Proposiciones

Hasta mi vida por salvar la tuya

9 ene 2019
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Hay historias difíciles de contar…por conmovedoras, por abundantes, por repetidas… La historia de la salud cubana es también la historia de una Revolución, con su empuje y sus tropiezos, con sus ganas inagotables de sanar…


Montaña arriba, en el mismo corazón de la Sierra Maestra, se encuentra Colón, una comunidad granmense, intrincadísima, con poco más de 100 habitantes. El camino que llega hasta allí apenas tiene capacidad para un jeep WAZ.

En esos montes, poco se habla de tecnologías, de redes sociales, de Internet… Por lo general, no hay mucho de casi nada, materialmente hablando.

Sin embargo, esas personas, distantes de todo, tienen algo que han decidido llamar «el tesoro más preciado de la Sierra»: un médico y una enfermera, o lo que es lo mismo, la certeza de contar, en medio de la nada, ya sea de día o de noche, con alguien que pueda curar sus males o darles, al menos, los primeros auxilios.

Osmani Elías Pérez ha sido uno de los médicos, acaso «fortuna», de Colón. Por su propia voluntad cumplió allí sus primeros años de trabajo, tal vez porque también proviene de una co­munidad montañosa y sabe lo que significa tener cerca, muy cerquita, al personal de salud.

Según Osmani, el consultorio del lugar tiene lo ne­cesario para estabilizar a un paciente, porque es notable la distancia que lo separa de la institución médica más cercana.

Tanto es así, que para salir de Colón cuando le corresponde el descanso, luego de permanecer 24 días en el asentamiento, debe caminar 17 kilómetros hasta un poblado, de nombre muy raro, por donde pasa el transporte de pasajeros. Para regresar tiene que hacer el mismo recorrido.

En esas condiciones, no hay historias pequeñas o menos importantes, ya sea la atención de una enfermedad diarreica aguda (por la que aún mueren miles de personas en el mundo) o sacar a una paciente de paro en varias ocasiones… Allí hasta lo más mínimo encumbra la salud cubana, un derecho de todos y todas, refrendado incluso constitucionalmente.

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«Con buen paso», la doctora Dailet Lobaina demoraba «tres horas y media para ir desde su consultorio hasta Velete», un sitio de Baracoa, en la provincia más oriental del país. Allí tenía una gestante y una niña menor de cinco años, «a quienes debía visitar, al menos, una vez por semana».

Obligatoriamente tenía que cubrir una parte del trayecto en bote y luego caminar por senderos muy estrechos, donde el más mínimo descuido podía hacerla rodar y caer al río. En esa zona, por lo general, las viviendas están muy distantes, entre laderas resbaladizas.

¿Todo ese esfuerzo por dos pacientes?, le pregunto.

   Bueno, siempre se suman otros; pero eso no hace la diferencia. Si algo nos distingue es la voluntad de curar, no importa dónde, ni a quién, ni a cuántos…

Su consultorio de Yumurí, muy próximo a la desembocadura del río del mismo nombre, da cobertura a una población que no supera los 640 habitantes. Se trata de una comunidad envejecida, en la cual predominan la hipertensión arterial, la diabetes mellitus, el asma bronquial, las cardiopatías y las enfermedades respiratorias agudas.

No es cosa fácil laborar en un sitio, así donde «tienes que enfrentar cualquier urgencia, a cualquier hora y cualquier día. Pero no todo es malo, esas circunstancias te obligan a prepararte más; y si sientes miedo, no puedes demostrarlo, solo puedes hacer bien las cosas... Entiendes luego, que amas eso y que no hay mayor satisfacción que la de salvar una vida».

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Ni Baracoa ni Colón, claro está, son excepciones entre los disímiles territorios cubanos que atesoran historias de esta naturaleza, cotidianas, anónimas, llenas de hombres y mujeres de bien que llevan sus saberes desde la ciudad has­ta rincones apartadísimos, en mulo o a pie, entre pasos de río, algunos con el agua al pecho.

Y ese es, probablemente, el rostro menos conocido de la medicina en Cuba.

Sirve de sostén, sin embargo, junto a toda la red de hospitales, institutos, policlínicos… de los indicadores primermundistas que exhibimos; habla de atención gratuita, universal y accesible; y pone al ser humano en el centro de cada obra.

Ya lo decía Fidel, el Comandante en Jefe visionario y artífice fundamental del Sistema de Salud en Cuba: «...lo que importa no es solo que las personas vivan muchos años, sino que vivan bien, que se sientan bien, que se sientan saludables, que se sientan atendidos, que se sientan seguros, que se sientan dignos».

 

Salud y Revolución, un antes y un después

Cuentan que por esas lomas empinadas que hoy desandan Osmani, Dailet y otros tantos como ellos, jamás pasó médico alguno antes del triunfo de la Revolución, aunque en aquel entonces la población rural en Cuba rondaba el 50%.

La salud antes de 1959 era un lujo que pocos podían permitirse. El panorama sanitario dolía, caracterizado por tétanos, difteria, sarampión, paludismo, tosferina, poliomielitis, tuberculosis, en­tre otros padecimientos. El parasitismo laceraba a los niños y muchos morían de gastroenteritis o enfermedades respiratorias.

Al retratar la Cuba de aquellos años, Fidel, en su alegato La historia me absolverá, pronunciado luego del asalto al cuartel Moncada, señaló a la salud como uno de los problemas acuciantes que habría de resolverse desde la raíz. Y así fue.

Basta decir que si en 1958 existían poco más de 6 000 médicos —la mitad de ellos abandonó el territorio tras la victoria revolucionaria—, hoy el país cuenta con casi medio millón de trabajadores de la salud; y si en 1958 había 87 hospitales, en la actualidad hay 150; y si antes las tasas de mortalidad infantil eran alarmantes, hoy podemos equipararnos con países desarrollados: durante una década se ha mantenido por debajo de cinco fallecidos menores de un año por cada 1 000 nacidos vivos, y en el 2017 se reportó la más baja de la historia: 4.0.

Ese índice coloca a Cuba al frente de la región de América Latina y el Caribe, y entre los 20 países con tasas más bajas del mundo.

La vida que fluye detrás de los números

En salud, más que estadísticas frías, los hechos hablan. Viven. Durante casi 60 años Cuba ha logrado mejorar y salvaguardar sus indicadores sanitarios, más allá de costos y sacrificios, incluso cuando los recursos escasean y las tensiones financieras de país pobre y bloqueado insisten en pasar factura.

Desde un inicio las directrices estuvieron claras: desarrollar el carácter asistencial y preventivo de la salud pública, formar profesionales competentes para Cuba y el mundo e impulsar la investigación biomédica.

Esa línea ascendente de la medicina, no sin tropiezos e imperfecciones, ha tocado cumbres, difícilmente ajustables a listas o enumeraciones. Valdría en todo caso aludir, desde una visión muy personal, a aquellas imprescindibles.

La ampliación del Programa del médico y la enfermera de la familia redimensionó, a partir de 1986, el papel de la promoción, prevención, diagnóstico y tratamiento oportuno como pilares básicos del sistema nacional de salud.

Ofrecer una atención personalizada a todos los ciudadanos, con cobertura priorizada a las zonas montañosas y rurales, universalizar la dispensarización, así como fortalecer el trabajo integral y en equipo, continúan siendo el sostén del nivel primario de atención, donde puede resolverse más del 70% de los problemas de salud de la población cubana.

El desarrollo de la Ingeniería Genética, la Biotecnología y la Farmacéutica también ha figurado entre las premisas de la medicina en esta tierra caribeña.

Podrían citarse disímiles ejemplos que avalan el despliegue en estas ramas, por lo que apenas subrayo uno: Heberprot-P, medicamento considerado único y primero en su clase. Su aplicación a cerca de 290 000 pacientes de una veintena de países, incluido Estados Unidos, demuestra la posibilidad de cicatrización de las heridas complejas, las úlceras isquémicas y las resultantes del pie diabético y, por consiguiente, reduce los riesgos de amputación.

Y que haya sido Cuba el primer país del mundo en validar la eliminación de la transmisión materno-infantil del VIH y la sífilis congénita es, cuando menos, histórico.

Alcanzar una tasa de transmisión materno-infantil del VIH del 1.85 %, por debajo del promedio regional, e inferior a la meta del 2% acordada por los países, llama la atención sobre los esfuerzos del Estado cubano para garantizar la atención prenatal, el parto institucional con personal cualificado, la prueba serológica y de detección del VIH durante el embarazo, así como el acceso al tratamiento antirretroviral según lo establecido por los organismos internacionales.

Hasta el 2017, de acuerdo con la información ofrecida por las autoridades nacionales de salud, se mantienen cumplidos los indicadores de impacto que acreditan este logro, que fue certificado por las organizaciones Panamericana y Mundial de Salud, OPS/OMS, en junio del 2015. 

Con los pobres de la tierra

Puede que nues­tros médicos se hayan convertido en una suerte de misioneros que van por el mundo mostrando, quizá, el rostro más noble de un país. Aunque no sea el único. Y anda implícito en cientos de historias de gente que por alguna razón nos conoce y nos siente.

Fue Argelia, en 1960, el país que inició una larga trayectoria de solidaridad que ha llevado a alrededor de 400 000 profesionales y técnicos de la salud a más de 160 naciones, a lo largo de casi seis décadas de cooperación médica internacional.

Desde entonces, los galenos de esta tierra han llegado hasta cada rincón que los ha convocado para ponerle zancadillas a la muerte; ya sea después del paso de un huracán o un terremoto, no importa la intensidad; en una comunidad indígena o en el hospital más importante de un país africano; por un brote de cólera o para combatir una epidemia como el ébola, de una letalidad escalofriante.

Con esa colaboración se ha hecho hasta el «milagro» de devolverle la visión a 2 992 838 pacientes extranjeros, y ha permitido la formación, en la Escuela Latinoamericana de Medicina, de más de 20 000 médicos de la región.

¿Cuántos países, en las condiciones nuestras, serían capaces de ofrecer similares lecciones de desprendimiento? ¿Cuántas historias de batas blancas, fronteras adentro o no, aún esperan para ser contadas?

Una vez Mandela dijo: (…) «Cuba ha demostrado que no importa el tamaño del país, sino de su política y del calibre de sus líderes: es lo importante». Yo sumaría el empuje de su gente.

Cuando la cotidianidad nos hace verlo todo normal, sin motivo aparente de orgullo, llega alguien como Kervin Raymond, por ejemplo, un zimbabuense que comparte latidos con su país y el nuestro, y nos sacude las esencias: «la salud gratuita y para todos», «la humildad impresionante», «la ausencia de innecesarios protocolos y falsas jerarquías entre médicos y pacientes», «la capacidad movilizadora para ayudar a otros países» y, sobre todo, «la defensa eterna de las causas justas».

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