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Empresario sí, gobernante no

13 sep 2018
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¿Qué pasa en Argentina? O mejor, ¿qué le hizo Mauricio Macri a los argentinos? Si en algo se mostró sincero fue en cumplir a cabalidad con su palabra mágica de campaña el «cambio». Con una coalición de partidos que llamaba Cambiemos y con la promesa de cambiar el país, hoy día podemos decir que ciertamente lo cambió, pero en el sentido contrario al de sus aspiraciones.

Repasemos —y contrastemos con la realidad— sus principales enunciados mientras era candidato presidencial, en esa época en que pretendía seducir a todos y acumular votos. Dijo frases como: «voy a bajar la inflación a un dígito» y hoy supera el 40%, siendo la segunda mayor de América Latina, detrás de Venezuela que lidera el ranking global, y la cuarta peor del mundo, solo antecedida por Sudán y Sudán del Sur. Se le escuchó repetir «vamos a crear trabajo», «un millón y medio de empleos privados en los próximos cuatro años» y no sabemos si ha sufrido una amnesia temprana porque lejos de la prosperidad laboral, se ha producido una oleada de despidos en todas las esferas, la pública y la privada, al punto de reducir en más de la mitad el número de ministerios —ahora la Salud y la Cultura son apenas secretarias— como reciente medida desesperada.  «No vamos a devaluar», así pretendía acabar con el «cepo cambiario» y resulta que la moneda argentina se precipitó barranco abajo y si enero de este año un dólar eran 18 pesos —ya de por sí alto— para agosto rozaba los 50. Sin lugar a dudas, una de sus invitaciones más populistas y verdaderamente demagógicas fue: «les propongo una Argentina con pobreza cero» y hace menos de una semana se le vio teatralizar compungido un mensaje a la nación en el que admitía que la pobreza crecería, pero que su gobierno iba a estar allí para los más necesitados. Lo que jamás explicó fue de qué manera los asistiría, pues si las  tarifas a los servicios básicos siguen siendo impagables, si el mandato ejecutivo es ajustarse el cinturón, si hay que recortar y recortar para poder recibir la ayuda de los organismos financieros internacionales, si la prioridad es reducir el gasto público y entretener a los inversores para que no abandonen el país, no hay una salida visible que prevea suavizar la crisis para las capas más bajas de la sociedad, esas de las ollas vacías y la emergencia alimentaria que se vuelve crítica en los inviernos australes.

¿Cómo llegó a esto? Si se le pregunta a él, la primerísima culpable es su antecesora Cristina Fernández y las consecutivas gestiones kirchneristas. Ante la imposibilidad de sostener esa como la única tesis, más recientemente ha diversificado sus excusas y culpado hasta la mismísima Turquía, es decir, al contexto internacional de volatilidades en los mercados, de recesión a gran escala entre las economías emergentes y un largo etcétera. Es por ello, que más allá de cargar contra el mundo y decir que éste «no acompañó a la economía argentina», el ejecutivo macrista demostró una enorme falta de previsibilidad. Se decantó por la apertura cuando su supuesto aliado estadounidense imponía el proteccionismo. 

Le asiste la verdad cuando habla de una coyuntura adversa, no es Argentina la única víctima, son varias las naciones de la región —Venezuela, Brasil, Ecuador, Nicaragua, por mencionar las más críticas— y más allá de fronteras que sufren caídas en sus exportaciones, abultados déficits, altos endeudamientos y poco o nulo crecimiento. Particularmente en América Latina, la situación comenzó con el desplome de los precios del petróleo y de las materias primas, como se sabe es una zona dependiente de estos recursos para su subsistencia por la falta de industrialización. Podría decirse que Macri —como Lenín Moreno en Ecuador, otro acusador de la gestión predecesora— al asumir su mandato recibió el país con cierto grado de inestabilidad económica derivada de la crisis regional, pero en el caso del mandatario argentino, ya está cerca de cumplirse el primer trienio de su administración y los números se han vuelto rojos por un manejo erróneo de la actividad económica y la falta de visión, cálculo e iniciativas propias que reviertan, además de los indicadores negativos, las condiciones de deterioro social.

A diferencia también de sus vecinos en aprietos, Macri heredó un Estado desendeudado, con una dura negociación del gobierno anterior con los llamados «fondos buitres» que logró reestructurar los compromisos con los acreedores hasta adquirir soberanía financiera a pesar de haber sido sometido a fuertes presiones judiciales y amenazas en el ámbito comercial. El sucesor de Cristina echó para atrás los sacrificios que tuvo que hacer la nación sudamericana para librarse de los buitres y comenzó de nuevo a pedir prestado: vengan los créditos y mañana veremos.  Sin embargo, la reestructuración es lo que le propone ahora el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, al presidente argentino pues le advierte que «las medidas de austeridad que parece estar imponiendo obviamente ralentizarán la economía e impondrán nuevamente un alto costo en la gente común».

Los expertos consideran que Macri se confió en la entrada de capital extranjero y que cometió un error al recortar los impuestos a la exportación. Ahora, en plena crisis, su margen de maniobra está limitado y las opciones son escasas. La receta del Jefe de Estado ha sido pedir auxilio a los grandes financistas, que a la postre se convierten en grandes extorsionistas. Hoy erogan millonarias sumas para después pasarle la cuenta a las arcas nacionales y exigir pagos puntuales. Es así que los 50 mil millones que prestó el Fondo Monetario Internacional no son la tabla salvadora. De hecho, el monto no ha insuflado confianza aun en los inversores.

A los argentinos, mientras, los paraliza el miedo a revivir la crisis del 2001, cuando el país cayó en default, o sea, en la cesación de pagos de sus deudas y la congelación de todos los fondos personales, en lo que pasó a la historia como el corralito. La gente no podía usar su propio dinero que quedó secuestrado en los bancos. Un recuerdo que nadie borra y que hace que la situación actual sea tan desesperante por las similitudes de contexto. Algo que le pasará factura al actual gobierno que, si logra terminar su gestión, teniendo en cuenta en que ningún gobierno no peronista tiene un final feliz en el puesto, tiene prácticamente cerradas las puertas de la reelección a un año de las presidenciales.

Pero la peor decepción es que Mauricio Macri fue electo, entre otras razones que apuntaban a debilidades en su contrario, por su pasado-presente de empresario acaudalado y exitoso, el ideal para sacar adelante la economía de la nación, un poco como sucedió también con Donald Trump, solo que en ambos casos se ha confirmado que dirigir un negocio propio, aun cuando sea de grandes proporciones, no es gobernar un país. Puede el magnate nacido en cuna de oro y devenido político seguir siendo millonario, mientras el Estado se desangra por el caño.

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