Contrapunteo

Los más trumpistas que Trump

6 nov 2020
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Ahora que pasó el ojo de la tormenta política que desató el proceso electoral estadounidense y que solo resta esperar la decisión final de los ciudadanos «americanos» para saber si, como adelantan las proyecciones, no tendremos más un ególatra con ausencia de sentido común y derroche de grosería en la Casa Blanca, es que vale la pena analizar el fenómeno de los cubano-americanos más trumpistas que el mismísimo Donald Trump.

Más allá de si son mayoría o minoría allí en la pequeña Habana donde elucubran sus peores ideas y celebran un triunfo que solo habita en sus cabezas, el asunto esencial está en la deshumanización a la que llegan estos nacidos en la isla, o con ascendencia en ella, pero después convertidos en renegados de todo y todos lo que no comulguen con sus posturas radicales.

Es así que cada medida terrorífica contra Cuba, contra todo y todos dentro de Cuba, es decir, lo mismo contra el presidente, un ministro, un general, o contra un tío o un sobrino e incluso la madre, es vitoreada. La cruda realidad es que, en tantísimos años de enfrentamiento a ambos lados del estrecho de la Florida, las peores consecuencias las han pagado, justamente, la madre, el padre, la abuelita, el hijo, la sobrina, el amigo de la escuela de aquel emigrado que dice «no más dinero pa’ la dictadura», «que pasen hambre pa’ que dejen de ser carneros y se subleven». Frases hirientes y conductas que nada tienen que ver con espíritu democrático o cuestión de ideologías, y que convierte a sus autores en crueles tiranos.

El enemigo de mi enemigo es mi amigo y, por supuesto, viceversa. Con lo cuál, el único mérito del Trump auténtico es oponerse ferozmente a los gobernantes de Cuba, en el argot de estos ciegos fanáticos: la dictadura castrista-canelista. Ni siquiera tienen estos imitadores un ápice de cerebro para darse cuenta que el presidente de la superpotencia que tanto auparon no tiene una vocación legítimamente anticastrista o anticubana, su agresividad contra La Habana estuvo profundamente condicionada por los llamados favores políticos de todo mandatario que una vez investido tiene que ser leal con quien le ha garantizado votos o le promete pegada internacional. De ahí que en la última etapa de los 4 años del excéntrico y maleable Jefe de Estado, el deseo de repetir mandato le hiciera arremeter duro con todo tipo de coerciones para asfixiar la Cuba socialista. Y muy guardado en el pasado de multimillonario a secas quedó su afán por levantar un hotel rascacielos marca Trump en algún paraje citadino o playero del archipiélago cubano. Ello como símbolo de otros tantos negocios a los que hubiese apostado si ciertos asesores no hubiesen alcanzado tanto protagonismo dentro de la administración.

Tampoco tienen en cuenta estos proTrump que no ha existido un solo presidente de Estados Unidos que no haya querido cambiar el régimen político de Cuba, y el que dictó órdenes entre 2016 y 2020 no ha hecho la diferencia, porque otros en el pasado también han jugado las cartas de quitar y poner remesas, restringir o eliminar viajes, aumentar las multas y persecuciones al comercio, elaborar listas negras para sancionar a la «cúpula militar castrista», en fin, más de los mismo dentro de un bloqueo que tiene demasiado de verdad, aunque con unos cuantos paquetes de pollo Made in USA —que sí vienen de allí pero vale la pena indagar un poco más para saber gracias a cuántos malabares se logran importar— algunos simplistas pretendan desmentirlo.

Caer en la ligereza durante la campaña electoral de tildar de socialista al opone demócrata, e incluso repetir la estupidez de que sería una marioneta castrochavista, les funcionó a los analfabetos políticos que no distinguen las verdaderas tendencias. ¿Socialista Biden? ¿Socialista el Partido Demócrata de Estados Unidos? Y si es así, por qué no eligieron a Bernie Sanders, tampoco de izquierda pero con posturas un poco más cercanas al progresismo social, como candidato por el bando azul? También hay desmemoria porque olvidan que Biden fue el vicepresidente de Obama y juntos, si bien propiciaron el acercamiento diplomático con Cuba en la recta final, mucho antes jugaron a apretar las tuercas, solo que después de un detenido análisis se dieron cuenta que la receta de mano de hierro no les había funcionado a sus antecesores en medio siglo. Importante aclarar que la diplomacia de la fórmula Obama-Biden no significaba simpatía con el proyecto cubano ni amistad con sus líderes, era únicamente un cambio de estrategia de la que sacar provecho y grandes dividendos de los que gusta presumir el sistema capitalista.  Además, de llevarse a feliz término el deshielo, hubiese servido finalmente para demostrar el supuesto desastre económico-social del modelo socialista sin la soga gringa al cuello que siempre ha servido de justificante al gobierno de la isla, según el propio discurso de no pocos de los de la otra orilla.

Este grupo de trumpistas obcecados tiene además una miopía patológica y progresiva. Solo ven el Trump que habla contra Cuba, no son capaces de ver que sus acciones como presidente de ese país donde la mayoría de ellos eligió vivir y hasta nacionalizarse, impactan allí, a 90 millas y a 360 grados, es decir, en todo el mundo, por causa del actual (des) orden mundial que convierte a Washington en el ombligo del planeta. Y dentro de ese abanico de decisiones del actual mandatario norteamericano ha estado desde salirse del Acuerdo de Cambio Climático, retirarle los fondos a la Organización Mundial de la Salud, azuzar el racismo y la violencia en su propio suelo, hasta agravar la situación sanitaria con su actuar imprudente frente a la pandemia de la COVID-19. Y no pueden olvidarse las muchas ofensas hacia los latinos: su descripción vergonzosa de los mexicanos como violadores, criminales y traficantes de drogas, y el calificativo de país de mierda que le espetó a Haití, El Salvador y las naciones africanas. A los cubanos que no se sienten aludidos con semejante sarta de insultos, vale advertirles que si no han sido incluidos en el saco de los ciudadanos de segunda al sur del río Bravo es por puro oportunismo político de Trump y de toda la camarilla que le precedió, que han acumulado capital político a costa de balseros ahogados y agitadores políticos a sueldo. Y ese oportunismo es replicado a pequeña escala por los cubanos trumpistas que consideran malo a Obama por eliminar la política «pies secos, pies mojados», que otorgaba privilegios migratorios a los cubanos por encima del resto se los migrantes, y no cuestionan el trato que les da su «american idol» a los centroamericanos y sudamericanos que intentan cruzar la frontera de manera ilegal ni se pronuncian siquiera ante las jaulas repletas de niños que no saben el destino de sus padres ni el propio.

IndependdienteUn personaje como Trump y las actitudes mostradas en su última etapa de coqueteo con el núcleo duro anticubano de la Florida no ayudan a Cuba y mucho menos a los cubanos, y no incluyo aquí el proceso revolucionario, que lejos de resquebrajarse, se fortalece, porque los convencidos del socialismo militan con más fuerza mientras el enemigo del norte les ponga más zancadillas. En cambio, el cubano que vive el día a día y entiende poco o nada de política, sufre la escasez que provocan los castigos provenientes de Washington, que si bien no son la causa de todos los males, tienen una buena cuota de responsabilidad.

La mezcla de arrogancia e ignorancia de esos cubanos adoradores de Donald Trump es peligrosa en extremo. Aun cuando ya no estuviese el magnate excéntrico en el más alto cargo del país vecino, su influencia en ese grupo caló hondo. Y no son únicamente viejos resentidos con los barbudos de la Sierra por todo lo que perdieron, son jóvenes y algunos hasta millennials que se dejan secuestrar la capacidad de razonamiento, en muchos casos por su desconocimiento de la historia y de la realidad dentro de la isla de la discordia. Se va Trump, si no se saca a última hora una jugarreta a lo Bush hijo y se roba la elección, pero se quedan los trumpistas viscerales incitando al odio. Y en su búsqueda de un cambio, no reparan en el daño colateral, al mejor estilo de un bombardeo yanqui en Oriente Próximo.

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