Contrapunteo

Las cantinfladas de Guaidó

16 may 2020
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Hablar y hablar para no decir nada, un decir disparatado e incongruente, frases absurdas: la descripción de cantinflear, haciendo honores al simpático personaje de Cantinflas, del actor mexicano Mario Moreno. En su caso se trataba de una caracterización, ficción al fin y al cabo, pero la realidad nos pone ahora a un nada cómico sujeto que ha hecho suyo el arte de cantinflear, sobre todo en las últimas dos semanas.
El cultivador de una muy peculiar retórica cantinflesca se nombra Juan Guaidó, y dentro de sus primeros delirios estuvo creerse presidente de Venezuela, y ¡eh aquí su primera tarea a medias!: se autotitula Jefe de Estado y ejerce como tal solo para politiquería y demagogia internacional, en los asuntos domésticos no interfiere; da igual la crisis del coronavirus o el desabastecimiento de productos de primera necesidad, eso parece no importarle más allá de aprovechar la coyuntura para lanzar críticas a su adversario. Y dirán los sensatos que no puede hacer nada allí donde no puede ejercer. Ciertísimo. Sin embargo, si se inventa presidencia, gabinete y cuerpo diplomático de fantasía, bien podría idear soluciones de mentiritas en su gobierno ilusorio. Algunas, por cierto, no serían tan ficticias, teniendo en cuenta que la filial de PDVSA que se encuentra en Estados Unidos, CITGO, se encuentra embargada para la administración de Maduro, no para la de Guaidó. ¿No podría el autoproclamado y bendecido con la venia trumpista interceder ante la Casa Blanca para que le ceda la gestión de CITGO y sus millones congelados en favor del «oprimido y necesitado» pueblo venezolano? Se anotaría puntos de verdad por parte de los ciudadanos de verdad, a los que dice gobernar, al intentar resolver sus problemas de verdad, pero evidentemente Juan Guaidó no gobierna hacia lo interno, es pura fachada.
Después de los intentos frustrados de incursión militar, mitad oposición mitad mercenarismo, por las costas venezolanas, a Guaidó se le ha enredado la lengua sobremanera y parece que en largo rato no va a recuperar el hilo de una plática creíble. Su primera reacción fue tildar el hecho de montaje, lo que supone que, si se tratase de un falso positivo, los perpetradores deberían ser falsos opositores usados para que Maduro y su Fuerza Armada se anotaran una victoria militar. Pero resulta que en el listado de nombres dados a conocer hay confesos opositores y familiares de otros antichavistas más recalcitrantes aún, quienes se hacen acompañar de ciudadanos estadounidenses pertenecientes a una agencia contratista de seguridad y, gracias a la experiencia de Iraq y Afganistán, el mundo conoció a lo que se dedican realmente estas corporaciones privadas, que aparentemente hablan de asesoría y entrenamiento. Difícil alinear a todos estos «astros» para complacer el ego madurista.
Cuando lo pensó mejor, Guaidó reconoció que había «patriotas verdaderos» tras estos hechos, solo que ellos actuaban por su cuenta y él no tenía nada que ver con el asunto a todas luces ilegal de cabeza a fin. Fue entonces cuando apareció un contrato con su firma y otras más de sus más cercanos colaboradores y hasta audios comprometedores que relacionaban al «señor presidente» y la mentada agencia Silvercorp USA. Obviamente, ante eso no quedaba otra que recurrir a la vieja técnica de que el chavismo inventa evidencias. Teoría que se desbarató en horas cuando los leales Juan José Rendón y Sergio Vergara admitieron haber estampado su rúbrica en el hasta entonces dudoso contrato. Tocó a ambos fungir como chivos expiatorios y librar al jefe de toda culpa. Renunciaron y problema resuelto, otra vez de cara al qué dirán público. Lo que no quedó claro es cómo las firmas de Rendón y Vergara eran verídicas y la de Guaidó ¿una ilusión óptica?
Siguiendo con el cantinfleo, resulta que ahora lo firmado con Silvercorp era una especie de memorando, que en diplomacia es algo así como un acuerdo previo a futuros acuerdos concretos, una especie de carta de intención, no el pacto en sí con todos sus acápites. Dice el comunicado del equipo Guaidó: «De forma malintencionada, documentos exploratorios han sido utilizados para tratar de establecer vínculos del Gobierno legítimo con la empresa que organizó tales eventos con los cuales sorprendieron a jóvenes patriotas en una cobarde emboscada para detenerlos y asesinarlos». ¿Acaso si hay un documento firmado por dos partes, sea exploratorio o de la naturaleza que sea, no implica automáticamente el vínculo expreso entre dichas partes?
Las incoherencias continúan en el mismo comunicado: «jamás estuvo en el interés de la comisión —hace referencia a la Comisión de Estrategia de la que hacía parte J.J. Rendón, y que uno se pregunta estrategia para qué sino para sacar a Maduro de en medio— ni de ninguno de sus miembros participar en actividades violentas y mucho menos ilegales vinculadas con personajes reclamados por la justicia y con cuentas pendientes en varios países». ¿Acaso si se «exploró» algún tipo de relación con la contratista estadounidense no subyace la voluntad tácita de hacer uso de sus servicios? ¿O para qué fue el acercamiento «exploratorio»? Hay que reiterar que era una empresa de servicios militares o «un servicio activo de mitigación de riesgos» como más elegantemente la describe su creador, Jordan Goudreau, no una corporación benéfica, por lo cual la violencia estaba garantizada desde el primer saludo.
Este Goudreau, un trastornado con las películas de Hollywood, que se las da de tipo duro, soldado condecorado ayer y soldado por cuenta propia hoy día, con derroche de excentricidades en sus redes sociales y devenido confesor público y notorio de toda la trama marítima fallida, no es un desconocido aterrizado en esta operación frustrada. Ya había prestado sus servicios —en la modalidad más refinada de cuerpo de seguridad— en el concierto organizado en la frontera colombo-venezolana cuando el fiasco anterior de la cuestionada ayuda humanitaria. Y al tipo ya se le había relacionado con ¿otros? planes siniestros en Venezuela tras las confesiones del renegado chavista Cliver Alcalá, que al parecer había organizado todo esto —o alguien le copió el plan y decidió llevarlo a cabo a pesar del «spoiler»— y de pronto se entrega a los gringos y confiesa todo, y lejos de abortarse la acción, se produce. Es obvio, y es lo único razonable que ha dicho Juan Guaidó, que la operación podía estar infiltrada por agentes de Maduro, pero después de conocer las declaraciones de Alcalá, que por demás se compilaban en un detallado reportaje de la agencia norteamericana de prensa AP dos días antes del evento, ni tanto.
Volviendo a Guaidó y sus «donde dije digo, digo Diego», el autoproclamado admite que sus asesores se extralimitaron con eso de «explorar» con actores ilegales, y acto seguido defiende que la función de éstos era «evaluar todas las opciones apegadas a la legalidad para el cambio de régimen», «elaborar escenarios para una transición pacífica y ordenada en Venezuela». Por fin, ¿en qué se equivocaron? ¿En lo de contratar a mercenarios o en lo de que intentar otra vez tumbar a Maduro por la fuerza? Habría que recordarle a Guaidó los actores ilegales con los que él se ha fotografiado en territorio colombiano, de seguro con más sangre en sus manos que los del Silvercorp. Y que él estaba a la cabeza de la acción «humanitaria» en la frontera que casi desemboca en guerra, nada de lo cual se corresponde con su idea de «transición pacífica y ordenada».
En resumen, de acuerdo con la narrativa de Guaidó, su séquito contactó con Silvercorp para «evaluar escenarios» pero no dió la orden de ataque. Goudreau y los suyos dieron luz verde a la acción porque sí, por iniciativa propia. Sin contar el dime que te diré del pago; el gringo boina verde dice que acordó 212 millones con la contraparte venezolana, pero que nadie le pagó y él se lanzó gratis porque es «un luchador por la libertad». Mientras que el exestratega de Guaidó dice que abonó 50 mil dólares. La torpeza con que se llevó a cabo la operación se corresponde más con la idea de la mala paga que con la teoría de la liberación a puro corazón.
En su pa´lante y pa´ tras Guaidó ha llegado a decir que «para liberar a Venezuela no necesitamos mercenarios extranjeros, porque existe suficiente apoyo internacional y suficientes militares y policías dentro y fuera de Venezuela dispuestos a sumarse a la causa». La matemática no parece ser el fuerte de este personaje porque son más los países que apoyan a Maduro que los que le respaldan a él; como también es bastante superior la fuerza leal al chavismo que sus exiguos y contados desertores. Por no decir que Juan Guaidó lleva unos 15 meses intentando que «la causa» prospere e igual tiempo intentando malabares para que su presidencia —ya bastante desinflada al punto de que su padrino Trump tuvo que exhibirlo en Washington y darle unas palmaditas al hombro a modo boca boca— no se vaya barranco abajo.
Cerrando el círculo de cantinfladas, Guaidó retoma la teoría del falso positivo pero la sazona con nuevos ingredientes: Gedeón fue cosa de Diosdado Cabello, con apoyo de un empresario secreto que fungió como «testaferro». «Es muy grave haber financiado esta simulación». Tanto como querer quitarse el muerto de encima, porque así le han indicado los grandes autores que también se lavaron las manos, los presidentes Donald Trump e Iván Duque.
Si a Guaidó se le han desvanecido todos los argumentos en medio de una retórica del absurdo y de muchísima improvisación, a sus compinches que la llevan más fácil en esto de desligarse también les ha sido difícil salir del todo limpios de pecado. A Duque, por ejemplo, que no sabe que en su territorio se ensayaba la invasión, se le «escaparon» tres lanchas con insignias de las fuerzas colombianas repletas de armamento y sin tripulantes, dice que por la fuerza de la corriente del río. Sin palabras. Y a Trump, que tenía su coartada perfecta con eso de que Silvercorp tendrá sello USA pero es una empresa privada, nada que ver con su oficialísimo cargo y gestión, se le pasa por alto el paso anterior de la gran componenda: acusar a Nicolás Maduro de narcotraficante y ofrecer una recompensa de 15 millones por información valiosa que ayude a apresarlo. Parecería gracioso, cosa del pasado y de películas del oeste, pero es un modus operandi harto conocido y harto utilizado por Washington. La estrategia tiene dos dimensiones: primero, al crear un cargo inculpatorio se sientan las bases para que una vez en suelo estadounidense pueda ser procesado y encarcelado de inmediato, una manera «legal» de librarse de los que estorban. Curiosamente, el plan de los capturados infraganti tenía como fin secuestrar a Maduro y llevarlo a ¿adivinen dónde? Segundo, al lanzar la peliculera recompensa se garantiza que eventos como el ocurrido puedan atribuirse a codiciosos seres independientes al gobierno que buscan únicamente la suma tentadora.
Agarrados de esto último están todos los que quieren vender la historia de «golpe privado» que en el tema Venezuela, con tantos enemigos públicos y de alto rango, con tantas amenazas públicas y de alto calibre, sencillamente, no cuela.
Gedeón pasará a la posteridad como la operación de las mil y una versiones o de las mil y una evasiones, únicamente porque fracasó. De haber sido exitosa, habría una lucha encarnizada, entre los mismos que se niegan hoy, para atribuirse la victoria.

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