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Kissinger, el coronavirus y el orden mundial: Una lectura crítica

6 abr 2020
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El pasado 3 de abril, el ex secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger publicó en el diario conservador Wall Street Journal un artículo de análisis titulado: «La pandemia de coronavirus alterará el orden mundial para siempre». En la publicación se evalúa, desde su visión profundamente elitista y estadounidense, el impacto que tendrá este flagelo en el escenario internacional en el corto y mediano plazo, así como se identifican los pasos que debería adoptar Estados Unidos hacia el futuro partiendo del supuesto que el resultado final de este embate mundial será la configuración de un escenario internacional diferente.

El artículo comienza con las implicaciones que tiene la pandemia para la confianza pública de los estadounidenses en su gobierno, lo que constituye un asunto de relevancia estratégica debido a que uno de los principales aspectos es cómo la Administración gestiona esta grave crisis y su capacidad para proteger a sus ciudadanos. Según Kissinger, «ahora, en un país dividido, es necesario un gobierno eficiente y con visión de futuro para superar los obstáculos sin precedentes en magnitud y alcance global. La prueba final será si la propagación del virus puede ser detenida y luego revertida de una manera que mantenga la confianza del público estadounidense».

Si nos atenemos a las cifras que se han divulgado sobre las muertes y contagiados en Estados Unidos, el gobierno federal ha fallado abrumadoramente en garantizar la protección a los estadounidenses. En términos prácticos, ha sido un desastre. Por lo tanto, el coronavirus ha catalizado el proceso de desconfianza pública en la institucionalidad gubernamental, lo que sin lugar a dudas se profundizará en correspondencia con el incremento de las muertes y el manejo funesto que viene haciendo Donald Trump de esta situación.

Desde la perspectiva global, la manera en que el coronavirus ha golpeado a Europa y, en especial, la incapacidad de muchos de esos países para enfrentar la pandemia, también produce la percepción de desprotección en amplios sectores de la población que han sufrido los problemas estructurales de un sistema de salud que no está diseñado ni preparado para lidiar con este tipo de pandemias. En ese sentido, Kissinger señala «cuando termine la pandemia del COVID – 19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado. La realidad es que el mundo no será el mismo después del coronavirus».

En el artículo se enfatiza que la agitación política y económica que ha desatado el nuevo coronavirus podría durar generaciones y afirma: «ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede en un esfuerzo puramente nacional superar el virus». Kissinger reconoce, casi a regañadientes y sin despojarse de la visión del denominado excepcionalismo americano, que su nación por sí sola es incapaz de enfrentar a un «enemigo» de tal magnitud y con tanto poder. Por esa razón, no le queda más remedio que concluir lo obvio y lo que han planteado varios gobiernos, líderes mundiales y organismos internacionales: «Abordar las necesidades del momento debe combinarse con visión y programa de colaboración global». En esencia, solo la cooperación internacional desinteresada, genuina, transparente y solidaria puede convertirse en una herramienta efectiva para contener las implicaciones negativas de esta pandemia. En la actualidad, Cuba es un ejemplo de este tipo de colaboración.

Teniendo en cuenta este último aspecto, en las circunstancias actuales en el que todo el planeta se enfoca en cómo salir de esta grave crisis, no debe existir el más mínimo espacio para mantener medidas coercitivas unilaterales y sanciones contra terceros países como los casos de Cuba y Venezuela. Washington se ha negado a escuchar el reclamo de varios países, sectores y personalidades a nivel mundial que han solicitado que dada la situación excepcional a escala global, se permita que ambos países puedan acceder a insumos necesarios para el combate al COVID – 19. Por el contrario, desde las máximas instancias del gobierno estadounidense se han dado instrucciones para recrudecer el bloqueo económico, comercial y financiero contra La Habana y Caracas.

Por otra parte, Kissinger plantea que Estados Unidos está llamado a realizar un gran esfuerzo, de cara al futuro, en tres líneas principales. En primer lugar, debe enfocar la capacidad de recuperación global hacia las enfermedades infecciosas. Al respecto, refiere: «los triunfos de la ciencia médica, como la vacuna contra la poliomielitis o la erradicación de la viruela, o la emergente maravilla estadística técnica del diagnóstico médico a través de la inteligencia artificial, nos han llevado a una complacencia peligrosa. Necesitamos desarrollar nuevas técnicas y tecnologías para el control de infecciones y programas de vacunación a escala de grandes poblaciones».

No obstante, la buena intención de Kissinger en la proyección de esta idea tiene un problema estructural de fondo: a las grandes compañías capitalistas de la industria biofarmaceútica no les interesan las grandes mayorías. Por lo tanto, el acceso universal a este tipo de fármacos encara como principal desafío por un lado los poderosos conglomerados que se dedican al negocio de la producción de medicamentos y por el otro la voluntad política de los gobiernos.

En segundo lugar, Kissinger plantea que Washington debe esforzarse por sanar las heridas de la economía mundial y señala que «los líderes mundiales han aprendido importantes lecciones de la crisis financiera del 2008. La actual crisis económica es más compleja: la contracción desatada por el coronavirus es, en su velocidad y escala global, diferente a todo lo que se haya conocido en la historia. Y las medidas necesarias de salud pública, como el distanciamiento social y el cierre de escuelas y negocios, están contribuyendo al dolor económico. Los programas también deberían tratar de mejorar los efectos del caos inminente en las poblaciones más vulnerables del mundo». Con esta propuesta, Kissinger presenta a Estados Unidos como el actor internacional que debe ejercer un liderazgo global para lograr este último propósito y el denominado «saneamiento de las heridas de la economía».

Una vez más, lo que podría ser una buena propuesta carece de valor práctico por una sola razón: Estados Unidos no puede y no le interesa encabezar un movimiento dirigido a revertir los daños en el orden económico internacional y ayudar a sectores vulnerables. Por un lado, los fundamentos económicos y políticos que explican la proyección global de Washington son contradictorios con estas metas y como colofón no existe ni existirá voluntad política. En esencia, esta visión es una ingenuidad o podría ser una provocación.  

En tercer lugar, Kissinger destaca que deben salvaguardarse los principios del orden mundial liberal y explica que es necesario se garanticen necesidades fundamentales de las personas como seguridad, orden, bienestar económico y justica. Precisa que «la pandemia ha provocado un anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada en una época en que la prosperidad depende del comercio mundial y el movimiento de personas». En este contexto, el artículo culmina con la siguiente frase: «El desafío para los líderes es manejar la crisis mientras se construye el futuro. El fracaso podría incendiar el mundo».

Puede decirse que Kissinger tiene buenas ideas y una comprensión realista del alcance de esta crisis global, pero lamentablemente se equivoca en considerar que Estados Unidos está en condiciones de ejercer un liderazgo para resolver los problemas globales. El argumento es bien sencillo: no puede buscar ninguna solución el mismo actor internacional que ha provocado el desorden internacional en el que vivimos actualmente.

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