Contrapunteo

El chiste del momento

17 feb. 2020
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¿Hasta dónde puede llegar la ridiculez del gobierno colombiano cuando de Venezuela se trata? Una cosa es darle un espaldarazo a Juan Guaidó, decirle «míster president» para congraciarse con míster Trump. El reconocimiento al autoproclamado como legítimo Jefe de Estado de Venezuela, dando por usurpador a Nicolás Maduro, es entendible viniendo de Colombia, y de los otros 50 países, mientras permanezca en el plano simbólico, en lo político, o lo que es lo mismo, en los dimes y diretes que sirven para alimentar la rencilla con el vecino chavista que más de un mandatario colombiano ha mantenido, por idéntico motivo que lo hace Iván Duque en este minuto: ser el interlocutor —para no ser grosera y llamarle perrito faldero— estadounidense en suelo latinoamericano.

Pero ir más allá en este paripé, es ser presa del chiste. Parece que a Duque y su gabinete no le interesa en lo más mínimo que comiencen ya las carcajadas porque el suceso que desencadenó la madre de todos los memes tuvo lugar este 13 de febrero cuando la cancillería colombiana formalizó la petición de extradición de la prófuga Aída Merlano a la que llaman «embajada de Caracas», donde radica, dicen, el «embajador designado» por —a quien le dicen— «presidente Juan Guaidó». Por cierto, ¿habrá recibido el documento «oficial» el de fresquito nombramiento, Tomás Guanipa, o algún otro encargado dado el caso que ni siquiera ha podido ratificarse en su puesto porque toca a la Asamblea hacerlo y ahí el señor Guaidó tiene otro embrollo armado, disputándose la presidencia del ente legislativo con otro líder opositor? La verdad que la plaza diplomática en Bogotá le ha dado bastantes dolores de cabeza a Juan Guaidó, pues ha tenido hasta que destituir al anterior plenipotenciario, Humberto Calderón Berti, a quien le dio por denunciar los manejos irregulares que «su presidente» hacía de los fondos destinados a la operación de «ayuda humanitaria».

Lo cierto es que, risas aparte, el presidente Duque insiste en no defraudar a su par norteamericano, sobre todo después de que le dio un «boca a boca» al agonizante elegido para destronar a Maduro, llevándolo al Congreso a escuchar su discurso anual del Estado de la Unión o «canto a mí mismo».

La pieza que ha propiciado esta recreación de un gobierno dicen que real donde solo hay ilusos con títulos y cargos que no pueden ni emitir un visado o sellar un memorando, ha sido una mujer prácticamente desconocida en la arena internacional hasta que cayó en manos del multimediático Maduro.

¿Quién es Aída Merlano? ¿Por qué se ha convertido en un eslabón decisivo en las ya maltrechas relaciones colombo-venezolanas?

Se trata de una excongresista colombiana en busca y captura por las autoridades de su país y la Interpol desde que el primero de octubre de 2019 protagonizara lo que fue calificado como «fuga de película». Y lo fue, digna de una serie de narcos, de esas muy vistas alrededor del mundo y que estigmatizan la realidad de todo el que diga «soy de Colombia». En síntesis: la criminal sale del recinto penitenciario a una cita médica, para nada de primera urgencia, sino un asunto odontológico, y allí salta por una ventana y se descuelga por una soga hasta la calle donde la espera una moto que huye a toda velocidad. Una evasión que corroboró lo frágil que es la institucionalidad colombiana toda, donde la corrupción, delito por el que fue condenada esta señora a 15 años de cárcel después de demostrársele que era parte de una red de compra de votos, está enquistada hasta los huesos del sistema electoral, político y jurídico.  

En otras palabras, Merlano pagó a los votantes para hacerse Senadora de la República y pagó luego a mucha más gente para huir de su purgatorio después de ser inculpada. Ahora reaparece tras ser capturada en territorio venezolano con una identidad falsa y adquiere una dimensión superior, no es ya una persona que tiene deudas con la justicia, es más que todo, la persona que puede desenredar una madeja oscura y sucia de la política colombiana, y cayó en manos de quien menos esperaban esos que pueden salpicarse, en poder del tan odiado Maduro, sobre quien tanto han despotricado y que ahora puede tomar venganza.

Lo malo de toda la historia es que hay tantas mentiras de por medio que todo ápice de veracidad se diluye. La fugitiva recapturada tiene un rosario de acusaciones que ahora vende como una farsa armada en su contra por aquellos a los que señala como verdaderos culpables. Son cuestionables entonces sus cuentos sobre la siembra de pruebas, el secuestro, los vejámenes y más. Los señalados por ella son, nada más y nada menos, que la «crème de la crème» de la política colombiana, expresidentes y presidente actual incluido. Del otro lado, le hace contrapeso a la novela la información manipulada contra la Venezuela de Maduro que sirve a Duque y demás inculpados para restarle notoriedad a las denuncias de Merlano.

Lo cierto es que la «mermelada» —untar con dinero a diestra y siniestra— de la que habla ahora como cotorra desesperada la reclusa en cuestión es una verdad como un templo en la Colombia de hoy y de buen tiempo atrás, que se esconde bajo la alfombra de administración en administración. En la región conocida como costa Caribe, en el departamento Atlántico, donde fue «electa» a golpe de soborno, primero como Representante a la Cámara y luego como Senadora, el asunto tiene vieja data, tanto como que de allí surgió el senador más veterano con más de 40 años como congresista del país, Roberto Gerlein, un típico cacique, en tiempos de aparente democracia. Y es que, en esa zona, que se nos hace más familiar si le digo que Barranquilla es la ciudad capital, la cosa es de apellidos de ringorrango y abolengo y quedan entre dos o tres; dos o tres que son los que se distribuyen y turnan los puestos de importancia a cambio de favores o cheques al por mayor y nadie dice nada de tanta podredumbre de cuello blanco. Gerlein, Chad, Name, los nombres de clanes familiares conocidos que dominan la escena atlanticense con la economía en un puño y la política en otro. Los que a su vez impulsan a otros más arriba en puestos de mayor investidura. Todos ahora temblando con la lengua suelta de un chivo expiatorio que se les escapó.

No le queda de otra a la parte colombiana salpicada que rencauzar el discurso e intentar que la narrativa de corrupción se diluya en medio de la arremetida contra «Maduro el dictador». Es fácil que le sigan el cuento por lo satanizado que está el gobierno chavista y la cantidad de naciones, con sus consabidos brazos mediáticos, que se presta a repetir este relato antichavista.

La cosa no va a pasar a mayores, a pesar de que haya más de uno asustado. Por mucho que vomite la Merlano, en la vecina Colombia no va a producirse un terremoto político ni mucho menos, cuando más un poco de revuelo en diarios y noticieros que se calmará poco a poco. El mejor ejemplo es que Aída Merlano fue procesada el pasado año y aún y cuando fueron ampliamente documentados sus vínculos con los clanes mencionados, apenas si se rociaron con su escándalo. Un par de meses después, en las elecciones regionales del propio 2019, los elegidos para los puestos claves de Atlántico y Barranquilla, dígase gobernador y alcalde, fueron las fichas promovidas por los mismos que estuvieron detrás de las candidaturas fraudulentas de la Merlano. ¿En serio hay que creerse que se trata de fidelidad partidista? La vida sigue igual por aquellos lares y otros, caja contadora mediante.

Quien sí va a sacar amplio provecho, aunque sea solo por hacer ruido, es Maduro. Es su pequeño momento de gloria frente a la Colombia que lo avasalla cotidianamente. Máxime cuando le va a demostrar a todos que el presidente que se inventaron para sacarlo de en medio solo ejerce en las mentes creativas de Trump y sus aliados; y en este caso puntual, en el imaginario de Duque. Porque por muchas cartas y peticiones formales que le hagan llegar al sin poder de Guaidó, jamás podrá mover un dedo para cumplir con lo demandado. Por Aída Merlano, que espere sentado.

Claro, es comprensible. Hacer otra cosa sería contradecirse. Y lo que es peor, reconocer que Maduro ostenta le legitimidad y su gestión abarca toda la institucionalidad venezolana. Por otro lado, si bien las delaciones de la Merlano son molestas desde la tierra vecina, en casa tampoco se quiere reabrir ese capítulo que se pensaba cerrado con cuatro candados. Tendría no solo que volver a Colombia para cumplir su condena pendiente, sino someterse a nuevo juicio por fuga y demás y nuevos actores podrían verse involucrados. Así que jugar al presidente ilusorio no resulta tan inconveniente tampoco.

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