Contrapunteo

Aparece el amor

8 mar 2019
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Esta es una historia de amor. No es como los cuentos con final feliz en que los amantes viven juntos por siempre; tampoco la clásica tragedia de dos enamorados cuya unión es imposible. No data de tiempos remotos, ni habla sobre princesas encantadas, monstruos malvados o villanos terribles. O quizás sí. Quizás tiene un poco de todas esas historias, pero esta, es una que describe un amor mucho más grande, duradero, eterno; también desgarrador.

La historia comenzó hace poco más de medio siglo en un país latinoamericano: había sido colonizado por España durante dos siglos y adquirido su nombre oficial en 1824: Argentina. Podrían dedicarse infinitos libros a contar la historia de esa nación, pero ese no es el argumento central de estas páginas. Aunque sí es necesario mencionar algunos momentos trascendentales que tuvieron lugar durante la primera mitad del siglo XX. El Golpe de Estado de José Félix Uriburu, en 1930; la corrupción política, los numerosos fraudes electorales e injusticias sociales de la Década Infame; y la Revolución de 1943, entre cuyos líderes estaba el Coronel Domingo Perón, quien llegó a ser presidente de la nación e promovió importantes cambios socio-políticos —su esposa, Eva Perón, impulsó el sufragio de la mujer y organizó el Partido Peronista Femenino, otorgándole un papel relevante a las féminas dentro de la sociedad.

Sin embargo, esos actores no son quienes ocupan los roles protagónicos de esta narración. La historia comenzó poco después de que el peronismo llegara a su fin y está relacionada con un hombre que nació en 1925, en la ciudad de Mercedes, Buenos Aires. Desde pequeño había querido pertenecer al Ejército de su país y con 19 años —poco después del fin de la Revolución— se convirtió en oficial de infantería. Cursó la Escuela Superior de Guerra y escaló rápidamente dentro del Ejército. Se casó y tuvo un total de siete hijos, sin descuidar su carrera militar y política. Ascendido a general en 1971, es nombrado jefe de Estado Mayor en 1973 y Comandante en Jefe del ejército un año más tarde.

Este triste personaje fue Jorge Rafael Videla. Su rol, aunque protagónico, es detestable. El 24 de marzo de 1976, el general Videla organizó un golpe de Estado a la entonces presidenta de la nación, Isabelita Perón, y se convirtió en presidente de la Junta Militar que gobernaría despóticamente el país. Así, se convirtió en uno de los más terribles villanos de esta historia, de la historia de Argentina, y de la historia de toda América Latina y el Caribe.

Este nuevo golpe era el colofón de numerosas injusticias que se habían cometido en los últimos años. Argentina había sufrido bombardeos en la Plaza de Mayo contra manifestantes pacíficas; las tristemente célebres matanzas en los basurales, en las que perdieron la vida muchas personas inocentes; los fusilamientos de Trelew; y la creación de la Alianza Anticomunista Argentina —la Triple A—, grupo paramilitar con libertad para salir a asesinar impunemente a estudiantes, intelectuales, artistas, sindicalistas… al pueblo.

En ese contexto, la Junta Militar encabezada por Videla dio inicio a un proceso denominado de «Reorganización Nacional» que se extendió hasta 1983. Dicho proceso no se proponía corregir la política económica del país, resolver la crisis institucional o derrocar a la guerrilla. El objetivo proclamado de la reorganización era crear un nuevo ser humano que fuera occidental, nacional y cristiano. ¿En qué se tradujo esta «creación»? Básicamente, podría resumirse como una dictadura militar, caracterizada por una despiadada represión política y social, la desarticulación de las bases de la economía y el ejercicio autoritario del poder. En su primer comunicado establecían que el país sería controlado por los Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas, y se demandaba a todos los habitantes «extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones».

Se ordenó la disolución del Congreso, al tiempo que se prohibió el derecho a huelga y la actividad política o de los partidos políticos. Además, fue establecido un fuerte control militar sobre la central obrera de Argentina. Los movimientos de izquierda fueron los más ferozmente perseguidos por el régimen dictatorial, tal como venía ocurriendo durante las últimas décadas.

Videla y el resto de la Junta Militar marcaron una pauta en el curso de los asesinatos en masa y los crímenes de lesa humanidad cometidos por los gobiernos militares. A partir del entrenamiento recibido en la Escuela de las Américas, ubicada en Panamá y financiada por los Estados Unidos, el ejército argentino trazó una nueva estrategia que no incluía bombardeos, fusilamientos en cárceles ni homicidios a plena luz del día. Las evidencias de semejantes acciones eran demasiado incriminadoras. Nacía así un tipo de terrorismo de Estado que se dedicó especialmente a la muerte clandestina, a los secuestros de personas indefensas, a la cacería de quien quiera que se opusiera al régimen militar.

Durante el primer año de la dictadura se reportaron más de diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de exiliados, y otras quince mil personas pasaron a la historia, descritas con una palabra que abarca infinito dolor, desesperación e incertidumbre: desaparecidos.

Las víctimas no estarían más físicamente. Los militares estaban convencidos de que —al no existir los cuerpos— no podrían ser acusados de ningún crimen. Cuando se habla de desaparecidos en Argentina, se hace referencia a aquellas personas que fueron secuestradas por fuerzas militares —conocidas popularmente como milicos— y llevadas a centros clandestinos destinados a la represión más inhumana o a las comisarías que se habían convertido en verdaderos campos de concentración. Allí sufrieron infinitud de métodos de tortura durante semanas, incluso meses, antes de ser asesinados. Luego, sus restos fueron quemados, enterrados o lanzados al Río de la Plata, para que sus cadáveres fueran encontrados en las costas uruguayas.

El dictador justificaba las vejaciones, torturas, violaciones y asesinatos del ejército alegando que Argentina estaba en guerra, y que en toda guerra hay personas que mueren, quedan incapacitadas o desaparecen. Incluso llegó a afirmar que un desaparecido «no puede tener tratamiento especial, porque no tiene entidad. No está muerto ni vivo...».

Es precisamente en ese contexto que surgen las verdaderas, enormes y admirables protagonistas de esta triste pero romántica historia. Ante los miles de casos de detenciones ilegales y desapariciones, sus familias comenzaron a reclamar en oficinas y cuarteles información acerca de sus seres queridos detenidos, secuestrados. Por supuesto, en ningún caso recibían respuesta por parte de los oficiales. Al principio, la búsqueda fue individual. Pronto comenzaron a coincidir en los mismos recintos penales varios familiares de desaparecidos, y un día dos mujeres, cuyos hijos habían sido secuestrados, tomaron la decisión de que debían comenzar a moverse juntas como medida de seguridad.

Así, Azucena Villaflor de Devicenti y María Adela Antokoletz empezaron a orquestar un movimiento que poco a poco se convertiría en uno de los más importantes de todo el continente. De conjunto con otras doce mujeres, el 30 de abril de 1977 decidieron que se reunirían en la Plaza de Mayo, lugar de habituales manifestaciones políticas en tiempos previos a la dictadura de Videla, justo frente a la Casa Rosada. Su objetivo primordial era que les fuera concedida una audiencia con el presidente de facto para exigirle información sobre el paradero de sus hijos. Al no conseguirlo, decidieron seguir encontrándose allí, y poco a poco fueron sumándose un mayor número de mujeres.

Desde el primer día tuvieron que enfrentarse a la policía, que intentó inmediatamente sacarlas de la Plaza. La Junta Militar había prohibido las reuniones de grupos de tres o más personas, así como estar en la calle sin moverse de lugar. Las madres entonces comenzaron a caminar, de dos en dos, tomadas del brazo, dando círculos alrededor del monumento a Manuel Belgrano, en sentido contrario a las manecillas del reloj, con la cabeza baja, en absoluto silencio.

Así las valientes protagonistas de esta narración se colocaron en la mira de la dictadura más temible de América. Muy pronto el gobierno infiltró personas entre las madres, las que se hicieron pasar por familiares de desaparecidos. En diciembre de 1977, un grupo de militares comenzó a secuestrar a varias de los manifestantes, cuyo número había crecido considerablemente. Entre las secuestradas estaba Esther Careaga, paraguaya, cuya hija adolescente ya había sido liberada por la policía, pero que aún continuaba la lucha por la devolución de cada uno de los desaparecidos. Además, fue secuestrada Azucena Villaflor, quien había devenido en líder natural del recién nacido movimiento.

Fue un momento bien difícil para el amor de estas madres. Mientras demandaban la devolución de los desaparecidos, corrían el riesgo de ser secuestradas ellas también. Ahora no solo debían buscar a sus hijos, sino también a sus amigas y compañeras de lucha. La idea de que continuaran unidas para que no tuvieran que estar solas en la búsqueda prevaleció y la convicción de que todos los desaparecidos eran hijos de cada una de las madres las impulsó a seguir luchando, a ampliar el movimiento, a ir casa por casa tratando de sensibilizar y sumar a nuevas personas a la búsqueda.

Pocos meses después, ya era habitual que cada jueves, en el horario de la tarde, más de 300 madres se juntaran frente a la Casa Rosada para exigir la devolución de sus hijos. Si detenían a una, todas exigían ser detenidas. Si le pedían los documentos de identificación a una, todas entregaban sus documentos y permanecían en la Plaza de Mayo mientras eran procesadas. Ya no eran madres impulsadas por el amor a sus hijos, sino que se convirtieron en las madres de todas las víctimas de la represión en Argentina.

Aunque la prensa nacional —fiel a los intereses de la dictadura— intentó minimizarlas, y otras personas les cerraron las puertas de su casa, las tildaron de locas, antinacionales y otros calificativos peores, su espíritu no se amilanó. No fue suficiente que la policía las encarcelara, las golpeara, les soltara a los perros y les lanzara gases lacrimógenos. Ellas permanecieron luchando hasta el fin de la dictadura, en 1983, y han continuado en su lucha durante más de cuarenta años.

Las protagonistas principales de esta historia han asumido los ideales por los que luchaban sus hijos, esposos o hermanos, convirtiéndose en defensoras de las causas más dignas. Primero por la devolución de sus hijos, luego por el encarcelamiento de los asesinos y, todavía hoy, por una Argentina más justa. Desde su creación hasta la fecha, las Madres han inspirado la aparición de otros movimientos populares, como las Abuelas de la Plaza de Mayo y la Asociación HIJOS. Las primeras, organizadas desde octubre del propio año 1977, han enfocado su lucha en recuperar la identidad de los miles de niños que, durante la dictadura, fueron robados de los brazos de sus madres para que miembros de las fuerzas represivas los inscribieran como hijos propios, los abandonaran o los vendieran dentro y fuera del territorio argentino. Los segundos, son descendientes de los detenidos desaparecidos y también han proseguido la lucha iniciada por sus padres.

Estos son los verdaderos protagonistas. Es la historia de un grupo de heroicas mujeres que, motivadas por el inmenso amor que sentían por sus hijos, se enfrentaron a la más sangrienta dictadura del continente latinoamericano. Es la historia de todos los desaparecidos convertidos en semillas para que germinara un nuevo porvenir para su Patria. Es la historia de aquella Azucena que encendió una luz infinita, cuyos restos fueron encontrados en 2005 con evidentes muestras de haber sido violada y torturada, antes de que los viles milicos la lanzaran al vacío, con las manos atadas, desde uno de los vuelos de la muerte.

Es también la historia del amor del escritor Juan Gelman, cuyo hijo —poeta, periodista y revolucionario— fue secuestrado, torturado durante más de dos meses y asesinado con un tiro en la nuca; cuya nuera corrió una suerte similar; y su nieta fue privada de su identidad durante 24 años. La historia del pueblo argentino. La historia de todas las víctimas que cobró en Latinoamérica la Operación Cóndor, perpetrada por Estados Unidos, y que aniquiló a miles de jóvenes de izquierda, acusados del delito de creer y de soñar.

Lamentablemente esta historia no ha terminado. Todavía en nuestros días las Madres de la Plaza de Mayo tienen batallas que vencer. Desde inicios de 2016 han retomado las Marchas de Resistencia, con pañuelos blancos en sus cabezas, para manifestarse en contra del actual presidente argentino y sus políticas neoliberales. Todavía hoy son víctimas de represión, son temidas por los rufianes que ostentan el poder y son inspiración para muchos en Argentina y en el mundo.

No importa que la policía federal cerrara las calles en febrero de 2016 para impedirles el acceso a su principal trinchera, la Plaza de Mayo. Tal como hicieron cuando enrejaron el monumento a Belgrano durante la presidencia de Fernando de la Rúa —comprando escaleras y pasando por encima de las rejas—, las madres han demostrado que nada ni nadie podrán frenar este movimiento. Cuantos más obstáculos les impongan, con más fuerzas aparecerá el amor que las motiva e impulsa a defender su Argentina. Ese tipo de amor que arremete, que construye, que perdura… que nunca desaparece.

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