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Herido en el hombro, no soltó su fusil

18 abr 2019
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El capitán Luis Artemio Carbó llega el 18 de abril de 1961 a la Motorizada —actual Unidad de Patrullas de La Habana—, donde están reunidos los combatientes del Batallón de la Policía que partirán hacia Playa Girón. Desde hace 24 horas, Cuba está en pie de guerra. Se sabe que los invasores —mercenarios pagados por Estados Unidos— se han atrincherado, después de abandonar sus posiciones en Playa Larga.

El Batallón está formado por cuatro compañías de 154 hombres cada una, y una de Infantería ligera; agrupa además a zapadores y comunicadores. Al frente va el Comandante Samuel Rodiles. Momentos antes de partir se suma a la tropa la compañía Ligera del Bon 116, perteneciente a las Milicias Nacionales Revolucionarias.

La mayoría de los hombres del Batallón han peleado en la Sierra Maestra y fueron miembros del Segundo Frente; otros adquirieron práctica durante los días del Escambray. Son hombres aguerridos y dispuestos a todo en el combate.

Al llegar a las inmediaciones de la playa, deciden pasar la noche en la carretera y la mañana siguiente continuar el avance sobre el enemigo. Luis no descansa; ha sido designado como jefe de la compañía Ligera de los milicianos y les habla de las medidas de seguridad durante el combate, pues sabe que estos hombres tienen menos experiencia. Les explica con qué medios de fuego cuentan los mercenarios.

Alrededor de las 5:00 a.m., los hombres comienzan la marcha hacia el lugar donde se han parapetado los invasores. Al entrar en la línea de fuego, la compañía Ligera del 116 divide sus tropas a ambos lados de la carretera. Carbó dirige a un grupo de hombres por la parte de la costa. El resto avanza pegado al mangle, liderado por el capitán José Sandino.

Las fuerzas enemigas siguen atrincheradas desde horas tempranas del día 18 en la salida oeste de Girón. Los policías y milicianos llevan fusiles FAL, con 180 municiones. Al llegar a la curva por donde se entra a la playa, no se puede avanzar más; los invasores mantienen a raya al Batallón con morterazos y ráfagas de una ametralladora calibre 50, muy bien posicionada.

Ya es media mañana y la intensidad del combate no disminuye. En este momento, se incorpora al Batallón una compañía de tanques, que también trae municiones y armamento. Los policías avanzan ahora protegidos por los tanques, los cuales hacen fuego sobre el enemigo.

Muchos de los hombres que avanzan resultan heridos, mientras cuatro de los tanques T-34 arden en llamas y tienen que retroceder. Un cañón autopropulsado SAU 100 queda inutilizado. El capitán Carbó no deja de arengar a sus compañeros, yendo de un lado a otro constantemente, acercándose a los hombres más rezagados y dirigiéndose al frente para decirle a todos que continúen adelante.

Un bazukazo detiene completamente a otro de los tanques cubanos. En ese momento, algunos ven a Luis parado sobre el vehículo, exhortando a los tanquistas a no amilanarse, a proteger a los milicianos; otros le dicen que no se arriesgue tanto y se cubra; todos disparan casi a ciegas contra el enemigo, envueltos en la arena levantada por los morterazos y la lluvia infernal de balas, al tiempo que Carbó avanza pegado a la costa.

Entonces es herido en el hombro izquierdo, y aún continúa apuntando su fusil FAL e impulsando a sus hombres.

«Carbó se encontraba a unos metros detrás de mí. Le dio la orden a los compañeros y comenzó a exhortarlos con más bríos y a andar de un lado para otro de pie, arriesgándose constantemente. Unos compañeros que estaban ahí nos contaron cuántas veces le dijeron que tuviera más cuidado y no se emocionara tanto porque podía ser herido… A los pocos minutos de cruzar el terraplén del lado del tanque hacia la uva caleta, fue herido en el hombro izquierdo, y aún continuó exhortando a los compañeros y disparando con su FAL…», recuerda el general Samuel Rodiles Plana.

Segundos después es alcanzado por una ráfaga que lo hace caer mortalmente herido; y aun así no suelta el fusil. Tiene 23 años. «Le dieron un tiro en la frente. Cayó mortalmente herido. Y de verdad, sin que esto parezca un drama, no soltó el fusil. Murió de frente al enemigo y empuñando en su mano derecha el FAL», agrega Rodiles.

En pocas horas, el Batallón de la Policía entra definitivamente en las arenas de Playa Girón. Días después Luis Artemio Carbó Ricardo es ascendido póstumamente al grado de Comandante. Cuba ha derrotado al más poderoso de los adversarios militares en solo 66 horas. Esta indescriptible hazaña es posible gracias a todos los que arriesgaron sus vidas; a los 22 jóvenes policías, casi niños, que murieron en Girón; a los 12 milicianos que también ofrendaron su sangre heroicamente, defendiendo a su país, y a los cientos de cubanos que a fuerza de coraje vencieron a los invasores mercenarios en 1961. A todos, sin excepción, «la Patria os contempla orgullosa».

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