Contrapunteo

Cuando todo empieza y termina con un nombre

4 feb 2021
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Las FARC ya no son más la FARC. Podría pensarse que eso ya pasó cuando la firma de la paz. Y sí, pero no. Cuando se firmó la paz en Colombia, los de la FARC se comprometieron a dejar de ser un interlocutor armado, y dejaron de ser una guerrilla, pero eso no sucedió el día de la ceremonia formal para sellar el acuerdo de reconciliación el 24 de noviembre de 2016, sino varios meses después, cuando entregaron hasta el último fusil y guardaron para siempre el uniforme verde olivo. Ahí estuvo el primer paso, que luego se oficializaría con la creación del partido político entre agosto y octubre de 2017, desde la fundación, el anuncio público y la debida acreditación.

Para entonces habían dejado de ser las FARC-ejército para pasar a ser las FARC-partido político. Pero mantenían las mismas siglas, solamente se había resemantizado la A, antes en su acepción de Fuerzas Armadas y luego como Fuerza Alternativa. Mantenían también el carácter de Fuerza Revolucionaria y la C de Colombia mutaba a la C del Común. Vale aclarar que para los colombianos «el común» es el pueblo.

Esto tan sencillo, que parece cosa de nombres, significó el primer gran encontronazo a lo interno del movimiento pacífico que surgía. La cosa no terminó allí en la polémica de si mantener las siglas FARC o bautizarse con un nombre propio desprovisto de toda alusión al término guerrillero. Eso devino una gran fractura y el surgimiento de dos alas dentro de la organización: los que como el hoy desertor de la paz y figura principal de la negociación en La Habana, Iván Márquez, apostaban a no traicionar el legado y esencia de la insurgencia y mantener el acrónimo FARC a pesar de los pesares —estos eran la mayoría en ese momento y por eso hicieron triunfar la propuesta—  y del otro lado, el bando de Timochenko, el líder en la guerra y la paz que quería borrar, al menos desde el título, los vestigios de conflicto armado que pudieran persistir en el tiempo sobre esas siglas por muy desarmada que ya estuviera la A como mismo los excombatientes.

La cosa pasó a manos de analistas que ponían en una balanza ventajas y desventajas de esto de las siglas. Al fin y al cabo era la misma gente, con las mismas convicciones y objetivos de subvertir el sistema político colombiano, solo había cambiado el método: antes por la fuerza y con el uso de la violencia, ahora con la palabra como punta de lanza, a la vez que escudo. ¿Por qué tanto lío con el nombre?

La vida le dio la razón a Timochenko y los suyos. Vivimos en un mundo de demasiado simbolismo y donde la manipulación sobre la base de conceptos es el día a día. El mejor ejemplo de ello fue el debut de las FARC como partido político. Para que se entienda el alcance de lo simbólico, en las elecciones generales de 2018, los candidatos que en boleta aparecían como representantes del partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común alcanzaron un número de votos minúsculo, tanto los que aspiraban al Senado como los que lo hacían a la Cámara de Representantes, porque de las presidenciales, ni hablar, el aspirante al puesto en el Palacio de Nariño, el mismísimo Timochenko ahora con su nombre de pila, Rodrigo Londoño, se tuvo que retirar por muchos motivos. Más allá que argumentó falta de garantías, sintió en carne propia el peso de las letras que le identificaban y el estigma popular. Suerte que el Acuerdo de La Habana les garantizaba 10 puestos de facto en el congreso ya que por voto ciudadano no obtuvieron ninguno.

No fue hasta las regionales de 2019 que un exguerrillero se hizo con el control de una alcaldía, el máximo y único logro político hasta el momento, y si alcanzó este puesto fue justamente porque enmascaró su filiación política, ganó por hermanarse con Colombia Humana, la coalición del excandidato perdedor en la presidenciales de un año antes, Gustavo Petro, y no por competir como partido FARC en soledad. En otras palabras, un antiguo insurgente que no tenía estampado en boleta las 4 letras que se asociaban al pasado de guerra, por muy políticas que se vendieran ahora.

Definitivamente, esas cuatro letras, FARC, cargan sobre sí sangre, violencia, muerte, secuestro, y la gente de ese común con el que dicen identificarse sus miembros ya desmovilizados, lee en ellas: dolor y odio a borbotones. No importa que la guerra sea cosa de dos y que las atrocidades se hayan cometido de un bando y de otro; en el imaginario popular pesará la visión criminal de los otrora insurgente. Un papel o 300, que al fin y al cabo es de lo que se compone el acuerdo de paz, no anula lo que persiste en las mentes y almas de las víctimas, algunas por amargas experiencias y otras por la fuerza de la repetición desde los medios y el poder.

Las letras había que proscribirlas y no fue hasta ahora que, en una asamblea extraordinaria del partido, sus militantes decidieron enterrar para siempre las FARC y que naciera en su lugar el Partido Comunes. Si el común es el pueblo, Comunes son entonces los de a pie, las mayorías marginadas históricamente de administración en administración, lo que el escritor Eduardo Galeano definiera como «los nadie, los ninguneados».

Había otra poderosa razón para terminar de dar este necesario giro. Al producirse el abandono del compromiso de paz pactado en La Habana por un grupo de hombres esenciales antes, durante y después de la negociación y liderados por Iván Márquez y Jesús Santrich, los desertores decidieron llevarse consigo el viejo término con el viejo significado, por lo que, en la concreta, había unas FARC desarmadas e intentando hacer política en la ciudad y unas FARC rearmadas en la clandestinidad de la selva colombiana con la aspiración de seguir combatiendo.

Lo del cambio de nomenclatura podría parecer un cambio meramente cosmético, pero en lo absoluto. Eso sí, tendrá un impacto mayor en unos años, cuando las nuevas generaciones que no conocieron la guerra con las FARC puedan identificarse con las propuestas políticas de los Comunes, o no, pero respetarlas, y no sentirse amenazadas por la pasada y pesada historia de violencia. Y sobre todo, cuando los rostros de los Comunes no sean los de hoy, desgastados de posar en tantos carteles de «SE BUSCA», recompensa mediante.

El cambio de nombre es el principio de un largo camino por la depuración y verdadera transformación de un grupo de hombres que necesita aprender a hacer política, y una política que no esté ni manchada de sangre por ninguna herencia, ni muchísimo menos condicionada por la corrupción como toda la partidocracia tradicional en Colombia, porque en esta carrera no basta con nobles objetivos y buenas intenciones para con los pobres de la tierra.

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