Contrapunteo

Recuerdos imborrables

5 nov 2018
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Cronos, el implacable, siempre pasa la cuenta, a mis memorias y a mí. Aunque no he podido materializar el sueño de que mis recuerdos se conviertan en un libro, he decido compartir parte de ellos en este artículo.

De mi misión en Haití guardo vivencias que serán difíciles de olvidar. Fue mi primera misión, yo ya acumulaba cierta experiencia profesional; también era una madre feliz. Elementos todos que conspiraron para que viviese con más intensidad aquel año en Haití.

Poco después de llegar a Hinche, me llamaron del salón de operaciones para decirme que había una paciente con un embarazo ectópico roto. Había perdido mucha sangre, y en ese país, donde la mayoría de los pacientes sufren de anemia, el cuadro se presentaba mucho más grave aún.

Tomé la muestra de sangre. La paciente era del grupo «O positivo»; así que nadie de la familia nadie le podía donar, por no tener ese tipo de sangre o por también tener anemia. Hacía falta urgente un donante pues de lo contrario la paciente moriría.

En ese momento, del fondo del salón alguien dijo: «No se preocupen que esa es mi tipo de sangre, yo puedo donarla». La voz era de Celio Romero Leiva, enfermero anestesista que se había unido a la brigada médica y que procedía de Granma, una provincia situada al oriente de Cuba.

Cuando recuerdo que aquel día era 4 de abril, el día que en la Isla celebramos la fundación de la Unión de Jóvenes Comunistas, aquel gesto del joven multiplicaba el simbolismo. Su gesto altruista, no perseguía acumular méritos. Tampoco lo hizo de forma casual. Aquella se convirtió en la primera de las cuatro  donaciones que hizo en toda la misión, dos de ellas para niños. Su gesto desinteresado, alejado de los medios de comunicación, salvó la vida de cuatro personas. De aquel día conservo una fotografía del equipo que operó, el enfermero donante y los que transfundimos la sangre. Fue la primera vida que salvamos.

Pero Haití, cuya situación precaria es por todos conocida, nos deparaba escenas similares. En el mes de abril, un domingo, en el que después de almuerzo todos descansábamos,  vienen a buscar a algunos compañeros del equipo quirúrgico para una situación de emergencia.

Al poco rato vienen en búsqueda del pediatra y  más tarde vienen por mí y el técnico de transfusiones —Miguel  Barreras, del Hospital de Emergencias en  La Habana—. Se trataba de una niña de cinco meses de edad que un cerdo le había comido la manito y estaba choqueada por la pérdida de sangre. Una niña muy pequeñita, con un torniquete por encima de la muñeca de su brazo derecho. Le faltaba totalmente la manito y tenía toda desgarrada la extremidad de dicho bracito. Tomamos la muestra, de la sangre que goteaba de sus heridas. Era «B positivo», al igual que su mamá, quien estaba en condiciones aceptables para darle la pequeña  cantidad de sangre que aquella criatura necesitaba.

Por ser domingo, no se pudo poner la planta en el hospital, así que nuestros compañeros cubanos iniciaron la operación con la claridad del día que entraba por las ventanas del salón, y cuando oscureció, continuaron a la luz de una linterna lámpara que prestaron las monjas.

Hicimos las pruebas previas lo más rápido que  pudimos, se le pasó la sangre con urgencia, la niña fue operada. Lamentablemente perdió el bracito casi por completo, pero salvó su vida. Nunca he dejado de pensar en qué hubiera sido de aquella niña si la brigada médica cubana no hubiera estado allí.

Otro caso que mucho me hace pensar en lo que hemos hecho los cubanos en las misiones internacionalistas, fue el de Jonathan, un niño de siete meses de nacido, hijo de una familia pobre pero dedicada a sus hijos y luchadora por sacarlos adelante. Era el séptimo hijo de aquel matrimonio. Ingresó en la sala de Pediatría con un cuadro respiratorio, fiebre alta, y otros síntomas típicos. Aquel niño pesaba solo 3,5kg, y se alimentaba únicamente de leche materna. El pediatra Dr. Secundino, de Guantánamo, me llamó para hacerle una hemoglobina pues se veía  muy pálido. El resultado fue de 2g/l, esa cifra nunca la hemos visto en Cuba, mucho menos en niños de esa edad,  lo cual hacía volvía la situación mucho más grave.

Por la coincidencia con la sangre, el padre pudo ser el donante. El niño permanecía acostado, con los ojos cerrados y sin llorar, cuando se le comenzó a pasar la pequeña cantidad de sangre a aquella criatura, sentimos algo increíble. Lo vimos comenzar a luchar por abrir los ojitos hasta que lo logró, corrió la vista por el lugar y fijó la mirada por primera vez desde que había entrado en la sala. Nos dio la impresión de que había resucitado. Los padres no sabían que hacer. Nos agradecía por haberle devuelto la vida a su hijito y nos pedían que nos quedáramos allí, que no volviéramos a Cuba, para seguirnos confiándonos a su familia.

En Haití se viven cosas muy fuertes derivadas de la cultura, la idiosincrasia del lugar, la apabullante pobreza y la constante inseguridad y desamparo social en que se vive. Recuerdo que una vez llegó un paciente al hospital de Hinche con un pie amputado pues, según la familia: «le picaba mucho, le pusieron cenizas en el pie y, a los pocos días, se le secó y desprendió solo». De no ser en ese lugar, nunca hubiéramos visto un caso así.

Venían de diferentes lugares para atenderse con nosotros. Hasta de Cabo Haitiano llegó un paciente con una insuficiencia circulatoria severa en una pierna. El hombre no tenía familia en Hinche. El ortopédico —Dr. Rolando Cudeiro de Moa— le planteó que había que amputarle la pierna para que pudiera sobrevivir. Al principio se resistió, pensando en cómo lograría realizar alguna actividad para sobrevivir, qué trabajo podría hacer en Haití con una pierna de menos; al final accedió. Normalmente a los pacientes que ingresaban en el hospital, se les daba a medio día un buyón (caldo elaborado con viandas, verduras y carne, muy típico de la comida haitiana). Para el resto del tiempo, familias les llevaban algún alimento según sus posibilidades. En su caso, fuimos los médicos cubanos los que compartimos con él desayuno y comida.

Y no se trata solo de valores humanos, sino también de la forma en que se concibe y se estructura el sistema de atención médica en Cuba. Una paciente haitiana, joven —de quien asumimos por el abdomen ampliamente abultado como tenía un embarazo a término—, portaba una insuficiencia hepática a consecuencias de una cardiopatía congénita no tratada. En el estado en que se encontraba, cuando el líquido acumulado en el abdomen le dificultaba respirar, iba al médico a que le drenaran el mismo (paracentesis) y así continuar viviendo. A pesar de su corta edad, ya no tenía posibilidades de mejoría. Ni siquiera se podía pensar en un tratamiento quirúrgico. En nuestra Isla ningún paciente llega a ese estado crítico por desatención. Allá en Haití aquella paciente pobre no podía aspirar siquiera a un tratamiento con diuréticos y medicamentos para la cardiopatía, que en su momento le hubiesen alargado la vida.

Estando en la misión, viviendo toda esta suerte de hazañas, alegrías, sufrimientos, supimos de la muerte en Cuba de la enfermera matancera Aleida Charchaval García en los primeros días de agosto del 2002. Un mes antes compartió parte de todo lo que se vive en una misión médica con nosotros y, aunque su estancia en la brigada fue breve, llegó a ser una compañera muy querida por todos por su sencillez y su modestia. Después de conocerse la noticia se puso una foto de ella en uno de los salones del lugar donde se encontraba nuestra brigada y en cada actividad de la brigada se recordaba con gran emoción el ejemplo de la querida cooperante.

Escribo estas breves líneas como trampa certera a la memoria, para que no se olviden mis vivencias, pero sobre todo para que no se olvide el ejemplo de Aleida, de tantos médicos, enfermeros y técnicos que de forma anónima cumplen su misión lejos de casa, de sus familias, de sus hijos, y lo hacen movidos por valores internacionalistas, el deseo de ser útiles y el afán de salvar vidas.

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