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¿Sería cosa de los guantes?

27 ene 2021
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Ha pasado una semana y todavía siguen apareciendo memes cada vez más sorprendentes y simpáticos sobre la pose cómoda y abrigada, peculiar y extravagante en medio del entorno protocolar, de Bernie Sanders, ya ni siquiera hace falta introducirlo, todos saben quién es; el que hasta el 20 de enero de 2021 no sabía de su existencia, ya se tuvo que interesar por quién es el viejito adorable con guantes tejidos que aparece en las series o películas de moda, en las fotos de todos, en cuadros famosos, en sitios cliché y hasta en forma de juguete armado con piezas de lego. Es notable la avalancha de memes, esperemos que alguien pueda contarlos, pero ya leí por ahí cifras escandalosas de la réplica con tinte personal de la foto que le ha dado la vuelta varias veces al mundo. Mucho más asombroso es la duración del fenómeno «Bernie», en tiempos en que lo que se consume en Internet, aun de forma viral, es en lo temporal inversamente proporcional a su viralización. Así es la Red de Redes y sus adictivas redes sociales: más efímera que la vida misma.

Si bien el meme es nuestro nuevo día a día, el senador estadounidense objeto de esta sobredimensionada lluvia «memística» bien merece profundizar en varios porqués. ¿Fueron los guantes? Es cierto que parecían y eran «hechos en casa» en medio de una ceremonia de completa etiqueta, repleta de celebrities, porque definitivamente la élite política de Washington forma parte de las celebridades y actúan como tal. Las manoplas artesanales, en sintonía con su abrigo sport que, para mayor sacrilegio, de acuerdo a los estándares de la alfombra roja, ya había usado en ocasiones anteriores, bien que desentonaban en el paisaje de los trajes perfectos y vestidos de alta costura. Sin embargo, entre toneladas de glamour mejor o peor llevado de las que sacar editoriales, crónicas y memes, parecieron ganar los dichosos guantes.

¿Fue la pose? También es cierto que se le veía demasiado cómodo, más bien aburrido y, sobre todo, receloso por aquello de los brazos cruzados. Una gestualidad propia de quien no quiere estar allí, pero es el deber, de quien no se aguanta tanto ringorrango o de quien pone en duda de la A a la Z de tanto la forma como el contenido de lo que está presenciado. Pero si de poses dignas de memes hablamos, los pestañazos de Bill Clinton se hubiesen llevado todas las palmas de la ceremonia, porque durmió bastante y fue captado por más de un curioso. Aun así, volvió a ganar el viejito encorvado en su silla.

¿Fue acaso estar tan alejado de todos? Había que cumplir con el distanciamiento físico y llevar mascarilla, dos sucesos inéditos para la alta política norteamericana que acababa de despedirse de su otro jefe, el que invitaba a buches de cloro para espantar el coronavirus y seguir de tumulto en tumulto porque todo estaba «bajo control», 400 mil muertos mediante. Más allá de las normas por la COVID-19, claro que Sanders se iba a sentar por ahí solito. ¿Con quién iba a hablar y de qué allí donde la mayoría le considera un socialista loco y peligroso? Mejor mantener a raya esas ideas progresistas de salud para todos, acabar con las deudas estudiantiles, la alfabetización a la cubana, la oposición a la guerra, el activismo por los derechos de las minorías, tratar al inmigrante como persona y darle grata bienvenida a la tierra de las oportunidades y ¿por qué no? una clase media con mejores perspectivas de vida y una clase baja con vida.

Y es inevitable preguntarse: en una gala milimétricamente planeada, donde había novedades a borbotones, como la primera vice mujer y de paso, negra, juramentando ante la primera jueza latina de la Corte Suprema; Lady Gaga siempre impactante en imagen y proyección escénica con su interpretación magistral del himno estadounidense; Jennifer López hablando español en medio del Capitolio; la súper biblia del presidente Joe Biden y su esposa tan maestra y tan primera dama; las 200 mil banderas para sustituir el público ausente; y una larga lista de sucesos inéditos, y vino a ser el abuelito Bernie el que se robase el show. ¿Y si hubiese sido otro en idéntica coyuntura y no Bernie? No me cuestiono que cualquiera con semejante pinta que contrastaba a mares con la formalidad de la ocasión hubiese sido objeto de memes, pero sí pongo en duda la dimensión y alcance de la «broma».

Por tanto, difícilmente sean solo los guantes, la pose, la soledad o la sumatoria de factores; es, ante todo, el sujeto en el foco del lente. Es lo que representa Sanders en medio de la sociedad y la política norteamericanas —y fronteras afuera— y lo que pudo llegar a ser, de no ser por la maquinaria partidista y los grupos de poder tras bambalinas que buscan no modificar demasiado el orden de las cosas en un país de apariencias, donde se aparenta democracia y libertad, puede que muchísimo mejor que otros, pero simulación al fin.

Lo que Bernie Sanders encarnó en solo una fotografía, que por demás es un pedazo puntual de un momento único —muy probablemente dos segundos después ya no había brazos cruzados ni postura encorvada y a lo mejor ni siquiera estaba más sentado o se había quitado los guantes— es lo que él representa y promovió durante sus campañas como aspirante a la candidatura demócrata para la presidencia de Estados Unidos. Y eso que tanto buscaron satanizar para que jamás llegase a la posición de poder, eso diferente y digamos, simple, eso que rompe con moldes, que se salta el protocolo, que no le da valor a lo que se supone vale, es lo que convirtió una foto en un fenómeno de masas alrededor del mundo. Un recordatorio de que, como mismo desentonó en la toma de posesión, desentonaría en la Casa Blanca.

 Ya sé que más de uno dirá —y ha dicho porque así lo he leído— que no y no, que todo es cosa de un «anciano chocho» que por suerte no se hizo presidente y del que aprovechamos para reírnos por sus fachas de turno. Pero hasta detrás de esas palabras está el pánico a lo que Bernie simboliza y predica. Y la fuerza de su vibra diferente marcó el día y la fiesta de aquellos que lo quitaron de la contienda porque capaz que nos saliera un Fidel Castro en las entrañas del imperio que tanto ha hecho por espantar comunistas.

Más peligroso que sus ideas fue su conexión con el público joven durante sus campañas a pesar de la diferencia generacional, con esos millennials amantes de los memes que no entienden el miedo a la palabra socialismo —considerado «el Coco» para la política estadounidense— porque no vivieron la Guerra Fría, y lo que Bernie propone les parece sensato, más allá de etiquetas ideológicas.

Y como Bernie sigue desentonando a donde quiera que vaya, ha hecho del momento lo mejor que sabe hacer: sacar partido de los que tienen dinero para redistribuirlo a esos que pasan hambre. Cogió su mundialmente famosa foto la imprimió en un suéter y a venderlo para donar lo recaudado al programa Meals on Wheels (Comidas a Domicilio).

Para él todo se trataba de tener frío y saber abrigarse sin importar la moda o las formalidades. Pero hasta eso se hace difícil de entender en un mundo de superficialidades, de más exterior que interior, del qué dirán y no del qué hacer, en un mundo de memes, aunque por esta vez, al menos, los memes no solo dieron risa y sí mucho que pensar.

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