Contrapunteo

Cuba: de la Constitución del 40 a la Revolución del 59

8 ene 2018
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Una vez descabezado el movimiento revolucionario (de la década de los años treinta en Cuba) como resultado de la muerte natural o el asesinato de sus principales líderes, así como el debilitamiento o la sumisión de las organizaciones que actuaron contra la dictadura, la política del «buen vecino», promovida por el gobierno de Franklin Delano Roosevelt en América, trató de enmendar el entuerto y perfeccionar el sistema neocolonial cubano, mediante la promoción de un proceso de apertura democrática controlado por el poder militar, que se vio favorecido por la coyuntura internacional que condujo a la Segunda Guerra Mundial.

La adopción de la Constitución de 1940, una de las más progresistas e incluyentes de la época, fue el principal resultado de este empeño. Aunque muchas de sus leyes apenas encontraron aplicación práctica en la vida nacional, la década que sigue estará caracterizada por la sucesión de gobiernos electos por el voto popular, por lo que, a pesar de las trampas y distorsiones que siempre acompañaban a estos procesos, así como el mantenimiento de una represión que se expresaba con más o menos crudeza según lo exigieran las circunstancias, pudiera afirmarse que la «democracia representativa» funcionó en Cuba durante este período.  

El primer presidente electo a partir de ese momento fue Fulgencio Batista, precisamente el sargento convertido en general que encabezó la sangrienta ofensiva contrarrevolucionaria de los años treinta y, más tarde, al frente de una coalición muy amplia, donde incluso estaban incluidos los comunistas, devino el artífice de la apertura democrática que se suponía funcional al mantenimiento del modelo hegemónico norteamericano.

Siguiendo esta lógica, Batista entregó el poder en 1944, cuando su candidato perdió las elecciones frente a los oponentes del Partido Revolucionario Cubano (Auténtico). Supuestamente herederos de los ideales de la revolución de 1930, los auténticos encarnaron un movimiento popular no ajeno a las corrientes antimperialistas que habían tenido expresión en esas luchas, lo que explica algunas de sus posiciones en política internacional. Pero terminaron encabezando dos períodos de gobierno caracterizados por la corrupción, el bandolerismo y la implantación de una versión tropical del macartismo[1] en Cuba, que contribuyó a extender el anticomunismo en algunos sectores populares.

De nuevo, la oligarquía nativa demostró su incapacidad para controlar el país y articular la hegemonía que exigía el sistema neocolonial, por lo que la apertura democrática terminó vergonzosamente con un golpe de Estado militar, consumado por Fulgencio Batista en 1952, a partir del cual se estableció una de las dictaduras más cruentas de la historia latinoamericana. Estados Unidos, a tono con su política exterior de la Guerra Fría, apoyó a esta dictadura, lo que incrementó el sentimiento y la cultura antiimperialista en la nación.

La rebelión contra la dictadura, iniciada bajo el mando de Fidel Castro con el ataque al cuartel Moncada en 1953, a pesar de que tendrá un carácter bastante amplio y en ella se mezclaron desde las tendencias más revolucionarias hasta sectores reformistas que solo aspiraban a un cambio de gobierno, en sus esencias populares tendrá el signo antineocolonial desde sus orígenes.

A pesar de que Fidel Castro y sus compañeros fracasaron en el ataque y ello fue seguido por el asesinato o la detención de los asaltantes, en el alegato de su defensa, conocido posteriormente como La historia me absolverá, quedaron expresadas las metas encaminadas a transformar las bases del sistema de dominación imperante en el país y ello devino el programa fundamental de la continuación de la revolución.

En la década de los años cincuenta, Cuba se ubicaba entre los países con mejores índices económicos de América Latina. Era la segunda en el ingreso per cápita; la primera en televisores, teléfonos y automóviles por habitante; la tercera en consumo alimenticio, la cuarta en personas alfabetizadas y donde más Cadillacs por persona se vendían.[2]

Sin embargo, las diferencias entre el campo y la ciudad eran tan brutales que Cuba constituía un caso típico del subdesarrollo estructural, donde La Habana constituía un polo privilegiado del resto del país. Aunque en la capital habitaba apenas el 10% de la población, allí se concentraba el 80% de las construcciones, el 70% del consumo eléctrico, el 62% de los salarios e ingresos, el 73% de los teléfonos y el 60% de los automóviles.

En contraste, el censo de 1953 indicaba que el 68,5% de los campesinos vivía en bohíos con techo de guano de palma y piso de tierra, el 85% no disponía de agua corriente y el 54% no contaba con ningún tipo de servicios sanitarios. El ingreso promedio diario de los trabajadores agrícolas apenas alcanzaba los 25 centavos, su alimentación básica era arroz y viandas, solo un 11% de las familias consumía leche, el 4% carne y el 2% huevos. El 14% padecía o había padecido tuberculosis, el 36% tenía parásitos y el 44% no sabía leer ni escribir. Tampoco las ciudades escapaban a las grandes diferencias sociales, mirado de conjunto, en 1958 el total de personas desempleadas y subempleadas alcanzaba la astronómica cifra de 738 000 individuos, en una población de poco más de seis millones de habitantes.[3]

Aunque diversa en su composición, la llamada «clase media» no solo se relaciona con el poder adquisitivo de estas personas, sino por cierto nivel cultural, determinadas normas de conducta social y, sobre todo, por su funcionalidad para el sistema, toda vez que aquí se concentra el consumidor por excelencia.

De esta manera, los valores de la clase media urbana van a establecerse como los patrones de la cultura dominante en el país y en tal sentido influirán en las expectativas, más bien en los sueños, de toda la población. Pero, aun así, bajo las condiciones de desigualdad que imperaban en Cuba, no puede decirse que ello determinaba la existencia de una cultura homogénea.

Se trataba de una cultura discriminatoria, que enajenaba a la mayoría de las personas. En primer lugar, discriminaba por el acceso al mercado, pero también por el racismo, el origen social y el nivel de instrucción de cada cual. Ello se expresó en la tendencia a la marginación o el descrédito de expresiones muy populares, como la cultura campesina o la de origen africano, aunque un número significativo de los más prestigiosos intelectuales y artistas cubanos se nutrieron de sus aportes, reivindicaron su importancia y trataron de contribuir a su difusión, a veces con bastante éxito.

El capital proveniente de Estados Unidos llegó a controlar los renglones fundamentales de la economía cubana y Estados Unidos intervenía de manera directa en la política nacional. Una de las consecuencias de esta subordinación era que el apoyo del gobierno norteamericano determinaba las carreras de los políticos cubanos, consolidando la naturaleza antinacionalista de estos grupos y la corrupción crónica de la vida política del país, cuyas raíces se extendían al colonialismo.

En última instancia, la corrupción no constituía una aberración del modelo, ni una propensión natural de los cubanos, sino una necesidad para la subvención y subordinación de esta burguesía testaferro, entronizando una práctica cuyas consecuencias éticas se extendieron a otros sectores de la nación, especialmente a una gran masa de empleados públicos, por lo general profesionales cubanos de la clase media urbana, componentes del sector criollo donde más se había desarrollado la conciencia nacional durante el colonialismo y, por tanto, paradigma cultural de los sectores populares.

Tal régimen de dominación requería también de la promoción de una «ideología de la dependencia» que articulara la hegemonía a partir del reconocimiento de una supuesta superioridad norteamericana, la cual se expresaba no solo en términos económicos, políticos y militares, sino también culturales, achacándole, incluso, virtudes relacionadas con la propia condición humana. Aunque tal ideología fue en buena medida consecuencia natural de la asimetría de poderes que conlleva la dominación política, también fue el resultado de un esfuerzo consciente y organizado del gobierno de Estados Unidos desde los primeros momentos.

A ello se sumó una nutrida inmigración procedente de Estados Unidos que, asociada al capital estadounidense, se aposentó en la Isla en calidad de inversionistas, comerciantes, campesinos, profesionales, incluso obreros calificados, llegando a establecer comunidades propias, diferenciadas del resto del país. Aunque la segregación y el racismo que las caracterizaban limitaron su integración con el resto de la sociedad cubana; colegios, redes eclesiásticas, clubes privados y asociaciones norteamericanas o «cubano-americanas», donde se mezclaban con la oligarquía nativa, se expandieron por todo el territorio nacional, convirtiéndose en referentes de riqueza y poder.

Un recurso para atenuar las contradicciones del modelo fue la religión. Comprometida históricamente con el poder colonial, la Iglesia católica cumplirá idéntica función ideológica en el neocolonialismo. Sin embargo, concentrada en los centros urbanos y vinculada básicamente con los sectores más privilegiados, esta Iglesia tenía poca influencia real en el resto de la población más humilde, especialmente la que habitaba en el campo, donde se concentraba la mayoría. En buena medida los cultos cubanos de origen africano ocuparon este espacio, pero además las religiones protestantes norteamericanas se extendieron rápidamente por el país gracias al apoyo que recibieron del gobierno norteamericano, durante y después de la ocupación militar.

Con el propósito de «mejorar» a los cubanos mediante la modificación de los valores y actitudes que regían su vida cotidiana, miles de misioneros norteamericanos se asentaron en Cuba y para mediados del siglo XX los ministros protestantes superaban en cantidad a los sacerdotes y las iglesias católicas.[4] La incorporación de ministros cubanos en estas iglesias, así como las contradicciones resultantes de su mensaje bíblico con las formas de vida que imponía el sistema, transformaron en parte la naturaleza antinacionalista que tuvo esta religión en sus inicios, pero aun así continuó siendo un poderoso mecanismo de difusión de la cultura norteamericana en Cuba.    

También la emigración de cubanos hacia Estados Unidos era un canal para la constante influencia cultural norteamericana. Siendo una de las más nutridas de América Latina desde comienzos del siglo XIX, en el próximo siglo ese país fue el destino natural de gran cantidad de trabajadores en alguna medida preparados para enfrentar el reto migratorio; de exiliados como resultado de las luchas políticas cubanas y, sobre todo, de la oligarquía y la clase media, que allí se formaban como profesionales u hombres de negocio.

En estas condiciones, hablar inglés y asumir los valores norteamericanos fueron un requisito para el acceso a los mejores empleos, expandiendo su influencia al habla y los gustos populares. Profesionales estadounidenses o cubanos formados en ese país pasaron a ocupar puestos clave en los grandes consorcios norteamericanos establecidos en Cuba, pero incluso la capacidad de dominar este idioma y actuar en correspondencia con los patrones culturales norteamericanos, se convirtió en un atributo muchas veces decisivo para trabajar como simple oficinista o como empleados en hoteles, clubes y restaurantes.

El béisbol, introducido en Cuba durante el siglo XIX como resultado de la inmigración norteamericana o el regreso de estudiantes criollos formados en ese país, en buena medida expresión de una contracultura que rechazaba las corridas de toros y otras formas de la cultura dominante española, devino deporte nacional y se conectó con las ligas profesionales estadounidenses, dando forma a un mercado donde se intercambiaban los atletas y las normas norteamericanas fueron asimiladas por los cubanos que lo practicaban en  masa y disfrutaban con pasión de estos eventos.

Algo similar ocurrió con el boxeo, hasta llegar a convertir a Cuba en una de las plazas más importantes a escala mundial de este deporte, con el consiguiente éxito de atletas cubanos surgidos de los sectores más humildes, que fueron aclamados como héroes nacionales.

La música de ambos países, conectada en ciertas expresiones por un tronco y transculturaciones comunes, se desarrolló a partir del intercambio de sonoridades y estéticas que enriquecieron esta manifestación artística y la ubicaron entre las más populares del mundo. De esta manera, la música norteamericana llegó a ser muy gustada en Cuba, a la vez que la cubana también penetró en el mercado artístico norteamericano e influyó en muchas de sus manifestaciones.

No deja de resultar paradójico que mientras se exportaban a Miami las tejas de las casas coloniales demolidas en Cuba, porque esa ciudad quería parecerse a La Habana, la arquitectura norteamericana comenzó a predominar en las construcciones del país, especialmente en la propia capital. Barrios de la burguesía y la clase media cubana surgieron a partir de la fisonomía que imponían estas construcciones, muchas de ellas ejecutadas por empresas constructoras estadounidenses. 

Desde el siglo XIX, Cuba había sido un destino apetecido por los turistas estadounidenses y tal interés se incrementó durante la ocupación y los primeros años de la República, pero su auge tendrá lugar a partir de la década de los años veinte, como resultado de las restricciones moralistas que impuso la «ley seca» en la vida cotidiana de los estadounidenses. Según Pérez: «La noción de que Cuba existía, específicamente, para el placer de los norteamericanos, se afincó desde un principio, se prolongó en el tiempo y era el eje del significado que se asociaba con ser un turista estadounidense en Cuba».[5]

Las consecuencias sociales y culturales que ello implicó para la sociedad cubana fueron mayormente funestas. Se diseminó la prostitución, el consumo de alcohol y el tráfico de drogas a niveles extraordinarios, hasta el punto que sobre estas bases se desarrolló buena parte de la industria del entretenimiento que hizo famosa a Cuba. Los grandes cabarets, casinos de juego, incluso los más modernos hoteles, surgieron vinculados a un mercado que funcionaba bajo el control de la mafia norteamericana, la cual llegó a vincularse orgánicamente con el poder gubernamental cubano.

En este escenario, fueron liberados en 1956 —como resultado de una amnistía que Batista consideró apropiada para legitimar su régimen y aplacar las tensiones internas— Fidel Castro y otros jóvenes que guardaban prisión en el Presidio Modelo de la Isla de Pinos. El líder de la llamada «generación del centenario» se dio a la tarea de organizar el movimiento 26 de Julio y convocar a la lucha armada contra la dictadura.

La estrategia incluyó crear una estructura clandestina en las ciudades que tuvo un impacto relevante en las luchas urbanas, en las que actuaban otras organizaciones como el Directorio Revolucionario, surgido de las filas estudiantiles, y que llevó a cabo acciones épicas, como un frustrado ataque al Palacio Presidencial en 1957.

A partir del Ejército Rebelde fue posible derrotar al Ejército batistiano, baluarte del sistema de dominación; implantar la lucha en el campo, centro económico del modelo neocolonial; generar la posibilidad del desarrollo de un movimiento popular que respaldara la lucha armada, objetivo imposible para el movimiento urbano por su propia naturaleza clandestina, así como crear las condiciones organizativas para asumir el poder político, una vez derrocada la dictadura. Lo más novedoso del pensamiento de Fidel Castro estribó en asumir las concepciones del foco guerrillero, mediante la creación del Ejército Rebelde en las montañas.

Si bien las revoluciones anticoloniales surgen por lo general encabezadas por segmentos de la burguesía nativa, las antineocoloniales tendrán que hacerse contra esta clase, toda vez que en ella se concentra el poder político y militar doméstico que sostiene al sistema. Tal cualidad distingue a la Revolución Cubana de 1959 de los procesos anticoloniales que coinciden en época como resultado del reajuste hegemónico que se produce después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque los revolucionarios cubanos contribuyeron a estos movimientos, la naturaleza de los procesos fue distinta y ello explica el impacto excepcional que tuvo en el mundo la Revolución Cubana.



[1] Se trató de una brutal campaña anticomunista en Estados Unidos que se corresponde con el inicio de la Guerra Fría. Toma su nombre del senador Joseph McCarthy, quien encabezó esta campaña.

[2] Se trata de la marca más lujosa de autos norteamericanos que entonces existía.

[3] Arboleya, 2007:164.

[4] Pérez, 2006: 352.

[5] Pérez, 2006: 256.

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