Proposiciones

Ídolos de arte y convicciones

14 oct 2019
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Leer sobre los últimos días de Víctor Jara desde la perspectiva de su esposa Joan, puede ser una labor extremadamente dolorosa y necesaria si se quiere aprender de hechos pasados, injusticias y fascismo.

Víctor cantaba por esos que nunca habían sido escuchados. Creía en la fuerza de la verdad y hasta el último momento defendió aquello por lo que había vivido. Sin embargo, la gente como él, esa que mueve masas por el don de aglutinar con el arte que sale de adentro, pueden ser el mayor peligro para quienes pretenden dominar con tiranía.

Así su muerte llegó demasiado pronto, en los primeros días de lo que serían largos años para Chile bajo la dictadura de Pinochet. Pero Jara no ha sido el único que ha perecido ante las arbitrariedades de los regímenes dictatoriales.

El fascismo le teme a la voz, a la poesía, al temple. Así lo evidencia también el fallecimiento prematuro del reconocido autor español Federico García Lorca, asesinado luego del golpe de Estado que marcó el inicio de la guerra civil española.

Pero no solo las expresiones más extremas del autoritarismo repudian a los creadores que defienden lo autóctono de los pueblos, esa idiosincrasia que muchas veces intenta arrebatar el neoliberalismo con sus patrones de consumo, reposados en esquemas producidos en serie.

Bien los denunciaba Víctor Jara al decir que

la penetración cultural, constituye un árbol frondoso que nos oculta el que podamos ver nuestro propio sol, cielo y estrellas. Por lo tanto, nuestra lucha para ver el cielo que no cobija es por cortar este árbol de raíz. El imperialismo norteamericano entiende la magia de la comunicabilidad en la música, e insiste en penetrar en nuestra juventud con toda clase de música comercial. Como hábil profesional, ha tomado sus determinaciones: primero, la industrialización de la canción protesta y su comercialización: segundo, ha levantado ídolos del canto protesta; que le sirven a sus intereses para adormecer la rebeldía innata de la juventud.

 

Estas palabras, aunque se remontan a la década del 70, parecen afirmaciones presentes por la vigencia del tema que aborda. Y es que no es fortuito que sean tan perseguidas las figuras de gran alcance que promueven consignas contrarias a las que predican las fuerzas dominantes.

A Lorca y a Jara se le unen escritores como Pablo Neruda, o los pintores Paul Klee, Wassily Kandinsky y Oskar Kokoschka, rechazados por Adolfo Hitler por considerar su arte como «degenerado».

Asimismo, en Argentina, la tristemente célebre década del 70 es una muestra de exilio, tristezas y muertes dentro de la cultura. Grandes plumas como Rodolfo Walsh, asesinado en el 77, o Julio Cortázar y Juan Gelman, quienes se encontraban en el exilio, fueron víctimas del odio acérrimo que profesaban las dictaduras en América Latina hacia los intelectuales y artistas.

Quizás el miedo de quienes ostentan el poder por las fuerzas, es que esa chispa que nace del odio escondido, encuentra su mayor aliento en las voces de quienes arriesgan todo por inspirar con su arte.

El día en que Víctor Jara fue detenido junto a otros 600 académicos, estudiantes y funcionarios, tenía una presentación en la Universidad Técnica del Estado (UTE). Los acontecimientos que sucedían en la ciudad eran una firme confirmación de que su actuación no se llevaría a cabo. Sin embargo, estar allí era su deber.   

En sus últimos momentos siguió haciendo lo que mejor sabía: cantar por sus hermanos y por ese gobierno socialista que había permitido que alguien como él, un simple campesino de familia humilde, fuera un ídolo con sus canciones. 

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