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Se repite la propuesta indecente

22 sep 2020
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La propuesta escandalosa del momento: el Nobel de Paz para Donald Trump. En redes sociales, quienes consideran esta nominación como el colmo del disparate, piensan que es inédita o uno de los tantos males que ha traído el fatídico 2020. Pero no, no es la primera vez que se le nomina, ya sucedió en 2018 y, aunque deje pasmado a muchos, no es poco el respaldo que ha obtenido el presidente estadounidense y nada debería extrañar que se haga realidad la premiación si analizamos los antecedentes del mentado galardón, que de paz, lo justito.

Hace dos años, lo postuló, entre otros, su aliando de Corea del Sur, Moon Jae In, y de inmediato tomaron cartas en el asunto un grupo de congresistas estadounidenses, que ahora también se han dado a la tarea de hacer lobby. El mandatario surcoreano dijo: «Es realmente el presidente Trump quien debería recibirlo. Nos conformamos con la paz», ante la pregunta de si esperaba él ser nominado y recibiría eventualmente semejante reconocimiento. De inmediato, los republicanos hicieron suyas las palabras de Moon y remitieron una carta al Comité del Nobel en Oslo, Noruega, donde argumentaron: «Desde que llegó a la Casa Blanca, el presidente Trump ha trabajado sin descanso para presionar al máximo a Corea del Norte con el objetivo de terminar su programa nuclear ilícito y llevar la paz a la región».

Vale aclarar que la nominación formal en 2018 la hizo el mismo político ultraderechista noruego que el pasado 9 de septiembre inscribiera a Donald Trump en el listado para el título de paz. Un ferviente admirador, sin dudas, de las excentricidades y la prepotencia del número uno de la Casa Blanca.

En esta ocasión, el mérito que se edulcora a más no poder es el llamado Acuerdo de Abraham, una negociación supuestamente a tres bandas donde se benefician dos y por detrás se perjudican no pocos. El pacto busca el entendimiento entre Israel y Emiratos Árabes Unidos, enemigos hasta ayer por aquello de que Tel Aviv con su política sionista le ha enfilado los cañones al mundo árabe, siendo el conflicto israelo-palestino la base de todo. Y en este contexto, Washington ha buscado desde siempre llevarse las palmas por los «buenos oficios» de intentar reconciliar a los adversarios. Ahora no podía ser diferente, más cuando a los dos que unió en armonía son aliados suyos; eso quiere decir que había sobradas maneras de convencerlos.

Antes de darse a conocer este tratado de paz entre Israel y los Emiratos, ya Trump había presumido de un adefesio diplomático que bautizó como el acuerdo del siglo. Se refería a la solución «a la americana» para amistar a su socio israelí con los palestinos. Cual fórmula mágica, minimizando el hecho de que este entuerto lleva décadas de odios y necesita demasiadas concesiones, el mandatario norteamericano quiso recoger en un documento todas las ambiciones de una de las partes e imponérsela a la otra, y a eso le llamó acuerdo y más increíble aún, del siglo. Habría que ver en qué milenio por venir un tercero decide por dos que no se hablan, y con evidente favoritismo hacia uno de ellos.

Como si se tratara de la confección de un currículo apurado para justificar la candidatura y, si llegase, el premio, Trump se apuntó —tan solo dos días después de conocida la propuesta para completar por la medalla de oro con la cara de Alfredo Nobel, el diploma y la nada despreciable suma de dinero el esfuerzo por otro entendimiento para establecer lazos diplomáticos, esta vez repetía Israel como uno de los extremos y Bahréin, el otro.

Vino a completar el aval «pacifista», la alabanza de un parlamentario sueco a Trump por impulsar también un acuerdo de cooperación económica entre Serbia y Kosovo, dos que solo manejaban lenguaje guerrerista.

Ya el Nobel de Paz estaba bastante desprestigiado de cara a la opinión pública con algunos de los nombramientos anteriores como para que la posibilidad de que un personaje tan opuesto a la paz se haga con él en la venidera edición, perturbe sobremanera. Realmente que Donald Trump lo logre no hace la diferencia a esta altura del partido cuando su antecesor, Barack Obama, fue laureado con tal distinción y todavía sigue sin respuesta la interrogante de por qué fue merecedor pues más allá de su oratoria, que no sus actos, conciliadora y pacifista no consta obra que ampare la retórica.

Es cierto que Trump no tiene guerra por cuenta propia pero ha mandado a llover misiles en un par de conflictos heredados. El no haberse enrolado en conflictos convencionales no quiere decir que no haya desatado batallas campales de nuevo tipo, azuzando odios en redes sociales y amenazando sacar los cañones a cuanto país se le insubordine. En la práctica, ha optado por hacer de las sanciones su solución de cabecera. Lo que pasa que entre grito y amenaza, se saca de la manga un guiño pacificador.

Primero, aprovechó los asomos de paz que se respiraron en la península coreana para llevarse todo el mérito cual si hubiese ideado y ensayado el plan de principio a fin. Es decir, coreografiar la subida de tono de 2017 al punto de una guerra nuclear para luego venderse apaciguador y mediador en el diferendo que marca la vida de las dos Coreas. A pesar de las cumbres, acercamientos y apretones de mano entre Trump y Kim Jong-un, la cosa no pasó a mayores, se quedó en titulares y portadas.

Parecía la coronación de la «voluntad pacifista», esa que han coreado una y otra vez los interesados en premiar al número uno de la Casa Blanca, nuevamente en una visión totalmente sesgada que recompensa una parte —casi siempre bastante simbólica— y no el todo.

Paz no es un vocablo que se ajuste al actual presidente de Estados Unidos. Levantar puentes de entendimiento no ha sido asunto suyo ni en lo doméstico ni mucho menos en las relaciones exteriores. Al tiempo que bombardea Afganistán o Siria, sabotea con su arrogancia sin límites cada evento internacional, abandona pactos y mecanismos multilaterales, cierra programas de beneficio para grupos sociales en desventaja dentro de sus propias fronteras. Tiene una batalla campal en sus narices por asuntos de abuso policial y racismo, y únicamente le echa leña al fuego con posiciones supremacistas. Se enemista con Latinoamérica casi en su conjunto y para cada gobierno extranjero que entorpece sus intereses pone sobre el tapete soluciones de violencia.

Sus ejercicios de diplomacia en el caso coreano o en los acuerdos con los países árabes, tienen la marcada intención por adelantado de sacar rédito político para distintos fines, el primero y más urgente, la reelección. Después está su ego, al que le gusta inflar más que su fortuna. Es así que, de ganar el título para el que ha sido propuesto, amaría más la palabra «premio» que «paz».

Por lo pronto, Donald Trump ya cuenta con un Nobel de la risa, como se conoce a los «Ig Nobel», una versión caricaturesca que premia lo absurdo. Y este año, en que la pandemia marca la vida de todos, el magnate se alzó con el galardón por sus descabelladas ideas sobre la COVID-19, como aquello de inyectarse cloro o beber desinfectante. Lástima que tuvo que compartirlo con otros líderes, que en igual o menor medida que él, han minimizado el impacto y alcance de un virus peligrosamente mortal.

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