Proposiciones

El pez es rojo*

21 feb 2019
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El pez es rojo, que acabo de leer con un cierto retraso, es uno de esos libros que parecen una novela fantástica por el rigor con que están apegados a la realidad. Sus autores son dos norteamericanos muy conocidos por sus investigaciones periodísticas. Warren Hinckle se ganó hace dos años el Premio George Polk por sus revelaciones sobre actividades de la CIA dentro de Estados Unidos que son ilegales. William Turner es un antiguo funcionario del FBI que ha escrito, entre otros libros, un reportaje exhaustivo sobre el asesinato de Robert Kennedy. Ambos se dedicaron durante varios años a rastrear la documentación y los protagonistas de la guerra secreta que la CIA ha adelantado contra Cuba desde 1959. Sin excluir, por supuesto, el medio centenar de atentados contra Fidel Castro. El resultado es este libro fascinante, que va más allá de cualquier obra de ficción. El pez es rojo era el nombre cifrado del desembarco de la bahía de Cochinos. Leyendo este libro asombroso, uno se pregunta cómo es posible que los Gobiernos sucesivos de un país como Estados Unidos, cuyo genio creador es una de las maravillas de este siglo, hayan podido perseverar durante veinte años en semejante sistema de disparates y despilfarrar sin medida tanta imaginación inútil y tanto dinero estéril. Es apenas concebible que sus servicios de inteligencia hayan sido tan poco inteligentes como para establecer un contubernio entrañable con lo peor de su sociedad: las mafias del juego, los traficantes de narcóticos, los delincuentes de la índole más siniestra, y todo eso en nombre de los intereses más altos de la democracia. Uno de sus socios eminentes, Howard Hughes -el excéntrico multimillonario muerto del miedo a los microbios hace pocos años- trató de que, a cambio de sus servicios, Estados Unidos prolongara la guerra en Vietnam, sólo para vender más helicópteros de sus fábricas, e intentó sobornar al presidente Lyndon B. Johnson con 100.000 dólares en efectivo para que suspendiera los ensayos nucleares en Nevada, porque creía que le hacían daño para la salud. Dentro de este ámbito de locura, la CIA tenía barcos artillados que navegaban sin tropiezos con banderas inocentes, y que cambiaban de color y de forma con tanta frecuencia que era imposible identificarlos. En cierto momento, esa flota de la guerra secreta, que era autónoma e impune, y no tenía nada que ver con las fuerzas armadas del país, fue la más numerosa y destructiva de todo el Caribe. Cuánto ha costado y sigue costando esta aventura manicomial es algo que el talento magistral de los autores de este libro no han podido establecer. Tal vez porque nadie lo sabe a ciencia cierta.

Cuesta trabajo creer que en el origen de todo esto estuviera nadie menos que el creador del agente secreto 007. Así fue. En la primavera de 1960 —según cuentan Hinckle y Turner—, el senador John F. Kennedy, que poco después sería el nuevo presidente de Estados Unidos, ofreció un almuerzo a su autor favorito, lan Fleming. El senador le preguntó al escritor qué se le ocurriría a James Bond si se le encomendara la tarea de eliminar a Fidel Castro. Fleming contestó, sin pestañear, que había tres cosas importantes para los cubanos: el dinero, la religión y el sexo. A partir de esa premisa, imaginó tres proyectos. El primero era arrojar sobre Cuba una cantidad fabulosa de dinero falsificado, como una cortesía de Estados Unidos. El segundo era arreglárselas para que apareciera en el cielo cubano una cruz luminosa, como un anuncio de la vuelta inminente de Cristo a la Tierra, para exterminar al comunismo. El tercero era lanzar panfletos sobre Cuba, firmados por la Unión Soviética, para advertir a la población que las pruebas atómicas de Estados Unidos habían contaminado de radiactividad las barbas de los revolucionarios, y que esto los volvería impotentes. Fleming suponía que después de esta advertencia los revolucionarios se afeitarían la barba, incluso Fidel Castro. Y concluyó: «Sin barbas no hay revolución».

John Pearson, el biógrafo de Fleming, escribió más tarde que todo lo dicho en aquel almuerzo histórico era una broma del novelista, para dar a entender que lo único eficaz para derrotar a Fidel Castro era tratar de ponerle en ridículo. Pero la CIA lo tomó al pie de la letra, y el único proyecto que no tuvo en cuenta fue el de los dineros falsificados, porque no les pareció original. En efecto, había sido estudiado por los nazis para desorganizar la economía de Inglaterra. La idea de obligar a los revolucionarios a afeitarse no habría sido eficaz, pues éstos se afeitaron por propia iniciativa poco tiempo después, y la revolución siguió su curso. Antes de eso, los laboratorios de la CIA habían inventado unos polvos que si se echaban en los zapatos harían caer todos los pelos del cuerpo, pero no encontraron a nadie que los echara dentro de las botas de Fidel Castro.

La gran mayoría de los proyectos, incluido el desembarco en la bahía de Cochinos, que era el más ambicioso terminaron en el fracaso. Pero algunos dirigidos a destruir la economía fueron certeros. «Aviones del centro de armamento naval de Lake China», dice el libro, «sobrevolaron Cuba, regando cristales en las nubes, que precipitaron lluvias torrenciales sobre áreas no agrícolas y dejaron áridos los cañaverales».

Más conocida fue la acción de un grupo terrorista que, en marzo de 1970, recibió de la CIA un frasco con el virus de la fiebre porcina africana, para que lo introdujeran en Cuba. Seis semanas más tarde, la isla sufrió el primer brote de fiebre porcina africana del hemisferio occidental, y unos 300.000 cerdos tuvieron que ser sacrificados.

Los fracasos menos explicables, por supuesto, han sido los de los atentados a Fidel Castro En realidad, Castro tiene una vida cotidiana imprevisible, sus servicios de seguridad son muy difíciles de penetrar, y la contrainteligencia cubana está considerada como una de las más eficaces del mundo. Pero eso no es suficiente: para explicar el fracaso de más de cincuenta atentados preparados por la CIA con sus recursos más sabios. Hay que pensar que existe un elemento diferente que escapa a las computadoras de la CIA, y que tal vez no sea del todo ajeno a la magia del Caribe.

Cuando el presidente Kennedy mandó a Cuba al abogado neoyorquino James Donovan, en 1963, para que negociara la liberación de un grupo de prisioneros norteamericanos, la CIA preparó, sin que Donovan lo supiera, un regalo especial para Fidel Castro. Era un equipo de pesca submarina en cuyos tanques de oxígeno habían puesto bacilos de tuberculosis. El propio Donovan no sabe por qué, pero el equipo no le pareció digno de un jefe de Estado, y lo cambió por otro que él mismo compró en Nueva York. «De todos modos», ha dicho un agente de la contrainteligencia cubana, «nosotros hubiéramos revisado el equipo».

Los fracasos más sorprendentes fueron los de los tres atentados que la CIA preparó contra Fidel Castro durante su larga visita a Chile, en 1971. En el primero, Castro iba a ser asesinado, durante una conferencia de Prensa, con una ametralladora escondida dentro de una cámara de televisión. «Era algo similar al asesinato de Kennedy», dijo el hombre de la CIA que dirigió el atentado, «porque la persona que iba a matar a Castro estaba provista de documentos que le harían aparecer como un agente desertor de los servicios cubanos en Moscú». Pero, a la hora de la verdad, a uno de los asesinos le dio un ataque de apendicitis, y el otro no se atrevió a disparar solo. El otro atentado estaba previsto durante la visita de Fidel Castro a las minas de Antofagasta, en el norte de Chile. Un automóvil descompuesto en el camino obligó a detener la caravana oficial. Dentro de ese automóvil había cuatrocientas toneladas de dinamita conectadas a un detonador eléctrico. Pero, por razones todavía inexplicadas, la dinamita no estalló. El tercer intento debía ser un disparo desde otro avión en tierra, cuando Fidel Castro hiciera escala en Lima; pero un cambio en la posición de los dos aviones determinó que el piloto de la CIA se negara a disparar, por temor de no poder escapar a tiempo. Un cuarto atentado, también frustrado, fue el que intentó una bella agente de la CIA que tuvo acceso a Fidel Castro y estaba dispuesta a echarle en la bebida unas cápsulas de veneno. Pero las había introducido en Cuba dentro de un frasco de cold cream, y cuando quiso utilizarlas no las encontró: se habían disuelto.

Hay tres casos que no cuentan los autores de El pez es rojo. Uno de ellos fue cuando electrificaron con alto voltaje los micrófonos de la tribuna donde iba a hablar Fidel Castro. La seguridad cubana lo descubrió a tiempo, y su explicación fue la más simple: «Ya habíamos pensado que a alguien se le iba a ocurrir alguna vez». El otro atentado que nunca ocurrió fue el que debía intentar un empleado de la cafetería del hotel Habana Libre, a quien la CIA le había dado unas cápsulas inodoras, incoloras e insípidas, y cuyo efecto mortal era bastante retardado, para que el criminal pudiera escapar. Se trataba de echarlas en el batido de frutas que Fidel Castro solía tomarse cuando llegaba a la cafetería en la madrugada. El agente esperó más de seis meses y, cuando por fin apareció Fidel Castro, las cápsulas ya habían perdido su efecto. La CIA las cambió por otras de actividad indefinida si se conservaban en congelación. El agente las puso sobre el congelador, y cuando Fidel Castro volvió, al cabo de cuatro meses, le preparó el batido de frutas de siempre; pero a última hora no pudo romper el hielo que había cubierto la cápsula.

Con todo, el mayor peligro en que se ha visto Fidel Castro, y que tampoco está citado en este libro fantástico —no fue un atentado—, fue después de la derrota de la invasión de la bahía de Cochinos, cuando regresaba del frente en un jeep descubierto. Dos supervivientes de la derrota, que se habían escondido detrás de unos arbustos, le vieron pasar a menos de diez metros, y uno de ellos le tuvo en su mira por breves segundos. Pero no se atrevió a disparar.

 

*Este artículo se publicó en El País, el 28 de abril de 1982.

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