Contrapunteo

Odebrecht: entre víctimas y peones

23 abr 2019
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Odebrecht ya tiene su primera víctima mortal de alto impacto, después de lesionar la moral de prácticamente un continente. Una trasnacional que ha protagonizado el mayor escándalo de corrupción de los últimos tiempos —según el Departamento de Estado norteamericano, la mayor red de sobornos de la historia— y que se ha expandido por América Latina de una sospechosa manera, salpicando a empresarios y políticos, bien de derecha o de izquierda por igual. Tal pareciera que se trata de una trama perfectamente urdida para estremecer una región que Estados Unidos ha querido dominar desde siempre.

No hay nada comprobado aun, pero se ajusta tal actuación a la estrategia hegemónica del «divide y vencerás» con un propósito fundamental: reacomodar las fuerzas de manera que pueda destruirse cualquier asomo de progresismo. Es cierto que son muchos los países del área conmocionados por la oleada de sobornos —y no solo los de proyecciones anticapitalistas— y que la investigación se ha vuelto interminable, sumando por el camino a verdaderos y presuntos culpables a diestra y siniestra. Solo que, dentro de los señalados por el dedo acusador, unos son más perseguidos que otros, sin que tal ensañamiento sea proporcional o coherente con las evidencias. Es así que hoy día hay expresidentes y altos funcionarios gubernamentales tras las rejas, sin poderles comprobar su vinculación a los hechos, y otros con signos claros de criminalidad evadiendo sus respectivos procesos judiciales.

Podría esgrimirse el argumento de que no puede ser una conspiración contra la izquierda si han caído en desgracia personajes de todo signo político. Pero en aras de destruir todo resquicio de socialismo, los grupos de poder no reparan en usar cualquier peón para manipular a la opinión pública. Vivimos tiempos de confabulaciones mayúsculas y bien diseñadas donde confundir es el verbo de orden.

En primer lugar, es la justicia norteamericana la que se adueñó de la investigación contra la constructora Odebrecht —y de paso salió beneficiada por la millonaria multa que cobró— y ha sido allí donde se ha comenzado a desenredar el hilo. Adicionalmente, la mermelada —como se estila llamar en el argot popular colombiano a este acto de untar con dinero a personas influyentes a cambio de favores— ha estado dirigida a un blanco particular: los procesos electorales de la región. Se ha querido comprar candidatos presidenciales a conveniencia y después pasarles factura, dicen los delatores que para beneficios económicos, pero no puede descartarse la teoría de que todo fuese parte del macabro plan a mediano plazo que hoy está en desarrollo.

El caso Odebrecht estalló en su propia cuna, fue en tierra brasileña por donde se inició la historia de coimas para obtener licitaciones de grandes obras. En Brasil, los implicados se cuentan por centenas y en todas las capas de poder. Perú le sigue los pasos, siendo el país donde la corrupción se ha enquistado con tal fuerza al punto de que los últimos 5 presidentes están metidos hasta el cuello, comprometidos con pagos ilícitos. Son además estas dos naciones donde más se ha mediatizado el asunto, pues si bien la constructora hizo de las suyas en al menos 11 países latinoamericanos, Brasilia y Lima se han mantenido en el ojo del huracán.

El suicidio del exmandatario Alan García, viene a complejizar el tema, porque tiende a convertir en héroe a quien hasta ayer era villano. Sobre García sí pesaban testimonios en su contra —además de un abultado currículo de acusaciones en el pasado más allá de Odebrecht— y el hecho de atentar contra su vida lo puso en evidencia aún más, a pesar de la carta exculpándose.

Sucede que el dos veces presidente de los peruanos quiso reescribir su final, prefirió construirse una historia de mártir y perseguido acorde a su histriónica vida que ser juzgado y sentenciado por sus delitos. Lo peor no es cómo se entienda o valore su decisión, sino el impacto que pueda tener en la lucha contra este tipo de transgresión en un país donde se torna difícil confiar en la integridad de los políticos y jueces. Ya algunos comienzan a criticar el costo de esta cruzada para acabar con la impunidad, despiden al difunto con honores y borran de la memoria las actitudes indignas.

En este capítulo tenebroso de América Latina, hay que saber separar verdades de falsedades, corruptos auténticos de casos fabricados. Odebrecht socavó los cimientos políticos de esta parte del mundo y ha sido aprovechado el escándalo —sino ya concebido— para sacar de en medio a figuras incómodas, así como para desestabilizar países y sacar dividendos del caos, aunque por el camino tengan que caer aquellos que alguna vez fueron útiles aliados.

 

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