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Desde una cárcel en Bogotá (Primera parte)

25 ago 2020
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En medio de la crisis provocada por la Covid-19 logré salir de mi país, atravesar el Mar Caribe, llegar a Bogotá y traspasar las rejas de una cárcel en Colombia para entrevistar a Julián Andrés Gil Reyes, un joven que injustamente lleva dos años y medio tras las rejas. Para eso, no necesité un vuelo humanitario ni arriesgar mi salud, bastaron unas manos amigas que llevaron hasta allí mis preguntas y regresaron con hora y media de grabación. Por primera vez escuché la voz de Julián.

Esta historia podría empezar así: «Varios jóvenes renuevan un mural ubicado en los muros próximos a la Iglesia de Bosa San Bernardino, junto al parque central de esta localidad de Bogotá, y que inmortaliza el rostro de un joven de 33 años». O citar una entrevista publicada en Colombia informa: «Han pasado más de dos años desde la última vez que abracé a Manolo y a Juan; desde que compartí un almuerzo con mi papá y una sonrisa con mis hermanos; desde que compartí la palabra y el abrazo con mis compañeras y amigos». Incluso, recrear el momento en que junto a otras personas soñadoras iniciaban «una campaña de recolección de recursos para construir una sede social del Congreso de los Pueblos»; cultivaban lechugas, cilantro y ruda en el antejardín, y almorzaban «colectivamente analizando el acontecer tragicómico del país».

Dice un viejo profesor que las mejores historias se cuentan desde sus inicios, para no perdernos un solo detalle. Entonces comenzaré este relato con el instante en que leí por vez primera el nombre de Julián Andrés Gil Reyes.

Miércoles, 6 de junio de 2018, Telesur: «En Teusaquillo, hace unos momentos han detenido al compañero Julián Gil (…) y fue trasladado a una estación de Policía del centro de Bogotá. Ya se están desplazando al lugar un abogado y defensores de derechos humanos para conocer de la situación».

La nota —replicada de la cuenta en Twitter del movimiento político colombiano Congreso de los Pueblos— explicaba que, cuando el secretario técnico de dicha organización se disponía a salir de la sede, cinco hombres civiles y dos uniformados lo obligaron a subir a un vehículo y lo trasladaron hasta el comando de la policía en Cundinamarca, en Bogotá.

Desde el arresto han transcurrido casi dos años y medios. En el momento en que acontece esta entrevista, Julián permanece encerrado en la cárcel.

La cárcel por dentro

«La cárcel es solo una pieza más de la corrupción estructural del país. Como proyecto resocializador para los “infractores de la ley” ha fracasado y solo revela mucho más que lo que subyace a la ley es un castigo a los más pobres y marginalizados de la sociedad. Es otra forma de estigmatización y segregación de la pobreza», así decías en una entrevista realizada en junio de 2020. ¿Cuánto se han visto agravadas las condiciones de hacinamiento que en ocasiones anteriores has denunciado, con la propagación del nuevo coronavirus?

En las cárceles el hacinamiento no ha disminuido. Ni siquiera con el Decreto 2546, del 14 de abril de 2020, se han descongestionado las cárceles. Ese fue un decreto que salió para deshacinar las cárceles, como consecuencia de la situación humanitaria causada por la pandemia, y con el cual la ministra Margarita Cabello anunció que iban a liberar de 4 000 a 15 000 personas. Esto no ha ocurrido. A lo sumo han salido 800 personas; y a los que deberían salir de manera natural se les han retrasado los procesos puesto que los juzgados también han detenido sus audiencias, ahora se realizan de manera virtual y eso atrasa considerablemente los procesos.

Por una disposición del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario (INPEC) y del Ministerio de Justicia en algunos centros carcelarios del país de alta seguridad se han restringido el ingreso de nuevas personas privadas de libertad, debido a la cantidad de contagios que hay en las cárceles. Esto significa que las URI [Unidades de Reacción Inmediata] o los CAI [Comandos de Acción Inmediata], el bunker de la fiscalía y demás, tienen un hacinamiento superior al 300%. Es decir, que las personas que son capturadas en estos dos últimos meses donde ha arreciado la pandemia en las cárceles, se encuentran privadas de la libertad en centros que tienen mucho menos condiciones de dignidad que las mismas cárceles. 

En entrevista publicada en El Salto relataste los sucesos ocurridos en la madrugada del 21 al 22 de marzo, cuando en la cárcel La Modelo, de Bogotá, las protestas fueron reprimidas con una masacre en la que murieron 23 internos, víctimas supuestamente por intentar una fuga masiva. ¿Cuál fue el origen de las protestas? ¿A qué obedece esta creciente represión por parte de las autoridades carcelarias?

El origen de las protestas iniciadas en el mes de marzo fue por la propagación del virus en el país. A través de los medios de comunicación se anunciaba su letalidad y que era inevitable su contagio en lugares donde concurrieran muchas personas. Por esas razones la alcaldía de Bogotá y el gobierno nacional asumieron medidas en las que restringían la aglomeración de personas en los Transmilenio, en el transporte público, ciudades grandes, colegios universitarios. Y en las cárceles nos preguntábamos qué hacer con el hacinamiento, pues el ingreso del virus a la cárcel significa una condena de muerte anticipada para las personas que estamos privadas de la libertad, puesto que no hay posibilidades de moverse a otro lugar, ni acceder a un sistema de salud, ni siquiera acceder al aire limpio y puro.

Las movilizaciones inician con una exigencia contra el hacinamiento, como una expresión pacífica para llamar la atención de las autoridades y el sentido común de la sociedad. La represión fue tal, que ahora tenemos miedo de movilizarnos debido a los castigos y a los traslados que se generaron en las prisiones ante las primeras movilizaciones. Las autoridades suelen hacer operativos en las cárceles que denigran la humanidad de las personas, rompen tus pertinencias, el lugar donde se pone el cepillo de dientes, las cajas donde se guardan los dulces o las galletas que uno tiene que comprar aquí para poder sobrellevar la situación alimenticia.

Hoy, cinco meses después de aquellas manifestaciones, en ERON Picota se cuentan muchos más de 1 800 casos de contagios y es inevitable que este virus se siga propagando por los patios.

Ante la letalidad del virus, nuestras exigencias eran: 1) que las personas mayores de 60 años puedan acceder a unas restricciones distintas al resto de la población penal; 2) que las personas que padezcan enfermedades crónicas les den la libertad o al menos una atención médica permanente en centros hospitalarios; 3) las personas sindicadas (entiéndase señaladas o acusadas, pendientes de juicio) dentro de un proceso judicial racional no deberían estar privadas de la libertad. Se supone que esta restricción sea solo en condiciones excepcionales, y no puede ser que más de 30 000 personas estemos privados de la libertad solamente por una suposición de que podríamos evadir la justicia. Y 4), proponíamos que las personas que ya hubieran cumplido las tres quintas partes de sus penas salieran también.

¿Cómo transcurre un día en la cárcel? ¿Podrías describir esas situaciones tan precarias que te afectan a ti y a otros presos en La Picota?

¿Un día de mi cotidianidad? Leo revistas, periódicos. Hemos montado bibliotecas con libros donados por los movimientos sociales, por las parroquias de los barrios, los colegios, para al menos acercarnos a una lectura.

La cárcel es un lugar de refugio de los problemas del país; aquí encontramos las violencias y las ausencias que el Estado ha impuesto históricamente sobre la sociedad.

En los patios de La Picota conviven miles de realidades; son una radiografía de lo que sucede en el país. Gran parte de la población que habita estas cárceles son personas que tienen entre 18 y 30 años, no poseen un nivel educativo superior, la mayor parte son analfabetos. Existe un alto índice de personas que no han pasado ni siquiera por una escuela primaria.

Se supone que estamos aquí para prepararnos nuevamente para volver a la sociedad. Debemos, durante este tiempo, revisar, corregir y trabajar en esa falta que se ha cometido ante la ley. Para ello está dispuesta toda una infraestructura penitenciaria que se supone, más allá del castigo, debe proponer un proceso de resocialización, para salir con esos problemas trabajados y corregidos. Sin embargo, la política carcelaria y penitenciaria en Colombia no está pensada para eso. Existe una política criminal centrada solamente en el castigo a las personas. No hay ninguna propuesta educativa para aquellos que no tienen ningún nivel educativo.

Es un tiempo de encierro simplemente. No le van a enseñar a usted a tejer, a trabajar la madera, a leer. Somos miles de personas encerradas en las celdas o destinados a caminar todo el día por los patios, sin poder acceder a la comunicación, a la información del país o del mundo, incluso, sin posibilidades de establecer relación con la familia en algunos casos.

Ahora mismo, no hay visitas hace cuatro meses en las cárceles, por la pandemia, pero tampoco les han bajado los precios a los teléfonos públicos que están en los patios. Un minuto para una llamada a un familiar, no baja de 300 pesos; ¿quién puede acceder a eso? El sistema no está pensado para la resocialización. Un día normal aquí es un día de tedio total.

¿Cómo conviven en la cárcel los presos comunes, los exguerrilleros o los que, como tú, son líderes sociales víctimas de la persecución política por parte del gobierno y las autoridades judiciales?

Estas cárceles han sido pensadas como bodegas humanas donde se tiran a las personas sin ningún tipo de acompañamiento psicosocial, económico, político o cultural. Hay patios específicos donde conviven presos por delitos comunes como el robo, el abigeato; otros para quienes cometieron delitos sexuales; y algunos como este en el que están las personas por delitos relacionados con el conflicto interno del país: paramilitares, exguerrilleros y también algunos narcotraficantes. También hay patios en el que se encuentran personalidades de la vida política del país o personas extraditables que son aquellas destinadas a ir a purgar sus penas en otros países como Estados Unidos. Aquí las personas acceden a organizarse para poder sobrevivir.

Yo habito en uno de personas sindicadas que aún continúan enfrentando procesos judiciales y por tanto aspiran salir en libertad pronto.  La forma en que nos hemos organizado aquí es a través de casas que integran la junta del patio. Desde allí organizamos la convivencia para hacer mucho más amena nuestra estancia.

Conmigo hay dos personas más que también son del proceso social en el que yo participo: el Congreso de los Pueblos. Nos organizamos sobre todo para la comida, que es muy poquita y llega en unas condiciones que no son las óptimas para el consumo humano; entonces nos organizamos para cocinarlas, comprar cebolla, tomates, un plátano para fritar, eso nos permite mejorar nuestra alimentación; y se han venido acercando otras personas que están por otros delitos y que por esta forma humilde y sencilla de organizarnos se han sumado a nosotros para enfrentar juntos esta situación.

Cuéntanos acerca de los espacios de formación que sabemos has impulsado desde que llegaste a la cárcel.

Organizamos un espacio de formación en derechos humanos, con el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos que han hecho un acompañamiento histórico en las cárceles colombianas. Logramos que no solo asistieran presos políticos o personas sindicadas por delitos políticos sino también otros que están por delitos comunes. Ahí hemos accedido a contenidos importantes sobre nuestros derechos.

Construimos también —con el equipo jurídico Pueblos, la Universidad Nacional, la Universidad Pedagógica, la fundación Pasos y otras organizaciones— un espacio de formación sobre los conceptos carcelarios, sobre la defensa de la vida y de la dignidad: la cátedra de derecho carcelario y penitenciario. A ella asisten personas de la comunidad LGTBI, los representantes de los patios por los derechos humanos y personas de las áreas educativas.

Parte de todos esos esfuerzos los has empleado en el estudio y la superación individual. ¿Cómo lograste culminar la especialización en CLACSO?

Yo había iniciado una especialización en políticas públicas para América Latina en CLACSO. Dada mi condición actual no pude continuarla. Entonces hice algunas solicitudes a la universidad, y así logré seguir mi especialización desde la cárcel. Me prestaron un computador, recibía las fotocopias cada vez que venía mi mamá o alguna compañera, enviaba los trabajos escritos a mano para poder terminar este proceso. Todo gracias al apoyo de mi mamá y mis compañeras en el Congreso, ellas eran quienes subían los trabajos a la web.

Hice mi investigación sobre la política pública carcelaria en Colombia vigente en la actualidad, un análisis del cumplimiento de esa proyección política para el 2019. El estudio arrojó que la situación en Colombia se comparte en la mayor parte de los países víctimas del modelo neoliberal donde la cárcel se ha visto como un negocio, que se piensa solo para el castigo de las personas y donde se incumple toda perspectiva democrática y de dignidad de las personas.

Recién, con mis compañeros en la universidad iniciamos un proceso para abrir la maestría en Sociología desde la cárcel para tres personas que estamos privados de libertad; y tristemente la administración de la Universidad Nacional mostró su parte más retrógrada y cerró esa posibilidad de continuar los estudios. Ahora estamos dando un debate político, jurídico y académico sobre la exigencia que estén las universidades públicas presentes en las cárceles y presentes como un aparato educativo que permita a la sociedad acceder una cultura distinta a la cultura de las armas que ha impuesto el Estado. Promover que la educación superior llegue con calidad a las cárceles, no solo en pregrado, sino también en maestrías y otras maneras de superación, nos permitirá ir saliendo del círculo vicioso de la violencia. 

¿Qué es lo primero que harás cuándo salgas en libertad?

¿Lo primero que me gustaría hacer? Pienso en mi familia, en la posibilidad de ver a mi madre, a mi papá, a mis hermanos, estar con mis sobrinos y con mis amigos, acceder a un vinito, a una cervecita, y celebrar como acostumbrábamos algunas veces. También pienso en no bajar la guardia, quiero tener muchos años de vida para seguir luchando junto a esas personas que tanto afuera o dentro de la cárcel están luchando por un país más justo, soberano, con autodeterminación, en el que podamos estar todas y todos los que pensamos distinto al régimen.

Espero volver al Congreso de los Pueblos y aportar con esta experiencia carcelaria a mis otros compañeros en las regiones y en los barrios, continuar mi vida profesional y académica y poder aportarle mucho más a mi movimiento social; darles un abrazo y continuar en este proceso de lucha popular.

Continuará…

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