Contrapunteo

El ataque misterioso y los chanchullos oportunos

19 feb 2021
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En las últimas dos semanas, se ha producido una elevación de las tensiones diplomáticas entre Colombia y Cuba. La relación bilateral ya estaba prácticamente en pausa desde hace dos años cuando el gobierno de Iván Duque rompió el diálogo de paz con el Ejército de Liberación Nacional y quiso involucrar a La Habana en sus maniobras antipacifistas.

Una alerta cubana hacia el ejecutivo colombiano sobre un supuesto ataque terrorista de uno de los frentes de la organización guerrillera pareciera que desató el caos actual. Pero tras ese primer suceso, se ha generado una avalancha de información en múltiples direcciones que ha enrarecido aún más el panorama.

El tema es sumamente delicado; hay que tener clarísimo que, si se ha llevado al plano mediático, es precisamente para que un bien tramado chanchullo busque diluir las cuestiones importantes. Y para no dejarse arrastrar por el alboroto de algunos medios, resulta imprescindible apegarse a los hechos y analizarlos desde todas sus aristas.

Cuba conoció una información sensible sobre un posible ataque del ELN —del mismo frente que perpetró el atentado con coche bomba en la academia de policía en enero de 2019— en Bogotá que trasladó por las vías oficiales hacia su contraparte colombiana. Colombia hizo caso omiso y le pasó la pelota a la prensa, para a coro, gobierno y medios, despotricar de La Habana. Un primer medidor de conducta a tener en cuenta.

El ELN, por su parte, en un inicio no desmiente el asunto y poco después dice que se trata de un falso positivo, en lo que, hay que ser honestos, el estado colombiano tiene un máster y varios doctorados, de hecho, Álvaro Uribe, líder de la mayor fuerza política del país, el gobernante Centro Democrático, puede decirse que patentó el término durante sus mandatos presidenciales cuando instruyó a sus militares a vestir civiles de guerrilleros y asesinarlos para anotarse puntos en la guerra, y desde hace un tiempo a esta parte, los falsos positivos militares se trasladaron al plano mediático con esa horrenda práctica de sembrar información ambigua.

Para Cuba era un deber doble trasladar cualquier información de naturaleza violenta porque, en primer lugar, su gobierno se rige por principios de no violencia, porque condena el terrorismo en todas sus formas ya que lo ha padecido en carne propia; y en segundo lugar, porque la isla todavía es garante del proceso colombiano de paz, que es un proceso vivo, a pesar de que la fase de negociación con el ELN esté detenida y más a pesar aún de la vocación antipaz de los uribistas y su siervo presidente, Iván Duque.

Como garante, Cuba está obligada a la imparcialidad y los buenos oficios en materia de paz, y aquí un paréntesis necesario: la actitud de Cuba en relación con la paz colombiana ha recibido los mejores calificativos de mundo y medio, dentro y fuera de Colombia, y no así la administración de Duque, por lo que la balanza está claro para dónde se inclina.

Saber de un acto de terror y comunicarlo de inmediato era, en buena lid, lo que había que hacer. Por tanto, el aviso en sí no desató el problema, la veracidad o no del ataque tampoco es el meollo, la cosa se torció en el minuto en que se priorizó filtrar la información a la prensa colombiana antes que proceder con lo obvio: verificar la alerta desde la discreción, elemento imprescindible en materia de seguridad, y darse a la tarea de desmontar la eventual amenaza. Es lo que hubiese hecho cualquier otro Estado.

En cambio, y como ha hecho notar la parte cubana, solo 25 minutos después de hecha la comunicación a la cancillería colombiana, ya se esparcía el rumor de periódico en noticiario. Rumor, sí, porque comenzó la especulación y acto seguido los cuestionamientos y no precisamente a todos los involucrados por igual. Y en esa espiral de dimes y diretes estamos hoy.

Llama la atención que a Colombia no le preocupó en lo más mínimo saber que andaba rodando por ahí la intención de un ataque en pleno Bogotá, quién sabe si igual o peor que el de la escuela de cadetes hace dos años. Eso refuerza la tesis de que la información pudo haber sido plantada con malignos objetivos, desde ponerle un cebo a La Habana, para ver si se atrevía a delatar a «los suyos», siguiendo la falsa tesis de la parcialidad cubana con los guerrilleros por la cercanía ideológica, hasta para aplacar cualquier resurgir de diálogo con la insurgencia, un reclamo popular y una negativa expresa del gobierno que tiene un discurso de paz y una acción de guerra. Algo así como recordar de vez en vez que los del ELN son los «narcoguerrilleros terroríficos» de siempre, ahora que hace varios meses están tan tranquilos y sin dar motivos de peso para la crítica y es por ello que hay que refrescarle la memoria a la opinión pública, la de gran ciudad sobre todo que se cree más el cuento de la ausencia de conflicto, lo malos que son los insurgentes, para seguir alimentando la estrategia del enemigo interno que tanto han exprimido.

También es demasiada coincidencia que se hayan filtrado tantas cosas a la misma vez, todas relacionadas con el ELN: el supuesto ataque, una presunta carta escrita presuntamente por los negociadores rebeldes en La Habana donde hablan de todo lo que históricamente se le achaca a la guerrilla: vínculos con las drogas, relación con Nicolás Maduro, presencia de sus tropas en Venezuela, fracturas internas en la organización, desesperación… ¡Qué oportuno este papel lleno de convenientes confesiones! De paso por otro lado, se suelta el chisme de pruebas que nadie ha visto sobre financiación del ELN a Andrés Arauz, el candidato con más posibilidades en las presidenciales ecuatorianas.

Hay detrás de todo un oportunismo político del más elemental que puede interpretarse en una misma línea: reforzar primero la campaña de descrédito del grupo guerrillero, relacionarlo con países y líderes progresistas, reiterar la aberración del peligro «castrochavista» que tanto éxito les ha dado para incidir finalmente en el voto ecuatoriano. Y todavía se le ocurre a Colombia hablar de financiamientos turbios a campañas presidenciales, Colombia que en este asunto tiene el tejado del más fino de los vidrios como para dictar cátedra al país vecino; que le pregunten a la prófuga de la justicia colombiana en poder de las autoridades venezolanas, Aída Merlano sobre los dólares que convirtieron a Duque en presidente y de ahí para atrás a cuanto funcionario de la élite política concomitante.

Volviendo al asunto del presunto ataque: incluso si quienes mienten son los elenos y el atentado estaba realmente cocinándose entre manos, Cuba actuó apegada a sus obligaciones y Colombia lejos de las suyas, al desestimar el peligro y atender la alerta cubana 2 días después, además de la actitud inquisitoria posterior.

Por último, quienes han querido vender el hecho como un guiño antiterrorista de Cuba para que Joe Biden la saque de la lista en la que Donald Trump la metió antes de abandonar la Casa Blanca, intentan esconder que más guiños necesita Duque para con el nuevo presidente estadounidense después de depositar todas sus esperanzas en la reelección fallida de Trump.

Además de que para Cuba esto de las etiquetas no es nuevo, estuvo 33 años en el listado unilateral de Washington y la administración Obama, de la que Biden hacía parte, eliminó el castigo con conocimiento de causa de que es una calificación ilegítima.

Al fin y al cabo, todo se ha pintado como demasiado conveniente a los intereses de Colombia para volver con su cantaleta de exigirle a Cuba la extradición de los negociadores guerrilleros y ponerla en el papel de la mala de la película. Y es más que sabido, y avalado, que Cuba solamente honra su palabra empeñada al suscribir un protocolo de alcance internacional que estipula que los guerrilleros deben retornar de forma segura a Colombia si se rompiese el diálogo. Es más, si de verdad quisiera el gobierno cubano desesperadamente salir de la lista terrorista, los entregara y punto, al fin y al cabo, la presencia de Pablo Beltrán y su equipo en suelo cubano es la excusa de ocasión servida por Duque y usada por Trump, pero no, Cuba asume consecuencias y cumple sus compromisos, mientras otros aprovechan para pescar en río revuelto y la paz resulta la gran perdedora, al seguir con el freno de mano puesto.

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