Contrapunteo

El efecto Bukele

14 jul. 2023
Por

Al cierre de 2022, trascendía que El Salvador cerraba el año más seguro de su historia en materia de seguridad ciudadana. En lo que corre de 2023, el propio presidente Nayib Bukele se ha ufanado una y otra vez de que la nación centroamericana tiene la tasa de homicidios más baja de Latinoamérica. Desde entonces «el país más seguro de la región», una frase con más de efectismo que de veracidad, se ha convertido en slogan principal de la gestión del popularísimo presidente, que sí lidera varias encuestas internacionales en materia de aprobación ciudadana.

«El Salvador es un país lleno de belleza. Tiene las mejores playas del mundo para surfear, imponentes volcanes, exquisito café, y ahora se ha convertido en el país más seguro de América Latina», así —con este mensaje de un discurso más amplio que contó en su momento con más de 2,9 millones de reproducciones y se retuitió en más de 7.600 ocasiones, alcanzando más de 42.000 likes— le vendía al mundo Bukele la nación que imagina en su cabeza mientras anunciaba que acogería el concurso Miss Universo. Como poco después repitió la fórmula para ser sede de los juegos multideportivos centroamericanos y seguir publicitando su hazaña.

¿Qué ha incidido en este éxito de seguridad ciudadana no exento de polémica? Ciertamente, los datos son un mazazo. Antes de 2019, año en que asumió la presidencia un controvertido millenial, que al día de hoy no hay molde posible que lo encasille, El Salvador lideraba la mayoría de los rankings regionales y hasta mundiales de homicidios intencionales. Había días de verdaderos picos violentos en que se asesinaba a decenas de personas en un territorio reducido, el país más pequeño de la América continental.

Llegó Nayib Bukele a gobernar con un Plan de Control Territorial, que al parecer tenía algo de negociación oculta con las pandillas, porque, además de denuncias de la oposición sobre estos presuntos contactos gobierno-mafias, los grupos criminales empezaron a actuar con recato, los asesinatos comenzaron a reducirse y el mandatario pudo presumir algunos números en el inicio de su mandato. Sin embargo, después de un fin de semana particularmente sangriento en marzo de 2022, el joven mandatario le decretó una cacería de brujas a las bandas delincuenciales y hasta el sol de hoy gobierna en permanente estado de excepción.

Ya van 16 meses de este estado de sitio, 16 veces en que sus legisladores —sus legisladores porque son, no solo los del país, sino legisladores mayoritariamente leales a su visión de país— le aprueban prórroga tras prórroga su medida. Justamente, esta semana se aprobó otra de esas extensiones y así sucede cada mes: el presidente solicita y el congreso aprueba, mientras que los ciudadanos siguen con toques de queda y limitación de libertades civiles y derechos políticos.

«Con el régimen de excepción, los salvadoreños viven en paz. Les hemos dado esperanza y libertad de movilizarse con seguridad a diferentes sitios. Lo logramos luego de haber perdido generaciones por la cobardía de los gobiernos anteriores», dijo recientemente el ministro de Seguridad, Gustavo Villatoro, como parte de los argumentos que se esgrimen desde el ejecutivo ante los cuestionamientos internos y externos sobre las restricciones generadas por el decreto de excepción.                                                                                                                

Generalmente, en cualquier lugar del mundo, este tipo de decisión genera muchísima polémica, porque implica que un buen número de derechos ciudadanos se mantienen engavetados y las calles militarizadas. Es habitualmente una situación que genera malestar, protestas y a Bukele la iniciativa le ha valido, entre otras, pero hay que reconocer que esta es su abanderada, una popularidad de grandes ligas. Con 88% de respaldo popular cerraba el pasado año, algunas encuestas ubicaban el dato sobre el 94% y así, rozando el porcentaje de los 90 ha seguido todo este tiempo y no son sondeos locales. A nivel internacional, Bukele es señalado como el gobernante más popular de Latinoamérica, y en algunas publicaciones ha ubicado la cima mundial, superando el 70% de respaldo.

Y en este minuto, su modelo es ya exportable. En Honduras, la izquierdista Xiomara Castro ha optado también por el estado de excepción que ya lleva desde inicios de diciembre pasado, para contener la violencia, que es igualmente allí un problema que se hereda de gestión a gestión. Y una Costa Rica liderada por la derecha, que vivió su récord de homicidios en 2022, comienza a valorar «el modelo salvadoreño». «El sistema de Nayib Bukele funciona», afirmó recientemente un diputado conservador costarricense.

En efecto, el 31 de diciembre de 2022 hubo cero muertes en El Salvador. Le han seguido otros períodos de jornadas consecutivas con cero asesinatos. En resumen, se ha logrado la reducción a más de la mitad de la tasa histórica de homicidios y la meta es superar a Canadá, un país del primer mundo con menos de 2  homicidios intencionales al año por cada 100 mil habitantes.

Pero las críticas están y las violaciones a los derechos humanos también. De más de 70 mil pandilleros encarcelados, la Fiscalía ha ordenado liberar a unos 3 mil 300 y hay cerca de 7 mil 500 denuncias por atropellos y excesos de las fuerzas de seguridad, detenciones arbitrarias y torturas. Porque se captura sin orden judicial ni demasiada pregunta y se investiga mucho después si en realidad es o no un marero el sujeto en cuestión, como se nombran estos criminales.

Lo que la gente llama arbitrariedad o injusticia, las autoridades lo llaman error. «Cuando manejas una operación de estas dimensiones, podría haber un error y que haya gente detenida sin tener ningún vínculo con las pandillas», ha sentenciado tajantemente el vicepresidente salvadoreño, Félix Ulloa.

En tanto, se han dado reportes difíciles de corroborar que dan cuenta de al menos 160 personas, en su mayoría jóvenes, muertas bien bajo la custodia de agentes de Seguridad del Estado, bien en las prisiones; así como un número indeterminado de detenidos cuyos familiares desconocen su paradero. Lo que sí es información oficial, es que más de un centenar de decesos dentro de las cárceles han sido considerados «muertes naturales» y desestimados los casos desde el punto de vista penal.

Siguen siendo históricas las imágenes de los pandilleros hacinados y semidesnudos, sometidos ante militares. Las más impactantes, sin dudas, las que surgieron a raíz de la inauguración de la megacárcel, otra de las joyas de la corona bukelística: un centro penitenciario denominado Centro de Confinamiento del Terrorismo, con capacidad para 40 mil reos, construida en tiempo récord, fuertemente vigilada y protegida, sin comunicación con el mundo exterior, por lo que, como han dicho varios funcionarios: «de la cárcel más grande de toda América, es imposible que salga un solo preso».

Y me pregunto qué otro político pudiera permitirse sin consecuencias una respuesta tan dura como la de Bukele: «no me importa lo que digan los organismos internacionales». Eso de cara a los de afuera, mientras que a su gente le apela al rejuego sentimental: «Estamos en una guerra contra las pandillas luego de que estas llenaran de luto a nuestro país». Además de no temblarle la voz en llamarles «cáncer», «asesinos» o amenazarlo con dejarles sin comer, quitarles pertenencias elementales, tratarlos como ganado.

Definitivamente son las ventajas de un legítimo antisistema: se enemista con Estados Unidos, critica a líderes de izquierda radical, asume políticas autocráticas y a la vez juega con el populismo haciendo uso de una innata simpatía, no se interesa por sobresalir demasiado en espacios multilaterales y sus alianzas son puntuales y convenientemente diseñadas siempre que le proporcionen beneficios económicos. El éxito: atacar y mostrar resultados concretos en temas pilares como criminalidad y corrupción, las dos mayores heridas de El Salvador y responsable del resto de los problemas, bajo la política de todo vale y de los males, el menor. Y no menos importante, usando el mundo virtual magistralmente, con todas sus herramientas y potencialidades.

Todo ello ha sido la simiente de un suceso esperado: la reelección presidencial, cuyas campanadas se escuchaban hace tiempo, antes de ser, como lo es ahora, una realidad tajante. «Anuncio al país que, oficialmente, nuestro presidente Nayib Bukele ha sido elegido como candidato a la presidencia del Partido Nuevas Ideas para participar en las elecciones del 2024», informó el vocero de esa fuerza política a inicios de esta semana. Días después se confirmó el mecanismo: «(Bukele) va a renunciar en diciembre, va a designar a un designado presidencial, valga la redundancia, y esta persona va a terminar sus seis meses de mandato que le restan de los cinco que establece el período electoral y, como repito, si los salvadoreños lo escogen, va a seguir, y si no, hasta aquí llegó su mandato», explicó  el jefe de la bancada parlamentaria del partido oficialista, Christian Guevara.

Reelección, en un país que no lo permite, su carta magna prohíbe reelegirse de manera consecutiva, pero para un político como Bukele, eso no es problema. Ya se encargó en el pasado de que todos los poderes le favorecieran, con mecanismo más o menos democráticos, según como se miren, y gracias a ello, con bastante anterioridad, en 2021, ya el Tribunal Constitucional, le facilitó una licencia jurídica y emitió un fallo según el cual el presidente puede optar por la reelección toda vez no ejerciera el cargo seis meses antes de concluir su mandato. A fin de cuentas, dicen los magistrados posicionados en sus puestos por el mismísimo Bukele, que la ley constitucional que restringe la reelección responde a necesidades de «hace 20, 30, 40 años», por lo que dieron al botón de actualizar la App y tan sencillo.

Este tipo de adecuaciones o resquicios dentro de la ley ya se han dado en otros países con diversos contextos, propiciando que más de uno se mantenga en el poder más allá de lo previsto inicialmente. En unos casos, si de mandatarios de izquierda se trata, ha sido ampliamente criticado, mientras que a algunos políticos de derecha se les ha dejado pasar la iniciativa sin mayores miramientos. El doble estándar de toda la vida.

Más allá de lo legal, de la politización del tema y de las particularidades del personaje en cuestión, Bukele tiene a su favor ese populismo sobre el que flota, quién sabe si por demasiado márquetin o porque sus votantes y los que que ha ido ganando por el camino sienten de verdad que por primera vez un gobernante les resuelve alguno de sus muchos problemas amontonados por décadas de más de los mismo.

enviar twitter facebook

Comentarios

0 realizados
Comentar