Contrapunteo

Los reality shows, el monstruo detrás de la pantalla

26 ago 2019
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A través de una pantalla las vidas de los seres humanos pueden ser altamente influenciadas. La publicidad, las telenovelas, patrones estéticos y de conducta, condicionan la mente de maneras insospechadas.

A lo largo de los años, los especialistas  han tratado de demostrar el impacto directo de los medios de comunicación en las masas. En efecto, creo que, en algunas ocasiones, adherimos en nuestro subconsciente los puntos de vista que tratan de inculcarnos.

Dentro de este fenómeno, el cual da para emborronar muchas cuartillas, un tipo de programa televisivo ha ganado notoriedad en América Latina y el mundo en general, encontrando adeptos a cada paso del camino, y son los archiconocidos reality shows.

En particular me centraré en una franquicia muy seguida por la audiencia a nivel internacional y que encuentra su hogar en Chile, específicamente en Calera de Tango y que pertenece a la cadena televisiva Mega, del país sudamericano.

Bajo los títulos: Amor a prueba, Volverías con tu ex, Doble Tentación y, en transmisión, Resistiré, los televidentes pasan aproximadamente cinco meses pegados a las pantallas sin perderse ni un solo momento de la «realidad» de los 24 participantes.

Las fórmulas utilizadas para el éxito son más de lo mismo: intrigas, escándalos, famosos —seguidos en redes sociales y por sus vidas de socialité— y «amores eternos» de esos que duran hasta que se apagan las luces del plató.

Sin embargo, uno de los puntos más alarmantes sobre este tipo de programas son sus altos ratings, muchas veces elevados por la aceptación dentro de sectores muy jóvenes de la población, quienes pueden ser manejados con mayor facilidad y compran mensajes negativos como los que gritan a viva voz figuras como la controversial Oriana Marzolli —célebre por ser una chica reality—, quien hace gala de su extrema delgadez y de lo importante que es esa característica física para ser exitosa.

Los programas de telerealidad se «venden» al público como un reflejo auténtico de la verdad, imponiendo unos cánones que suponen se corresponde con cada uno de nosotros, sin embargo, los creadores de este mercado crean personalidades y situaciones donde triunfa el que logra crear un trayecto más exitoso.

El auditorio aguanta la respiración ante la «crisis» de alguno de los integrantes del programa, sin pensar que todo forma parte de un guion muy bien escrito —aunque insistan en que no hay guion alguno— creado por un equipo de comunicación altamente preparado y apoyado por grandes empresas que saben la importancia de colocar sus anuncios en esta plataforma.

Una investigación realizada en Estados Unidos y publicada por el diario El Universal, demostraba que «las adolescentes que regularmente ven reality shows en televisión esperan, y aceptan, situaciones intimidantes y dramáticas en sus vidas, le dan más valor a la apariencia física, y se ven a sí mismas como líderes y modelos a seguir».

Esta misma investigación contaba cómo las jóvenes propensas a observar este tipo de televisión mantenían una actitud desafiante ante las autoridades de mando y pasaban demasiado tiempo en las redes sociales, dándole mucha importancia a la construcción de su imagen dentro de la sociedad virtual.

Una historia antigua

Bienvenido León Anguiano, en su libro Telerrealidad: el mundo tras el cristal, define el término reality como programas televisivos que documentan situaciones sin previo acuerdo (guion) y con hechos espontáneos, en las cuales interactúa un elenco hasta entonces desconocido. Este género usualmente resalta lo dramático y conflictivo de la vida de los implicados.

El diario español El País sitúa sus inicios en hace casi 40 años, en 1973, cuando Craig Gilbert convenció a la familia Loud para radiografiar sus vidas y transmitirlas a todo el país.

Otros lo enclavan en los 70 con el show Queen for a day, donde se presentaban varias invitadas que iban contando sus desdichas y problemas personales. Al final, los espectadores elegían cuál de las mujeres debía ser nombrada «reina por un día».

Pero el triple salto mortal llegó en la década de los 90 con el mundialmente conocido Gran Hermano, donde un grupo de extraños eran encerrados y convivían voluntariamente mientras el «bigbrother», lo observaba todo. 

En disimiles escalas, formatos, duración, países, los televidentes prenden la televisión, la laptop o su móvil y durante casi dos horas se sumergen en ese «mundo real», observando con congoja cómo la muchacha buena y escultural (punto muy importante) llora desconsoladamente después de perder una competencia o a su novio de dos semanas, alias el amor de su vida (de igual perfección física).

Y cuando llega el capítulo final se sufre y se sonríe con los competidores, mientas el confeti corona la noche y muchas se prometen no volver a perder su tiempo viendo otro reality show… hasta que comienza el próximo.  

Sin embargo, necesitamos encontrar un punto medio dentro de este tipo de programas, donde los mensajes que se transmitían a la audiencia no reincidan en lugares comunes y estigmatizaciones.

La formación de las nuevas generaciones es una labor que también recae en los medios de comunicación. Las grandes transnacionales deberían priorizar trabajos de calidad sobre mercancías vacías. La realidad no debe ser empañada por los grandes ratings.  

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