Contrapunteo

La cara visible del descalabro

24 jul 2020
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Donald Trump, más allá de sus desatinos e impericia como gobernante, es hoy, sin necesidad de un profundo análisis, el reflejo de una realidad innegable: la cara visible del descalabro que sufre por estos días el sistema imperialista norteamericano. Endilgarle todas las consecuencias del desastre y de la caída en picada que comienza a experimentar el régimen -desde hace tiempo caduco e ineficaz en muchos aspectos- a la incapacidad del actual presidente y a los estragos de la pandemia de la Covid-19 en el país norteño, sería como ocultar gran parte de los factores que han ocasionado el deterioro de su economía, su infraestructura y de una política tan fallida como irreparable.

No es noticia decir hoy que el imperio de las donas y el sueño americano comienza a desvanecerse al lado del empuje y las deslumbrantes realidades apreciadas en el accionar y los resultados de otras grandes potencias. El asunto más importante, en este caso, está en señalar las causas y el ritmo acelerado en que se mueven los elementos que expresan las consecuencias. Sin lugar a duda, estamos ante el declive de un sistema social que ha agotado sus potencialidades. El juego del gato y el ratón está llegando a su fin y eso ha puesto demasiado nervioso al felino.

La nación más poderosa del mundo moderno ha erigido su desarrollo y poderío apoyada en el oportunismo, el chantaje, el robo, la mentira, la calumnia y en los frutos de una carrera armamentista y guerrerista que ya se aproxima  a los límites de lo posible, y amenazan con provocar el colapso de la humanidad.

Los ideólogos del imperio norteamericano crearon un monstruo, una especie de alíen terrenal; y ahora la bestia está a punto de devorar a sus propios creadores. No es nada nuevo si analizamos la historia de los imperios precedentes, desde la antigüedad hasta nuestros tiempos todos perecieron por los mismos motivos: la ambición, el desprecio, la subestimación del otro y la ceguera ante los límites, entre otros factores. Pero lo más fatídico en estos momentos para Estados Unidos de Norteamérica es que llega el momento de la debacle cuando cuentan con la peor administración de su historia.

El actual inquilino de la Casa Blanca es el mandatario más irracional, déspota e inculto de la política norteamericana, si analizamos en detalle a sus 43 predecesores (contando como uno a Grover Cleveland, que ocupó en dos ocasiones la silla presidencial). Pero todas las culpas no son suyas. Por un lado, tiene un equipo de asesores desastroso, acólitos y seguidores de la peor calaña; y por otro, están las incidencias y recetas del poder financiero y todo el emporio que representa al poder real, ese rostro oculto, fascistizante y enquistado en la sociedad norteamericana.

El imperio se deteriora y Donald Tromp y Mike Pompeo, su Secretario de Estado, realizan ingentes esfuerzos para apuntalarlo. Para ello acuden a la mentira, a la infamia, al fraude, al ataque, a la demonización de los supuestos enemigos. Piensan que sus males llegan desde afuera y no ven las grietas en las propias entrañas de una nación que ha basado su desarrollo y poderío en la usurpación de bienes ajenos. Solo hay que escucharlos ante las cámaras o leer los tweets que lanzan hacia los cuatro vientos. A mí se me parecen muchísimo -discúlpenme la audiencia y los padres de los simpáticas criaturas- a Pat y Mat, esos personajes de la serie checoslovaca creada en 1976 por el director de cine Lubomir Benes y el caricaturista Vladimir Jiranek conocida como Los chapuceros.

Pienso que los asesores de Donald Trump están tan perdidos como él en asuntos históricos y diplomáticos o, acaso, no hallan manera de contenerlo. No hace mucho acusó al pueblo norteamericano que protesta en las calles contra el racismo y otros males endémicos en la sociedad estadounidense, de anarquistas. Tal vez porque alguien le dijo que algunos viejos anarquistas fueron simpatizantes de los partidos de izquierda; pero Donald Trump debe reconocer ?no sé si lo sabe? que el anarquismo no tiene nada que ver con la religión y que el pueblo norteamericano es profundamente religioso. Además, no creo que los norteamericanos y, menos aún los de piel oscura, tan advertidos y vigilados por los organismos represivos, puedan compararse con grupos anarquistas o terroristas, como sí los hay entre la supremacía blanca estadounidense.

Para colmo, en el discurso por la celebración del cuatro de julio el presidente del país más poderoso de la era moderna, al borde de la histeria, acusa a no sé qué innominada extrema izquierda de un nuevo fascismo que quiere acabar con América. ¿Estará loco de verdad, o es que no tiene ni la menor idea de lo que dice? ¿Nadie le ha señalado que el fascismo es hijo de la extrema derecha y que lo que más se parece al fascismo es el propio imperialismo norteamericano? Al parecer, Donald Trump no ha leído la Declaración de Independencia de Estados Unidos. El pergamino se conserva en la Sala de Exposiciones del Archivo Nacional de Washington, si desea leer el original le sugiero llegarse hasta allí. Aunque no creo que la letra de esa Declaración tenga mucha vigencia en un país en el que los gobernantes han olvidado hasta su propia historia.

Y para que no se moleste y ahorrarle un poco de su menguado horario laboral -según las malas lenguas de su propio gabinete-, le puedo decir que la Declaración expresaba, entre otros aspectos: el derecho a la insurrección de los pueblos sometidos a gobiernos tiránicos, en defensa de sus inherentes derechos a la vida, la libertad, la búsqueda de la felicidad y la igualdad política, sirviendo como fuente de autoridad para la Ley de Derechos de la Constitución de Estados Unidos. Asuntos estos que no ha respetado ni cumplido nunca el imperio, dada su prepotencia y afán hegemónico. Y que ahora, de acuerdo a lo que expresa esa Declaración, pudiera servir, como creería justo, al pueblo norteamericano para legitimar sus derechos.

Pese a su proverbial ineficacia como inquilino de la Casa Blanca, Trump se prepara para su reelección en noviembre. Durante los primeros tres años y medio a partir de su nombramiento, creído que podía gobernar al país como si fuera una gran empresa, cometió las barbaridades más increíbles que se puedan imaginar. Entre ellas: fabricar un muro fronterizo con México y promulgar a los cuatro vientos que lo pagaría la nación vecina, encarcelar y juzgar a niños sin la presencia de los padres ni permitirles contar con la defensa jurídica a que tiene derecho todo reo, iniciar una guerra económica contra China, firmar el mal llamado Acuerdo del Siglo sin la participación de todas las partes y la total marginación de los numerosos países miembros de las Naciones Unidas.

Pero acaso, ¿podemos culparlo por todas las pifias y errores de su gobierno? ¿Podemos culparlo porque la diplomacia estadounidense desde hace bastante tiempo se haya convertido en un corral de papagayos que nada le envidiaría al peor teatro del absurdo? ¿Podemos hacerlo responsable de una política exterior caduca y una administración del país que no tiene en cuenta los graves problemas internos? No, Donald Trump no es el único responsable del descalabro que sufre hoy el imperio. Su principal o única culpa radica en no estar preparado ni para ejercer el cargo de alcalde en una pequeña ciudad. Y es por ello lógico pensar que así lo estén analizando la mayoría de los políticos de la gran nación norteamericana, tanto los de filiación demócrata, como los propios republicanos.

Sin temor a equivocarme, el siglo XXI vaticina ya el fin del Imperio. Pero este aún tiene a su favor, entre otras ganancias, la ineficiencia del Sistema Monetario Internacional y la miopía de los aliados más poderosos en ultramar, que aún no logran ver el peligro de la complicidad en una política sin futuro. Tarde o temprano, muchos de esos países se percatarán de su error y verán en la colaboración y el entendimiento mutuo el verdadero camino hacia el progreso y la paz.

Mientras tanto, lo más saludable para el mundo y para los propios Estados Unidos de Norteamérica, es deshacerse de la versión estadounidense de Pat y Mat, y que la futura nueva administración le dé un par de vueltas a la tuerca que amenaza con estrangular a la nación más poderosa de la era moderna.

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