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Raúl Suárez: Un pastor en Revolución (obra finalista)

13 dic 2018
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El Centro Memorial Martín Luther King Jr. —según se autodefine en su sitio web oficial— es una organización macro-ecuménica de inspiración cristiana, que contribuye proféticamente a la solidaridad y la participación popular empeñada en una opción socialista. Raúl Suárez Ramos (Matanzas, 1935), reverendo bautista y testigo excepcional del contexto revolucionario de las últimas décadas, lo ha guiado desde su fundación en 1987.

Para Suárez Ramos, apasionado del trabajo comunitario en la base, con el pueblo, «un socialismo sentido, pensado y una fe cristiana sentida y pensada no tienen por qué ser enemigos». Una charla con él es siempre una exploración espiritualmente enriquecedora a la realidad y la historia reciente de la Isla. Por eso la esperábamos con ansiedad, máxime en un entorno de cambios en distintos órdenes de la vida nacional que pueden implicar nuevos retos para los que profesan una fe. Tras este pie forzado lanzado al ruedo nos responde nuestro entrevistado, con la serenidad y la hondura que lo caracterizan, y mostrando, por sobre las cicatrices de varias heridas, su perseverante fe en el mejoramiento humano.  

¿Cuál era su situación religiosa cuando triunfa la Revolución?

Tuve una experiencia de fe, en diciembre de 1952 y principio del 53, lo que me llevó a bautizarme en una Iglesia Bautista, una denominación que no bautiza a niños, sino que el bautismo es por inmersión. Esa era la iglesia que había en mi pueblo, me uní a ella y me bauticé en febrero del 53. En mi familia no había ningún antecedente religioso institucionalizado. Mi papá no tenía creencias religiosas, no por ser marxista, sino por ser un campesino casi analfabeto que nunca le interesaron las cuestiones religiosas. Por ende, mis hermanos tampoco mostraron interés al respecto.

El antecedente que había era lo común de la gente pobre, que es de lo último que llega; es decir que, si llega el espiritismo, somos espiritistas, si es el evangelio, somos evangélicos. Mi mamá era una persona que le gustaban mucho las promesas. Eso no es ninguna experiencia de fe, es una cuestión que se generaliza en la población sin acceso a la cultura, a la economía, y entonces estas cosas le ofrecen una oportunidad, un soplo de esperanza.

Yo sí tuve una experiencia de fe, como les decía, que me marcó hasta el día del hoy, una condición muy consciente y afectiva en mí. Y accedí al bautismo nuestro, que me gusta porque es un símil de la sepultura. Se sumerge el cuerpo completamente debajo del agua, luego te levantan y al salir, es como si muriera un estilo de vida y comenzara una nueva manera de vivir. Eso fue muy definido en mí. La experiencia de fe me llevó al bautismo, al compromiso con una iglesia local y también al surgimiento de una vocación pastoral.

¿Cómo describe usted el encuentro entre Religión y Revolución en 1959?

Hay que marcar dos etapas en este período: la primera caracterizada como la generación de la euforia por la Revolución Cubana en sus tres primeros años, y la segunda cuando Cuba se declara socialista.

Durante la época eufórica en la mayoría de los hogares había un cartel que decía: «Fidel esta es tu casa». Teníamos un líder con un carisma extraordinario, que supo interpretar realmente las necesidades sociales de las clases más pobres, marginadas y excluidas. Todos simpatizaron con Fidel, incluso los que se hicieron batistianos por conveniencia o tenían un pariente en el gobierno; gracias a eso la Revolución pudo hacer todo lo que hizo en sus primeros años.

En esta etapa no hay una conciencia ideológica todavía, lo que hay es una sacudida en la vida de la clase media y baja que son las que más apoyaron el proceso de transformaciones revolucionarias en ese momento.

Después viene un período en que la Revolución se define socialista y por tanto marxista—leninista. La efervescencia de los primeros momentos ayudó a transitar por este instante histórico.

Yo era anticomunista por ignorancia, no sabía lo que era el comunismo. Fidel Castro fue quien nos enseñó en qué consistía el socialismo, el marxismo y la sociedad comunista. Es decir, que este tránsito estuvo mediado por una simpatía hacia el Héroe, el cual tenía conciencia plena de que el socialismo era un camino necesario para el proceso cubano.

De 1965 en adelante empiezan a pesar un poco, polarizadamente, la mentalidades comunistas y anticomunistas, pero también se extendía ya el estudio, es decir que se iban ganando conocimientos de lo que era el marxismo. Yo lo estudié, porque era muy difícil ser pastor de una iglesia donde a los jóvenes les daban marxismo en el último año del preuniversitario y en el primero de la universidad.

Creo que Fidel es la clave hermenéutica de la Revolución para entender qué pasó en Cuba en ese tiempo. Él siempre le dio cauce y forma a los cambios revolucionarios. A la juventud se le dio la oportunidad de vivir una experiencia como la alfabetización y, una vez terminada, vinieron las becas revolucionarias, se separaron los hijos de los padres y los miembros de las iglesias jóvenes. Todo esto pasó sin crear en la juventud problemas con la Revolución, al contrario, se sintieron identificados porque Fidel les encomendaba tareas específicas para cumplir. Este estadista es el factor determinante en la autoconcientización de las nuevas generaciones.

Pero hubo muchos religiosos que abandonaron el país…

En el caso de los creyentes, sobre todo los protestantes y los católicos, hubo un éxodo forzado, pero en nuestra denominación fue voluntario; se marchó el 70 por ciento de los pastores, y los que nos quedamos no teníamos una base bíblica, teológica para responder a la circunstancia. Era como entender cristianamente la Revolución, eso no fue fácil. Es un período donde se da el «boom» de ser marxista, aunque las personas no lo eran, puesto que no tenían tiempo de haber estudiado nada. Anteriormente, había personas que no creían en Dios, pero no se había manejado el término «ateísmo» hasta el momento.

De 1965 a 1973 fue una época muy difícil, donde surgieron las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP). Yo estuve en la UMAP con 35 años. Los instructores decían que el trabajo transforma al hombre y, por tanto, te hacía comunista. De ahí que, sobre todo a los católicos y a los testigos de Jehová, los llevaron bastante tensos.

¿Qué factores determinaron la disminución de la libertad religiosa en Cuba en los primeros años de Revolución?

En primer lugar, la Revolución concibió un Estado centralizado, no dejó nada para nadie: la cultura, el deporte, la salud, todo eso se nacionalizó; entonces la Iglesia no tenía ninguna tarea que hacer. Fue la etapa en que los creyentes que no se fueron del país hicieron de la religión y de la iglesia una especie de gueto. El Estado no entendió que la Iglesia desempeña un papel importante en la creación de una nueva sociedad si es consciente del momento en que se encuentra. La Revolución lo asumió todo y, por tanto, marginó totalmente a la Iglesia de las actividades sociales.

Se usaron también, para decirlo con una visión humanística, formas discriminatorias bien intencionadas; porque los ejecutantes sí sabían que la UMAP no era el actual Ejército Juvenil del Trabajo, porque para allí iban las tres «lacras»: los religiosos, los delincuentes y los homosexuales. A veces nos decían en la UMAP que nosotros no éramos dignos de llevar las armas. Fue la época del Quinquenio Gris para los intelectuales, muchos de ellos fueron a estas unidades militares, se les veía como gente que no era del sistema. Hubo bastantes medidas de este tipo, por lo que la gente se cuidaba de ir a las iglesias.

Les reitero, fue una etapa compleja, difícil para mantener un grupo determinado en la iglesia, sin embargo, había muchos jóvenes formados por nosotros con otra mentalidad. No hubo persecución como en otros países, pero a veces era peor, porque era una persecución ideológica. Y un joven cristiano, se esgrimía, no puede ser marxista, si es creyente no puede ser marxista.

¿Qué sucesos condujeron a que se estrecharan los lazos entre la Iglesia y la Revolución después de este periodo más espinoso?

En primer lugar, Cuba estaba aislada del resto de los países del mundo, solo Canadá y México mantenían las relaciones con nuestro país, pero sin mucha cooperación. Un factor determinante fue cuando Fidel estuvo un mes en la Unidad Popular en Chile, junto a Allende, y allí fue que tuvo el primer contacto con Cristianos por el Socialismo. Y fue tan grande el impacto que el Líder cubano planteó: «O ustedes han cambiado mucho o yo me he puesto viejo», porque él no entendía que una monja, en vez de utilizar el vestuario negro que las caracterizaba, vistiera con jean y pullovers, cantando con una guitarra canciones cristianas protestantes con un contenido muy bonito, frente a la sensibilidad del Comandante. Fue cuando Fidel se reúne con marxistas cristianos, que sí tenían una verdadera base marxista, pero extranjera, un marxismo crítico de la Unión Soviética.

Allí fue cuando el estadista antillano usó por primera vez la alianza estratégica en la lucha por la liberación de los pueblos de América Latina: cristianos-revolucionarios y marxistas-revolucionarios podían juntarse, porque los unía la finalidad: era la misma.

 ¿En este contexto cubano cuáles cambios supuso la implementación de la Teología de la Liberación?

 La Teología de la Liberación fue un factor que cooperó con el pensamiento revolucionario cubano, para que también hubiera una teología cubana de la liberación, una teología cubana en revolución, como la hemos llamado aquí. Nos ayudó a desarrollar el pensamiento nacional y a comprender las posibilidades de que un cristiano pueda usar el marxismo como una herramienta revolucionaria y teórica para entender la explotación capitalista y la naturaleza del amor al prójimo.

¿Usted considera que la Revolución se sirvió de la Iglesia o la Iglesia de aquella para cumplir su propósito?

Yo creo que ninguna utilizó así a la otra. La Revolución, desde cierto punto de vista, no nos necesitaba, porque tenía personas que la respaldaban, no necesitaba el apoyo de la Iglesia, pues la religión se había debilitado mucho, por el éxodo de curas y de pastores; entonces las iglesias disminuyeron mucho su membresía y la Iglesia católica perdió la hegemonía que tenía anteriormente.

Llegó el momento en que Fidel —y con él la máxima dirección del país— entendió que la Iglesia desempeñaba un rol en la sociedad, sobre todo con los jóvenes. Él lo admitía, el trabajo que hacía la iglesia producía, positivamente, una juventud que era muy distinta a la que estaba en la calle.

 A la vuelta de los años, la Revolución tiene mucha gente como yo que soy un revolucionario crítico, que no soy un enfermo ciego, que sé los problemas, por ejemplo, de la juventud actual, que termina la universidad y no tiene un horizonte ético, moral, espiritual, para continuar trabajando. Y en eso, Iglesia y Estado debemos poner toda la capacidad educativa y de transformación.  

¿Pudiera ahondarnos en las experiencias personales cristianas que le quedaron marcadas en estos años de transformaciones revolucionarias?

En el caso mío, conocí a Fidel personalmente en el año 1984, y de ahí en adelante compartí varios momentos, de los cuales tengo fotografías con él. Así que nos encontramos en la Historia de Cuba y él nunca se preocupó porque yo era pastor. Para mí la vida de Fidel, el pensamiento de Fidel, es una hermosa experiencia. A tres cenas nos invitó, en una de ellas empezamos a las nueve de la noche y ellos me llevaron a la casa por la mañana. Yo nunca lo idealicé. Tuve la experiencia de un evento internacional, los curas que vinieron, pastores, querían saludar a Fidel y me pidieron que hablara con él. Llamé a su jefe de despacho y le dije: «Hay un grupo de pastores y de curas que quieren hablar con Fidel, quieren saludarlo». Efectivamente, cuando llegamos allá que él me vio, me tiró el brazo por arriba y yo metí la mano por la manga de su camisa para mostrarle afecto, entonces cuando el jefe de su guardia personal se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo se acercó. Yo pensé «uff, se formó» y él me dijo: «Continúe, que él lo necesita».

Cuando la situación del niño Elián, retenido contra la voluntad de su padre en Estados Unidos, nosotros dimos una actividad de acción de gracias a Dios por su regreso; Fidel llamó y dijo que lo esperáramos, se apareció como a las nueve de la noche. Empezó a hablar y dijo estas palabras: «Yo tenía necesidad de estar con ustedes», eso no lo dice ningún otro líder de la Revolución.

Entonces son recuerdos conmovedores que tengo. La primera vez que intercambiamos, él nos había invitado a una cena en el Palacio de la Revolución. Fue en un evento internacional. Le di la mano, y le dije: «No tengo palabras con qué agradecerle a Dios el haber vivido en este tiempo, en el proceso revolucionario cubano dirigido por usted».

Cuando a mí me proponen aquí en el barrio para ser diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular, Fidel me mandó un recado: que organizáramos una actividad electoral frente a la iglesia, al templo, que él iba a venir, porque estaba preocupado de que la gente no votara por mí por el adoctrinamiento que se había dado años antes en el país. No pudo asistir porque tuvo una situación en Santiago de Cuba, pero vino gente de arriba que él mandó, y me apoyaron.

¿Cuál ha sido, en esta compleja historia, la metodología de trabajo del Centro Martin Luther King Jr.?

En 1985 puse la primera piedra del Centro. Nada de esto existía, aquí lo que había era la iglesia y el templo nada más, todo lo demás era un platanal. En el 1987 se inauguró; Fidel iba a venir, pero no pudo porque murió Blas Roca ese mismo día, y él era un líder importante de la Revolución.

Toda la experiencia previa que yo había tenido es lo que desemboca en la creación del Centro. Mi esposa falleció en el noventa y cuatro, pero los dos fuimos sus creadores.

La Institución tiene como pilares: la inspiración cristiana y la opción por el proyecto socialista cubano, después se agregaron la Educación Popular y el trabajo de solidaridad con movimientos de América Latina. Todas las experiencias que tuve me llevaron a crear una institución que optara por el socialismo, a causa de las bases teológicas de la fe.

Retornando a las vivencias más duras, como las UMAP, ¿qué lo llevó en ese contexto a continuar optando por el Socialismo?

En el año 1966 yo ingresé en la UMAP porque precisamente los funcionarios, la burocracia, el Partido y Gobierno, no podían entender lo que era un pastor revolucionario. La mayoría de los miembros de las iglesias se hicieron revolucionarios, y yo los seguí visitando a sus casas. Nunca esperé que ellos dejaran de serlo para que vinieran a la iglesia, cada vez que los visitaba conversaba durante horas con ellos; en el fondo nunca dejaron de ser religiosos, lo que actuaban condicionados por el tiempo y las características de la época. El oficialismo era muy ateizante en ese tiempo.

Sentí mucho la necesidad de mi esposa, de mis hijos, la nostalgia de la familia, de la iglesia; pero busqué la comprensión del fenómeno de la UMAP como un error de la Revolución. De hecho, la mayoría de los cristianos que yo conozco y estuvieron en la UMAP continuaron con la Revolución y con sus creencias.

En aquella unidad trabajé tres meses en el campo, luego me pusieron de cocinero. Se estableció un cariño conmigo, los jefes no comprendían, me decían: «Usted nos debe odiar a nosotros, nosotros lo separamos de su esposa, de sus hijos, y usted aquí es quien nos hace la comida, cuando nos enfermamos nos hace cocimiento… ¿qué es lo que pasa?». Entendí la experiencia en la UMAP al mes y medio, nunca estuve de acuerdo con ella, pero sí me di cuenta de que para mí era una parte del proceso de preparación para ser pastor en una sociedad como la nuestra. A partir de ahí, ya podía ayudar, orientar a los jóvenes de la iglesia que iban al servicio militar, porque yo mismo había pasado por eso. Y no, no salí con úlcera de allí. (Risas).

* Sobre los avatares de vida y obra religiosa de Raúl Suárez, puede consultarse su conmovedor libro: Cuando pasares por las aguas. Memorias de un pastor en revolución, publicado por la Editorial Caminos en 2007.

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