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La izquierda a debate

4 jul 2018
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El debate mayor que ha despertado la victoria de Andrés Manuel López Obrador en México el pasado primero de julio es acerca de la supervivencia de la izquierda en América Latina.

Las matrices informativas dominantes en las últimas décadas han intentado convencer a todos de la idea de que el progresismo ha llegado a su fin, que el auge de gobiernos con proyecciones socialistas fue cosa de un decenio y que la caída de la mayoría de ellos evidencia el fracaso de un modelo.  Solo que la historia se compone de ciclos que tienden a repetirse, y que más tienen que ver con los hombres que la escriben que con etiquetas ideológicas. De hecho, la división primaria de izquierda-derecha, pasando por los matices centristas, ya resulta difícil de acomodar a las realidades actuales de muchas naciones. Ambos proyectos extremos han mostrado debilidades —aunque los que le apuestan al capitalismo saben esconder las limitaciones de su propuesta tras indicadores macroeconómicos y un crecimiento exponencial en las grandes ciudades—, ha decepcionado a más de un ciudadano y se vuelve a veces reduccionista tal clasificación cuando el panorama es tan complejo como fue el caso mexicano. Y no es el único.

En Colombia, que también eligió presidente este año, no cristalizó el triunfo de la propuesta más a la izquierda pero demostró salud para un movimiento que parecía extinguido e intimidado. Ecuador le apostó a la continuidad de su modelo de «una década ganada» aunque tras la investidura del elegido hayan salido a la luz contradicciones y deslealtades, al punto que ahora se vislumbren proyectos abiertamente neoliberales con el nuevo ejecutivo morenista. Brasil está por definir su futuro y de no ser por las zancadillas disfrazadas de procesos judiciales que se le vienen poniendo a Lula, su triunfo para retomar un gobierno con enfoque social sería inminente.

Como ejemplo más contundente está Venezuela. Es el país más asediado, es el modelo más satanizado, y ha sabido remontar la correlación de fuerzas al punto de ser en este momento la gestión chavista la opción de mayor fuerza dentro de los venezolanos. Volviendo a México, Obrador pasó de un aspirante perseverante que pregonaba cambios prometedores a un fenómeno de masas. No solo se alzó con la presidencia, sino que ganó con holgura y vistió del color de su partido a 31 de los 32 estados mexicanos. Sin duda números impresionantes.

¿Qué ha habido derrotas sucesivas? Cierto, y tan contundentes como las victorias mencionadas. Triunfos tan sonados como los de Mauricio Macri en Argentina o Sebastián Piñera en Chile que dejan en duda entonces la salud de los movimientos pro-izquierda. Y es que la izquierda suele ser más caprichosa y radical a la hora de cerrar filas. Se le acusa más cruelmente cuando hace concesiones, mientras la derecha no escatima en pactos con tal de perpetuarse en el poder. Inmolarse en una postura radical es admirable, pero la práctica, de acuerdo con la configuración del mundo de hoy, echa por tierra la viabilidad de tal proceder. Sobre todo porque no se puede vivir en versión probeta. Hoy día se imponen las alianzas, cada vez más heterogéneas, donde se potencien ciertos intereses comunes por encima de las diferencias de credos. Ese es el verdadero reto. No caer en la corrupción política, fungir como servidor público y no por ego personal, concebir una gestión para las mayorías y no para los grupos de poder, todo ellos sobre la base del respeto a la soberanía nacional, deben convertirse en las banderas no negociables.

En menos de dos semanas La Habana acogerá la edición 24 del Foro de Sao Paulo. Un evento de reflexión para partidos identificados con la izquierda. Todos los escenarios descritos estarán seguramente en discusión. Es la oportunidad para pasar de la plataforma de pensamiento y el estrado de denuncia a la proyección y a la creación de las condiciones propicias para mantener el ascenso al poder de esta corriente adversa a la gobernanza del capital.

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