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El carácter excepcional de Cuba

21 dic 2018
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Por muchas razones —que los imperialistas saben muy bien— la Revolución Cubana ha sido combatida a muerte, hostigada y saboteada durante sesenta años. Sus líderes, empezando por Fidel, fueron objeto de innumerables atentados, al igual que su pueblo.

Si algo faltara para convencer a cualquiera del carácter excepcional de Cuba, bastaría con recordar que es víctima del más prolongado y criminal bloqueo comercial, financiero, mediático, diplomático, migratorio e informático jamás registrado por la historia universal, bloqueo que todavía persiste pese a que sus promotores y ejecutores confesaron su fracaso y que la comunidad internacional lo ha repudiado año tras año en las Naciones Unidas.

Todas las armas se utilizaron con tal de destruir a la Revolución Cubana; no pudieron. En medio de esa furia enemiga, Cuba garantizó para su población índices de salud, educación, acceso a la cultura, al deporte y a la seguridad social, iguales o mejores que los de los países capitalistas desarrollados. Además, hizo del internacionalismo y la solidaridad con todos los pueblos del mundo, banderas indelebles de lucha.

Es una revolución que le ha dado a su pueblo la dignidad, la capacidad de educarse, el cuidado de su salud, de su seguridad social, de la vejez; y que ha construido el país más seguro de Latinoamérica. No hay otras ciudades en la región donde tú puedas salir a caminar en la noche, por cualquier lado, con la certeza absoluta de que nadie te va molestar, asaltar, robar o violar, eso no lo tienes en ningún otro lugar de América Latina. La Revolución Cubana, ha sido y es —y deberá seguir siendo— el faro que ha permitido pensar que otro mundo es posible.

Cuba llevó a sus médicos, enfermeros y educadores, allí donde sus detractores enviaban tropas y descargaban metralla. Y cuando su auxilio fue requerido para librar la batalla decisiva contra el racismo, el apartheid y los restos del colonialismo en África, allá fueron los cubanos y en Angola derrotaron definitivamente a los baluartes de la reacción, como lo atestiguó con emoción Nelson Mandela.

Si esa Revolución, así, siempre con mayúsculas, hubiese sido aplastada, la historia de América Latina y el Caribe y nuestras pequeñas biografías, habrían sido completamente diferentes. No habríamos tenido a Lula, Dilma, Chávez, Maduro, Néstor, Cristina, Lugo, Rafael, Evo, «Mel», Daniel, Sánchez Serén, Tabaré, al «Pepe». Y antes que ellos, tampoco hubiéramos tenido a Allende, Velasco Alvarado, Juan J. Torres, Goulart, Torrijos, Roldós, en una lista que sería interminable, si incluyéramos a los liderazgos populares y revolucionarios que brotaron por toda la región bajo el influjo de la Revolución Cubana.

Por eso, nuestra eterna gratitud y nuestra deuda con ella —con Fidel, Raúl, el Che, Camilo, «Barbarroja» Piñeiro, Almeida, Ramiro, Haydée, Melba, Vilma y los hombres y mujeres que lucharon bajo la conducción de Fidel como un gran educador popular de varias generaciones— es enorme e impagable. De ahí que nuestra solidaridad con Cuba deba ser incondicional y permanente. Es la única forma en que nuestros pueblos pueden pagar la inmensa deuda que tenemos con la Isla rebelde.
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