Contrapunteo

Ilusiones y realidades en el devenir de América Latina

4 dic 2018
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La historia de América Latina es sencillamente fascinante. Ofrece los insumos necesarios para un buen libreto hollywoodense: intrigas, agresiones, alianzas, rupturas. Hay de todo. Pero lo que la hace aún más interesante es que si bien conocemos el inicio, el futuro no responde a los caprichos de un guionista, sino que se revela como construcción colectiva, como una totalidad que evoluciona, sobre la cual no se ha dicho aún la última palabra.

La inflexión

El final del siglo XX e inicio del siglo XXI marcó un punto de inflexión económico y social en América Latina. La llegada al poder del Presidente Hugo Chávez, fue el catalizador continental del descontento popular, tras largos años de neoliberalismo. Poco a poco se fueron levantando gobiernos socialistas, contestatarios, y de izquierda cuyo denominador común fue la ruptura con el modelo neoliberal precedente. En ese contexto las cosas comenzaron a ir muy bien: se derrotó al ALCA en Mar del Plata y se potenció la integración regional, la cual terminó vestida de gala tras el surgimiento de espacios como ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América), UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas) y CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños); se promovieron consultas populares que transformaron los fundamentos constitucionales de Venezuela, Ecuador y Bolivia; se dio voz a los pueblos, y las cumbres de los políticos fueron acompañadas por las cumbres de los movimientos sociales.

Los vientos favorables también llegaron a la economía. La mejoría de los términos de intercambio, dentro de un «súper-ciclo de los productos básicos», generó ingresos extraordinarios que fueron canalizados hacia programas sociales. Se invirtió más en educación, salud, desarrollo científico e infraestructuras. Cayó el peso de la deuda en el PIB y crecieron las reservas internacionales. Se comerció más y se vendió mejor en el mercado mundial. Llegaron torrentes de inversión extranjera, en parte atraídos por las expectativas del mayor crecimiento económico y tasas de interés superiores a las vigentes en los centros económicos mundiales. Disminuyó el desempleo y la pobreza. Avanzó la lucha contra el hambre y en varios países se redujo el coeficiente de Gini.

La crisis económica mundial, con epicentro en Estados Unidos, volcó toda la atención sobre las contradicciones del capitalismo globalizado y financierizado. En Europa, los problemas con la deuda soberana acapararon los titulares, y se negoció el rescate de Grecia bajo condiciones onerosas. En el Viejo Continente fueron aplicados programas de austeridad que hicieron recordar los programas de ajuste estructural que durante décadas promovieron las instituciones de Bretton Woods en el Tercer Mundo.

En el terreno geopolítico, mayores niveles de unidad regional le hicieron las cosas más difíciles a la súper potencia hegemónica, precisamente en el área que durante mucho tiempo consideró como «su patio trasero». Los problemas del Imperio en Oriente Medio, el ascenso indetenible de China y la creciente fuerza de Rusia, restaron presión política sobre América Latina, quien ganó nuevos aliados, y fortaleció otras relaciones, como parte de un mundo de configuración cada vez más oligopolar.[i]

A pesar de las contradicciones internas, y algún que otro problema coyuntural, la situación fue tan favorable en lo económico, lo político y lo social que hubo alguna que otra fuerza política de izquierda que se dio el lujo de la desmovilización. Se repitió el axioma, llegando a pensar con sumo optimismo que esta vez había llegado «el fin de la historia», una idea que se le había criticado a Francis Fukuyama hasta el cansancio.[ii] A fin de cuentas, si los gobiernos populares habían conquistado el poder, y la economía marchaba bien, no había razón para preocuparse.

Para algunos, insertados en una concepción dicotómica de la realidad, enfrentar el neoliberalismo con «otra agenda» se concibió como el camino correcto, pues como lo «neoliberal» era malo, lo antineoliberal sería necesariamente bueno: Tarde o temprano todos los problemas se resolverían. Este grupo olvidaba que en cuestiones de política económica el éxito radica en un conjunto muy amplio de factores. En algunos de estos se puede incidir, y en otros no. Como norma, tener la motivación correcta no es suficiente, sino que se requiere también conocimiento, experiencia y capacidad para aprender de los errores, rectificando a tiempo.

Los asuntos pendientes

Aunque los cambios que ocurrieron en América Latina fueron trascendentales, la euforia de los buenos tiempos impidió ?o al menos dificultó?  realizar un balance objetivo de los retos presentes y futuros a los cuales se enfrentaban los gobiernos de izquierda en la región.

En términos sistémicos, los cambios en la orientación política de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos, no implicaron una transformación en el modelo de desarrollo capitalista, sino que en la mayor parte de los casos este se profundizó. Las relaciones de propiedad, salvo algunas excepciones ?por ejemplo, con hidrocarburos en Venezuela?, se mantuvieron intactas, y la mayor parte del crecimiento económico fue, como pudiera decirnos Marx, crecimiento de la apropiación privada de la producción social. El tan loable y necesario esfuerzo para redistribuir recursos hacia las clases sociales de menores ingresos, en el fondo implicó intensificar la dinámica de la acumulación capitalista. Si a un pobre se le ofrecen oportunidades para adquirir más comida, vestido y algo de tecnología, terminará al final del día comprándolos en algún supermercado —probablemente perteneciente a alguna gran empresa, total o parcialmente transnacionalizada.

Las bases de la dependencia se reprodujeron, sin que se planteara un esfuerzo regional serio para la ruptura de las relaciones sociales que conducen a ella. En este ámbito, avanzó el proceso de desindustrialización ?recordemos que la producción industrial en el año 1987 llegó a representar casi el 42% del PIB latinoamericano y caribeño, mientras que en 2016 había pasado al 27%?[iii] y se obtuvieron pocos avances en la mejora de los endebles sistemas de innovación que caracterizan a la mayoría de los países del área.

A pesar de que no faltaron acciones, América Latina continuó ocupando un lugar secundario en la generación mundial de conocimientos. El incremento de las inversiones en esta materia, si bien puede explicar aumentos en la productividad científica, no logró el mismo impacto en la esfera de la tecnología: el coeficiente de invención, o patentes por cada cien mil habitantes, continúa estancado hace más de una década, se ahondaron las condiciones de dependencia tecnológica y aumentó la balanza deficitaria por concepto de los pagos derivados del uso de la propiedad intelectual.

El ritmo de la formación bruta de capital fijo se mantuvo muy cercano a la media mundial, pero lejos de las economías más dinámicas del orbe. La combinación de niveles reducidos de acumulación de capital físico, patrones sectoriales de especialización con énfasis en productos básicos o servicios tradicionales y la poca efectividad de la inversión en investigación y desarrollo, explican en gran medida los reducidos avances en materia de productividad del trabajo, y la enorme brecha que subsiste en esta esfera con relación a los países desarrollados.

El aumento en la explotación de los recursos naturales, trajo aparejado un reforzamiento en la secular subordinación a los mercados internacionales de commodities, sobre los cuales ?a excepción del petróleo? no se dispone de ninguna capacidad de intervención.[iv] Esta mayor utilización de la renta generada por las riquezas del subsuelo, sin que ocurriera un cambio en la estructura económica o en las relaciones de propiedad, sentó las bases para que el retorno de las condiciones descritas en la tesis de Singer-Prebish (sobre el deterioro de los términos de intercambio), junto a la agudización de las contradicciones inherentes a la lucha de clases, provocaran un tsunami socioeconómico sobre las fuerzas de izquierda en el ejercicio del gobierno que ya se ha hecho sentir.

Con el modelo extractivista ?o neoextractivista, como se pudiera identificar en algunos casos descritos por Eduardo Gudynas—[v] se profundizaron las economías de enclave y la destrucción del medio ambiente, lo cual trajo el surgimiento o intensificación de no pocos conflictos ambientales. En ese ámbito, las empresas transnacionales continuaron su pillaje continental, al amparo de una densa red de tratados de libre comercio. Estas, son los agentes de la «acumulación por desposesión» de la cual alerta David Harvey,[vi] la cual no se pudo superar.

En el plano de la gestión pública, una buena parte de las transformaciones efectuadas fueron sustentadas en los mismos mecanismos institucionales sobre los cuales se aplicó el neoliberalismo desde la década de los ochenta. En muchos casos, realizaron esta tarea las mismas burocracias de antaño, solo que ahora con nuevos manuales sobre cómo relacionarse con las masas. Los tecnócratas continuaron circulando entre puestos gubernamentales, en ocasiones obstaculizando el cumplimiento de las decisiones adoptadas por los líderes de izquierda, y las estelas de la corrupción, siguieron proliferando, restando efectividad a las transformaciones.

Sobre las iniciativas, varios de los más importantes proyectos anunciados u objetivos previstos, fueron quedando en el camino. Desde el ámbito financiero, no se pudo concretar la iniciativa de una moneda regional o un nuevo banco con capacidad real para financiar el desarrollo. Ninguna de las economías dolarizadas pudo librarse de esa onerosa carga que le impide ejercer la soberanía monetaria. La unidad política no se tradujo en integración económica, y como muestra de esto el comercio intrarregional apenas alcanza el 17% del total exportado.[vii] Avanzaron sí, algunos tratados de libre comercio con Estados Unidos, y de Asociación Económica con la Unión Europea, los cuales, unidos al mantenimiento (e inclusive ampliación) de las bases militares extranjeras, aseguraron que no se aflojara demasiado el lazo diseñado para atar a los países al sur del Río Grande.

Como de costumbre, los pueblos de América Latina continuaron recibiendo el diario bombardeo de imágenes creadas por los grandes poderes mediáticos, los cuales ahora no solo utilizan los medios tradicionales, sino también las redes sociales y otros espacios de influencia creados por las tecnologías de la información y las comunicaciones. Desde Washington siguieron fluyendo millones de dólares para desestabilizar gobiernos «no alineados» con los intereses imperiales y alimentar a ONGs garantes de los intereses foráneos en la región.

Todos estos elementos, permiten entender, ?al menos en parte? las razones para que el «optimismo» propio de esta etapa, se asuma a partir de las limitaciones inherentes al nivel de desarrollo de las fuerzas productivas en la región. Aunque se haya avanzado, las deudas del desarrollo latinoamericano son demasiado profundas como para ser solucionadas en diez, quince o veinte años.

 

Un nuevo contexto[viii]

Sin cambios determinantes en la estructura económica; sin un vuelco en el papel de las burocracias nacionales; sin transformaciones en las relaciones de propiedad; sin una nueva arquitectura financiera regional o sin un nuevo modelo de integración regional, la pregunta que debimos formularnos no era si los avances de las fuerzas progresistas en el continente serían embestidos por la derecha aupada por el imperialismo, sino cuándo, y cuáles serían los alcances de esa arremetida.

El saldo hasta el momento es lacerante. Gobierna Mauricio Macri en Argentina tratando de borrar la herencia de los gobiernos kirchneristas y tomando medidas en contra de la clase trabajadora. Michel Temer fue hecho presidente de Brasil como resultado de un golpe de estado parlamentario contra Dilma Rouseff, y aprovecha la crisis en ese país para imponer el ajuste y favorecer los intereses foráneos. En Venezuela, la derecha alcanzó el control del parlamento, y trata de desestabilizar el país afectado por una profunda crisis económica derivada de los bajos precios del crudo. El presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, se reúne con Donald Trump y busca posicionarse como punta de lanza contra los gobiernos progresistas de la región. Evo Morales, no logró que se aprobara el referendo donde se le permitiría reelegirse junto a su vicepresidente Álvaro García Linera, con lo cual se mantiene en suspenso el futuro de dos de los líderes políticos más respetados del área. Ya antes Fernando Lugo en Paraguay y Manuel Zelaya en Honduras habían sido sacados del gobierno, con golpes de estado de diferente tipo.

La integración está herida y las contradicciones son evidentes. Venezuela fue suspendida del Mercosur y se trata de privarla del derecho a tener voz en los asuntos de ese esquema regional. La Comunidad Andina de Naciones, se ha quedado dormitando frente a los desafíos del momento. La CARICOM, encuentra muy difícil profundizar los nexos entre economías pequeñas, donde es dominante el sector terciario. En UNASUR aún no se nombra al próximo Secretario General. La última cumbre de CELAC, hasta la fecha un foro de concertación política, tuvo una baja participación de jefes de estado o de gobierno. Más allá de los marcos regionales, quienes apostaron por alianzas extra regionales han quedado huérfanos: el tratado con Asia-Pacífico perdió a su más importante socio, Estados Unidos, y México se enfrenta a la posible renegociación del TLCAN.

Para atizar aún más la coyuntura, el desempeño macroeconómico en los años recientes no ha sido bueno. La caída en los precios de los productos básicos tuvo una incidencia directa sobre el crecimiento económico latinoamericano, el cual empezó a disminuir desde 2013 y según la CEPAL, llevó a la contracción del 1,1% del PIB en 2016 (?2,2% en términos de PIB per cápita). Los términos de intercambio comenzaron a deteriorarse a partir de 2012, lo cual implica la necesidad de exportar más para mantener el mismo nivel de importaciones, y en el último año registrado fueron el 86% de lo que se alcanzó en 2010.

Los cambios en la política monetaria de Estados Unidos, modificaron el comportamiento de los flujos internacionales de capital y el dólar se fortaleció, provocando una significativa pérdida en la capacidad adquisitiva de varias monedas latinoamericanas, lo cual agrega presiones inflacionarias al panorama y mayor presión sobre el manejo fiscal.

La deuda externa bruta no ha cesado de crecer y las cifras preliminares de 2016 la colocaban en 1,5 millones de millones de dólares, o sea, el 36% del PIB regional. Esta cifra poco dice per se ?y menos si se compara con algún país altamente endeudado, como Japón?, pero colocándola en contexto abre grandes interrogantes de cara al futuro. En primer lugar, porque la relación deuda/exportaciones viene aumentando desde 2011, y si bien ese año fue del 89,2% al cierre del año pasado fue del 150%, disminuyendo de forma creciente las capacidades de pago. En segundo lugar, por las expectativas de incremento en las tasas de interés, las cuales se mantuvieron extraordinariamente bajas gracias a la gran crisis de 2008, pero que paulatinamente irán subiendo, provocando un aumento en el servicio de la deuda. En tercer lugar, porque el financiamiento del déficit en el presupuesto implica la necesidad de continuar pidiendo prestado, y los créditos obtenidos de esta forma pueden ir incorporando crecientes condicionales que empujen a la aplicación del recetario neoliberal, como solía hacer el dúo FMI/Banco Mundial.

La inversión extranjera directa, que lleva varios años disminuyendo, en 2015 se redujo un 9,1% en comparación con el año anterior. Este comportamiento, implicó además la caída tanto del atractivo de América Latina como receptor internacional de IED (Inversión Extranjera Directa) y de la tasa de reinversión. En ese contexto, se amplió el peso de las inversiones en servicios, reduciendo aún más las oportunidades de expandir la producción material en la región.[ix]

El desempleo urbano abierto se incrementó un 2% entre 2014 y 2016, y allí no se consideran ni los desalentados, los subempleados, los empleos precarios o la situación del campo. Los efectos de la crisis sobre los que menos tienen se hacen sentir con fuerza, y según las proyecciones del último Panorama Social de América Latina publicado por CEPAL, la cantidad de pobres se elevó en 2015 a 175 millones, mientras que 75 millones de seres humanos se consideraron como indigentes.[x]

Por su parte, la FAO señala que, a pesar de la reducción de las necesidades alimentarias insatisfechas en términos globales, aún 34,3 millones de latinoamericanos y latinoamericanas pasan hambre (lo cual equivale al 5,5% de la población), justo en la región que tiene la mayor disponibilidad de tierra cultivable del mundo.[xi]

A nivel de países, los efectos más negativos de la recesión hasta 2016 se experimentaron en Venezuela, donde ese año el PIB se contrajo un 9,7%; en Brasil, donde la reducción fue de ?3,6% y en Argentina y Ecuador, donde la economía cayó un 2%. En estos casos, y otros, la derecha apuesta al desgaste y el desencanto popular para recomponer el poder perdido, con la esperanza de asegurarse en lo adelante un control político que les permita continuar la lógica de saqueo y explotación que durante siglos caracterizó a una región catalogada como la más desigual del planeta.

Por último, aunque no menos importante, en medio de los aires recesivos, la incertidumbre generada por el comportamiento de Donald Trump al frente de la Casa Blanca ?quien no ha dudado en amenazar a varios países latinoamericanos? hace aún más complejo el panorama, e incita a una unidad de las fuerzas de izquierda para hacer frente a la posible ofensiva imperialista, que ya ha mostrado su vocación agresiva en Oriente Medio.

Prepararse para una nueva época

Se requiere pensar entonces en una nueva estrategia para avanzar a una nueva época, donde se superen los retrocesos que han ocurrido en los últimos años. El punto de partida para ello serían las enseñanzas que fueron quedando. En este sentido, sin pretensiones de exhaustividad, se pudiera señalar que:

  • La llegada al gobierno de actores políticos con orientación popular, caracterizados por su voluntad de promover los intereses de las mayorías, no implica automáticamente el respaldo absoluto ?o mayoritario? de estas, como tampoco la posibilidad de disponer de todos los mecanismos del poder propios del Estado capitalista. Los gobiernos de izquierda se ven sometidos a las mismas presiones y desgastes que contribuyeron a llevarlos a la victoria. Esto implica, además de la validación en las urnas cada cierto tiempo, la necesidad de obtener resultados concretos, principalmente en la economía.
  • Las derrotas o retrocesos en la esfera política, aunque no nos gusten, forman parte de una realidad que no se puede negar. Estos deben ser analizados con detenimiento, para que no vuelvan a cometerse los mismos errores del pasado.
  • No se puede contar con el beneplácito de los grandes medios de comunicación, los cuales, salvo excepciones, se encuentran en manos de actores privados con intereses contrarios a la transformación social. Es necesario entonces desarrollar un doble proceso, de generación de normativas que garanticen el apego a la verdad por parte de estas gigantescas maquinarias propagandísticas al servicio del capitalismo y por el otro la construcción de espacios alternativos de comunicación con los pueblos.
  • Redistribuir recursos a la población, sin generar espacios productivos que fomenten nuevas relaciones de producción, contribuye a fortalecer el capitalismo en la región. Las alternativas existen ?por ejemplo, a través de la economía social y solidaria? y deben ser aplicadas en cada lugar que se pueda. Este proceso, no obstante, tiene que estar acompañado por un acompañamiento del Estado y la creación de una nueva cultura de producción.
  • Se requiere un esfuerzo sostenido, coordinado y de largo alcance para desarrollar nuevos sectores y actividades productivas que se basen en el conocimiento, como una vía para superar la dependencia de las actividades extractivas. En este ámbito, hay un espacio enorme para aprovechar las complementariedades entre los diferentes países latinoamericanos. Iniciativas para la formación de recursos humanos, para la investigación conjunta y el desarrollo de nuevas tecnologías se vuelven imprescindibles para avanzar.
  • La concertación política, aunque necesaria, no es suficiente. Los discursos tienen que estar acompañados por acciones que aseguren relaciones crecientes de interdependencia entre los países del área. No basta solo con acciones a nivel gubernamental, sino que se requiere generar los incentivos necesarios para que los diferentes actores económicos latinoamericanos se vinculen entre sí, potenciando el surgimiento de verdaderas cadenas productivas regionales o subregionales. Solo de ahí surgirá y se consolidará una integración profunda entre los países latinoamericanos.
  • En la esfera internacional se requiere impulsar un amplio conjunto de alianzas, que sirvan de contrapeso a la tradicional injerencia de las potencias occidentales. El ascenso de nuevos grandes actores en Asia, como China e India, facilita las oportunidades de asociación estratégica de largo plazo. Tampoco se pueden desestimar las relaciones con otras «potencias medias» capaces de ofrecer nuevas alternativas en ese balance.

Finalmente, para las fuerzas progresistas, lo más importante en este minuto es no desalentarse, ni perder la perspectiva de sus objetivos de largo plazo. La derecha, ahora con el control de los gobiernos de las economías más grandes del continente, no podrá mantener ilimitadamente los emplazamientos que han alcanzado. Las bases económicas del neoliberalismo en América Latina son insostenibles, porque se sustenta en la precarización de las condiciones de las amplias mayorías, la subordinación frente al imperialismo y la perpetuación de una estructura productiva disfuncional en términos del desarrollo. El programa económico del capital es irreconciliable con el programa económico de los pueblos.

El tiempo dirá la última palabra. Esperemos que la historia de esta región en pro del bienestar de sus hijas e hijos tenga un final feliz.

 



[i] Oligopolar implica la presencia de un grupo limitado de grandes potencias, sin llegar a ser multipolar.

[ii] Dicha tesis aparece en el libro de Fukuyama, F. (1992): The End of History and the Last Man. New York: Macmillan.

[iii] Datos del Banco Mundial (2017). Disponibles en http://datos.bancomundial.org/indicador

[iv] Al respecto véase el trabajo de Mónica Bruckman (2012): Recursos Naturales y la Geopolítica de la Integración Sudamericana. Lima: Insituto Perumundo y Fondo Editorial J.C. Mariátegui.

[v] Véase el trabajo de Gudynas, E. (2009): «Diez tesis urgentes sobre el nuevo extractivismo». En Extractivismo, política y sociedad (págs. 187-225). Quito: CAAP y CLAES.

[vi] Para profundizar en el tema de la acumulación por desposesión puede consultarse el libro de David Harvey (2003): «The New Imperialism». Oxford: Oxford University Press.

[vii] Datos de CEPAL (2017). Anuario Estadístico de América Latina y el Caribe 2016.

[viii] Salvo que se indique otra cosa, la información estadística sobre el desempeño económico de la región que se utilizó en esta sección fue tomada de CEPAL (2016): Balance Preliminar de las Economías de América Latina y el Caribe.

[ix] Datos de CEPAL (2016). La Inversión Extranjera Directa en América Latina y el Caribe.

[x] Datos de CEPAL. (2016). Panorama social de América Latina 2015.

[xi] Datos de la FAO (2017). América Latina. Panorama de la Seguridad Alimentaria y Nutricional 2016. Sistemas Alimentarios sostenibles para poner fin al hambre y la malnutrición.

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