Contrapunteo

¿Progresar o proteger?

9 sep 2019
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La conciencia medioambiental no parece cosa de estos tiempos. Mientras más civilización, entendida como progreso tecnológico y la proliferación de bienes y servicios que hacen la vida más fácil, rápida y cómoda, muchísimo menos interés por preservar lo que alguna vez fue todo para nuestros antepasados. Aquellos dependían cien por ciento del entorno natural, en consecuencia, lo veneraban. Lo curioso es que el hombre de hoy tiene una dependencia mucho mayor de los mismos recursos, pero con tantas mediaciones se olvida que, al final, todo viene de la tierra, hasta el material con que se fabrica la batería del más moderno de los teléfonos inteligentes.

Aunque la comunidad científica y los más concienzudos naturistas se empeñen en advertir los peligros del modelo civilizatorio sobre la naturaleza, las generaciones de hoy prefieren vivir el ahora en franca actitud egoísta que también forma de la controvertida evolución humana, no tan evolutiva en materia de carácter. El factor económico ha pasado a ser el que determine todo asunto cotidiano: si da dinero, es beneficioso y tiene luz verde de políticos, sin medir demasiado los impactos o consecuencias.

Ahora mismo permanece en llamas la mayor selva tropical del planeta y hay mucho cacareo alrededor pero pocas acciones eficaces para mitigar el siniestro. Sobre todo, cuando el presidente del país que alberga la mayor porción de la Amazonía, resta importancia al fuego porque cree que se queman unos pocos árboles por culpa de prácticas ancestrales. Será que Jair Bolsonaro reprobó ciencias naturales en el colegio o es pariente de idiotez de aquel otro norteño prepotente que considera el cambio climático cosa de rivales políticos para hacer carrera presidencial.

Lo cierto es que se quema la zona boscosa responsable de regular el clima de la región y a diferencia de otros incendios forestales espontáneos, es decir, por causas naturales en períodos puntuales, este tiene causas y autores bien identificados: la deforestación indiscriminada y los grandes empresarios, dueños de tierras y negocios agroganaderos. Es entonces cuando se polariza el fenómeno entres quienes dan importancia a la explotación de los recursos y los amantes de su protección; cuando situarse en los extremos es igualmente errado. Necesitamos la madera de los árboles para múltiples usos industriales y domésticos, convertir la tierra en cultivable para comer, los minerales para las industrias, y así sucesivamente, pero con la certeza de que son elementos finitos en el tiempo, fácilmente agotables si se usan como si no hubiese un mañana.

Que exista una selva como la amazónica es garantía de que haya períodos lluviosos estables para los cultivos y las fuentes de agua, así como también se equilibran los gases en la atmósfera para que los seres humanos puedan respirar aire más limpio. Justamente equilibrio es lo que se necesita a la hora de enfrentarse al dilema de progresar o proteger. Y es ahí donde la balanza se manipula a favor de la caja contadora y la que pierde siempre es la Madre Tierra.

Incluso cuando se han puesto de moda las políticas medioambientales —más bien políticas ambientales a medias— asociadas a todo proyecto de emprendimiento, suelen quedarse en eso, en estrategias bien diseñadas para vender con un plus y nos encontramos en el mercado huevos de gallinas criadas sin estrés y comida orgánica o productos «amigables» con el ambiente, siempre a precios superiores. Pero a la par siguen comercializándose abrigos de pieles animales o frutas y vegetales cultivados con pesticidas tóxicos y semillas genéticamente modificadas.

En el caso de la Amazonía, se responsabiliza puntualmente a los productores brasileños de soja y a los ganaderos con su quema de pastos. Ellos no esperaron que la historia se complicase al punto de involucrar a Brasil en una crisis internacional que ahora los perjudica pues son varios los países de Europa reacios a importar carne de res y otros productos líderes del gigante sudamericano. Peligra también el recién firmado Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea y los líderes de los 28 fustigan a Bolsonaro por su indolencia en el manejo de los incendios.

La algarabía mediática va a la par de las medias políticas ambientalistas y de los políticos que hacen carrera a costa de un discurso ecologista. Cumbres en las que se eleva el tema a nivel uno, reuniones de emergencia para buscar soluciones y en la concreta, se aprueban cifras risibles de ayuda, al tiempo que los contribuyentes habituales a la preservación de gran masa vegetal, albergue de cientos de especies de animales y de comunidades indígenas, dan un paso atrás y congelan sus fondos por las decisiones de la nueva administración brasileña.

Hoy es la selva amazónica en llamas, como ayer fueron las prácticas letales de transnacionales como Monsanto, y mañana será la explotación de la Antártida, mientras poco a poco se descongelan los glaciares por el calentamiento global, sube el nivel del mar, se sumergen territorios, el clima parece enloquecer, desaparecen animales indispensables en la cadena alimenticia, y el hombre sigue acumulando bienes materiales que en algún momento no tendrá hogar saludable para disfrutarlos.

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