Contrapunteo

El antisocialismo selectivo de Trump

5 mar 2019
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El odio hacia el comunismo no es cosa de estos tiempos, tuvo picos históricos ampliamente conocidos, pero definitivamente jamás ha pasado de moda. Quizás solo se ha dejado de pronunciar tan a menudo el concepto de la ideología que se pinta de rojo para dar paso en el discurso político a su faceta menos utópica: el socialismo. Ahora, ese régimen socioeconómico ha pasado a ser el enemigo declarado número uno del personaje más mentado del momento: Donald Trump, el presidente de la potencia que con más voluntad y recursos se ha empeñado en erradicar a todo líder, grupo social o país que haya querido impulsar un proyecto cercano al socialismo.

«Estados Unidos nunca será un país socialista» o «El socialismo tiene los días contados en América Latina» son apenas dos de las frases más fresquitas en la arenga prepotente y amenazante del presidente norteamericano. Suele rescatar esta tirria cuando quiere justificar su intromisión en los asuntos internos de países que defienden tal sistema o cuando se da una vuelta por la Florida, allí donde se ha concentrado el anticomunismo moderno más reaccionario.

Pero, ¿qué entenderá Donald Trump por socialismo? ¿Es realmente el sistema lo que le molesta? Si fuese así, resulta contradictorio que le haya dado por hacer las paces con un exponente radical como su homólogo de la República Popular Democrática de Corea, Kim Jong-un, al punto de entablar una relación de respeto y hasta admiración hacia su otrora adversario, que por demás es el Jefe de Estado de una república prácticamente cerrada al mundo, donde el culto a la personalidad y la sucesión dinástica llegan a ensombrecer las bondades de un gobierno que defiende el colectivismo y la justicia social.

Igual de discordante se torna que más recientemente Trump haya elegido a una nación socialista como Vietnam, en el pasado, blanco de ataque brutal de las tropas del Pentágono, como escenario de un nuevo encuentro con el mandatario norcoreano. En pocas palabras, se reúne con un líder socialista, en un país socialista hasta en su nombre oficial, protagoniza estrechones de mano, sonrisas y golpecitos en hombro, habla de paz definitiva y paralelamente mantiene la orden de una ofensiva sin tregua y «con todas las opciones sobre la mesa» contra un Estado como el venezolano que, si bien le apuesta a un nuevo tipo de socialismo para encaminar su proyecto revolucionario, sigue sin poder zafarse de las prácticas capitalistas que por años le precedieron al gobierno chavista actual. Suma a otros dos en esta nueva cruzada: Nicaragua y Cuba, en lo que ha dado en llamar la troika del mal en la región: Caracas-Managua-La Habana.

Sin embargo, no despotrica de China, otro socialista a su muy válida y legítima manera. Sus conflictos con el gigante asiático no tienen nada que ver con el signo ideológico de aquel, sino con la amenaza que representa Beijing en la correlación global de fuerzas. A Trump le inquieta que los chinos finalmente logren desplazar a Estados Unidos de su poderío económico y militar, no si tienen un partido único, o si eligen al presidente de forma diferente a los designios de la democracia occidental. Es así que la guerra con China tiene carácter comercial y conoce de límites al existir una relación de codependencia difícil de romper.

Visto tal panorama, el presidente estadounidense se ha mostrado curiosamente selectivo a la hora de definir enemigos socialistas. Se trata más bien de berrinches y pataletas cuando alguien que se dice amante del progresismo y contrario a las leyes del capital lo desafía abiertamente o, y he aquí el punto más importante, interfiere en sus planes de acumulación de riqueza y dominación. Máxime si se trata de su área perimetral, como quiere ver a América Latina desde tiempos inmemoriales.

A Trump, como a sus antecesores —porque tampoco se trata de un asunto personal o privativo del nuevo huésped de la Casa Blanca— poco le preocupa el modo de reparto de bienes y servicios que un gobierno decida aplicar hacia sus ciudadanos, los derechos o libertades civiles permisibles o prohibidos pesar de usarlos como excusa permanente, solo se convierte una nación en blanco de su furia si al poner en práctica un proyecto distinto se entorpecen los flujos de capitales que engordan los bolsillos de la élite norteamericana que financia campañas y elige puestos políticos. Adicionalmente hay una cuota de ego que exacerba la antipatía hacia aquellas figuras que sobresalen como verdaderos líderes, con capacidad de movilización e influencia, a los que prefiere llamar dictadores o tiranos para satanizarlos.

Ni la pobreza es inherente al socialismo ni la prosperidad lo es al capitalismo. Solo que el segundo tiene mecanismos perfectamente diseñados para crear falsas ilusiones sobre la base de: más trabajo es igual a más ingresos, acompañado de la incitación permanente al consumo que desencadena el endeudamiento para el individuo y el enriquecimiento para la banca y las empresas transnacionales.

¿Cuáles son las otras matrices de opinión más reiteradas hasta el cansancio y asociadas a los países que se proclaman socialistas? «Que no hay elecciones libres, la perpetuación en el poder de sus gobernantes, el unipartidismo, la represión de las fuerzas policiales, la persecución al opositor político». De ellas puede citarse más de un ejemplo que se da allí en sociedades más que capitalistas. Entonces, volvemos al hecho de que todas se convierten en pretextos para construir discursos de hábiles personajes para incidir en las masas despolitizadas y moldearlas a imagen y semejanza de sus intereses.

Y es que más factible ha resultado siempre esconder la deshumanización que subyace en el capitalismo y etiquetar como fallido al socialismo, potenciando aquellas deficiencias reales y las contradicciones que aún no termina de resolver como sistema.

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