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Camilo: leal a Cuba y a su pueblo

28 oct 2020
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En la mañana del 30 de octubre de 1959, el pueblo cubano leía la triste noticia en el periódico Revolución:

El 28 de octubre a las 6:01 p.m., salió del aeropuerto de Camagüey el avión bimotor de las FAR, marca CESSNA 310 No.53 de 5 plazas rumbo a La Habana conduciendo al Jefe del Estado Mayor del Ejército Rebelde, Comandante Camilo Cienfuegos, quien iba acompañado por el piloto de dicho avión, Primer Teniente Luciano Fariñas Rodríguez y el soldado rebelde Félix Rodríguez, los que, desgraciadamente, no han llegado a su destino.

El diario enfatizaba en que la búsqueda hasta ese momento había sido infructuosa, pero continuaría. Toda el área comprendida entre La Habana y Camagüey sería minuciosamente revisada. Las turbonadas que habían tenido lugar apenas 48 horas antes, entre Ciego de Ávila y Matanzas, podían ser la causa del presumible accidente aéreo.

La noticia conmocionó a la nación. Sus amigos y hermanos de lucha fueron los primeros en partir en su búsqueda: Che, Raúl, Fidel, Almeida. Este último, dirigió las acciones realizadas por las Fuerzas Armadas Revolucionarias: un total de 70 aeronaves iniciaron un patrullaje, al cual se sumaron inmediatamente decenas de embarcaciones pesqueras.

El Che personalmente montó en un avión C-46. Fidel, lo hizo en el avión ejecutivo Sierra Maestra, piloteado por Lázaro Policarpio Claudio Moriña. El testimonio de este aviador quedó registrado en el libro ¿Voy bien, Camilo?, de la Editora Capitán San Luis: «El Comandante en Jefe era mi copiloto. Nos acostábamos bien tarde en la madrugada y él se levantaba más temprano que yo. Fidel ni comía, no tomaba agua, a veces un poquito de vino. Había que verle los ojos, cómo buscaba, queriendo encontrar».

Se revisaron en total cien mil millas. Se hicieron las evaluaciones pertinentes para confirmar el posible accidente. Fue entrevistado el piloto de un avión que hizo, en horario similar, el viaje Camagüey–Habana; él declaró que se habían observado turbonadas, mal tiempo y fuertes vientos.

Fariñas, el piloto del avión desaparecido, en una ocasión anterior ya había desviado su aeronave hasta las inmediaciones de Cayo Hueso, huyéndole al mal tiempo. Pese al arriesgado desvío, el combustible le había pemitido retornar a La Habana sano y salvo. Por eso, como parte de las investigaciones se analizó el tema del combustible. La avioneta en la que viajaba Camilo tenía capacidad para albergar el combustible necesario para cuatro horas de vuelo. Ese día había consumido una hora en la ruta Santiago de Cuba-Camagüey; allí había subido Camilo sin tiempo apenas para reabastecer el tanque. Tenía entonces el combustible necesario para las dos horas de vuelo que restaban hasta La Habana y una hora de margen ante cualquier dificultad. Si el desvío por la turbulencia había sido como la vez anterior, el combustible no le hubiera alcazado para llegar.

Enseguida los medios de prensa enemigos de la Revolución, quisieron hacer ver su desaparición como resultado de una pugna entre Camilo con «los hermanos Castro». Lo cierto es que desde los primeros momentos en México, cuando se preparaba la expedición del Granma, en los días cruciales de la Sierra Maestra y durante los 10 meses transcurridos después del triunfo revolucionario, Camilo había dado sobradas muestras de lealtad a Fidel, a Raúl, a la Revolución Cubana. 

Solamente en octubre de ese año, su participación en la neutralización de la conspiración llevada a cabo por Hubert Matos había sido decisiva. El 21 de octubre el Héroe de Yaguajay había ido a Camagüey a contener la sublevación y a apresar personalmente al cabecilla. El 22 dialogó con los periodistas y ofreció detalles acerca de la conspiración. El 26, ya en La Habana, pronunció su último discurso púbico en el antiguo Palacio Presidencial. A viva voz, las palabras de Camilo, dos días antes de su desaparición, fueron de compromiso y lealtad indiscutibles: «Para detener esta Revolución cubanísima, tiene que morir un pueblo entero».

Los que pretenden construir una supuesta enemistad entre Fidel Castro y Camilo Cienfuegos, no tienen argumentos sólidos. Desde los primeros días de la lucha guerrillera en la Sierra, se ganó el respeto y la admiración del Comandante en Jefe: «Ya Camilo comienza a destacarse desde el primer combate como un gran soldado. Tiene un carácter distinto al Che, digamos más familiar, más alegre, más criollo, (…) un hombre de acción, sin embargo, muy inteligente, muy político». Durante la lucha, creció tanto esa confianza que, luego de la victoria definitiva y en medio de su discurso el 8 de enero de 1959, mientras habla al pueblo habanero, es a él a quien pregunta: «¿Voy bien?».

Por parte de Camilo el sentimiento fue recíproco. Cuando hablaba de Fidel lo llamaba El Gigante. Y cuando el 23 de abril de 1958 recibió su nombramiento de Comandante, le escribió en una carta: «Más fácil me será dejar de respirar que dejar de ser fiel a su confianza».

Y si estos argumentos fuesen insuficientes, queda la palabra del Che, que conoció a Camilo mejor que todos:

Camilo practicaba la lealtad como una religión, era devoto de ella, tanto de la lealtad personal hacia Fidel, que encarna como nadie la voluntad del pueblo, como la de ese mismo pueblo; pueblo y Fidel marchan unidos y así marchaban las devociones del guerrillero invicto.

Revolucionario cabal, hombre de pueblo, artífice de esta revolución que hizo la nación cubana para sí, no podía pasar por su cabeza la más leve sombra de cansancio o de la decepción. Camilo el guerrillero es objeto permanente de evocación cotidiana, es el que hizo esto o aquello, el que puso su señal precisa e indeleble a la Revolución Cubana, el que está presente en los otros que no llegaron y aquellos que están por venir.

En su renuevo continuo e inmortal, Camilo es la imagen del pueblo.

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