Contrapunteo

El pueblo lo puso y el pueblo lo quita

16 abr 2020
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Andrés Manuel López Obrador sigue dando respuestas impredecibles a sus detractores y evidenciándole cada vez más a la opinión pública que es un político sin moldes estrechos. En medio de una emergencia sanitaria de alcance global, de la que no ha salido bien parado, ha lanzado una propuesta tajante a quienes le quieren fuera del ruedo: adelantar la revocatoria de mandato, con la que ya se había comprometido en los inicios de su gestión, para el próximo año, cuando por calendario tocaría en 2022.
«El pueblo me puso y el pueblo que me quite». Con esa convicción como bandera le ha ripostado a la masa opositora que le gritaba «lárgate», la misma que ha desplegado toda su maquinaria de odio para magnificar las meteduras de patas de AMLO en la contingencia virulenta. Se han valido de voces de influencias para multiplicar el mensaje, artistas y deportistas se prestan al trabajo sucio de una oposición a la que poco le importan las cifras de contagio entre los mexicanos o las muertes por la Covid-19; su misión es clara, sacar del poder al hombre que acabó con la pegada oportunista de la partidocracia tradicional.
Pero si algo le sobra a este mandatario singular es la perseverancia. Tuvo que esperar al tercer intento para llegar a cabeza de Estado y se enroló en la tarea con el peor escenario posible. Sí, porque si difícil es para México ser el vecino pobre colindante de Estados Unidos, doblemente complejo es que el amo del condominio sea un impresentable de marca mayor que le haga la vida a todos tan sufrida con su prepotencia despampanante. Y para sorpresa de muchos, el mundo es testigo de una insólita relación civilizada entre dos presidentes con discursos bastante dispares: uno que promueve el America first —Estados Unidos primero— mientras que, para el otro, los pobres van primero. Detrás de esta no declarada simpatía, hay un pacto no escrito de una multitud de acápites que bien amerita otro análisis más sosegado, pero que sin dudas es punto ganado para el presidente mexicano.
Lo cierto es que, a diferencia de lo que sucede con los definidos como gobernantes de izquierda, que no es el caso de AMLO, aunque algunos lo etiqueten como tal, no es Donald Trump el que le sabotea la administración, sino que la conspiración tiene factura nacional. El objetivo es claro, torpedear el proyecto de la Cuarta Transformación, la 4T, como se conoce ya, porque ello significaría una nueva forma de entender y ejercer la política, que proscribiría para siempre las viejas prácticas en las que unos listillos con corbata servían de meros intermediarios del narco y el poder corporativo. Visto así resulta inaceptable para los que ven en la victoria de Obrador un desliz electoral, fácilmente corregible en venideros comicios.
PRI, PAN, PRD, tan enemigos ayer y tan unidos hoy en el afán de ponerle zancadillas al líder de Morena. Le llevan la cuenta al dedillo de todos los tropiezos, de los reales y los recreados. Que si la inseguridad sigue impasible porque la violencia aumenta; que si la economía está a punto de números rojos, no hay crecimiento visible en el horizonte; que si hay un montón de descontentos con los más grandes proyectos de infraestructura nacional, el aeropuerto, el tren, la refinería; que si no había medicina en los hospitales; o que si se detuvo el país con las medidas antihuachicoleo, cuando pretendió acabar con el robo de combustible. Y para rematar, llega el coronavirus a infundir terror y le llueven las críticas a AMLO por exceso de empatía con sus seguidores, por sus llamados a confraternizar cuando el aislamiento social dicta las normas de la cotidianidad, y por no decretar la cuarentena obligatoria.
No han sido pocos los que en referencia a México y a otras naciones tercermundistas han sido categóricos al afirmar que hay Estados que no pueden permitirse soluciones europeas en medio de esta pandemia. Resulta hasta inhumano poner en una balanza vidas humanas y economía nacional, y sin llegar al extremo de algunos desalmados estadounidenses que proponen el sacrificio de los ancianos en pos de salvar la primera economía mundial, no pueden ensayarse las mismas recetas de paralización absoluta de un país; porque mientras los industrializados salen del bache con rescates milagrosos, los del sur empobrecido podría tener muchas más muertes a futuro por tal decisión, que las causadas por la infección del coronavirus.
No obstante, a pesar de las buenas intenciones en el imprudente acto de besos y abrazos por doquier, o en el de no encerrarse en casa, esta situación le ha restado números de apoyo y los del bando contrario sacan cuentas a su favor. Y es cuando les ha caído el balde de agua fría, porque a pesar de que quieren ver caer la gestión de Morena, ven en el anticipo del referendo revocatorio un claro boomerang.
Suena contradictorio, pero es así, la oposición no ve con buenos ojos lo de someter a escrutinio popular la gestión de López Obrador con antelación y son varios los motivos. Primero, necesitan más tiempo para terminar de coronar la campaña de descrédito. Tan pegadita la consulta, el resultado podría ser favorable al oficialismo, que críticas aparte, todavía luce aventajado por las matemáticas y el triunfo arrollador con el que llegó al poder. También ven en ello el fantasma de la reelección, algo sobre lo que Andrés Manuel ha mostrado su rechazo rotundo, pero no se confían. Y por último, al hacer coincidir esta especie de plebiscito con las elecciones intermedias, un proceso que en México define los asientos en la Cámara de diputados y el destino de más de una decena de gubernaturas y otros puestos locales, la oposición teme que pueda generarse en los votantes un efecto de rebote, es decir, que al ver a AMLO en boleta, repercuta en la elección de miembros de su partido para los puestos legislativos y ejecutivos regionales, y se consolide así la mayoría oficialista en todos los frentes.
Entonces la misión inmediata es impedir desde el Congreso que progrese el entramado técnico necesario para reformar lo establecido y adelantar el revocatorio. Y que conste, que AMLO no solo quería este cambio de fecha para darle en la cabeza a los de la acera de enfrente, sino para seguir en sintonía con su política de austeridad gubernamental. Si se hacen de una vez las dos votaciones juntas, se ahorra presupuesto público, menos dinero que gastar en campañas que podría ser destinado a campos verdaderamente necesarios. Gestos que no cuentan para el aval de los políticos que juegan a hacerle sombra. A los que no interesa el aumento salarial de proporciones históricas que López Obrador impulsó, ni los esfuerzos por no acrecentar el déficit fiscal ni devaluar la moneda propia en una economía que ciertamente se tambalea, mucho menos mencionar los planes de corte social con blanco en ancianos ahora debidamente pensionados, estudiantes favorecidos con becas y discapacitados con ayuda estatal, y todo ello en medio de otra sorprendente relación bastante armoniosa dentro de lo posible con el empresariado.
Ese es el panorama de un presidente al que la vara de la exigencia se la han puesto más arriba que al resto y lo tildan de enfermo mental por decir públicamente que «el escudo protector es la honestidad», tomado al pie de la letra para ridiculizar el blindaje que propone ante la amenaza del coronavirus. Qué decir de Trump o Bolsonaro con pronunciamientos verdaderamente indignantes sobre el tema. Es que definitivamente son tiempos en que la honestidad está sobrevalorada ante la avalancha de corruptos con discursos oportunistas, esos que mueven su arenga según la dirección del viento. Y no les conviene a esos leer entre líneas.
Por lo pronto, AMLO hace lo que mejor sabe hacer, ser consecuente, rara virtud en estos tiempos. Un trabajador incansable con una meta clara y bastante utópica, transformar a México, aunque por el camino se pierda en los detalles y se vuelva un besuqueador irresponsable.

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