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El regalo que es Fidel

5 abr 2017
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Lo conocí cuando apenas tenía nueve años. Un hombre alto al que solo le daba por la cintura. Unas fotos y escucharlo pronunciar algunas palabras, constituyen el primer recuerdo que guardo de su persona. Los próximos dos o tres años sirvieron para que pudiera coincidir con él unas cuantas veces.

En una de las primeras, durante los preparativos de una tribuna abierta, Fidel quería que yo fuera el primero de los pioneros en hablar. Me dijo, justo antes de empezar: «Tenemos una gran responsabilidad, tú empiezas, y yo termino. Tenemos que hacerlo bien».

De nuestros encuentros recuerdo su andar seguro, su sonrisa, las uñas de sus manos, largas y delicadas, manos que de por sí podían contar varias historias, mientras nosotros podíamos pasar horas mirándolas, sin siquiera reparar en el tiempo.

De aquellos días todavía conservo un bolígrafo. Fidel lo sacó de su bolsillo para firmar algo —no puedo recordar qué—, y al terminar lo puso cerca de mi mano, me pidió que se lo sostuviera. Admito que en ese momento pensé con todas mis fuerzas en la posibilidad de que nadie se percatara de lo que había pasado y que yo pudiera conservar ese pedacito de él. Al final me lo regaló.

Cuando tenía doce años, después de un evento en el Palacio de las Convenciones en La Habana, tuve el privilegio de sentarme a la mesa con él. Éramos ocho, incluyéndonos cinco pioneros. Recuerdo con especial atención la manera en que Fidel nos hablaba… Yo estaba particularmente atento a cuanto nos decía, aunque debo reconocer que muchas de las lecciones que compartió con nosotros distaban mucho de mi capacidad para comprenderlas. Con mi escasa edad no sabía cuán importante era lo que Fidel nos decía sobre el futuro de América Latina, de la triunfante Revolución Bolivariana, de la necesidad de una América que se uniera para hacer frente al imperialismo mundial.

Recuerdo haber salido de aquel encuentro con un montón de dudas que me llevé anotadas en la mente, como motivos para conocer mucho más de esa historia tan linda de nuestra América, que necesariamente íbamos a seguir construyendo entre todos los miembros de esta generación. Me llevé un montón de ideas sobre economía, integración, cooperación y muchos otros términos que escuchaba por primera vez.

Fatídico año 2004. El pueblo cubano fue testigo de uno de los momentos más tristes de este nuevo siglo. Fidel sufrió un accidente en el que, aun cuando se resbaló de sus propios pies y cayó al suelo en Santa Clara, nadie podía pensar que el líder de nuestra Revolución, invicto desde siempre, fuera a desaparecer de nuestras vidas por un tiempo más grande del que estábamos acostumbrados.

Múltiples campañas se desataron en el mundo, anunciando que desaparecería para siempre. El pueblo cubano estuvo al tanto de cada noticia, de cada detalle del proceso de recuperación. Más temprano que tarde todos estábamos seguros de que Fidel aparecería ante el mundo tan firme como siempre.

El destino quiso que nuestro próximo encuentro no fuera para nada feliz. Es el momento que más recuerdo, no porque haya sido el último, sino porque las circunstancias de aquel día fueron excepcionales. Cinco pioneros que no llegábamos a los quince años de edad, fuimos juntos a visitarlo. Hacía unos cuantos meses que no lo veíamos, ni siquiera en televisión. Fidel estaba sentado, con su sonrisa habitual, conversando de temas de actualidad.

Después nos dijo que quería ponerse de pie y caminar algunos pasos. Uno a uno, los cinco niños que estábamos allí, tuvimos el privilegio y el difícil compromiso de caminar a su lado, ser su guía, solo unos pasos, pero pasos que nunca olvidaremos. Recuerdo la manera en que su mano agarró mi brazo, recuerdo esa sensación de sentir su cuerpo tan cerca del mío, el peso de aquel gigante. Sentí que el mundo entero dependía de aquella breve caminata.

Fueron dos o tres días juntos, los pioneros y Fidel. Al cuarto día, apareció en televisión, ante el pleno de la Asamblea Nacional del Poder Popular. No salió acompañado por su escolta, ni tampoco en silla de ruedas, sino del brazo de una pionerita vestida con su uniforme de Secundaria Básica.

Esa fue la última vez que lo vi frente a frente. Hace ya más de diez años, sí, pero siempre que mi mente regresa a aquel momento, me parece estar de vuelta allí. No solo en aquel día en que serví de apoyo al hombre más grande que jamás he conocido, sino en cada una de las horas que pude ser cómplice de sus sueños de justicia para el mundo, de la manera en que leía el escenario internacional, la mirada cariñosa que siempre le regalaba a cuantos tenía a su alrededor, especialmente a los más jóvenes.

Creo que, de no haber sido por aquellos momentos, hoy no sería tan estrictamente revolucionario. No es solo que me considere fidelista, o que haya mantenido siempre una fe ciega en los principios que nos enseñó a compartir. Es que Fidel inspira sentimientos de amor, de justicia, de lucha incansable, de esperanza inconmovible. Crecí con todas esas ideas en mi cabeza y sobre todo en mi corazón.

Fidel lideró una completa revolución continental latinoamericana en pleno siglo XXI, sirvió de inspiración a un Chávez que se alzó primero, a un Evo que demostró la bravura de los pueblos de América, a un Correa, a un Daniel, a pueblos enteros que, como hicieron en Brasil, Argentina, Uruguay y varios otros países del hemisferio, demostraron que es posible luchar y triunfar cuando se lucha por lo que realmente es indispensable para el futro de la humanidad.

Hace solo unas horas escuché la noticia. En un primer momento creí que era solo otra patraña de sus enemigos.

Esta vez era cierto. Raúl lo anunciaba a Cuba y al mundo. El capitán eterno de esta nave ya no podría seguir navegando junto a nosotros. «No, no puede ser», me repetí mientras pensaba en el terrible momento que la vida escogió para privarnos de su presencia. Hacía muchísimo tiempo que no lloraba tanto. No solo por la tristeza… sino por la indignación de saber que algunos celebrarían felices la posibilidad de una Cuba pos Castro, de un regreso a un pasado que nuestro pueblo dejó atrás hace mucho tiempo y al cual no estamos dispuestos a regresar.

Sin embargo, entre un montón de lágrimas y sentimientos encontrados, hallé otros tantos motivos que me llenaron de satisfacción y de nuevas fuerzas para seguir luchando. Esa noche encontré a más de un hombre y a más de una mujer capaces de arremeter terriblemente contra cualquiera que intentara mancillar la memoria de nuestro Comandante. Eso fue importante.

Encontré a un grupo de jóvenes que no querían irse a dormir bajo ningún concepto porque sabían que cumplían, sentados frente s sus computadoras en Twitter, su pesar y su sentir. Me crucé con una joven que llegó a su universidad a las 3:00 a.m. del 26 de noviembre y se sentó a conversar con conocidos y amigos sobre Fidel. Ese mismo día, horas más tarde, descubrí una escalinata universitaria llena de muestras de amor, de Revolución, de una herencia fidelista, de lágrimas que inundaban miles de ojos, pero que no podían apagar las voces que aclamaban el recuerdo del eterno líder.

Una de las primeras cosas que escuché tras la terrible noticia fue que: «La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida». Vives. No puedes morir. Nunca morirás para mí, para tu pueblo, para los pueblos del mundo… Aquí estás, grano de maíz, absuelto por la historia. Siempre nuestro. Patria o Muerte. Patria.

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