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Donald Trump: entre el caos y las conspiraciones electorales

23 nov 2020
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Estados Unidos vive en estos momentos un verdadero caos electoral que está estremeciendo fuertemente los cimientos de una construcción política y simbólica llamada «democracia americana». Cada día que pasa sin que Trump reconozca su derrota y continúe promoviendo un espiral de acciones irracionales, está enterrando con mayor profundidad los pilares de un sistema electoral que ya estaba quebrado antes de su llegada a la presidencia en enero del 2017.

A la permanente campaña sobre el supuesto fraude electoral masivo se han unido amenazas de muertes a funcionarios electorales como sucedió con la secretaria de estado de Arizona; purgas en instituciones federales responsabilizadas con la seguridad de las elecciones; maniobras para anular los resultados del voto popular y más recientemente una «conspiración comunista» a la que le están atribuyendo la responsabilidad del fracaso de Donald Trump. Ninguno de estos acontecimientos tiene precedentes en esa nación y está fuera de la lógica política en que han funcionado tradicionalmente los resortes y mecanismos esenciales de ese sistema. En esta ocasión, la variable que está determinando estos sucesos es la decisión del actual mandatario estadounidense de permanecer a toda costa en la Casa Blanca.  

Según la agencia AP hasta el 20 de noviembre, los republicanos habían presentado 33 litigios legales en tribunales a nivel de condados y estados. La mayoría de las demandas se concentran en los estados decisivos de Pensilvania, Michigan y Wisconsin. Muchas de ellas han sido denegadas por las autoridades judiciales debido a que no existen  evidencias para sustentar las supuestas irregularidades electorales. Estos resultados indican que la vía judicial, en la práctica, no es el camino más factible para que el equipo de Trump se imponga Además, varias firmas de abogados ante el evidente fiasco han tomado la decisión de no ser parte de estas maniobras debido a que no conducen a ningún resultado favorable.  

Ante este escenario, Trump y sus seguidores han concluido que no tienen otra opción que tratar de incidir en el proceso de certificación de los resultados electorales. Es decir, en cada estado debe producirse un pronunciamiento público por parte de sus autoridades en la que se proclama oficialmente quién fue el ganador del voto popular. Las leyes estaduales son las que regulan cuándo debe realizarse esa certificación. El pasado viernes, el estado de Georgia emitió la certificación y declaró como ganador a Biden. En los casos de Pensilvania y Michigan es el 23 de noviembre, Carolina del Norte es el 24, Arizona tiene previsto realizarlo el 30 y Wisconsin el 1 de diciembre.

El equipo de Trump en estos momentos realiza fuertes presiones contra los funcionarios electorales de los estados decisivos, fundamentalmente en Michigan y Pensilvania, para que desconozcan el resultado del voto popular por supuesto fraude en las boletas. Por esta razón, han redoblado sus esfuerzos que tuvo como punto culminante la conferencia de prensa realizada el jueves pasado en la que plantearon que había ocurrido «una masiva influencia de dinero comunista a través de Venezuela, Cuba y probablemente China para interferir en las elecciones de Estados Unidos».

Estas declaraciones las realizó Sidney Powell, una de las abogadas de Trump, quien señaló que dos compañías dedicadas a la fabricación de máquinas de votación llamadas Dominion y Smartmatic emplearon un software de tabulación de votos que fue «creado» por el expresidente venezolano Hugo Chávez. A partir del impacto que ha tenido en la campaña presidencial el tema del «miedo al comunismo» que se ha utilizado hábilmente por los republicanos, el equipo de Trump ha decidido diseñar una especie de «tabla de salvación» recurriendo a un argumento que ellos consideran que podría ser creíble para un segmento del electorado que votó masivamente por el proyecto trumpista. Según una encuesta reciente de Pew Research Center, el 85% de los que apoyan a Trump consideran que debe seguir desconociendo los resultados. No obstante, esta maniobra conspirativa tiene capacidad limitada para surtir los efectos deseados en un momento en que es irreversible el triunfo de Biden.  

El próximo 8 de diciembre, es la fecha límite para que todos los estados certifiquen oficialmente quién ganó las elecciones en sus respectivos territorios. A partir de ese momento, el partido del candidato que se impuso procede a la designación de los electores que deben ejercer su voto el 14 de diciembre en cada una de las capitales estaduales. Posteriormente, esos votos electorales se envían al Congreso federal y el 6 de enero del 2021 se procede a su conteo y a la certificación oficial del ganador de las elecciones estadounidenses. Es probable que esta batalla que está librando Trump se prolongue con mucha intensidad hasta ese día que sería cuando se culmine finalmente este agónico y extendido proceso.

Paralelamente, desde que los medios proclamaron a Biden como presidente electo se han desplegado las acciones que corresponden por parte del equipo del exvicepresidente que fundamentalmente han consistido en: funcionamiento de los diferentes grupos encargados de la transición, evaluación de las agencias gubernamentales y análisis de los posibles candidatos para ocupar los cargos en el gabinete y en la Casa Blanca. No obstante, estos procesos no han podido desarrollarse en circunstancias normales debido a que Trump no ha reconocido la derrota y esto ha provocado que formalmente no haya comenzado la denominada transición presidencial.

Para que se inicie esta etapa resulta imprescindible que la Administración de Servicios Generales, entidad del gobierno estadounidense encargada de facilitar ese proceso, reconozca a Biden como presidente electo de Estados Unidos. Ese paso no se ha adoptado porque la directora de esa estructura ejecutiva, Emily Murphy, es una funcionaria designada por Donald Trump y se ha resistido a otorgar ese reconocimiento a pesar que ha recibido fuertes presiones a las que se han sumado algunas figuras del Partido Republicano.  

En la práctica, la demora en el inicio de la transición presidencial tiene serias implicaciones debido a que el equipo de Biden no puede tener acceso a ninguna documentación, no puede entrar a las instalaciones oficiales del gobierno donde deben desempeñar sus futuras funciones y no es posible coordinar las acciones necesarias para el enfrentamiento a las múltiples crisis por las que transita esa nación. El propio Biden no ha podido tener acceso a los informes de la comunidad de inteligencia ni ha tenido disponible información que es vital para el desarrollo de su gestión a partir del 20 de enero de 2021. Lo que está ocurriendo resulta insólito ante los ojos de los expertos y analistas estadounidenses que por varias décadas han sido testigos de este tipo de transferencia del poder.

Según la publicación especializada Político, en las elecciones presidenciales del 2000 cuando se prolongó por varias semanas el reconteo de los votos en la Florida y existía gran incertidumbre sobre los resultados, al candidato presidencial republicano George W. Bush le fue permitido por el gobierno de Clinton el acceso a los informes de inteligencia aunque todavía no se conocía el desenlace final. Ningún presidente anteriormente había creado tal situación de exponer la seguridad nacional de Estados Unidos por motivos de índole personal y, especialmente, por una desbordante necesidad de permanecer en la oficina oval.

A medida que se acerca el 20 de enero, Trump se vuelve más peligroso, impredecible y errático en su comportamiento. Aunque han trascendido informaciones que evidencian que personas de su entorno más cercano le han sugerido que reconozca su derrota, su posición ha sido implacable y parecería estar dispuesto a continuar la promoción del caos y la desinformación hasta el último minuto del ejercicio de su presidencia.

Las recientes revelaciones de The New York Times sobre la intención de Trump de lanzar ataques quirúrgicos contra instalaciones nucleares en Irán, solo constituyen una muestra de las «ideas explosivas» que está manejando. Aunque en este caso, fue persuadido por sus asesores, no es posible asegurar que sobre determinados temas en lo inmediato este sea el mismo resultado. Dadas las circunstancias, hay que estar alertas por que esta versión más descontrolada de un Donald Trump perdedor, se erige en este instante como una amenaza fundamental no solo para Estados Unidos sino para la paz y seguridad internacional.              

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