Contrapunteo

Cayó el menos pensado

20 dic 2019
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La asunción presidencial de Nicolás Maduro para un segundo mandato, después de unas elecciones sumamente cuestionadas a nivel global por los antagonistas del chavismo, fue el suceso político más importante en el contexto latinoamericano con que inició 2019. A punto de acabarse el año, Venezuela sigue liderada por la misma persona a la que han querido destronar de incontables maneras y el proyecto de socialismo bolivariano avanza sin mayores sustos después de sortear amenazas, incluso de guerra.

Se trata de un hecho contra todo pronóstico, de acuerdo con los vaticinios y deseos de la sesgada comunidad internacional, la misma que apoyó a un improvisado que se autonombró presidente en una plaza pública y 12 meses después ni siquiera es respaldado por quienes le ayudaron a armar la farsa. Aun así, con dos presidentes, un acto fallido de magnicidio, nuevos capítulos de «guarimbas» y chantaje económico del más ruin, no fue el gobierno de Maduro el que cayó, sino otro que era, hasta su insólito final, el más estable de los decididos a seguir por la senda progresista.

La Bolivia de Evo Morales comenzó enero de 2019 siendo la economía de mejor y más sostenido crecimiento en el área, con altísimos índices de desarrollo social, con solidez política y sin sombra de crisis en un año electoral con resultados cantados a favor del gobernante Movimiento al Socialismo, y termina diciembre con un país virado de cabeza, sin Morales, que ahora se refugia en Argentina después de asilarse en México, con un saldo lamentable de personas muertas, con violencia y persecución política contra los seguidores del presidente obligado a renunciar, y con un destino incierto de cara a nuevas elecciones que pongan fin al ejecutivo de facto.

La pregunta es por qué no cayó Maduro, al que no le han dado ni un instante de tregua y sí Evo, quien en solo 3 semanas pasó de declararse ganador en los comicios presidenciales a anunciar su dimisión y exiliarse. Sobre todo, cuando el método contra ambos fue prácticamente el mismo.

Lo primero es establecer las diferencias entre ambos proyectos a pesar de la empatía política que los unía. El bolivariano fue el primero —de la nueva oleada que marcó la década inicial del siglo XXI— en gestarse, y al que Estados Unidos y sus aliados culparon de proselitismo hacia sus vecinos boliviano, ecuatoriano, argentino, nicaragüense y los que se sumaron después. Fue entonces el más amenazado partiendo del temple de su líder, el ya desaparecido Hugo Chávez, y de la cuantía de los recursos en juego: la codiciada y abundante reserva de hidrocarburos de la Faja del Orinoco. Ello provocó la radicalización del proceso y de sus principales exponentes, sin temor a quedar aislados.

En el caso boliviano, que también tuvo sus nacionalizaciones, su énfasis en la inversión social y el reparto equitativo de ganancias, un país para nada pobre porque le sobra gas y litio, por solo citar sus riquezas más envidiadas, hubo carencias políticas en su base social y se le restó importancia a la relación Estado-Fuerzas Militares, que en Venezuela es una asignatura más que aprendida, puede decirse que la mayor de las fortalezas, que ha hecho posible la persistencia en el tiempo de la Revolución Bolivariana.

Tiene esto mucho que ver con la naturaleza de los hombres que hay detrás de los proyectos: el Chávez militar y el Evo sindicalista. Hugo Chávez llegó al poder por la vía democrática no sin antes intentar la opción armada. Su heredero político entendió la importancia de mantener al Ejército en su pedestal. En cambio, el indígena cocalero siempre le apostó a las urnas, al trabajo con su gremio, y ya convertido en mandatario, continuó favoreciendo la conciliación y al diálogo, por encima de estilos más autoritarios que caracterizaron a otros líderes de la región.

Hay un factor que tiene que ver con la previsión, ir un paso o dos por delante del enemigo, y aquí juega un papel esencial la labor de inteligencia del Estado, bajo la premisa de no confiarse jamás. No son pocos los planes de desestabilización, atentando, falsos positivos abortados por la denuncia oportuna de las autoridades venezolanas. No son pocos los mercenarios apresados antes de cometer siquiera su delito.

A Evo y los suyos le faltó visión y capacidad de reacción planificada. Ciertamente tuvo mucho menos ensañamiento de Washington sobre su gestión, a diferencia de Chávez y Maduro, y muchísimos menos detractores a nivel internacional que la vilipendiada Venezuela.

Si bien, el presidente indígena fue siempre un crítico certero del imperialismo y su doctrina de dominación continental, al final del camino le cegó la confianza en las encuestas que le avizoraban un triunfo limpio, minimizó el alcance de sus oponentes políticos, pecó de demasiada ingenuidad al darle voz y voto, por ejemplo, a la Organización de Estados Americanos, lo que, lejos de surtir el efecto de Estado democrático, sirvió de oportunidad al organismo buitre para repetir su historia de injerencias y golpismo en Latinoamérica. Evo tenía que saber que no le iban a perdonar —como tampoco le perdonaron a Chávez ni a Maduro— la idea de prorrogarse en el poder, el cuento del miedo al tirano con que han amedrentado a medio mundo para satanizar las gestiones socialistas. Si bien había logrado calmar a las masas en el pasado cuando obtuvo la venia legal para postularse a un cuarto mandato a pesar de la negativa a la reelección presidencial que la ciudadanía le evidenció en el referendo de 2016, tenía que anticipar la encerrona que le preparaban para impedir su propósito de repetirse en el cargo. Anticiparla y atajarla oportunamente. Era obvio que esta vez iba a ser algo más sofisticado que la peregrina, pero eficaz campaña de mujer e hijo abandonado.

Sin embargo, el plan le estalló prácticamente en las narices y las medidas de contención fueron demasiado tibias, no sin mencionar que primó ante todo un principio loable de sacrificio personal por encima del bien común. Evo renunció a título personal para salvaguardar la vida de sus seguidores que estaban siendo literalmente cazados. Pero la historia ha demostrado que, ante tales situaciones de embestida y guerra sucia, se impone actuar como caudillo, porque el contrario carece de convicciones y decencia. Respetar el honor de un presidente que hizo todo por demostrar la transparencia de su proceso electoral y llegar a un acuerdo beneficioso con los oponentes no era una opción para quienes estaban decididos a sabotear el proceso.

Aquí también hay diferencias de fondo con la experiencia venezolana. Maduro no dudó en militarizar sus calles y tener mano dura con la oposición que quemaba vivo a los chavistas. Evo mantuvo a su policía guardada, no arrestó a uno solo de los incitadores a la violencia, fue respetuoso de las expresiones de disentimiento que terminaron siendo de desobediencia civil y cedió ante cada una de sus exigencias que fueron mutando de prisa. Resultado: tanto Maduro como Evo fueron acusados de dictadores y represores sin distinción alguna.

La situación se complejiza con la salida de Evo Morales de Bolivia. Lejos de ayudar, la renuncia provocó que los golpistas fueran al desquite contra los indígenas, los campesinos y los obreros, a fin de cuentas, los grupos sociales que Evo había reivindicado y que ahora quedaban descabezados y desorientados. Se redobló la presión contra los dirigentes del MAS al punto que, aun siendo mayoría en el Congreso, permitieron la sucesión de los actos inconstitucionales que se dieron a posteriori: la juramentación de otra autoproclamada como presidenta, la inhabilitación de Morales para nuevos comicios y la elección de nuevas autoridades electorales por encima de las que existían y sobre las que nadie pudo poner la etiqueta de fraude, ni siquiera la parcializada y desprestigiada OEA que solamente pudo hablar de «irregularidades».

En Bolivia no solo se perdió un líder, sino que se desarticuló un proceso. Será difícil cuando no imposible que se retome el curso del progresismo porque quienes sacaron a Evo Morales no tienen en sus planes dejar que emerja un continuador de su legado. La Bolivia de hoy es lo que han buscado hacer de Venezuela en todos estos años y todavía se empeñan en lograr ahora con renovados bríos por el éxito de la fórmula contra Morales.

Es así que llegamos a las postrimerías de 2019 con un panorama que nadie podría haber adivinado a inicios de año y que viene a empañar un resurgir de las fuerzas de izquierdas allí donde se pensaba perdido el terreno.

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