Contrapunteo

Los desafíos del MAS por recuperar el poder en Bolivia

23 ene. 2020
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Bolivia ya tiene fecha para los nuevos comicios, el venidero 3 de mayo. Treinta y tantos muertos después, el golpe de Estado se ha vuelto una realidad irreversible, como también la salida del panorama político —y suelo— boliviano de Evo Morales, ya puede decirse que expresidente, pues finalmente la Asamblea aceptó su carta de renuncia.

Han transcurrido 3 meses y todavía resulta inexplicable, y hasta chocante para muchos, la velocidad con que se dieron los hechos y la factibilidad del plan de desbaratar la nación plurinacional y económicamente estable que el primer mandatario indígena configuró. A estas alturas, ya no sirve de mucho escudriñar razones, sino enfocarse en el futuro inmediato, ese que comienza con otro ejercicio del voto, y que tiene un antecedente tan nefasto como el del 20 de octubre de 2019. 

Las nuevas elecciones están muy lejos de ser la clave para devolverle la estabilidad al país y a la vez son la única salida posible al período de gobierno de facto, así de paradójico. Y es que el mentado sufragio está organizado por el equipo golpista que ya se encargó de impedir la participación del mandatario depuesto, a todas luces, el candidato más votado en los últimos 3 lustros. También, de elegir jueces electorales nada imparciales y con ellos las reglas del juego afines a inclinar la balanza, obviamente a favor del bando anti Morales. Todo ello es secundario ante una certeza como roca: la historia no recoge ningún golpe de estado en el que sus autores hayan permitido el regreso inmediato de la fuerza derribada, así no más, respetando la democracia.

Por tanto, el Movimiento al Socialismo, la plataforma izquierdista de Evo, tiene por delante una carrera con obstáculos donde compite en calidad de tortuga coja frente a la constelación de liebres sedientas de triunfo. Justamente, las ambiciones individuales de poder de los aspirantes de derecha, que les impide unir fuerzas para enfrentarse al MAS, son la mejor, sino la única arma que tiene el frente progresista para recuperar las riendas de la nación.

Conocerse la dupla masista y enredarlos en un proceso judicial fue la misma cosa. No pasaron ni 24 horas de que el movimiento lanzara los nombres de Luis Arce y David Choquehuanca para que ya hubiese acusaciones de corrupción amenazando con inhabilitarlos y repetir la historia de Lula en Brasil.

En lo que el «lawfare» —así se nombra actualmente al uso de la ley como arma de guerra—  hace lo suyo, se va adelantando la tarea promoviendo divisiones que permitan socavar las bases electorales de izquierda. Es así que la derecha ha aprovechado algunos desencuentros que se dieron entre los distintos gremios que componen el MAS en la selección de los herederos de Morales y Linera. Es sabido que se manejaron 4 nombres: Arce, Choquehuanca, Andrónico Rodríguez y Diego Pary. Pero trascendieron cuestionamientos internos de la reunión en la que se eligió el binomio y estas discrepancias han sido magnificadas.

Se quiere presentar un cierto favoritismo de Evo por el joven Andrónico, a quien no pocos veían como el sucesor natural del expresidente indígena, pero que no tuvo el respaldo mayoritario. Por otro lado, se conoció del fuerte lobby que realizaron los sindicatos cocaleros e indígenas para posicionar a Choquehuanca como candidato a la presidencia y no como segundo, así como de su resistencia a que los represente un «hombre blanco» y no un líder de los pueblos originarios.

Ante tal escenario, Evo Morales ha insistido en la eficacia probada de una fórmula que combine saberes ancestrales con la sapiencia moderna de ciudad y academia, la combinación de «campo y ciudad» que estrenaron él y su vicepresidente Álvaro García Linera y que encuentra continuidad con Arce y Choquehuanca.

Luis Arce es visto no solo como la garantía de mantener la senda de éxito económico sin recurrir a recetas neoliberales, sino un contendiente más moderado dentro de los suyos, con un perfil perfectamente competitivo ante el racismo y el odio al nativo que ha promovido la derecha y exacerbado la cúpula golpista. El excanciller boliviano, como su acompañante en esta carrera, le proporciona el contrapeso perfecto, atrae a los votantes indígenas y lo complementa con su experiencia e influencia diplomática.

No puede generarse desde ahora una confianza ciega en las encuestas aún y cuando indiquen un claro favoritismo hacia el MAS, como muestran algunos sondeos del momento. Evo era el claro ganador de los últimos comicios en estudios de intención de voto y finalmente en el sufragio real. Y ya ven cómo terminó siendo obligado a renunciar. Hasta la mañosa auditoría de la Organización de Estados Americanos tuvo que admitir que ganó en primera vuelta por un estrecho margen, pero victoria al fin y al cabo. Solo bastaron un par de frases de comodín como «irregularidades», «manipulación dolorosa» o «parcialidad de la autoridad electoral» para poner en duda la veracidad inocultable de las actas contabilizadas.

En la elección venidera, todo estará diseñado para que pierda el binomio lanzado por Morales. El orden de acciones podría ser más o menos así: primero, intentar la inhabilitación por la vía jurídica; luego, proceder a la intimidación a lo Pablo Escobar como ya ensayaron durante el golpe; para finalmente cometer ellos el fraude —que tanto le endilgaron a Evo— cuando se sepan en desventaja.

Por lo pronto, las calles ya están militarizadas para hostigar a cuanto simpatizante masista se le ocurra algún tipo de manifestación. La cacería y persecución política sigue, el más reciente encarcelado fue el exministro de gobierno Carlos Romero, y a Evo que ni se le ocurra salir de su refugio en Argentina porque está acusado de terrorismo y sedición.

Del otro lado está la emulación por el trono entre el gran perdedor del 20-O, Carlos Mesa y el devenido «héroe evangélico» de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, el rostro más agresivo y ponzoñoso que pudo verse en las jornadas golpistas. Y a estos dos intentan hacerle sombra viejos conocidos de los bolivianos como el expresidente Jorge «Tuto» Quiroga y políticos de nuevo tipo, al estilo outsiders, como el coreano-boliviano Chi Huyn Chung. Hay y habrá más aspirantes, hasta el próximo 3 de febrero que finaliza el plazo de inscripción electoral.

Y entretanto, la rubia pintada que reniega de sus semejantes saborea el poder que le prestaron, ahora prorrogado hasta los comicios de mayo. La autoproclamada boliviana allana el camino para el «elegido», no el de las urnas, sino el que ya está pensado y aupado por los mismos autores intelectuales de la salida de Evo.

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