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Ilusiones y realidades en el devenir de América Latina (primera parte)

24 ago 2017
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La historia de América Latina es sencillamente fascinante. Ofrece los insumos necesarios para un buen libreto hollywoodense: intrigas, agresiones, alianzas, rupturas. Hay de todo. Pero lo que la hace aún más interesante es que si bien conocemos el inicio, el futuro no responde a los caprichos de un guionista, sino que se revela como construcción colectiva, como una totalidad que evoluciona, sobre la cual no se ha dicho aún la última palabra.

La inflexión

El final del siglo XX e inicio del siglo XXI marcó un punto de inflexión económico y social en América Latina. La llegada al poder del Presidente Hugo Chávez, fue el catalizador continental del descontento popular, tras largos años de neoliberalismo. Poco a poco se fueron levantando gobiernos socialistas, contestatarios, y de izquierda cuyo denominador común fue la ruptura con el modelo neoliberal precedente. En ese contexto las cosas comenzaron a ir muy bien: se derrotó al ALCA en Mar del Plata y se potenció la integración regional, la cual terminó vestida de gala tras el surgimiento de espacios como ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) y CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños); se promovieron consultas populares que transformaron los fundamentos constitucionales de Venezuela, Ecuador y Bolivia; se dio voz a los pueblos, y las cumbres de los políticos fueron acompañadas por las cumbres de los movimientos sociales.

Los vientos favorables también llegaron a la economía. La mejoría de los términos de intercambio, dentro de un «súper-ciclo de los productos básicos», generó ingresos extraordinarios que fueron canalizados hacia programas sociales. Se invirtió más en educación, salud, desarrollo científico e infraestructuras. Cayó el peso de la deuda en el PIB y crecieron las reservas internacionales. Se comerció más y se vendió mejor en el mercado mundial. Llegaron torrentes de inversión extranjera, en parte atraídos por las expectativas del mayor crecimiento económico y tasas de interés superiores a las vigentes en los centros económicos mundiales. Disminuyó el desempleo y la pobreza. Avanzó la lucha contra el hambre y en varios países se redujo el coeficiente de Gini.

La crisis económica mundial, con epicentro en Estados Unidos, volcó toda la atención sobre las contradicciones del capitalismo globalizado y financierizado. En Europa, los problemas con la deuda soberana acapararon los titulares, y se negoció el rescate de Grecia bajo condiciones onerosas. En el Viejo Continente fueron aplicados programas de austeridad que hicieron recordar los programas de ajuste estructural que durante décadas promovieron las instituciones de Bretton Woods en el Tercer Mundo.

En el terreno geopolítico, mayores niveles de unidad regional le hicieron las cosas más difíciles a la súper potencia hegemónica, precisamente en el área que durante mucho tiempo consideró como «su patio trasero». Los problemas del Imperio en Oriente Medio, el ascenso indetenible de China y la creciente fuerza de Rusia, restaron presión política sobre América Latina, quien ganó nuevos aliados, y fortaleció otras relaciones, como parte de un mundo de configuración cada vez más oligopolar.[i]

A pesar de las contradicciones internas, y algún que otro problema coyuntural, la situación fue tan favorable en lo económico, lo político y lo social que hubo alguna que otra fuerza política de izquierda que se dio el lujo de la desmovilización. Se repitió el axioma, llegando a pensar con sumo optimismo que esta vez había llegado «el fin de la historia», una idea que se le había criticado a Francis Fukuyama hasta el cansancio.[ii] A fin de cuentas, si los gobiernos populares habían conquistado el poder, y la economía marchaba bien, no había razón para preocuparse.

Para algunos, insertados en una concepción dicotómica de la realidad, enfrentar el neoliberalismo con «otra agenda» se concibió como el camino correcto, pues como lo «neoliberal» era malo, lo antineoliberal sería necesariamente bueno: Tarde o temprano todos los problemas se resolverían. Este grupo olvidaba que en cuestiones de política económica el éxito radica en un conjunto muy amplio de factores. En algunos de estos se puede incidir, y en otros no. Como norma, tener la motivación correcta no es suficiente, sino que se requiere también conocimiento, experiencia y capacidad para aprender de los errores, rectificando a tiempo.

Los asuntos pendientes

Aunque los cambios que ocurrieron en América Latina fueron trascendentales, la euforia de los buenos tiempos impidió ?o al menos dificultó?  realizar un balance objetivo de los retos presentes y futuros a los cuales se enfrentaban los gobiernos de izquierda en la región.

En términos sistémicos, los cambios en la orientación política de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos, no implicaron una transformación en el modelo de desarrollo capitalista, sino que en la mayor parte de los casos este se profundizó. Las relaciones de propiedad, salvo algunas excepciones ?por ejemplo, con hidrocarburos en Venezuela?, se mantuvieron intactas, y la mayor parte del crecimiento económico fue, como pudiera decirnos Marx, crecimiento de la apropiación privada de la producción social. El tan loable y necesario esfuerzo para redistribuir recursos hacia las clases sociales de menores ingresos, en el fondo implicó intensificar la dinámica de la acumulación capitalista. Si a un pobre se le ofrecen oportunidades para adquirir más comida, vestido y algo de tecnología, terminará al final del día comprándolos en algún supermercado —probablemente perteneciente a alguna gran empresa, total o parcialmente transnacionalizada.

Las bases de la dependencia se reprodujeron, sin que se planteara un esfuerzo regional serio para la ruptura de las relaciones sociales que conducen a ella. En este ámbito, avanzó el proceso de desindustrialización ?recordemos que la producción industrial en el año 1987 llegó a representar casi el 42% del PIB latinoamericano y caribeño, mientras que en 2016 había pasado al 27%?[iii] y se obtuvieron pocos avances en la mejora de los endebles sistemas de innovación que caracterizan a la mayoría de los países del área.

A pesar de que no faltaron acciones, América Latina continuó ocupando un lugar secundario en la generación mundial de conocimientos. El incremento de las inversiones en esta materia, si bien puede explicar aumentos en la productividad científica, no logró el mismo impacto en la esfera de la tecnología: el coeficiente de invención, o patentes por cada cien mil habitantes, continúa estancado hace más de una década, se ahondaron las condiciones de dependencia tecnológica y aumentó la balanza deficitaria por concepto de los pagos derivados del uso de la propiedad intelectual.

El ritmo de la formación bruta de capital fijo se mantuvo muy cercano a la media mundial, pero lejos de las economías más dinámicas del orbe. La combinación de niveles reducidos de acumulación de capital físico, patrones sectoriales de especialización con énfasis en productos básicos o servicios tradicionales y la poca efectividad de la inversión en investigación y desarrollo, explican en gran medida los reducidos avances en materia de productividad del trabajo, y la enorme brecha que subsiste en esta esfera con relación a los países desarrollados.

El aumento en la explotación de los recursos naturales, trajo aparejado un reforzamiento en la secular subordinación a los mercados internacionales de commodities, sobre los cuales ?a excepción del petróleo? no se dispone de ninguna capacidad de intervención.[iv] Esta mayor utilización de la renta generada por las riquezas del subsuelo, sin que ocurriera un cambio en la estructura económica o en las relaciones de propiedad, sentó las bases para que el retorno de las condiciones descritas en la tesis de Singer-Prebish (sobre el deterioro de los términos de intercambio), junto a la agudización de las contradicciones inherentes a la lucha de clases, provocaran un tsunami socioeconómico sobre las fuerzas de izquierda en el ejercicio del gobierno que ya se ha hecho sentir.

Con el modelo extractivista ?o neoextractivista, como se pudiera identificar en algunos casos descritos por Eduardo Gudynas—[v] se profundizaron las economías de enclave y la destrucción del medio ambiente, lo cual trajo el surgimiento o intensificación de no pocos conflictos ambientales. En ese ámbito, las empresas transnacionales continuaron su pillaje continental, al amparo de una densa red de tratados de libre comercio. Estas, son los agentes de la «acumulación por desposesión» de la cual alerta David Harvey,[vi] la cual no se pudo superar.

En el plano de la gestión pública, una buena parte de las transformaciones efectuadas fueron sustentadas en los mismos mecanismos institucionales sobre los cuales se aplicó el neoliberalismo desde la década de los ochenta. En muchos casos, realizaron esta tarea las mismas burocracias de antaño, solo que ahora con nuevos manuales sobre cómo relacionarse con las masas. Los tecnócratas continuaron circulando entre puestos gubernamentales, en ocasiones obstaculizando el cumplimiento de las decisiones adoptadas por los líderes de izquierda, y las estelas de la corrupción, siguieron proliferando, restando efectividad a las transformaciones.

Sobre las iniciativas, varios de los más importantes proyectos anunciados u objetivos previstos, fueron quedando en el camino. Desde el ámbito financiero, no se pudo concretar la iniciativa de una moneda regional o un nuevo banco con capacidad real para financiar el desarrollo. Ninguna de las economías dolarizadas pudo librarse de esa onerosa carga que le impide ejercer la soberanía monetaria. La unidad política no se tradujo en integración económica, y como muestra de esto el comercio intrarregional apenas alcanza el 17% del total exportado.[vii] Avanzaron sí, algunos tratados de libre comercio con Estados Unidos, y de Asociación Económica con la Unión Europea, los cuales, unidos al mantenimiento (e inclusive ampliación) de las bases militares extranjeras, aseguraron que no se aflojara demasiado el lazo diseñado para atar a los países al sur del Río Grande.

Como de costumbre, los pueblos de América Latina continuaron recibiendo el diario bombardeo de imágenes creadas por los grandes poderes mediáticos, los cuales ahora no solo utilizan los medios tradicionales, sino también las redes sociales y otros espacios de influencia creados por las tecnologías de la información y las comunicaciones. Desde Washington siguieron fluyendo millones de dólares para desestabilizar gobiernos «no alineados» con los intereses imperiales y alimentar a ONGs garantes de los intereses foráneos en la región.

Todos estos elementos, permiten entender, ?al menos en parte? las razones para que el «optimismo» propio de esta etapa, se asuma a partir de las limitaciones inherentes al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en la región. Aunque se haya avanzado, las deudas del desarrollo latinoamericano son demasiado profundas como para ser solucionadas en diez, quince o veinte años.



[i] Oligopolar implica la presencia de un grupo limitado de grandes potencias, sin llegar a ser multipolar.

[ii] Dicha tesis aparece en el libro de Fukuyama, F. (1992): The End of History and the Last Man. New York: Macmillan.

[iii] Datos del Banco Mundial (2017). Disponibles en http://datos.bancomundial.org/indicador

[iv] Al respecto véase el trabajo de Mónica Bruckman (2012): Recursos Naturales y la Geopolítica de la Integración Sudamericana. Lima: Insituto Perumundo y Fondo Editorial J.C. Mariátegui.

[v] Véase el trabajo de Gudynas, E. (2009): «Diez tesis urgentes sobre el nuevo extractivismo». En Extractivismo, política y sociedad (págs. 187-225). Quito: CAAP y CLAES.

[vi] Para profundizar en el tema de la acumulación por desposesión puede consultarse el libro de David Harvey (2003): «The New Imperialism». Oxford: Oxford University Press.

[vii] Datos de CEPAL (2017). Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe 2016.

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