Contrapunteo

Con o sin balotaje

17 oct 2019
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En la historia política boliviana, solamente dos presidentes de casi un centenar habían logrado su triunfo por mayoría absoluta de votos. Hasta que llegó Evo Morales e impuso un récord impensable: repetir esa hazaña por tres veces consecutivas y convertirse en el mandatario que más tiempo ha estado en el poder en la nación andina, con el añadido singular de ser además el primer y único indígena que ha llegado a cabeza de Estado en su tierra y el segundo en América Latina después del mexicano Benito Juárez.

Contra la popularidad de este líder cocalero, poco ha podido hacer la oposición interna y externa. A días de que compita por un nuevo mandato, la aspiración máxima de sus detractores es hacer todo lo posible por impedir que vuelva a llevarse el triunfo en primera vuelta y obligarlo a medirse en un balotaje. En cualquiera de los casos, las posibilidades de ganar son altísimas, es cuestión de alargar la pelea para candidatos que se saben perdedores, y vender la circunstancia como un retroceso en el exitoso camino del sindicalista devenido gobernante. Sin embargo, la estrategia ha sido plantar la matriz de que, ganaría en primera vuelta pero perdería en segunda.

Y es que resulta complejo armarse una campaña de desprestigio contra el hombre que convirtió un país en ruinas en un territorio de prosperidad sostenida. Los números avalan la factibilidad de su gestión, ni en las peores condiciones de crisis regional, por la baja en los precios del crudo y de las materias primas, Bolivia flaqueó; ha sabido mantener los índices de crecimiento, envidiables para los de su entorno, sin pedir prestado ni ponérsela difícil al ciudadano de a pie. Mientras la gente disfruta de bonanza económica, se torna difícil que crea en cuentos de cambio, o si no que le consulten a ese 40 por ciento que salió de pobre y a esos más de 4 millones de bolivianos que entraron a la clase media.

Ese panorama deja poco margen a la imaginación del contrario, lo que ha hecho que se recurra a argumentos reciclados: «Morales busca entronizarse en el poder» y etiquetas efectistas: «Evo, el dictador», partiendo de una falsa premisa occidental: «la reelección indefinida es antidemocrática». En su caso, cada titular de su segura victoria en los venideros comicios vendrá acompañado del calificativo de «anticonstitucional» puesto que la Carta Magna de Bolivia prohíbe la reelección por más de dos períodos consecutivos y el actual aspirante por el Movimiento al Socialismo perdió un referendo que pretendía modificar el acápite. Sin embargo, restan legitimidad sus adversarios al aval legal del Tribunal Constitucional Plurinacional que le dio luz verde para que Evo participase en la presente contienda.

Más allá de este círculo vicioso de acusaciones de forma, mas no de contenido, hay poco o nada en el discurso de los postulantes de la oposición. Hasta el más extremo en la balanza, el confeso neoliberal Óscar Ortiz, ha tenido que prometer que, en medio de su vuelta al neoliberalismo, mantendrá un grupo de medidas sociales implementadas por la administración de Evo. Negarlas solo le haría más apabullante la derrota.

Son en total 8 binomios al margen del candidato oficialista y sumando todas las papeletas de intención de voto, no superan al actual mandatario. Bien es conocido que en materia electoral no se aplica al dedillo la matemática, y no es igual una votación con multiplicidad de opciones en boleta que un mano a mano cerrado. Aun así, el respaldo al presidente indígena sigue siendo alto más allá del desgaste y en paralelo, la oposición rapiña votos por separados, lo cual los hace débiles.

Algunos optimistas se refieren a Carlos Mesa —un rostro conocido por los bolivianos porque presidió el país de manera interina unos dos años sin huellas memorables— como el de mayores posibilidades para hacerle sombra a Morales, sin embargo, la brecha ha oscilado alrededor de los 10 puntos porcentuales, dejándolo completamente relegado a un peldaño inferior, cuando más, acercándolo a una eventual segunda vuelta. Por cierto, otro de los que ha tenido que prometer continuidad de las políticas actuales sin comprometerse con un programa propio. Para cambiar el favoritismo de Evo en una segunda contienda, la alineación opositora debería ser perfecta y sacarse un haz de la manga de último momento que seduzca a indecisos, al fin y al cabo, el segmento vulnerable y variable de toda elección.

El contexto regional ha ayudado a afianzar mucho más la credibilidad de Evo Morales. No son épocas de sueños dorados en los países con gobiernos de derecha al servicio del mercado ni de caos en las naciones progresistas con aspiraciones socialistas. Hay un poco de todo en todos, pero resalta la debacle de aquellos que prometieron democracia y riquezas: emergencia alimentaria en una Argentina arruinada por la inflación y la soga de la deuda al cuello; guerra de poderes, crisis institucional y podredumbre judicial en un Perú que tiene la corrupción a la orden del día en todos los niveles; sublevación social en un Ecuador que traiciona el legado de la Revolución Ciudadana y le da la espalda a la gente por cumplirle a los intereses del Fondo Monetario Internacional; y no pocos signos de descontento popular en Chile y Brasil, que auguran estallidos igual de estridentes a los que han escenificados sus vecinos de área.

La previa electoral en Bolivia ha transcurrido con cierta tranquilidad. Ha habido manifestaciones opositoras no despreciables en varias localidades, pero sin mayor impacto. Habría que ver qué se concina para el después. El propio Morales ha alertado de planes desestabilizadores de grupos que llamarían a desconocer el triunfo que apunta a ser inminente, con o sin balotaje.

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