Proposiciones

Los muertos son otros desde entonces

27 nov 2018
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Hace siete años me encontré un libro rojo que en su portada decía: «La ternura no basta», y más abajo: pero por la verdad todos los lutos. Fue mi primer encuentro con Roque Dalton, con su poesía. Él había «llegado a la revolución por la vía de la poesía» y yo, a la poesía por la vía de la revolución. Más tarde apareció otro libro Materiales de la revista Casa de las Américas De/Sobre Roque Dalton que mezclaba su poesía, con testimonios, ensayos, y documentos que marcaban las huellas —como informes de testigos— de su paso por Cuba en 1962, en 1967, y hasta su regreso a El Salvador en 1973.

Estas dos lecturas me descubrieron a un Roque poeta, revolucionario, latinoamericano, irreverente, burlón, horrible y brillante, duro. Profundo admirador del Che y de Lenin. Su poesía, inseparable de su vida y su vida de sus opciones políticas. Había vivido en Cuba en los años de un proceso transformador: la Revolución Cubana. Y se había vinculado a ella: forma parte del Comité de Colaboración de la revista Casa de las Américas, trabaja como periodista para Radio Habana Cuba y Prensa Latina, sus hijos estudian en escuelas cubanas, él y su esposa Aida van a las reuniones de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR) de su barrio, y en los tiempos libres, escribe.

Empezaba a tomar forma la idea de hacer un documental sobre Roque, sus años en Cuba, la poesía escrita en el exilio cubano y el poeta que defiende la necesidad urgente de la ternura.

La primera aparición de Roque Dalton en el contexto cubano, y en Casa de las Américas, fue cuando en el año 1962 se le dio Mención en el Premio de poesía con su libro El turno del ofendido, recibiendo menciones también al año siguiente con Los testimonios, y en 1966 con Los pequeños infiernos; en 1969 recibe el Premio de Poesía de Casa de las Américas con Taberna y otros lugares.

En 1968 Roberto Fernández Retamar lo convoca para el Comité de Colaboración de la revista Casa de las Américas donde estuvo hasta el 20 de julio de 1970, cuando en una carta pide la renuncia: «por mi parte, tanto Casa de las Américas como los organismos responsables de la Revolución encontrarán en mí siempre un compañero dispuesto a poner de su parte lo que sea necesario para enfrentar cualquier problema en nombre de las posiciones revolucionarias y en provecho de la Revolución. Si algo puedo hacer en ese sentido, puede contarse sin duda conmigo».[1]

Se prepara ya para el regreso. En 1973 ingresa clandestino a El Salvador bajo el seudónimo de Julio Dreyfus Marín, para integrarse al Ejército Revolucionario del Pueblo. Allí será asesinado por una sección de dicha organización el 10 de mayo de 1975, a pocos días de cumplir los cuarenta.

Esta es la película de su vida: «El hermoso drama de los poetas revolucionario de América Latina», como dijera en el prólogo de la antología poética que regalara a Cuba antes de partir. Un drama que tuvo como escenario la Revolución Cubana y la lucha armada en el continente en un movimiento constante del ejercicio de pensar. Había una demanda del hacer y, en el pensamiento, un reclamo de la inmediatez.

Empecé entonces un larguísimo proceso de investigación, filmación y búsqueda que ya suma más de tres años. «Es muy fácil encontrar elementos para armar una película, todos están un poco tirados por el suelo, como en un campo arqueológico donde uno mira un poco y ve “ahí hay un cántaro, un trozo de tejido”»,[2] anota el documentalista chileno Patricio Guzmán. Lo difícil es armar los pedazos en un sentido lógico, que pueda contar cabalmente el hermoso drama de Roque.

Entrevistamos a su esposa, Aida Cañas; a su hijo, Jorge Dalton; a sus amigos en Cuba, Aurelio Alonso, Víctor Casaus, Roberto Fernández Retamar, Guillermo Rodríguez Rivera y Fernando Martínez Heredia; recopilamos materiales del Archivo familiar de Roque, de Casa de las Américas, del ICAIC, de Bohemia, de Radio Habana Cuba, de la Biblioteca Nacional y de archivos personales que nos concedieron; a veces más inclinados por la curiosidad y la fascinación del descubrimiento que por el oficio del documentalista.

Como un tejido, como una geografía, los documentales son territorios. Van marcando el mapa por el cual transitamos para sentir, entender, conocer y ser. Son ventanas por las cuales recordamos imágenes que no vivimos, imágenes que no están en nuestro archivo personal, símbolos universales que nos remiten a la esencia de un pasado que, lejos de ser dato en los listados de la historia, se convierte —al rememorarlo— objeto vivo nuevamente. Esta es una de las características principales de la memoria colectiva: al recordarla se pasa nuevamente por la vida, nos provoca sentimientos precisos y reales.

Nada es estático y permanente en el tiempo; las imágenes se convierten en recuerdo, cristal, sueño. En el territorio doble de la memoria, pasado y presente no son ya el antes y el ahora: confluyen en el cristal de la mirada que se remonta en sus recuerdos y que, en la instantánea imagen del cine, se desdobla, se cuestiona, se reinventa.

Los documentales que se apoyan en la memoria colectiva no pueden olvidar —como no lo hace la sociedad en la que estos recuerdos sobreviven— que sus protagonistas viven inmersos en un conflicto con la realidad, objetiva y periodística. La pregunta que se hace toda película o cineasta del tercer mundo es: ¿Quiénes somos? Y será que lo que somos es eso, una pregunta. Miles de interrogantes, camino que se desbroza en la marcha: porque estamos «ganados por la utopía».[3]

Los territorios de la memoria están poblados de recuerdos que se reinventan. Muchos de ellos deben ser defendidos del olvido, de la desmemoria, del silencio. Cada grupo o sujeto constantemente debe defender su derecho a la memoria en este territorio en pugna. En una sociedad que —como el Angelus Novus de Klee— avanza enredada en el huracán del progreso, los recuerdos no son útiles, no son prácticos. Las armas de la guerra cultural son la demonización y el olvido de los combates.

Tenemos, entonces, que liberar el pasado, recuperar la historia de las revoluciones, de las rebeldías y de las resistencias múltiples. América Latina se cuenta como una epopeya, entre lo imaginado y lo histórico, que narra nuestra identidad. Esta herencia se mantiene en el recuerdo colectivo, en los símbolos y en quienes resisten. Hoy hablamos de Bolívar, de Túpac Amaru, de Morazán y de José Martí y los evocamos en las revoluciones latinoamericanas más contemporáneas, porque hubo quien los rescató de los olvidos convenientes y los entendió en presente. De la misma forma, nuestra generación habla de y con Roque, Haydee, Walsh, Rodney, la Tati Allende y el Che Guevara.

Todo cine es memoria.

Y la memoria es una construcción en disputa.

En su juventud, Roque entendió esta necesidad de preguntarle a los sobrevivientes de la historia de su país. En 1966, en Praga, descubre a Miguel Mármol: militante salvadoreño del Partido Comunista que en la insurrección de 1932 es dado por muerto entre las 30 000 personas asesinadas. Pero no estaba muerto. Estaba dispuesto a contarlo todo, y Roque se propuso preguntárselo.

El primer manuscrito de lo que sería el libro Miguel Mármol: los sucesos de 1932 en El Salvador, lo entrega a su amigo, Fernando Martínez Heredia, en La Habana. Imposible publicarlo todo, son casi 900 páginas. Roque selecciona cien, que son publicadas en la revista Pensamiento Crítico —dirigida por Fernando y que se convierte en referente del pensamiento revolucionario latinoamericano para su generación.

En esas cien páginas aparecía explicada, en forma de conversación, el origen del movimiento comunista salvadoreño, las contradicciones con el enemigo y dentro de la misma organización. Es un ejercicio de memoria. Un testimonio real de un movimiento real en un pueblo real de la América Latina. Roque, y en gran medida toda su generación, retoma la historia de las luchas populares anteriores y las extienden en una búsqueda por el socialismo latinoamericano.

En el estudio del pintor Mariano en 1969, a diez años del triunfo de la Revolución Cubana, se reunieron Roque Dalton, Roberto Fernández Retamar, Rene Depestre, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet y Carlos María Gutiérrez para conversar sobre la figura del intelectual, su relación con la sociedad, y su lugar en la lucha por la emancipación. Dice Roque:

Hablamos desde y para Cuba, desde y para la América Latina. Y no hablamos, por cierto, para un continente abstracto, hijo de alguna de esas cartografías culturales tan adentradas en el espíritu europeo: lo hacemos para una América Latina preñada de revolución hasta los huesos. Todo, pues, aquí, tiene otro sentido. Incluidas nuestras limitaciones.

Cuando entrevistamos a Fernando Martínez Heredia quisimos preguntarle todo. Le preguntamos por Roque, por su poesía, por Cuba, por la historia latinoamericana, por la lucha armada. Queríamos poder entenderlo todo. Entender, por ejemplo, ¿cómo un escritor, un intelectual, un poeta, podía tomar la decisión de ir a pelear en un combate dónde parecía que todas las predicciones eran negativas? ¿Tenía Roque un espíritu quijotesco? Fernando piensa, se emociona cuando habla de estas cosas, y lanza una idea que no cierra, para seguir hablándome de la historia. Para él:

Se pueden entender cuestiones a partir de entender el movimiento histórico, la estructura social y la coyuntura; pero si quienes viven la historia son las personas, entonces, tenemos que considerar también los comportamientos, las motivaciones, el mundo interior de las personas. La determinación personal implica que la persona si es necesario se violente a sí misma, pero llega a convertir su convicción en acción y a convertir su acción en algo sistemático.

Roque es un revolucionario latinoamericano que escribe poesía; un poeta que milita. Poesía y política son parte del mismo hombre, del mismo sentido de vida.

Roque lo explica de esta manera en su ensayo Poesía y militancia en América Latina:

¿También el poeta es comunista? —me preguntan por ahí—. Para contestar yo comenzaría por repetir lo ya dicho: el gran deber del poeta —comunista o no— se refiere a la esencia misma de la poesía, la belleza. (…) Hay que desterrar esa concepción falsa, mecánica y dañina según la cual el poeta comprometido con su pueblo y con su tiempo es un individuo iracundo o excesivamente dolido que se pasa la vida diciendo, sin más ni más, que la burguesía es asquerosa, que lo más bello del mundo es una asamblea sindical y que el socialismo es un jardín de rosas dóciles bajo un sol especialmente tierno. La vida no es tan simple y la sensibilidad que necesita un marxista para ser verdaderamente tal, lo debe captar perfectamente.

La nota que publica la revista Casa de las Américas en su número de septiembre-octubre de 1975 declara: «La historia los considerara (a sus asesinos) como simples criminales que pretendieron aniquilar, en la persona de un luchador incansable, una limpia y abnegada postura: y conservará el nombre de nuestro querido compañero Roque Dalton, revolucionario consecuente, intelectual brillante y combativo, hombre generoso y cordial, amigo inolvidable, entre los nombres de los héroes, mártires y creadores de nuestra América».

Todavía hoy, sus hijos siguen pidiendo justicia al gobierno salvadoreño para el caso de su padre, Roque Dalton. Que se castiguen a los culpables: Joaquín Villalobos y Jorge Meléndez; que se acepten las responsabilidades históricas de su asesinato.

Entender las complejidades de la lucha revolucionaria, ser consecuentes y comprometidos con nuestro tiempo de hacer y volver a leer a Roque, son formas de traer a la vida su memoria. Son formas, también, de hacer nuestra justicia. La memoria es una construcción en disputa y en su territorio peleamos siempre.

Decía Roque Dalton en una entrevista para la revista Bohemia: «Quiero ser escritor de izquierda en la forma que lo necesita la América Latina de 1967».

Esa frase la encontré recortada y pegada en el reverso de una foto en el Archivo Fotográfico de Bohemia. Quien decía esto era salvadoreño, poeta y militante. Quería ser un hombre útil, y quería hacer la revolución en su país y en América Latina.

Hoy, cuando han pasado más de cincuenta años, la necesidad sigue siendo la misma: Ser —jóvenes— en la forma que lo necesita la América Latina de 2018, para hacer, en la medida de nuestras posibilidades, la Revolución Latinoamericana.



[1] Carta de renuncia de Roque Dalton a Casa de las Américas. Archivo Digital Roque Dalton

[2] Bordigoni, Lorena (2012) Entrevista a Patricio Guzmán, a propósito de su última obra Nostalgia de la luz (2010) Revista Cine Documental (No. 5)

[3] Alfredo Guevara. Entrevista “Alfredo Guevara: la ignorancia es enemiga de la revolución.” Por Raúl Garcés. Revista Nuevo Cine Latinoamericano. No. 15 (2013)

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