Diálogos marxistas

Gramsci: Un democratizador del comunismo

21 feb 2018
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Si hay un pensador marxista al que las corrientes intelectuales dominantes en la actualidad pocas veces pueden pasar por alto, ese es Antonio Gramsci. El comunista italiano, que pasó cerca de un tercio de su corta vida en la cárcel, tiene mucho que decir aún a las sociedades contemporáneas, pese a que los pregoneros del fin del marxismo cuestionan que pueda decirse o seguirse algo útil desde ese sistema filosófico, dado el fracaso soviético y la debacle comunista en Europa del Este.

Como pocos marxistas de la primera mitad del siglo XX, al menos entre los más estrechamente ligados a la lucha política, Gramsci comprendió que las ideas de Marx y Engels no eran meras consignas o fórmulas unívocas, interpretables en una única dirección o sentido, que había que seguir a toda costa y a cualquier precio para que el socialismo se erigiese sobre el capitalismo.   

De esa manera, gran parte de su obra puede definirse como una revisión original del pensamiento de Marx, la cual hizo desde una perspectiva historicista y con el objetivo de modernizar el legado marxista y comunista para hacerlo coherente con las condiciones de su Italia y la Europa del siglo XX, distinta en muchos aspectos a aquella que fue examinada por los padres fundadores del marxismo en sus análisis clásicos.

Gramsci es muchas veces identificado como una de las figuras cimeras, si no la más, de ese marxismo crítico que siempre se enfrentó en el plano teórico e intelectual al dogmático impulsado por Stalin y el Partido Comunista soviético, y que a la larga ganó la pelea, como demuestra la historia y los acontecimientos a los que hoy asistimos. Por la existencia de esa línea crítica y constantemente revisionista, sin ninguno de los matices despectivos que en algunos contextos se le acuña al término, es que el marxismo no ha muerto y se mantiene como un sistema de reflexión y pensamiento fuerte, a la vez que útil para interpretar e intentar modificar la realidad social.

De tal suerte, Gramsci, que no fue visto con buenos ojos durante la era soviética y los años del llamado socialismo real, como tampoco lo fueron Rosa Luxemburgo, Georg Lukács y otros destacados pensadores por sus análisis sinceros y desprejuiciados, es uno de los marxistas cuya obra merita una atención especial.

Nacido en Ales, Cerdeña, en 1891, el prominente intelectual y activista político italiano se afilió al Partido Socialista de su país en 1913. Al poco tiempo se convirtió en dirigente del ala izquierdista de la organización y años más tarde, ante la disyuntiva que representó para todos los socialistas del orbe la Revolución del octubre rojo, decidió adscribirse a la línea comunista. A raíz de ello, en el Congreso de Livorno, celebrado en 1921, integró el grupo que se escindió de la formación socialista para crear el Partido Comunista Italiano.

Desde el inicio Gramsci perteneció al Comité Central del nuevo partido, al cual representó en Moscú en la Tercera Internacional y como diputado en el Parlamento italiano. Había estudiado filología moderna en la Universidad de Turín y desde muy joven fue adepto a la labor periodística, lo cual le permitió emprender con éxito la creación en 1924 de un órgano de prensa oficial para su formación política: L'Unità. Antes, como militante socialista, había sido uno de los principales redactores de L’Ordine Nuovo. La función explícita de ambas publicaciones era educar a la nueva clase obrera, la cual era vista por Gramsci, marxista de convicción, como el agente principal que debía conducir a un orden social más justo.

Con el ascenso al poder de Mussolini en 1922, y la consolidación de una dictadura fascista tres años después, Gramsci y sus colegas comunistas debieron pasar a la clandestinidad. Pese a su condición de diputado, en 1926 fue detenido y condenado a más de 20 años de prisión. Durante su encierro fue víctima de vejaciones y malos tratos, lo que unido a su tuberculosis y debilidades físicas con las que siempre tuvo que luchar, terminaron por ocasionarle la muerte en 1937.

Nada de ello impidió que Gramsci fuese capaz de producir una gran obra. Su encerramiento le permitió dar forma a los famosos Cuadernos de la cárcel, voluminoso texto en que moderniza el legado comunista y marxista, a la vez que defiende la ampliación de las bases sociales del comunismo. Los aportes teóricos de Gramsci contenidos en esta y otras creaciones influyeron sobremanera en la adaptación democrática del comunismo occidental y la consagración de una línea crítica del marxismo.

De esta manera, la voluntad del fiscal fascista Michele Isgrò, que durante el juicio contra Gramsci y otros líderes comunistas llamó a impedir que el cerebro de éste funcionase por veinte años, no se cumplió en lo más mínimo. El cerebro de Gramsci trabajó en el presidio de tal forma que hoy, a muchos años de su muerte, sigue convocando a replantearnos muchos de los aspectos de nuestra realidad política.

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