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Atilio Borón y su exorcismo al Marqués de Vargas Llosa

13 ene 2021
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Antes de finalizar el año, en una andanza cotidiana por la Plaza Cultural de Las Tunas, me detuve en un punto móvil de venta de libros, y tras una rauda búsqueda, encontré lo mejor que he comprado en esta provincia si de literatura se trata. Una cristalización del 2018 de la Editorial de Ciencias Sociales, El hechicero de la tribu, Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina, de manos del añejo politólogo argentino Atilio Borón.

Una singular propuesta de incuestionable valor para toda la sociedad que aumenta su importancia direccionándola al público joven, ese que adolece hoy — en su mayoría — de la menor cultura política. Nadie que pueda articular su pensamiento, desconoce la necesidad de adquirir una robusta formación política en aras de vivir liberado y con decoro. La democracia no sirve sin ella.

Este libro es un calzo, una reflexión, una respuesta a un ensayo que publicó también en 2018 el escritor peruano Mario Vargas Llosa (VLL), La llamada de la tribu; oportunidad, esta última, donde se abordan razonamientos que establecen, como su nombre indica, la tendencia de la humanidad a la colectivización, a caminos socializantes y comunistas — siempre en un sentido peyorativo que sugestiona su primitivismo — , externalizando así su innegable rechazo por considerarlo «retrocesos» que cercenan las libertades individuales.

VLL le exalta un valor biográfico, pues en ella (des)dibuja con la singular retórica que lo caracteriza, los pensadores y las ideas que justifican sus posturas ideológicas, a saber: el escocés Adam Smith, el español José Ortega y Gasset, los austríacos Friedrich von Hayek y Karl Popper, el británico Isaiah Berlin y los franceses Raymond Aron y Jean François Revel. Personajes todos que tributaron, en medidas variables, pensamientos al liberalismo.

Como bien plasma la sinopsis en el dorso del libro en cuestión (El hechicero de la tribu) convierte cuanto está escrito en este análisis — de unas poco más de 200 páginas — en una «válida, sorprendente y necesaria» producción. Una lectura verdaderamente liberadora. Con una destreza bastante admirable, el argentino, encuentra e invoca los demonios, que en su criterio, motivaron el viraje político del entonces joven VLL, de una fervorosa defensa de la izquierda y el marxismo a una férrea postura liberal de derechas. Cada argumento viene acompañado siempre de una remisión a otras propuestas para profundizar y contraponer elementos.

Poco se escapa en sus páginas. Con sutileza evoca el quinquenio gris de la cultura cubana y el caso «Padilla», las diatribas con Haydée Santamaría y Casa de las Américas, la visita a la Unión Soviética, y luego, el encuentro cómplice de VLL con los líderes extremistas Ronald Reagan y Margaret Thatcher, quienes en lo adelante se convirtieron en sus mecenas.

Descubriremos en cada momento cómo se plantea la «degeneración» intelectual y la puerilidad en términos políticos del autor de Conversación en la catedral. Sentencia que se juzga en la involución que plantea el orden de la construcción literaria, de un profundo y refinado Adam Smith a un «anacrónico» François Revel.

Organizando diáfanamente la obra en capítulos, Borón dedica cada uno a evaluar las aseveraciones «alucinantes» que utiliza VLL en su empeño de rescatar al liberalismo como la otra cara de la moneda donde se encuentra la democracia. Y aun cuando en su momento esta ideología fue ¿un paso de avance? que coincidió con el romanticismo de la posguerra y un aparente consenso ciudadano, basta con observar como ninguno de los librepensadores que referencia defendió a la democracia en sus teorías. Ipso facto, algunos incluso, manifestaron simpatizar con dictaduras y sistemas aristocráticos.

Cada tema de La llamada de la tribu encuentra una peculiar réplica en El hechicero de la tribu, sin escatimar ni un instante en datos históricos. El último absorbe al primero. El empeño es arrojar un poco de luz en cada oscura y parafernalia ocurrencia del Nobel del 2010. Y lo logra sin discusión.

El hechicero… es plaza, también, para una apología a los intelectuales con compromiso social, puesto que el Marqués reivindica las aberrantes creencias de Hayek, Aron y Revel donde se crucifican como villanos y enemigos de las corrientes democráticas. Algo similar pasa con el historicismo, en el que vuelcan increíbles entelequias, negándole su papel y enjuiciándolo como causante del desvarío social.

El exdirector de Clacso no le perdona a VLL las dudosas evasiones que hace de cada pensador, en especial del padre de la economía, al cual pretende secuestrar, encasillar y vender como el fundador del (neo)liberalismo que él promulga. Nada más alejado de la realidad. La teoría del neoliberalismo vargasllosiano anula y anquilosa al Estado, al cual sataniza y arrincona como enemigo de la libertad. Ideas que Adam Smith jamás expuso. Se resalta, además, la total omisión de Milton Friedman, uno de los teóricos liberales más coherentes del siglo XX.

No obstante, nuestro citado texto no es solo pródigos anatemas, el autor sabe reconocer las salvables postulaciones de los ideólogos referidos. Entenderlos desde la visión de su tiempo y realidad, permite fijar un liberalismo como fase de la historia, no desfasada por su simbiosis inequívoca al sistema capitalista, y con ello las categóricas enseñanzas que permiten pensar y edificar alternativas.

Punto y aparte de que VLL quiera confundir, evocando otras figuras para palanquear una idea que languidece, cuando en realidad lo que hace es divulgar una ideología readaptada y reformulada, que nada tiene que ver con lo mejor del liberalismo histórico, enmarcado en el «cuarto de siglo de oro» (1948–1973) conocido como capitalismo keynesiano.

El capítulo final Borón lo dedica a desentrañar, clarificar y acercar la lupa a lo que él entiende son falacias de VLL, hábiles mentiras que parecen verdades. Sin dudas, lo más interesante es su explicación a la nebulosa relación entre capitalismo, liberalismo y democracia, y las fuerzas antagónicas que permitieron su coincidencia fortuita de forma armónica, imprescindibles conclusiones donde se formulan ideas generales de toda la lucubración.

Atilio Borón vuelve, una vez, a exponer una clase magistral sobre interioridades del pensamiento político social de nuestra era. Vehemencias implícitas que por momentos pareciera encenderle el verbo, pero siempre dejando entreabierta la puerta que da acceso a esos puentes que él mismo facilita; premisa indiscutible de esa búsqueda perenne del género humano.


Tomado de revista Alma Mater

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