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América Latina en las urnas

6 dic 2017
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Los balotajes, las denuncias de fraude, la vuelta al ruedo político de rostros conocidos, ya bien expresidentes o excandidatos, se han vuelto una constante en América Latina. Y como novedad de la segunda década del siglo XXI, un giro de timón a la derecha que pone en seria duda la supervivencia a largo plazo de los proyectos alternativos, progresistas o de izquierda en esta región. Aunque mejor vale decir que están agónicos pero no vencidos, pues las victorias sobre la izquierda han sido pírricas, en algunos casos, abiertamente secuestrado el triunfo.

Solamente este año, hemos vivido procesos electorales de carácter presidencial —definidos como generales al elegirse cabeza de estado, cuerpo parlamentario y, en algunos casos, instancias territoriales— en Ecuador, Honduras y Chile. Le siguieron los comicios legislativos en Argentina, estaduales en México y municipales en Nicaragua.  Venezuela como caso singular: un verdadero maratón de concurrencia a las urnas con Asamblea Nacional Constituyente, elecciones regionales para gobernadores y finalmente, la votación para alcaldes.

Cada escenario, claro está, reprodujo particularidades que responden a los diversos contextos socioculturales y la historia política propia, pero en todos, hubo tendencia a la injerencia foránea y la manipulación mediática para favorecer al (los) aspirante (s) con proyección oligárquica. 

El otro denominador común ha sido la abstención, un síntoma peligroso del descrédito en la política y los políticos, de la apatía ideológica creciente sobre todo en las jóvenes generaciones, y de la postergación del derecho al sufragio por necesidades urgentes de primer orden para la subsistencia. Por solo citar los ejemplos más críticos: Chile tuvo en primera vuelta un 60%, siendo catalogado como el país latinoamericano que menos vota, desde que instaurara la votación voluntaria en 2012 y Honduras, aún sin resultados definitivos ronda entre el 40 y el 50%.

De todos, el sistema electoral más cuestionado internacionalmente —a la ligera y con sesgo político— sigue siendo el venezolano, a pesar de que los entendidos en la materia lo han catalogado como eficaz, rápido y transparente, es por demás automatizado, y probado una y otra vez con varias auditorias. No importó al grupo de voceros regionales siempre pendiente de juzgar el órgano electoral de Venezuela que el conteo de votos en las presidenciales hondureñas fuera saboteado, o de qué otra forma se explica la caída de los servidores y un retraso en la publicación de los resultados cuando se conoció que la primera tendencia daba ventaja al candidato opositor Salvador Nasralla. Ante esos fenómenos no hubo una respuesta proporcional ni de la Organización de Estados Americanos, ni de Estados Unidos ni Europa.

A pesar de pregonarse democracia e invitar a la ciudadanía a decidir sobre sus gobernantes y modelo de país, la violencia se apoderó de los espacios de calma y del ejercicio de civismo. Honduras vivió la peor atmósfera con una sublevación popular que vio arrebatado el voto mayoritario y que terminó en toque de queda y suspensión de garantías constitucionales. 

Venezuela tuvo la ola violenta como preámbulo, la más sangrienta sin duda alguna de todas con más de un centenar de personas muertas, y solo las urnas vinieron a devolver la paz y la tranquilidad a las calles de esa nación. Los múltiples procesos comiciales fortalecieron al chavismo y generaron una enorme fisura en las filas de la opositora Mesa de la Unidad Democrática.

El que se pensaba más estable y con mejor desenlace de todos los sometidos a escrutinio era Ecuador, por haber optado por «la continuidad» de la Revolución Ciudadana y, sin embargo, desembocó en una pugna de intereses políticos a lo interno del partido oficialista Alianza País, una fractura irreconciliable entre los líderes Rafael Correa y su sucesor Lenín Moreno, y una incertidumbre a futuro del proyecto social por la cercanía y el coqueteo del actual gobierno con figuras de la oposición con un nefasto pasado de entreguismo al sector privado.

En Argentina, el macrismo se consolidó tras dominar 13 de los 24 distritos, de ellos la disputada provincia de Buenos Aires y la capital federal, territorios que concentran el 47,6% del padrón electoral. Si bien, Cristina Fernández obtuvo su escaño en el Senado, el mayoritario resultado de Cambiemos, el partido en el poder ejecutivo, abrió las puertas para un eventual segundo mandato de Mauricio Macri, en detrimento de la aspiraciones presidenciales del kirchnerismo. 

Muestra de las presiones y chantajes externos cuando de elecciones se trata, fue la aprobación en el Congreso estadounidense de la Ley Nica Act —iniciativa Nicaraguan Investment Conditionality Act, que en español significa Ley de condicionamiento a la inversión nicaragüense. La medida pretendía obligar a «elecciones libres», deslegitimando los procesos emprendidos por el gobierno de Daniel Ortega. Aún así, Nicaragua realizó sus municipales, en las cuales el Frente Sandinista para la Liberación Nacional, FSLN, arrasó conquistando 135 alcaldías. Pero no faltó el ataque de la oposición que infló algunas estadísticas como fue el caso del porcentaje de abstención en un 80% cuando el órgano electoral la situó en un 34%. 

La votación en el Estado de México —el más poblado del país y en consecuencia el de mayor número de electores— con victoria para el Partido Revolucionario Institucional, PRI, fue solo un bosquejo de las complejidades de las federales del próximo año.

Los chilenos se aprestan en segunda vuelta a decidir entre el regreso de la derecha piñerista —Sebastián Piñera es el favorito en las encuestas— la alianza de la fuerza oficialista, que acumula errores y deudas sociales, ahora fortalecida por el respaldo de la gran revelación de la primera vuelta: el Frente Amplio, una coalición con propuestas más revolucionarias que se nutre de movimientos estudiantiles de la izquierda más radical.

En términos electorales, 2018 augura un panorama de mucha más tensión y con carácter definitorio para el hemisferio. Habrá carrera presidencial en 6 países: Costa Rica, Paraguay, Colombia, México y Brasil, en ese orden de acuerdo con sus calendarios ya establecidos, más Venezuela con cronograma por fijar, pero previsto para el último trimestre. De ellos, los más seguidos con lupa serán Colombia, una nación con una paz en construcción y donde la izquierda sigue siendo estigmatizada y aniquilada selectiva y violentamente; Brasil, con la vuelta de Luis Ignacio Lula Da Silva en medio de un alza en la popularidad y las intenciones de sacarlo de la contienda por la vía judicial; y Venezuela, considerado el motor del progresismo en el continente y, como tal, el blanco preferido de ataque de los grupos de poder en la región.  
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