Diálogos marxistas

Para pensar desde el Marxismo

5 dic 2017
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Cuántas interrogantes, dudas, polémicas y debates en torno al tema se han escrito y pronunciado. Pudieran ser parte de los múltiples intentos de respuestas a formular, desde la aparición y apropiación del pensamiento de Marx devenido en Marxismo, incluso antes de su desaparición física. De igual forma, se haría necesario incluir su antípoda: las desviaciones e interpretaciones mutiladas ?entre otras— que ocupan un espacio a tener en cuenta para entender su dimensión desde la negatividad misma.

Adentrarse en el papel y la importancia de la obra de Marx, originados desde la segunda mitad del siglo XIX, su confrontación con ideas y acciones vigentes en el devenir político y social de la Europa de la época, conforman el sustrato de su carácter polémico y revolucionario, más allá de aceptaciones o no sobre determinadas definiciones y acciones políticas, sin prescindir de la persecución ordenada desde la oficialidad burguesa contra sus pretensiones de cambios radicales y revolucionarios, al percatarse de la fuerza y magnitud del cuerpo teórico y la ideología construidas contra el capitalismo mismo.

Desde la necesidad de buscar en las posiciones y enunciados instrumentados por el Pensamiento Social del siglo XIX, puede entenderse la importancia de las ideas de Marx y también de Engels, «el primer marxista». Por supuesto, incluyendo la controversia generada por tendencias o movimientos políticos y/o partidistas que batallaban por encontrar un camino de transformación en torno al capitalismo y sus modalidades generadas en su evolución.

En ese proceso, puede afirmarse que las ideas de Marx, y por consiguiente del Marxismo, se fueron acercando a sectores y pensadores capaces de compartir posiciones más radicales y revolucionarias. Esa constituiría una primera etapa en la que se tendrían que buscar las esencias de un marxismo que, con el tiempo, fue evolucionando e influyendo en su época, a tal punto que devino en una de las teorías más controversiales y debatidas desde posiciones opuestas o desde la «izquierda» misma, al tratar de definir su radicalidad, su posibilidad real en cuanto a materialización dentro del propio poder político por intermedio del socialismo. La defensa o rechazo de si estas últimas posiciones se sostienen en una mera utopía o pudieran concretarse en verdaderos cambios capaces de augurar un futuro emancipatorio y libertario, forman parte de las disputas sostenidas por más de siglo y medio de historia.

La coexistencia de líneas divisorias, confluyentes, opuestas, trasgresoras o simplemente diversas, puede encontrarse desde que Marx-Engels y los marxistas comenzaron a elaborar y fundamentar un sistema de ideas y acciones que permitieran avanzar en la obtención de sociedades superiores a las instituidas por el sistema capitalista. Sin duda, su importancia histórica exige retomar parte de su pensamiento para, desde la teoría misma, comprender las bases y los saltos cualitativos con respecto a las ideas más avanzadas de su tiempo que llevaron a la sustentación de teorías y principios políticos defendidos hasta esos momentos, sin negar el valor y el peso que tuvieron y tienen en muchos de sus presupuestos, los que aun encuentran asideros en nuestros días. Deslindar la trascendencia del Marxismo y su accionar práctico desde los orígenes permite evaluar la dinámica que impusieran Marx y Engels, al percatarse de la lección que dejara la Comuna de París en 1871, así como la necesidad y urgencia de crear una organización como lo fue la Primera Internacional, más allá de argumentos esgrimidos, pero con el objetivo central de intentar organizar a nivel mundial a la clase obrera en sus luchas revolucionarias y reivindicativas en contra del capitalismo y su legitimación.

Examinar cuánto de importancia tiene para el presente entender una polémica que hoy mantiene vigencia y cuyo origen se remonta al pleno siglo XIX, donde el propio Marx, en unión con Engels, sostuvo con figuras ya asentadas en su época, representa un hito indiscutible. Cómo se disfruta y nos obliga a pensar en las obras y ensayos escritos al calor de posiciones encontradas con Proudhon, Lassalle, Bakunin, entre otros, y cómo esas posiciones devueltas en el tiempo ocupan un espacio aun no cerrado en nuestros días. Tal es el papel de la Socialdemocracia, el Reformismo y su opuesto, la Revolución. Cuántos pensadores, de una u otra posición, han luchado por avanzar y verlas regir dentro de un contexto político como modelo a tener en cuenta. Estar a favor o en contra de algunas de sus posturas no implica negar su importancia y valía, aun cuando se esté convencido que los mecanismos que han respaldado no serían los más radicales para enfrentar un cambio total que propicie el surgimiento de sociedades opuestas o diferentes a la capitalista, tal y como en su tiempo lo afirmara el propio Marx.

Otra de las líneas a destacar y que ocuparía un mayor espacio, sería la surgida y desarrollada desde el Marxismo mismo. Primero, desde las acciones emprendidas por Marx y Engels en el empeño por hacer que prevaleciera una unidad en el seno del proletariado a nivel internacional y que no ocultara la dimensión del comunismo como la verdadera razón de ser de su teoría, por intermedio del socialismo como punto de partida para su consecución.

Después, seguirían momentos indispensables que no solo se ceñirían a los planos teóricos, sino sobre todo al advenimiento, en los primeros años del siglo XX, de una revolución que surgió con el propósito de cambiar el todo y que marcó para algunos estudiosos el surgimiento de una tercera generación encabezada por Lenin, Trotski y Bujarin, y a la que se sumarían años después, entre otros, Gramsci y Lukcas.

Esa revolución, surgida en Rusia en 1917,  dirigida por Lenin,  se propaló con tal fuerza e impacto a escala europea y mundial que tuvo el mérito histórico de haber generado no solo a uno de sus pensadores más sobresalientes, formador también de teoría, sino de una pléyade de intelectuales revolucionarios en todo el mundo surgidos desde su seno, capaces de replantearse nuevos caminos que permitieran la definitiva transformación social, además de erigirse en modelo y aspiración de lo mejor de la humanidad, habiendo depositado la esperanza de la conquista de un nuevo poder político.

Lamentablemente, esa revolución, tan admirada y defendida, no ha podido culminar el ciclo de su centenario en el poder, al trastocar sus objetivos y aspiraciones y retroceder hasta su convergencia con la estructura y funciones de la sociedad capitalista, dando paso a una burocracia dueña de las decisiones de todos y negando o mutilando conceptos y tesis del Marxismo, por intermedio de un dogmatismo chato y vulgar encabezado por Stalin y por acciones contrarias a los verdaderos objetivos de la lucha revolucionaria.

La acotación es válida aun cuando se interrumpa el orden expositivo que se ha presentado, porque a los revolucionarios del mundo la desaparición de la URSS a fines del siglo XX los coloca ante un inmenso desafío y enormes retos, no solo reabriendo nuevos debates en torno a la validez o exclusión del Marxismo, sino en lo que significó la exaltación del liderazgo de Estados Unidos, aun cuando su avidez por dominar no se concretara nada más que en resultados parciales en cuanto hegemonía de dominación, y siempre en detrimento del mundo y su destrucción ambiental a escala planetaria.        

No obstante ese duro golpe, ahora se hace más necesaria y nos obliga más que nunca a la reconstrucción de la historia del Marxismo.

La primera mitad del siglo XX, en cuanto a su evolución, encuentra razones suficientes para comprender la magnitud del legado científico de Marx, el papel de la teoría y la práctica en su desarrollo y la instrumentación de organizaciones y movimientos capaces de sustentar esa riqueza conceptual y su accionar. Con el ejemplo de la Revolución de Octubre en el poder, la propalación de las tesis leninistas al igual que el Marxismo en su conjunto, su historia teórica y la crítica dentro de sus funciones, se fortalece la constitución de partidos comunistas y/o socialistas en el mundo, portadores de ese legado a través de escalas, unas más radicales que otras, algunas claudicantes, pero expresión de intentos por provocar cambios por intermedio de la lucha revolucionaria o institucional.

Tanto en América Latina como en Asia, se encuentran organizaciones, movimientos e intelectuales revolucionarios y luchadores, capaces de integrar la esencia del Marxismo con las particularidades e intereses nacionales, creando nuevas rutas de reconstrucción de la realidad social. Solo unos ejemplos, surgidos en las primeras décadas del siglo XX, bastarían para avalar tal afirmación: Mariátegui en Perú y Mella y Guiteras en Cuba, con proyectos transformadores y emancipatorios. 

El amplio espectro de esas diversas y encontradas posiciones, desde la misma izquierda, de manera particular en la segunda mitad del pasado siglo, marca posiciones meritorias en el plano conceptual y teórico, se esté conforme o no con lo sustentado. No obstante haberse producido una especie de rivalidad entre los denominados Marxismo oriental y occidental, este produjo un caudal teórico de relieves indiscutibles y a figuras que se convierten en referentes, como es el caso de Althusser —por solo mencionar a uno de sus más representativos— o la Escuela de Frankfort y el Marxismo instrumentado en la URSS y en el resto de los países socialistas, por las razones antes apuntadas. Esto nos obliga a centrarnos en la necesidad que se tiene de estudiar un pensamiento social capaz de hacernos pensar en cómo instrumentar las tácticas y estrategias a emplear para rescatar a Marx y Lenin, su historia teórica y su función social, en aras de construir un proyecto socialista con la urgencia de impedir la destrucción del mundo y subvertir la hegemonía global del capitalismo en su forma neoliberal o en cualquiera de sus variantes.

Los años noventa del pasado siglo, al desaparecer la URSS y el sistema socialista implantado en su época, nos devolvió la polémica entre el Marxismo y su «nuevo» oponente, el Neoliberalismo; y nos ha permitido esclarecer, dentro de sectores de la izquierda, el debate en torno a la recuperación del Marxismo revolucionario, sus aportes y la necesidad de rescatarlo. La presencia en determinados procesos políticos ocurridos en América Latina al asumir el socialismo como la verdadera expresión de liberación por parte de los oprimidos, nos precisa cómo perfilar nuevos instrumentos de participación por intermedio de movimientos sociales capaces de luchar por el poder político y por tratar de esclarecer el verdadero carácter de una democracia radical y participativa.

Es de inexcusable búsqueda preguntarse qué sociedad se necesita dentro de un proyecto a construir y qué socialismo queremos construir hoy, si es posible su realización y vialidad, rescatando principios como los de justicia social y emancipación social. Las respuestas se convierten en desafíos para la izquierda latinoamericana y, por qué no, en otros contextos regionales, con el objetivo de subvertir la utopía revolucionaria en verdaderos movimientos sociales y partidos políticos, calificados para tratar de impedir la destrucción del mundo y recuperar su salvación.

Esta breve presentación es una muy sintética fundamentación, se detiene en algunos momentos de una historia que como se ha explicado emerge desde hace siglo y medio y que, a pesar de sus detractores, encuentra un hálito de presencia por su riqueza conceptual y su vitalidad en cuanto a método, teoría y sobre todo en sus luchas por determinar el futuro de un mundo que nos pertenece. La sección Diálogos marxistas tratará de ordenar de forma cronológica y temática lo expuesto, así como la presencia de pensadores y figuras políticas imprescindibles dentro de esa historia. No obstante, nada más alejado de nuestras intenciones el guiarnos por esquemas o fórmulas rígidas en el contenido, porque las propias circunstancias y coyunturas actuales obligan a una dinámica demostrativa diferente, útil y reflexiva, capaz de convertirse en instrumento de búsqueda, examen y facilitador de posibles respuestas tentativas, sobre todo para grupos de jóvenes que buscan y no obtienen caminos que los ayuden a obtener la ruta a seguir. ¡Ojalá encuentren en esas fuentes, someramente descritas, una parte de nuevas motivaciones y razones!

Se ha querido comenzar la sección por una figura que se convierte en referente histórico en el conjunto de lo que se ha querido expresar en estas breves líneas. El rendir tributo este año a Ernesto Che Guevara en el 50 aniversario de su asesinato y en el 90 de su nacimiento en 2018, nos propicia el camino para demostrar lo mucho que desde el Marxismo mismo se puede construir y cuánto se puede aportar a su teoría, si se le asume desde las luchas para obtener la emancipación humana y si la teoría y la práctica se emplean objetivamente en aras de la reconstrucción social.

El Che, marxista por vocación y creación, forma parte de los revolucionarios y también intelectuales que han tratado, dentro del llamado Tercer Mundo y en particular dentro de su región de origen, América Latina, construir y luchar por hacer realidad la existencia de un socialismo que sea expresión de la liberación de los pueblos por parte de los más oprimidos en su excepción más amplia, su emancipación, y devolverle al comunismo su verdadera dimensión por intermedio de un socialismo que tuviera en sus bases el ejemplo práctico de la Revolución cubana y del liderazgo de su figura esencial, Fidel Castro.

Se ha seleccionado un trabajo escrito por el Che entre los años 1965 y 1966, ya sin responsabilidades en su condición de dirigente de la Revolución Cubana, pero con el compromiso mayor de estudiar y profundizar en la teoría marxista y su desarrollo, con el objetivo de resaltar y rescatar su carácter trasformador y revolucionario, contrario a posiciones esgrimidas incluso por la URSS y otros países socialistas. En ese afán, se dio a la tarea de revisar parte de la obra de los clásicos del marxismo con el propósito de elaborar futuros manuales de filosofía y economía y, dentro de la estructura construida, no es casual que adelante contra el dogmatismo y la apologética una «Síntesis biográfica de Marx y Engels», para demostrar la profundidad del marxismo como un pensamiento en constante desarrollo, confrontación y adecuación a nuevas formas de lucha.

En la síntesis elaborada, se encuentra la identificación del Che con los rasgos más humanos y la entrega total de Marx por su obra, más allá del dolor que significara abandonar una parte íntima de su existencia, su familia y sus hijos, en aras de lo que consideraba el ideal supremo, a pesar de las enormes vicisitudes y las calumnias a que fuera sometido. Así queda reflejado, cuando afirma con intención, que su «capacidad de cariño se extendió a los sufrientes del mundo entero, pero llevándoles el mensaje de la lucha seria, del optimismo inquebrantable, ha sido desfigurado por la historia hasta convertirlo en un ídolo de piedra».
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