Contrapunteo

De Marx al Che Guevara. Entrevista con María del Carmen Ariet García

21 ene 2019
Por

El nombre de María del Carmen Ariet está estrechamente vinculado a uno de los íconos revolucionarios más importantes del siglo XX y con presencia perpetua en lo que va del XXI. Caracterizado por su humanismo, latinoamericanismo y antiimperialismo, el Che Guevara cautivó a la generación de esta humilde y apasionada profesora que creció y se formó con la Revolución.

La vida la puso en el camino de Aleida March. La amistad inseparable las hizo cómplices en una misión histórica: rescatar, ordenar y conservar la papelería que a su muerte había dejado Guevara. Los años que ha pasado estudiando la vida y obra del Che y desempeñándose como Coordinadora académica de Centro de Estudios Che Guevara, le han permitido ser una de las personas en Cuba que con más autoridad puede hablar de esta figura histórica.

Pero María no llegó al Che Guevara por azar de la vida. Su formación marxista, sus ideales revolucionarios y su enérgico carácter conspiraron en esta suerte de provocación intelectual. ¿Cómo era la universidad de aquellos años fundacionales?

Comenzaré haciendo una aclaración sobre aquellos primeros años de Revolución. No fueron iguales los años comprendidos entre 1959 y 1965, marcados por un real enfrentamiento de clases, que los que vinieron después. En el caso particular de las universidades, se libraba la batalla de la Reforma Universitaria y comenzaban a perfilarse los objetivos de la nueva universidad en el socialismo. El fenómeno del sectarismo también se había manifestado tempranamente y explosionado en 1962, con su consiguiente secuela. No quiere decir que todo se borró de un plumazo, pero se había aprendido la lección. Las acciones positivas o negativas tenían como marco de referencia nuestros propios errores.

Después, aunque se arrastraron algunos problemas, las formas y el contenido se fueron modificando, influidos por la propia obra de la Revolución. Los grupos de estudiantes y su origen de clase, cambiaban en actitudes e intereses; la masa estudiantil era otra. En esa vorágine —donde muchos no tenían una conciencia clara de la dimensión de los problemas; había que aprenderlos en la práctica cotidiana— comienzan a perfilarse los nuevos caminos y roles que debíamos asumir la mayoría de los estudiantes que nos incorporábamos a una revolución socialista en el Caribe, a 90 millas de Estados Unidos, una osadía que aún no han perdonado nuestros enemigos.  

¿Cuál era el marxismo que se discutía en las aulas de la Universidad de La Habana?

Es importante tener en cuenta que en ese proceso de cambio tan intenso y radical, muchas veces los jóvenes, por su propia extracción social, no conocían a profundidad la importancia de los debates académicos y políticos que se desarrollaban en la época ni tampoco dentro de determinados sectores políticos en el país. Por todo eso, Cuba tuvo que convertirse en una gran escuela —como diría el Che—, como necesidad obligada para avanzar en nuestro desarrollo, incrementándose el interés por ampliar la cultura y la ideología que sustentaban la política en Cuba.

Es decir, que para una valoración de la filosofía, en general, y del marxismo, en particular, que se enseñaba y se «discutía», hubo que pasar por tamices que evolucionaban acorde con el conocimiento que se iba adquiriendo. Se pasó por una prueba directa mediante una práctica, y esa prueba fue el detonante que impulsó a buscar respuestas a nuestras dudas, inclinaciones, y sobre todo, a buscar dentro de nosotros mismos, por la necesidad de crecer espiritualmente, como lo exigían los tiempos, acorde con la vocación intelectual propia y por la influencia que se recibía de las instituciones educacionales, entiéndase las universidades o las escuelas de formación política de entonces, creadas para la superación de los cuadros. De una forma u otra, por un camino u otro, lo cierto es que se estudiaba con dedicación y se iba encontrando en el marxismo un pensamiento, una teoría que sentíamos afín a nuestra conducta y a nuestros actos. 

Quizás no se tenía la certeza de lo que se buscaba, pero sí la garantía de lo positivo de la búsqueda y de su utilidad. No solo se hacía en el orden personal para satisfacción individual, sino para lograr una interpretación adecuada y sólida acerca de lo que se transformaba, y ver cómo se podía contribuir a hacerlo mejor. En ese diapasón crecimos, unos con más profundidad de pensamiento que otros y también acorde con las influencias que se imponían en el camino.

En ese sentido, una parte de nosotros, nos fuimos topando con la enseñanza de la filosofía y adentrándonos en el conocimiento del marxismo casi de forma espontánea, pero a la vez compleja, si se tiene en cuenta el poco o nulo dominio que poseíamos para alcanzar una adecuada interpretación de su historia y desarrollo. Ya ese salto se produce cuando estábamos dispuestos a profundizar en algo que trascendía la media del interés de la mayoría y nos íbamos involucrando con personas y grupos afines a esas inclinaciones, influenciados, como es lógico, por la vocación.

Esta explicación, a pesar de lo extensa, es importante tenerla en cuenta porque determinar qué marxismo asimilábamos o asumíamos, pasaba por nuestro vínculo con un determinado grupo o tendencia afín. No se puede pensar que un simple alumno de cualquier carrera universitaria que tenía que cursar la asignatura dentro de su currículo se cuestionara, en sus primeros momentos, sobre la existencia de tendencias, de los debates en boga y las interpretaciones que se derivaban de ellos, influidas o no por el dogmatismo o el escolasticismo; o si en verdad lo que se impartía formaba parte de una realidad compartida por todos.

Esto lo fuimos aprendiendo cuando desde los primeros años de los sesenta, comenzaron a manifestarse determinadas directrices dentro de esferas institucionales oficiales. Era la época en que se impartía en las escuelas de instrucción revolucionaria el marxismo suscrito, en casi su totalidad, a la versión estalinista acuñada; apoyada en el uso de manuales elaborados mediante un pensamiento dogmático y restrictivo.

Al principio era una especie de ensayo y error, donde se comenzaba a comprender y a asumir una u otra posición, muchas veces por el contraste simple de lo que demostraba la práctica y su equivalencia en lo teórico. Por eso, es tan importante ubicar en tiempo y espacio las diferencias entre lo que se había decidido impartir en las aulas universitarias, con lo que se impartía en las llamadas escuelas orientadas o guiadas por el Partido, como centro que irradiaba un interés por promover un pensamiento oficial.

Desde esos años sesenta comienza la confrontación en diferentes escalas y niveles, donde no se excluye la enseñanza universitaria, porque de manera curricular los estudiantes universitarios cursaban un marxismo no apegado a los cánones de los manuales tradicionales, sino que era el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana —creado en 1962— el que se encargada de elaborar los programas y los textos de estudio.

La pugna porque primaran las posiciones más ortodoxas, estaba permeada por el sectarismo de esos años, que presionaba para tratar de homologar o unificar la formación de los estudiantes. El costo de esa deformación trajo aparejado, sin ser absolutos, el mecanicismo, el simplismo, la enseñanza memorística y la imposición de una enseñanza distanciada o empequeñecida de la verdadera dialéctica de la historia.

Lamentablemente, esa tendencia se impuso, reduciendo la discusión a un núcleo pequeño que quedó fraccionado cuando, en 1970, se decide cerrar el Departamento por no atenerse a lo que se consideraba la línea «oficial» de la enseñanza del marxismo, trayendo como consecuencia la interrupción de un proceso de debates, polémicas y discusiones muy fructíferos para la intelectualidad y para los jóvenes que se formaban dentro de los estudios de las ciencias sociales y de especialidades afines.

Con el tiempo, las huellas de esa historia, de sus protagonistas y de su tesón, han sido retomadas por nuevos grupos generacionales, no solo por la mera discusión en el plano intelectual, sino por la propia necesidad de cambios renovadores a partir de los problemas complejos que se manifestaban en el mundo socialista y en nuestra sociedad a fines de los años ochenta y principio de los noventa, los que nos afectaban en todos los órdenes de la vida y en nuestras aspiraciones individuales.

Es cuando emerge un intento de acercamiento por encontrarse con un pasado reciente, para nada olvidado, y que se iba retomando con el objetivo de conocer y tratar de explicar los fenómenos tan contradictorios que se habían producido y que tanta repercusión tuvieron para los revolucionarios cubanos y para el pueblo en general, de modo muy particular para una juventud necesitada de reencontrarse con su historia, cultura propia y con problemas comunes matizados por circunstancias diferentes. Renacía el interés por el marxismo en determinados círculos, se intentaba modificar el contenido y la forma de impartirlo en los centros universitarios o, al menos, en debatirlo con más amplitud, tratando de acercarse al impulso vital que tan útil y necesario fue en nuestra formación intelectual.

Esa búsqueda —desde una etapa conflictual en lo ideológico, no así en lo político o dentro del poder político en Cuba, al contar con el liderazgo de Fidel— ha resultado compleja, dubitativa y heterodoxa, acorde con los tiempos que corren y en la que se involucra la totalidad de la sociedad. Sin embargo, en el plano intelectual, aun con huellas confusas y con una u otra incomprensión, ha servido para contribuir a un debate postergado, pero que demuestra la necesidad del mismo para poder debatir y polemizar en torno a la validez y utilidad del marxismo en el devenir de nuestra realidad sociopolítica y cultural, en el presente y futuro de Cuba.

Estoy convencida de que ese camino, además de ayudarnos a llenar el vacío que se impuso, puede contribuir a nuestro crecimiento espiritual y a medir nuestras fuerzas en torno a cómo debemos actuar para reconstruir el camino propio. El compromiso está ahí y los actores también. Se necesita repensar el proyecto original que tantos beneficios reportó; aunque sea difícil, algunos lo hayan abandonado, o se hayan perdido convicciones sobre su funcionalidad y creatividad.

En esa realidad, pensar en el marxismo es un reto, no porque algunos lo han decretado en exterminio, sino porque su capacidad objetiva y sus métodos no han perdido su fuerza demostrativa para nuclear lo mejor de las generaciones, a pesar de momentos en que lo han querido despojar de su esencia revolucionaria. Ese quizás era el marxismo que, desde los años sesenta, las nuevas generaciones de revolucionarios cubanos pretendieron sembrar; el que, sin duda, encontró oídos receptivos e inteligencias para defenderlo; y el que debemos rescatar con la intensidad de su propia veracidad y capacidad renovadora.

¿Quiénes asumieron y de qué manera, el marxismo en Cuba?

Algunos de quienes asumieron el marxismo lo hicieron influidos por las directrices emanadas de las instituciones comunistas internacionales de corte estalinista, que abogaban por la coexistencia pacífica y la vía democrática burguesa para alcanzar el poder. Otros lo hicieron desde el enfrentamiento directo. Ese factor se mantuvo presente en el antes y el después del triunfo revolucionario, hasta ir vislumbrando un marxismo que, en su dialéctica y en su práctica constructiva, alentaba y abogaba por la multiplicidad de acciones, nunca por intermedio de una camisa de fuerza que impusiera soluciones alejadas de nuestra realidad como nación.

En nuestra historia republicana se distinguieron figuras radicales e imprescindibles como Mella, Guiteras y Villena, cuando se decidieron, por intermedio de la lucha contra la dictadura machadista y combatir de manera frontal la dominación capitalista desde posturas antiimperialistas y marxistas. Ese historial se acrecienta, años después, por el impulso irrestricto al derrocamiento de la dictadura batistiana, expresión de toda una historia de lucha en la que se habían involucrado lo mejor de la juventud, de izquierda o de derecha, para alcanzar la plena soberanía nacional. Se trataba de, sin exclusión de militancia, establecer un principio fundamental de lucha común para cambiar la sociedad en su conjunto.

Al producirse ese salto de calidad, dispuestos a emprender nuevos derroteros y convocar al pueblo a participar en esos cambios, los más emblemáticos pronunciamientos y manifiestos estaban marcados por ideales socialistas, desde las posturas asumidas por la Generación del centenario y el liderazgo de Fidel desde el propio ataque del cuartel Moncada, como fuerza impulsora del Movimiento 26 de Julio.

Esas bases primarias contribuyeron a profundizar y a involucrar a la mayoría en un proceso de transformación político e ideológico que se intensificó con el triunfo de la Revolución, una vez que, en 1961, se asumiera el carácter socialista de la Revolución y se adoptara como ideología el marxismo.

¿Qué aportó esta filosofía a un proceso como el que se desarrollaba en Cuba?

Sin mucha clarificación se comenzó a avanzar en torno al papel transformador del ser humano en dicho proceso. En Cuba hombres y mujeres se convirtieron en los sujetos protagónicos de los cambios, se desarrolló la educación en todas sus manifestaciones, como eje fundamental de los nuevos procesos, aspecto que les permitiría adquirir un compromiso moral, de lealtad y sacrificio ante la obra por construir.

La lucha feroz contra el poder dominante y comprender de qué lado estaba la justicia y la igualdad son lecciones que se fueron aprendiendo y adquiriendo a medida que el proyecto revolucionario avanzaba en sus conquistas, reforzado por una educación de masas, con el objetivo de aprender y profundizar en las fuentes esenciales de la ideología y la fuerza motriz del modelo que se estaba conformando, por intermedio del marxismo.

Creo que, en todo ello, el papel esencial de hombres y mujeres combina con certeza la relación entre teoría y práctica, binomio sustancial en el carácter demostrativo del valor del socialismo en Cuba y de la teoría marxista cuando se aplica consecuentemente. Que todo no ha salido como se esperaba, que nos hemos enfrentado a fuerzas irracionales externas e internas, que no siempre hemos hecho las cosas como se debían y un sinfín de cosas más, es cierto. Pero, en última instancia, una parte de los errores se debieron y se deben al haber asumido los mismos que se cometieron por el socialismo existente, mediante una aplicación dogmática de un modelo inoperante, sumado a nuestros propios errores, sin justificación de ningún tipo. No obstante, se produjo un salto cualitativo para decidir el camino propio, dosificado con nuestras propias realidades y circunstancias.

La lección aprendida y el costo que significa asumir preceptos repetidos en condiciones diferentes impidieron, en determinados momentos, un acercamiento más reflexivo al marxismo. El cómo entender los procesos acorde a sus particularidades, aunque sin perder los fundamentos válidos de su sistema de pensamiento y acción, fueron y son nuevos retos a tener en cuenta bajo un prisma diferente en un mundo que no es el mismo y que, a su vez, las fuerzas dominantes persisten en la repetición de problemas insolubles, incapacitados de garantizar un modo de vida cualitativamente superior.

Y por supuesto que no se puede pasar por alto la importancia del pensamiento y actuar del Che en este sentido; y su esfuerzo realizado por estudiar y profundizar sobre los caminos emprendidos por el socialismo y dónde y en qué momento se bifurcaron esos caminos, alejándose de los postulados esenciales del marxismo y del intento de ponerlo en práctica. Tuvo el mérito de rescatar para el pensamiento marxista de la Revolución Cubana, en especial el ideario de Fidel, el concepto del papel del hombre en la construcción socialista, y la omisión, por parte de los manuales vigentes, de una parte del pensamiento filosófico de Marx y Engels, tan necesario en el cambio que desde lo interno de la conciencia debiera manifestarse para hacer real el papel que le corresponde desplegar en la nueva sociedad.

Por eso, ante la existencia de tendencias en el mundo que se esfuerzan en devaluar el marxismo, en Cuba se puede aseverar —a pesar de los problemas existentes, que son muchos y que hay que superarlos si queremos preservar la obra de la Revolución— la presencia y fundamentación de una teoría que mantiene su validez, cuando de cambios reales se trata. Debemos hacer efectiva la lucha por la unidad a lo interno y entre las fuerzas más empobrecidas del mundo, donde el compromiso de Cuba, acerca de cómo alcanzar un peldaño superior de humanismo, solidaridad e internacionalismo, es una prueba consecuente de cuánto ha influido el marxismo en nuestro comportamiento como expresión superior de nuestros preceptos políticos.

Nos queda un recorrido arduo para construir, desde la teoría, nuevas formas y objetivos. Somos conscientes de que nunca se ha podido desarrollar el marxismo a plena capacidad, porque sus limitaciones se han centrado más en la interpretación que en principios y objetivos bien definidos en el plano teórico, muchas veces alejados de sus contextos y las especificidades de cada realidad en que se manifieste cualquier experiencia revolucionaria. En esas raíces, insisto, están los aportes, conscientes o no, que han estado presentes en la obra de la Revolución y en su ideario político, por más de sesenta años.

Usted mencionaba al Che Guevara, marxista de raíces profunda que al salir a luchar por otros pueblos dejó en Cuba lo más puro de sus esperanzas de constructor de esa sociedad nueva a la que se entregó incondicionalmente. ¿Era el Che un convencido marxista?, ¿cuáles considera sus esencias filosóficas, políticas y económicas?

Ernesto Che Guevara irrumpe en el proceso revolucionario cubano desde que se comenzó a gestar la preparación de la lucha armada en México. Sin embargo, como llegara afirmar, no se necesitó mucha persuasión para hacerlo efectivo, después que realizara sendos viajes por el continente en aras de conocer sus dificultades y convencerse de cuál era el único camino que solucionaría esos males. Por eso, al conocer a Fidel en junio de 1955, queda comprometida su participación en la lucha al considerar esa ruta como la acertada.

Ernesto era un joven con ansias de conocer la realidad latinoamericana, acompañado, además, de una vasta cultura desde épocas tempranas de su adolescencia. Sobre todo, y siempre hay que remarcarlo, apasionado por la filosofía, materia que lo acompañaría en sus estudios autodidactos y mediante la cual descubre el marxismo, sus principales pensadores y sus preceptos transformadores.

En especial lo cautiva la obra de Carlos Marx, su fundador, a la que se adhiere y estudia con profundidad en su etapa de juventud, pero con más ahínco dentro del proceso revolucionario cubano en su condición de dirigente, al sentir la necesidad de su valor en el proceso de transición socialista asumido por Cuba.

Claro que una obra tan compleja como es la Revolución Cubana a escasas millas de Estados Unidos, asediada y atacada de forma permanente, necesitó no solo de valor y heroísmo de su pueblo, sino también de un pensamiento radical y transformador en qué basarse y sustentarse. Al declarar su carácter socialista, el vínculo con los países socialistas no se hace esperar; de ahí la extrema importancia que tuvo para el Che el conocimiento del marxismo y sus fundamentos como la base teórica del sistema socialista.

En ese entorno, Guevara desempeña un papel importante al tratar de poner en práctica, en consonancia con esa decisión, todo su caudal de conocimientos y profundizar en las experiencias teórico-prácticas alcanzadas, especialmente la obra de Lenin como el conductor de la Revolución de Octubre y el ejemplo de su significación en el orden práctico. Esos años de experiencia contribuyeron a sentar las bases de la transición socialista asumida por la Revolución Cubana, a lo que se añadió el esfuerzo que realizó el Che por penetrar, no solo en la teoría marxista, su valor y significado, sino también en ir conociendo sobre su evolución y algunas de las dificultades que apreciaba y que, a su juicio, impedían avanzar en su desarrollo hacia la transición socialista.

De esa forma se produce un salto cualitativo en su actuar como dirigente, que lo hacen ejemplo en su desempeño dentro de sus múltiples funciones, pero a la vez, lo estimulaban a estudiar y a impulsar el socialismo como la fuerza vigorosa y única para combatir el capitalismo y hacer del marxismo la doctrina esencial de sus ansias de emancipación.

Dentro de las complejidades acaecidas en el llamado sistema socialista, de sus problemas para un adecuado desempeño por los caminos de justicia e igualdad, encuentra el Che nuevos asideros para hacer realidad esas cualidades al entender que se iban perdiendo en un retroceso que tendía más al capitalismo que al logro consecuente de una nueva sociedad.

A su decisión de marchar a un internacionalismo sin fronteras para alcanzar sus sueños libertarios, se le suma entonces un profundo conocimiento e interpretación del marxismo como arma y guía para alcanzar esa meta. Es cierto que el punto focal se encontraba en el actuar y la conciencia del ser humano —el único que puede alcanzar los cambios, convencido de su mejoramiento humano—, pero también apoyado en la teoría más eficaz: el marxismo en su plena capacidad de transformación para obtener la supresión de la explotación y la esclavitud.

Para el Che, el camino único estaba en el socialismo pero con una dimensión superior, pensar desde el primer momento con mentalidad comunista; quizás lo más difícil y muy cercano a lo idealista, pero también, a su juicio, lo más certero para poder cambiar la conducta y el actuar de los individuos en su desprendimiento particular para pensar y actuar como un todo.

Se trata no de repetir hasta la saciedad la existencia de un hombre nuevo cuando se sabe lo complejo y difícil que resulta lograrlo, pero es en sus esencias que se debe y se puede obtener su realización plena; no es una mera utopía porque la historia vivida en circunstancias específicas lo ha demostrado. En la lucha por obtener la unidad encontró el Che la razón de su vocación y actuar revolucionario, convertido en un símbolo perenne para todo tiempo más enaltecedor.

En los momentos decisivos que vive Cuba y América Latina, ¿por qué volver sobre sus ideas?

Creo que de los argumentos explicados y lo acaecido con la desaparición del socialismo, no se puede pretender que los análisis y la puesta en práctica de determinadas concepciones utilizadas por el Che en la realidad de la Cuba de los sesenta, tiene total vigencia. Pero negarlo —como pretenden algunos— sería obviar que existen fuerzas y movimientos sociales que continúan dando batalla y que están convencidos de la posibilidad de alcanzar un modo de vida mejor.

Pensar en el Che como la figura que puede contribuir a la unidad y a la integración de las fuerzas más progresistas y radicales es válida, siempre y cuando no lo veamos como un instrumento parcializado y extremo. Convertirlo en un mito despojado de su actuar, se compartan o no algunas de sus propuestas, sería faltar a su verdad y a su ejemplo consecuente.

Es cierto que dejó enseñanzas, una ética indestructible y una coherencia total, pero por esas mismas razones no debemos ni podemos repetir hasta la saciedad la subjetividad de su actuar sino lo acompañamos consecuentemente con algo que consideraba lo más necesario: el ser humano como el ente esencial transformador y transformable. Ese es el Che que se debe tener presente y no olvidar lo que escribiera en su diario de Bolivia, en circunstancias turbulentas y de enormes dudas: «ser revolucionario representa el escalón más alto de la especie humana».

Esa es la señal y el verdadero símbolo a seguir en momentos tan convulsos como los que se viven en América Latina hoy y las siempre olvidadas regiones del mundo, donde quizás no conozcan detalles de la obra de Marx y del propio Che; pero la certeza de que ambos lucharon por conquistar un mundo mejor, siempre encuentran un oído receptivo.

enviar twitter facebook

Comentarios

0 realizados
Comentar