre en el centro de un debate complejo por los niveles abarcadores de sus objetivos y contenidos, al proponerse analizar el mundo y sus fuerzas contrastantes. Es quizás uno de los que más atención ha merecido, con debate permanente sobre sus orígenes, interpretaciones y aplicaciones. Sin embargo, en ese proceso no siempre se ha alcanzado un nivel de confrontación como lo exigen su teoría y su planteo práctico, tanto desde lo interno como desde lo externo, si se asume su cualidad de totalidad orgánica en permanente transformación, con estructuras propias y niveles concretos, lo que requiere una constante reevaluación a partir de la práctica misma y en permanente examen con las modalidades actuales del capitalismo.

Dentro de esa multiplicidad solo se enunciarán algunas representaciones que han estado presentes a lo largo de más de siglo y medio de historia. Se señalarán posiciones y opiniones, sin pretender clasificaciones, como es la llamada «tercera generación de marxistas» dentro de la que se ubican —además de Lenin con sus valiosos aportes tanto en lo teórico como su protagonismo indiscutible en la Revolución de Octubre— a pensadores y políticos de la talla de Bujarin, Gramsci, Lukács, Korsch, entre otros. Son actores valiosos de la experiencia nacida de la Revolución y de su proyección internacional, sin pretender superponer unos con otros o de otorgarles mayor relevancia.

En esas precisiones, no debe pasarse por alto la presencia de Trostki con todas sus contradicciones y sus méritos propios. Su actuar posterior como eje de la corriente marxista opuesta al estalinismo, desarrollada desde los años veinte en su carácter de promotor de una revolución permanente contra las posiciones irracionales esgrimidas por el poder soviético después de la muerte de Lenin, lo colocó en una contradicción insalvable y en su mayor fisura. Esto no es solo por atacar al estalinismo como incapaz de hacer la revolución a escala internacional, sino por la ruptura total con todos los llamados «partidos comunistas estalinistas», la creación de organizaciones independientes y la de proclamar, en 1938, la Cuarta Internacional, que al decir de uno de sus principales estudiosos, I. Deutscher, nació muerta debido, en buena medida, a la inexistencia de un movimiento revolucionario internacional que pudiera alentarla.

Los debates se incrementaron en las décadas del cuarenta y del cincuenta del siglo pasado e incluso, dentro de ellos mismos, surgieron posiciones encontradas y sectarias en algunos grupos, al igual que lo habían afirmado del estalinismo. Nunca han podido ostentar una relevancia predominante, aunque han sobresalido intelectuales de la talla del belga Ernest Mandel, de los norteamericanos Paul Baran y Paul Sweezy y otros que han manteniendo una representatividad dentro de la izquierda anticapitalista en sus postulados contra la socialdemocracia y la estrategia de la revolución por etapas defendida en el modelo soviético.

Otro de los temas de igual relieve se ha basado en el adecuado empleo y recuperación de una terminología propia de Marx, al tener en cuenta el desconocimiento, ausencia y mal uso de parte de su obra, sobre todo la que se disitingue por su radicalidad. Sin duda, esas ausencias explican las posiciones defendidas por el filosófo italiano Antonio Gramsci, en su concepción de la filosofía de la praxis como expresión de la actividad humana en síntesis concreta entre el materialismo y el idealismo, al destacar la importancia de las Tesis sobre Feuerbach y de la concepción de la praxis, como fundamento del rechazo a doctrinas conservadoras y excluyentes, incompatibles con el socialismo y con la teoría marxista. El asumir esas posturas críticas, permite explicar su ausencia o rechazo dentro del «marxismo oficial» en la década de los años treinta, incluso hasta después de su muerte, consecuencia del encarcelamiento al que fuera sometido. Su obra fue rescatada en los procesos alternativos llevados a cabo por la izquierda en los años sesenta.

En cierto modo, desde el marxismo mismo, y contrapuesto al exceso de ideología reiterado en el marxismo soviético, emerge L. Althusser, figura destacada y controversial del marxismo francés, quien rechazó esas vertientes, aun cuando después, en décadas posteriores, aceptara que había formulado una tendencia teoricista y desviacionista —al observar como sustancial una ruptura epistemológica en la obra de Marx a partir de 1845, proponiendo una separción de la lucha contra la ideología burguesa mediante «una interpretación racionalista de esa ruptura», bajo la oposición de la ciencia con la ideología—. Como afirmaría después, se llegó a saltar la dimensión social, política, ideológica y teórica del marxismo.

En una simple mirada, se evidencia que para la realidad de hoy es tan importante o más tratar de analizar el conjunto de las tesis de Marx y Engels, su carácter universal y los métodos que las sustentan y así poder analizar su utilidad práctica, salvando las distancias del tiempo.

De igual forma, muchas veces se pasa por alto, por omisión o rechazo, el contenido del marxismo ortodoxo, ubicándolo dentro de una línea «oficial», al olvidar con intencionalidad, en la mayoría de los casos, que el marxismo ortodoxo corresponde a la teoría de Marx, Engels, Lenin y los teóricos bolcheviques; y nunca a dogmas establecidos. Es importante destacar la consistencia de un proyecto global y el análisis concreto o par- cial de realidades de nuevo tipo que pueden provocar una ruptura o desviación acerca del proyecto revolucionario de cambio propuesto por el marxismo desde sus inicios o la aceptación de proyectos parciales o particulares al negar y oponerse a una renovación teórico-práctica, a partir de modificaciones necesarias o circunstanciales.

Desde un punto de vista analítico, es evidente que el estudio de la historia del marxismo permitiría una aproximación a su propia dialéctica y contradicciones, en tiempos en que se anuncian oleadas de desaparición o nulidad de su teoría e incluso de tergiversación y ocultamiento de su estructura conceptual. Su logro parcial, al menos, contribuiría a deslindar y a valorar la riqueza teórico-práctica que desde sus orígenes el marxismo y sus fundadores trataron de obtener en el camino para alcanzar la verdadera emancipación de la humanidad y las encrucijadas en que se desenvolvieron algunos de sus continuadores más influyentes, además de reflexionar en torno a la necesidad de estudiar el legado científico de Marx y Engels, y el valor epistemológico de su teoría social como problema permanente y obligado en toda su historia, lo que sin duda ha sido un tema de constante debate desde dentro y fuera del marxismo.

La síntesis y enumeración de esos presupuestos no pretende trasmitir campos cerrados ni tampoco elaborar una periodización minuciosa, solo interesa señalar algunos núcleos de pensamiento que a su vez generaron otros, como continuidad o ruptura en algunos casos de viejas y nuevas tesis, dentro de las que se pueden enumerar, como se ha explicado, la existencia o no de la certeza de un sistema filosófico de pensamiento en el legado de Marx y Engeles, y su sistema de categorías, si es pertinente afirmar la presencia de una filosofía de la praxis, su relación con la ciencia como teoría de la realidad para orientar la acción política y su expresión práctica en la consecución de un nuevo sistema social.

Pasar por alto los análisis realizados acerca de temas obligados en torno al poder político y el papel del Estado en tanto democracia y su posible desaparición en un momento determinado; la relación y las formas de dominación y acciones políticas; el papel del partido y las organizaciones revolucionarias como garantes de la democracia popular por intermedio de un programa político que contribuya a la obtención de una revolución emancipatoria con temas y tesis que se abren, renuevan o se cierran en coyunturas diversas con mayor o menor acierto, son expresiones demostrativas en la defensa del carácter dialéctico del marxismo y su persistencia en destacar la importancia de entender los procesos reales sin perder de vista la acción del individuo convertido en sujeto social.

De ahí que uno de los mayores retos del marxismo, desde sus orígenes, es su papel como ciencia social al proponerse la reconstrucción teórica de la sociedad contenida en su propia historia y su proyección emancipatoria. El descubrimiento realizado por Marx y Engels de los principios generales del desarrollo histórico, propios del instrumental teórico de las ciencias sociales, se entrecruza con el propósito de su verdadera representatividad y concreción en cada manifestación social y en el compromiso político de materializarlo en un proyecto y en un programa concreto, son aspectos que han generado y generan posiciones encontradas desde lo interno, en polos que tienden a la totalidad o a lo particular, por la complejidad de la realidad social y su dinámica de desarrollo para estudiar los procesos reales.

Son razones que explican uno de los debates más extendidos en torno a las diferencias y tendencias manifiestas en función de la aceptación y la relación en que se deben entender lo objetivo de la realidad social con lo subjetivo, al comprender o no el papel de la conciencia y los valores presentes en los individuos que componen la sociedad. Esa ética marxista del comportamiento individual, más allá de las reglas existentes, se enfrenta a la existencia real de decisiones particulares para actuar, transformarla y cambiarla. Esa verdad ha atravesado el marxismo y lo ha puesto a prueba a través de diferentes posiciones teóricas y polémicas recreadas desde el marxismo mismo, hasta el empleo de una ortodoxia convertida en «doctrina oficial» que pretendió hacer de los seres humanos y de la historia simples objetos del conocimiento, analizados a través de reglas propias de las ciencias positivistas, mecanicistas y deterministas, al emplear simples fórmulas en las que se postulaba la caída del capitalismo por intermedio de las leyes inexorables de la historia.

La frustración e impotencia causada por los «fracasos del llamado socialismo real», agudizados por la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, obliga a un examen profundo en las actuales condiciones para poder medir el costo social de las deficiencias y los excesos cometidos en nombre de un poder revolucionario que sucumbió en su accionar, sin que esto implique el abandono del proyecto socialista como alternativa real de cambio, ni afirmar que ese fracaso evidencia que el marxismo haya perdido su vigencia.

Se da entonces una especie de vuelta atrás a posiciones y tesis olvidadas. Ahí están los aportes de Antonio Gramsci quien, desde la definición de la filosofía de la praxis, consideraba indispensable el contacto con las masas para obtener una verdadera transformación del individuo y la sociedad, restringir los círculos privilegiados que se habían generado dentro del poder y propugnar una interdepedencia entre cultura y masa desde la ideología, como expresión de las nuevas relaciones sociales y culturales y de la nueva concepción del mundo, promovidas por la existencia del socialismo y un poder político capaz de consolidar una dirección moral que lo sustente, sin imposiciones y mecanicismos, para dar verdadero peso a la hegemonía de las masas.

Ese ha sido también, el caso del comunista húngaro, Georg Lukács, uno de los más reconocidos del siglo xx, a pesar de haber sido censurado por el estalinismo en la defensa y construcción del marxismo ortodoxo y el relieve otorgado al método marxista y sus múltiples tendencias, aspectos que certifican, a su juicio, el desarrollo y la vigencia del marxismo de manera creadora y ajeno a todo mecanicismo, además de destacar el papel del partido, ajeno a una reapropiación dogmática de su proceder. Son razones que explican el análisis consecuente de los temas de la organización social y el posible modelo de una sociedad verdaderamente emancipada, con un partido de masas llamado a ejercer una acción política en todos los niveles, desde la organización de la toma del poder, como proclamara Lenin acerca del papel del Estado y el peso negativo de una burocracia estatal dominante que llegó a convertirse, en la práctica, en una nueva clase social, con el consiguiente rechazo y abandono de la democracia política.

La lógica de una debacle que no debío haber sido tan abrupta y negativa, propició, como es de suponer, la proliferación y la extensión de corrientes y posiciones contrarias que retomaron la devaluación del marxismo como teoría veraz para solucionar los problemas de la humanidad. Se decretó el fin de la Historia, se negó la historia real del marxismo y su esencia revolucionaria. Se desconoció, tergiversó y silenció la historia de Rusia —aislada y atacada por todos los frentes—, se ignoró a Lenin en su lucha por alcanzar una participación desde abajo como eje central de la revolución, con las grandes pérdidas de una economía deplorable, con una burocracia creciente en todos los órdenes y donde Stalin pasó a ser su máximo representante, promoviendo un conservadurismo extremo tanto en lo interno como en lo externo, sin negar sus méritos incuestionables en defensa del poder soviético asediado por todos los frentes que se le oponían.

No obstante lo doloroso de esas verdades y el precio que se ha tenido que pagar, el tiempo de duración de la pretendida hegemonía neoliberal ha sido mínimo. En breve tiempo —los primeros años del siglo xxi—, se agudiza la crisis y se pone en duda su fundamentación teórica frente a un socialismo que, a pesar de sus errores, dejó un ejemplo de tesón al vencer etapas complejas de desarrollo científico y de los aportes creadores de toda una sociedad dispuesta a cambiar el mundo.

Es, ante esa realidad, que surgen de nuevo las preguntas obligadas en torno a qué hacer y cómo avanzar, y si sentimos la necesidad, una vez más, de adentrarnos y rastrear en las profundidades del marxismo y hacer realidad su sueño libertario.

 

El marxismo hoy

Un recuento del análisis del papel de la izquierda y de los partidos comunistas en emplear el marxismo como el instrumento veraz para entender y proyectar las acciones, no puede pasar por alto las experiencias prácticas de un modelo que demostró, en su desempeño, posiciones extremas, como ya se ha apuntado.

De esas enseñanzas se pueden extraer propuestas encaminadas a medir la dimensión exacta de cómo encarar una restructuración de la acción política y de entender el carácter de los movimientos sociales que emergen en esta coyuntura bajo una perspectiva posible dentro de otras alternativas. Es apremiante analizar, después de décadas de cambios favorables en algunas regiones y países, lo que sucede en América Latina luego de ostentar el poder con gobiernos populares y cómo el significado de la conquista del poder y la participación popular para avanzar hacia una verdadera democracia se ha visto frenada nuevamente por un sistema que se sabe en decadencia pero que no renuncia a su dominio extremo.

La experiencia, muchas veces amarga, obliga a mirarnos sin dogmatismos y a participar abiertamente en torno a qué posiciones políticas tomar, en cómo enfrentrar los viejos y los nuevos problemas del mundo actual, entre los que se encuentran la destrucción de los ecosistemas por la despiadada industrialización y siglos desenfrenados de expoliación ambiental. Para el presente, la siempre idea de progreso tecno-científico tiene que hacerse acompañar de una carga moral capaz de enfrentar el reto del desarrollo científico con la necesidad de superar el capitalismo.

En una mirada puntual, se trata de aquilatar el peso y la dimensión que se ha tenido que pagar por la desaparición del modelo socialista, medir cómo influyeron o determinaron las razones económicas en su desempeño o si en realidad se produjo principalmente por razones políticas de un grupo dirigente que inclinó la balanza hacia el capitalismo, trayendo como resultado la despolitización de la sociedad, sin negar las deficiencias económicas, dentro de muchas de las razones que pudieran apuntarse.

Para las fuerzas populares el contexto actual es complejo e impreciso al desdibujarse la línea referencial de la que se partía para llegar al socialismo. Se debe analizar la ruta a seguir, encontrar una transición adecuada capaz de enfrentar nuevas tendencias, estar alertas ante las corrientes socialdemócratas o neodesarrollistas, muchas veces asumidas desde la periferia, y recordar que forman parte de posiciones que siempre persiguieron ubicarse dentro del capitalismo y distanciarse del socialismo.

Se hace necesario retomar el legado de la trayectoria del marxismo, en su tiempo denominado tercermundista y, en particular, del marxismo latinoamericano con su visión avanzada, cuando en sus distintas etapas figuras de alta significación trataron de enfrentar tanto las tendencias eurocentristas como las denominadas «etapistas» promovidas y teorizadas en los manuales de estudio vigentes por muchos años y en la crucial etapa de descolonización, sobre todo en África y Asia.

En América Latina, un espacio cardinal lo ocupa la presencia imborrable de Mariátegui con su debate para retomar el marxismo verdadero ante la existencia de corrientes que se consideraban marxistas solo por el hecho de remitirse a su nombre. Fue pionero en intentar «latinoamericanizar el marxismo» con el fin de interpretar su realidad a partir de problemas inexistentes en Europa, como es el problema indígena. Son posturas propias extendidas en el continente. Igual en su momento, aportaron los revolucionarios cubanos Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Antonio Guiteras, el Che Guevara y Fidel Castro, a través del ejemplo de sus acciones consecuentes con los principios de la solidaridad y el internacionalismo.

No es objetivo del trabajo recorrer la historia del pensamiento marxista latinoamericano, pero sí reafirmar la existencia de verdaderos pensadores auténticos en defensa del socialismo como la alternativa real de cambio. Entre ellos está Adolfo Sánchez Vázquez, quien aspiró siempre a la construcción de sociedades más justas desde el marxismo verdadero, rechazando el fracaso del socialismo y afirmando que lo que «había fracasado era un sistema social que pasaba por ser socialista sin serlo».

Esas influencias surtieron su efecto en corrientes como la Teología de la liberación, con su humanismo marxista o en la lucha revolucionaria, dando espacio a sectores de una nueva izquierda que se han opuesto a reproducir las concepciones cientificistas y vulgarizadas de un marxismo tergiversado y falto de creatividad e ideas propias.

Otras vertientes contrastantes, por su contenido y perdurabilidad hasta hoy, son el reformismo y el revisionismo, que desde los orígenes se contrapusieron a la radicalización del marxismo y a ser empleadas como tendencias modificadoras pero nunca transformadoras de sus estructuras dominantes. Es bien conocida la posición asumida por la comunista alemana Rosa Luxemburgo, una de las más importantes figuras del pensamiento marxista y revolucionario del siglo xix hasta su asesinato en enero de 1919, al rechazar el reformismo tanto en lo económico como en lo político por su intento de reformar el capitalismo, alejándose del objetivo de la conquista del poder político y de la instauración de una sociedad socialista. También en el presente se encuentran posturas recicladas y en los pretendidos intentos por modernizarla con otro ropaje, pero con idénticas esencias.

Se mantiene, en algunos, la reiteración de temas o la generalización y suplantación de textos, lo que continúa siendo un peligro del dogmatismo, con estalinismo o sin él, y donde los contextos siguen ignorándose en muchas ocasiones, como también los simbolismos acompañados de una manipulación modernizante para apropiarse de lo conveniente del marxismo para fines particulares. Son tendencias falsas, valiéndose de la comunicación y las nuevas tecnologías en las que se invierten cuantiosas sumas, para afianzar sus despropósitos y sumar a una parte indecisa en sus redes sociales.

A pesar de posibles alejamientos y de no conceder importancia al pensamiento teórico dentro de grupos o individuos permeados por coyunturas o insatisfacciones, cada vez es más necesario reflexionar en torno al estudio de una historia que pertenece a todos. No es posible seguir admitiendo interpretaciones que persisten en la conversión del marxismo en una metafísica determinista que hacía del ser humano y de la historia simples objetos de conocimiento, llevando su dinámica predecible a través de las leyes de la historia y eliminando el compromiso de sus acciones concretas. Es inexcusable pasar por alto la realidad y no medir o negar las circunstancias a que dieron lugar en condiciones históricas concretas, ni en un plano abstracto como prevaleció, indiscriminadamente, en «el socialismo real».

En un mundo degradado por fuerzas adversas, es imposible materializar un proyecto político si no se vincula al compromiso moral de los sujetos para construir un proceso emancipatorio, como afirmara Marx. Es obligado destacar el papel de la conciencia como motivadora de cualquier actividad práctica e incluso marcar la diferencia esencial entre praxis conservadora y praxis transformadora como requisito en la lucha, sin perder de vista el peso de la moral y la praxis, un binomio imprescindible para alcanzar la autenticidad de la práctica y la concreción de un proyecto político donde el eje central es el ser humano y donde la ética y la política instauren un auténtico intento de transformación social.

Los problemas presentes en la historia del marxismo no se pueden abordar sin destacar las reformas que se deben asumir, y sin tener en cuenta las demandas de amplios sectores excluidos de toda participación social y de todo poder político, como la única alternativa real que los conduzca a un socialismo cada vez más democrático y participativo.

El marxismo, desde su consistencia tenaz, a pesar de avatares y contradicciones, se ha caracterizado por su enorme resistencia de lucha y su múltiple quehacer por anticipar una proyección sobre la construcción de nuevas sociedades, sustentado en una teoría que, por su valor conceptual y práctico, nos orienta y acompaña en la conquista de un mundo mejor y posible para todos.

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